Por Darío Alejandro Alemán.
Una creencia popular dice que, en sus tiempos en la Sierra Maestra, cuando era el segundo al mando de la columna del Che Guevara, Ramiro Valdés era ya un intransigente comunista prosoviético. Y también que, mientras el resto de la tropa se dejaba crecer exuberantes barbas y melenas, él se esforzó por mantener el bigote y una pequeña barbita puntiaguda para parecerse a Félix Dzerzhinski, el temible fundador de la policía bolchevique (la Checa) durante el llamado Terror Rojo. De ser cierto ese rumor, aquella obsesión habría tenido algo de profética: cuando triunfó la Revolución, el comandante Ramiro se convirtió en el principal arquitecto de la Seguridad del Estado cubana, un complejo aparato de vigilancia y control social tan bien estructurado que aún hoy, cuando el país atraviesa la peor crisis de su historia, pareciera la única institución saludable del régimen.
Durante años, Ramiro Valdés y la Seguridad del Estado fueron el purgante que el castrismo usó para establecer y consolidar su cúpula; los dientes con los que la Revolución saturnina destrozaba a sus propios hijos antes de engullirlos. Héroes militares, políticos en ascenso y reconocidos intelectuales fueron despachados por ellos bajo acusaciones de sectarismo, espionaje, depravación o, simplemente, contrarrevolución. Con el tiempo, aquella bestia institucional ganó tanta fuerza que más de una vez se volvió contra su creador, pero Ramiro, habiendo ideado el mecanismo de la purga, se había vuelto inmune a sus efectos. En la historia de la Revolución cubana nadie fue tan resiliente como él. Nadie fue desplazado tantas veces para luego regresar al juego del poder como si nada.
Ramiro Valdés, el comandante de la Revolución que alguna vez fue el tercer hombre con más poder en Cuba, murió el pasado 21 de junio, a la edad de 94 años. Al momento de su muerte, la dictadura de la que formó parte se tambalea entre las presiones de Estados Unidos y sus propias ineficiencias, mientras se esfuerza por mutar en un capitalismo autoritario patrimonial al estilo de la Rusia pos soviética. Pero la Seguridad del Estado, el imbatible aparato represivo que creó, le ha sobrevivido, y quizá sobreviva también al ideal comunista de la Revolución.
«Yo simpatizaba con los soviéticos, con la Revolución rusa y las proezas del Ejército Rojo», dijo una vez, pero nunca aclaró en qué momento exacto de su vida se volvió un comunista contumaz. No hay evidencias de que lo fuera antes de los 21 años, cuando era apenas el hijo de una pareja humilde de asturianos emigrados, que dejó los estudios en la secundaria para ganarse la vida en Artemisa, un municipio al este de La Habana. Tampoco parecía serlo cuando se unió al grupo de jóvenes que poco más tarde, en julio de 1953 y bajo el mando de Fidel Castro, intentarían asaltar el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar más importante del país. De su pueblo, Artemisa, salieron la mayoría de los participantes en esa acción, pero solo él sobreviviría a las distintas etapas de la lucha armada y a los primeros años de pugnas intestinas de la Revolución.
En el exilio en México, luego de ser levemente herido en el Moncada y haber compartido la suerte de los sobrevivientes en el presidio, ya se lo puede ubicar, junto con el Che y Raúl, como parte de un pequeño sector filocomunista dentro del círculo de confianza de Fidel. Ramiro fue expedicionario del yate Granma, salió ileso de la carnicería ocurrida tras el desembarco (diciembre de 1956) y se alzó en la Sierra Maestra. Hasta entonces, a pesar de estar junto al líder de la guerrilla desde el inicio, no había sido premiado con una alta responsabilidad. De hecho, en la Sierra fue designado subalterno del Che, a quien Fidel había conocido menos de tres años antes en la capital mexicana, y quien ni siquiera era cubano.
Su momento de destacar no llegó hasta enero de 1959, cuando el Ejército Rebelde entró en La Habana. A partir de entonces, Ramiro comenzó a trabajar incansablemente en la creación de un aparato represivo que, aun cuando la Revolución no había aceptado todavía su rol de satélite soviético, comenzaba a parecerse demasiado a la Checa de Dzerzhinski.