Por Jorge Luis González Suárez.
El Palacio de Aldama es una impresionante residencia habanera construida en 1840 para una de las familias de mayor poder económico de la época. Considerada un exponente arquitectónico sin igual en el país, fue declarada Monumento Nacional durante la República.
Fue mandado a edificar por el español don Domingo Marcos Aldama Aréchaga para legárselo a sus hijos Miguel y Rosa. Esta última estaba casada con el prestigioso intelectual Domingo del Monte, quien aportó ideas para el diseño de la obra.
En realidad, fueron dos grandes residencias unidas en su interior, con una estructura única. Es de estilo neoclásico, con ciertos elementos barrocos, y difiere de la arquitectura colonial cubana.
La mansión contaba en su interior con patios, fuentes y adornos que embellecían el sitio y daban gran confort a sus moradores.
Don Miguel Aldama, al instalarse en ella el 31 de agosto de 1844, escribió a su cuñado: “La casa, como era de esperarse, ha quedado soberbia, capaz de competir con cualquiera de París o Londres”.
Los techos y paredes tuvieron una decoración exquisita, con pinturas y tapices, algunos hoy perdidos, al igual que numerosas obras de arte, muebles de estilo y otros objetos valiosos.
La ubicación, en un sitio céntrico y privilegiado de la capital, hacía también que tuviese un importante valor agregado: frente al entonces Campo de Marte (hoy Plaza de la Fraternidad), en la llamada zona de Extramuros. Ocupa una mitad de la manzana comprendida entre las calles San Luis Gonzaga (la actual Reina), Amistad y Estrella.
La historia de esta fastuosa mansión está ligada, por sucesos nefastos, a la lucha por la independencia de Cuba.
En 1869, turbas de voluntarios integristas saquearon y destruyeron una parte del inmueble debido a que sus propietarios eran considerados partidarios de la causa independentista.
Al ser confiscada la mansión, junto con todas las propiedades de los Aldama, por el gobierno colonial español, la familia marchó al exilio y nunca más regresó a habitarla.
La mansión, hipotecada, fue adquirida en subasta por Segundo Álvarez y Perfecto Fernández en 1889, quienes instalaron en el lugar la industria de Tabacos y Cigarros La Corona, que pasó, el 31 de octubre de 1898, a la sociedad inglesa The Havana Cigar and Tobacco Factories Limited, de Londres, dirigida por Gustavo Bock Muller.
Al retirarse del lugar las firmas tabacaleras, Emeterio Santovenia, ministro de Estado, solicitó al Senado adquirir la propiedad para esa institución. La propuesta fue aprobada por unanimidad, pero el informe de un arquitecto, que la consideró irrecuperable, hizo que finalmente se rechazara la compra.
Más adelante, la firma La Corona vendió el edificio a Paul González de Mendoza Goicoechea, quien instaló allí el Banco Hipotecario Mendoza.
González de Mendoza invirtió un gran capital en restaurar, en la medida de lo posible, el edificio y adecuarlo a sus necesidades, con lo cual lo salvó de su destrucción total.
Allí, además de su banco, funcionaban otros negocios menores hasta que, en los primeros años del régimen de Fidel Castro, el 13 de octubre de 1960, el Estado intervino el banco y cerró los demás establecimientos.
A partir de ese momento, el edificio tuvo nuevas funciones. Allí se establecieron diversos organismos e instituciones gubernamentales, hasta que en 1974 fue destinado a ser la sede del Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba, del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (rimbombante nombrecito), hoy Instituto de Historia de Cuba.
Un excelente y lujoso libro, editado en 2007 por Ediciones Boloña, El Palacio Aldama: una joya de la arquitectura habanera, del historiador Pedro A. Herrera López, ofrece una detallada explicación y fotografías a color que ilustran los valores de este inmueble en todos sus órdenes.
Para resaltar aún más lo expuesto, el libro recoge opiniones de destacados arquitectos, como Joaquín E. Weiss Sánchez, quien calificó al Palacio de Aldama como “la más importante de las mansiones urbanas del siglo XIX y de todos los tiempos”.
Desde hace varios años, el edificio se encuentra cerrado, rodeado por una valla metálica, en espera de ser restaurado.
Una parte del techo fue demolida y no ha vuelto a edificarse, según puede apreciarse desde la calle.
Si esta valiosa edificación, que puede considerarse parte del patrimonio nacional, continúa sin ser restaurada, en un futuro no lejano no quedarán de ella ni los cimientos.
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