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martes, 25 de julio de 2023

Cuba, a merced de los hipócritas.

Por Ernesto Pérez Chang.

Doscientos veinte pesos por un dólar en las calles de Cuba y se estima que por estos días el precio de la moneda continúe en ascenso, reduciendo aún más el valor real de los salarios en una realidad donde, irónicamente, es la tenencia del billete verde quien marca las diferencias sociales entre pobres y menos pobres, porque aquí la palabra “riqueza” no tiene demasiado sentido y apenas puede ser atribuida a un pequeñísimo grupo de personas refugiadas bajo el paraguas del poder político. 

No hay dólares suficientes en la calle. En los bancos (donde ni siquiera hay moneda nacional) hace tiempo que nadie los encuentra pero, paradójicamente, los altos precios de todo, incluso en los comercios estatales, se rigen por esa tasa informal que aun así estaría demasiado baja con respecto a lo que habría de ser el verdadero “des-valor” del peso cubano, en una economía donde nada se produce, nada se exporta en cantidades significativas y donde, por tanto, ya nadie lo deja demasiado tiempo en su bolsillo porque de muy poco sirve si no se lo convierte en dólares, en euros, sobre todo si en algún momento se pretende emigrar, o al menos aguantar la estrepitosa caída de un régimen que posiblemente viva sus últimos días.

Una “caída” que quizás no sea la que algunos esperan, pero sí la que existe como simple “mutación” en los planes de quienes saben -modelo más ruso que chino mediante- por dónde se encamina la cosa, sobre todo cuando las mismísimas familias de quienes han estado en el poder, o asociadas a este, por más de medio siglo, no solo son las que han encabezado las oleadas migratorias (la de ahora, sobre todo, pero igual las anteriores), sino además las que siempre se han apresurado a invertir capital o a prestar sus nombres en esos cientos de negocios (pequeños y no tan pequeños), fundamentalmente con base en Miami y Panamá, y que en buena medida son los principales responsables de la fuga de capital, en tanto muy poco del dinero que hacen se queda en Cuba. 

Y eso más que una “ironía” es una desvergüenza de nuestra historia, porque los mismos que en los años 80 lanzaron huevos contra los “gusanos” e incluso desde mucho antes criminalizaron la tenencia de dólares, son los que hoy han salido a “lucharlos” solo para beneficio “familiar” y, por carambola, para sostén de un régimen que aborrece la moneda nacional y que, bien consciente de que el plan de promesas (todas sin cumplir) ya no funciona, que de los ingenuos quedan muy pocos en sus filas de “leales” y que van sobrados de oportunistas y “traidores”, se prepara a aguantar el impacto de la caída. Y no hay mejor amortiguador en política que un buen colchón de billetes verdes (mejor si está en el exterior).

Me llama la atención, pero no me sorprende, que los más “ilustres” de la Asamblea Nacional se enreden (y se camuflen) en debates que siempre terminan en preguntas sin respuestas (y en regaños a las cámaras de la TV) sobre las verdaderas causas de la crisis y, en especial, la “falta de liquidez”, cuando todo el mundo sabe hacia dónde están fluyendo esos dólares y pesos que la banca cubana dice no tener, o mejor dicho: “retener”.

Los dólares se van, y no siempre en las maletas de quienes emigran por desesperación, o al menos no en las cantidades que suponemos, superadas en centenares de veces por los dólares que guardan en sus equipajes, sin temor alguno a la Aduana, esos que entran y salen a su antojo, en virtud de la “confianza revolucionaria” en ellos depositada. 

Se trata de una verdadera élite de “ricos”, que lo mismo patrocinan una fiesta en una embajada “enemiga” que una “actividad cultural” por el 26 de julio. Una élite cuya lealtad al régimen se sostiene precisamente en la dolarización de la economía pero, además, en la persistencia de ese “bendito bloqueo” del cual dicen estar en contra pero que en realidad es el hada madrina de sus fortunas personales.  

En buena encrucijada hemos quedado los cubanos de a pie. A merced de los hipócritas que en la Asamblea Nacional fingen buscar soluciones cuando en realidad la solución ya la tienen, aunque no para mejorar nuestras vidas, sino para sostenerse en el poder hasta que llegue el momento de “caer”, es decir, de mutar.

“Mutar” tal como cierto día, de la noche a la mañana, aquellos gusanos de los años 60, 70 y 80 se transformaron en lindas mariposas con alas del color de la “Reserva Federal”. Y si ayer nos encerraban en la cárcel por llevar un dólar con nosotros, hoy es más probable que terminemos en ella, o en el cementerio, si no lo tenemos para darle de comer a nuestra familia. 

La situación se ha vuelto tan extremadamente insostenible, las empresas e instituciones estatales están tan a la cabeza del mercado informal y la corrupción, que solo delinquiendo o emigrando se logra en cierta medida sortear las dificultades para que una familia se alimente y cubra las necesidades básicas de manera regular (aunque con marcadas “irregularidades”), de modo que esa aspiración a que el alto costo de la vida incentive la necesidad del trabajo como la principal fuente de ingresos y que, recuperadas las fuerzas productivas, comience a crecer la producción de bienes y servicios, es solo algo que se “piensa” de boca para afuera.

Lo que les escuchamos decir en reuniones y asambleas sobre una economía que intentarán arreglar (una vez más “sobre la base de nuestro sacrificio”) es puro cuento para la televisión nacional, maniobras de distracción para tontos y serviles en donde fingen que hacen algo, que buscan soluciones, cuando en realidad saben muy bien de qué va este juego, ahora que no quedan vacas ajenas que ordeñar.

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sábado, 25 de julio de 2020

Paul Lafargue, el yerno cubano de Karl Marx que defendía "el derecho a la pereza."

Por Lioman Lima.

Paul Lafargue y Laura Marx estuvieron casados por más de 40 años.

Esa fría noche de París, Paul Lafargue y Laura Marx habían pactado una cita definitiva con la muerte.

En la tarde, el yerno y la hija de Karl Marx, de cuyo nacimiento se cumplen 200 años este sábado, se apuraron a resolver sus últimos asuntos pendientes: despedirse de unos amigos, ir al cine, dar una caminata por el Sena, visitar una dulcería cercana para un capricho postrero.

La decisión había sido acordada por ambos mucho tiempo antes con minuciosa frialdad. Y a esas alturas, 43 años de matrimonio, tres hijos muertos, pobreza extrema y vejez, su cotidianidad no daba espacio para las preguntas de la vacilación.

Laura lo había conocido muchas lunas antes, en una casa de paredes grises en el centro de Londres adonde llegó Lafargue cierta tarde para encontrarse con el ídolo vivo de su juventud.

Allí, entre las sombras de la penuria y la escasez, Karl Marx, el alemán de acento fuerte, barba canosa y melena, ya comenzaban a abrir las brecha de un nuevo pensamiento social en las rutas posibles de la Historia.

Pero lo que quizás no sabía Lafargue, nacido en Santiago de Cuba en 1842 del romance de un hacendado francés y una mestiza cubana, era que al tocar en aquella casa de Dean Street se abrirían ante él las puertas de un nuevo destino.

"Es posible imaginar la impresión que causó en Marx ver llegar a su casa a ese joven apuesto, de piel morena, con acento y formas del trópico", le cuenta a BBC Mundo Leslie Derfler, profesor emérito de historia de la Universidad de Columbia.

Este domingo se cumplen 200 años del natalicio de Karl Marx.

"No sabemos lo que pasó aquel día, pero sí lo que vino después: el joven se volvió discípulo de Marx, uno de los principales difusores de sus ideas y también, su yerno", añade Derfler, autor de la biografía Paul Lafargue y la fundación del socialismo francés.

Paul y Laura se casaron en 1868 y el cubano fue, desde entonces, no solo el primer latinoamericano en seguir de cerca y difundir el pensamiento del creador del comunismo, sino también miembro y parte de su familia.

Cuando el buque con destino a Francia zarpó de los muelles de Santiago de Cuba a mediados de 1851, Paul Lafargue vio esconderse entre las olas, por última vez, la silueta montañosa de la ciudad de su infancia.

En el puerto quedaron sus abuelos maternos, una india oriunda de Jamaica y un refugiado haitiano, que llegó al oriente de Cuba tras las revueltas y la revolución en la entonces isla de Saint-Domingue.

De ellos y de su madre, escribiría más tarde Lafargue, se llevó la herencia de "la sangre de tres razas oprimidas" y también un peculiar comportamiento, distante del refinado estilo europeo, por el que Marx, en más de una ocasión, le propinó regaños y rapapolvos.

Lafargue nació en la ciudad de Santiago de Cuba.

De hecho, en una carta conminatoria de 1866, Marx le escribe a Lafargue que, si quiere continuar sus relaciones con Laura "tendrá que reconsiderar su modo de hacerle la corte", en relación a ciertos excesos y toqueteos en las manifestaciones de cariño hacia su novia.

Mientras en otra, escrita cuando se encontraba ingresado en un sanatorio por una colección de males que iban desde carbunclos hasta hemorroides, le dice a su hija que ya no toleraba al "maldito Pablo" , ni "sus ideas y modales".

"Lo cierto es que no tenemos que idealizar a Marx. Debemos tener en cuenta que fue ante todo un hombre del siglo XIX y que también cargaba con todas las convenciones sociales de esa época", le asegura a BBC Mundo Johannes Maerk, profesor de filosofía de la Universidad de Viena.

"Marx no concebía la idea de la igualdad racial entre los seres humanos. Muchas veces se refirió a Lafargue en algunos escritos con la forma despectiva en alemán de 'negro' y es que Marx era una persona que tenía prejuicios raciales, como también tenía prejuicios intelectuales y académicos", afirma el también director del Instituto de Investigación Intercultural y Comparativa de Austria.

"También hay documentos que muestran que Marx pensaba que su yerno no tenía capacidades suficientes por considerar que se trataba de un agitador del movimiento socialista", añade.

Las referencias de Marx hacia su yerno han dado paso a disímiles interpretaciones en el transcurso de los años, entre quienes ven en esas referencias un juego, una muestra de cariño o la descarnada evidencia de un supuesto racismo del ideólogo del comunismo.

Enviados de Marx.

Lo cierto es que, con los años, Paul y Laura se volvieron dos difusores privilegiados de las ideas de Marx en Europa y, en especial, dentro de los sindicatos de trabajadores.

Lafargue era hijo de una mestiza cubana y un hacendado francés.

"Lafargue ya era muy reconocido por sus ideas dentro del movimiento obrero francés y ayudó a interesar a la clase trabajadora, en crear una audiencia obrera, para las enseñanzas de Marx", le explica a BBC Mundo Yohanka León, investigadora del Instituto de Filosofía de Cuba.

De acuerdo con la también profesora universitaria, tanto Lafargue como Laura se dieron a la tarea de difundir la obra de Marx en Francia y en España, donde un exilio obligado tras la Comuna de París también lo obligó a residir.

Ya para entonces, ambos se habían dado también a la colosal tarea de traducir "El capital", la obra cumbre de Marx y una de las columnas fundacionales más complejas del pensamiento moderno.

"Se sabe que la traducción de El Capital trajo otro de los desencuentros de Marx con su yerno. Se sabe que Lafargue tenía problemas leyendo y traduciendo del alemán, por lo que se tuvo que auxiliar muchas veces de su esposa y Marx decía que estaban simplificando sus enseñanzas y sus pensamientos con las traducciones que hacían", señala, por su parte, el biógrafo del cubano.

Pero los desacuerdos entre las interpretaciones no terminaron ahí.

"El Capital" fue editado por primera vez hace 150 años en alemán, el idioma materno de Marx.

Otro tuvo lugar en 1883 cuando, poco antes de su muerte, Marx encaró a su yerno por la forma en la que organizaba el movimiento obrero en Francia y los mecanismos que utilizaba para difundir su pensamiento.

El padre del comunismo científico tildó a Lafargue de usar sus ideas como "propaganda" y fue entonces cuando utilizó la célebre frase (que luego popularizó Federico Engels): "Lo que es seguro para mí es que (si ellos son marxistas, entonces) no yo soy marxista".

Cuando Paul Lafargue terminó de escribir esa noche, tomó una hoja en blanco, la colocó como portada del mamotreto de hojas sueltas y escribió en letras de finos rasgos un título sugerente: El derecho a la pereza.

Faltaba aún un buen tiempo antes de que el manuscrito fuera a las prensas del diario L'Egalité y que se volviera lectura obligada entre partidarios y críticos del movimiento obrero europeo de finales del siglo XIX.

Y faltaba incluso más de un siglo para que el texto se revalorara por lo que en realidad es: una sátira del mundo laboral y un juego irreverente de ideas para mezclar dos pares aparentemente opuestos: hedonismo y comunismo.

"Es un texto que propone que una sociedad emancipada no es aquella en la que se debate el derecho al trabajo, sino aquella donde se discute el derecho a la pereza, entendida en el sentido del ejercicio libre del culto a la ciencia, al arte y al entretenimiento", explica la investigadora del Instituto de Filosofía de Cuba.

El derecho a la pereza cambia el patrón tradicional de considerar el trabajo como valor supremo del obrero.

De acuerdo con la experta, en el texto Lafargue propone, desde el juego literario y la paradoja, una visión que no era precisamente europea, sino que se sitúa desde una visión antagónica, irreverente, propia de esa mezcla que él mismo representaba.

"Lo importante de volver a este cubano en estos 200 años de Marx es que Larfargue da esa otra mirada más subjetiva, valorativa, de lo que la sociedad del capital va conformando", señala.

Derfler sostiene que el ensayo es uno de los primeros intentos de criticar el énfasis en el trabajo como un valor y reconocer en su antónimo la verdadera virtud.

"Eligió la palabra pereza como provocación y la entiende como un derecho humano, para luego proponer disminuir las jornadas de trabajo y permitirle a los obreros un mayor tiempo de esparcimiento. En esa época era algo totalmente relevante", asegura el profesor emérito de la Universidad de Columbia.

El derecho a la pereza fue el ensayo que le valió a Lafargue un lugar en las bibliotecas, pero Derfler asegura que no fue su único mérito.

"Yo creo que uno de sus principales logros fue aplicar el análisis marxista a diferentes campos, como la literatura. Lafargue hace una interpretación marxista de autores como Emile Zola y en ese sentido es también precursor de corrientes de análisis literarios que vendrían después", señala el biógrafo.

"Por eso, cuando deciden suicidarse él y Laura, muchos dentro del movimiento obrero lo cuestionaron. Estaban pasando por momentos de mucha penuria y Lafargue consideraba que ya no podría hacer mayores contribuciones, por lo que era hora de terminar con su vida. Fue una decisión racional y pactada con Laura desde muchos años antes", añade.

Paul y Laura están enterrados en el cementerio Père-Lachaise de París.

Cuando regresaron del paseo, ya la noche había caído sobre París y el frío de noviembre calaba en los huesos.

Antes de entrar en su habitación, Paul y Laura dejaron comida y agua para varios días para su perro, Nino, y trataron de disimular el amargor del cianuro con el azúcar del té.

Juntaron las camas y el sol de la mañana los encontró como dos amantes de la vieja Pompeya, fundidos en el abrazo eterno de la muerte.

El jardinero y su mujer descubrieron los cuerpos un poco después.

Les llamó la atención el llanto del perro y un olor a almendras amargas que se escurría desde el cuarto.
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viernes, 19 de junio de 2020

Lo que la Leyenda Negra contra España no cuenta de las Leyes de Indias.

Por Guillermo Llona.


«Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien». Esta es la última voluntad que la Reina Isabel la Católica dirigió a sus súbditos en su testamento. Se trata sin duda de un deseo que choca con la imagen cruel que la Leyenda Negra ha propagado del Imperio español por todo el mundo.

Tal y como defiende Juan Sánchez Galera en su último libro «Vamos a Contar mentiras», y mal que les pese a los seguidores de la propaganda antiespañola, los monarcas hispanos no consolidaron la conquista de América a sablazo limpio, sino gracias a un ejército de maestros y curas. Frente a quienes presentan a los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo como crueles genocidas, el historiador afirma que Leyes de Indias que reglaron la vida en aquellas colonias supusieron el origen de lo que hoy conocemos como Derechos Humanos.

España consolidó la conquista de América con un ejército de maestros y curasEn 1493 el Papa Alejandro VI reconoce mediante la bula «Inter Caetera» la propiedad de la recién descubierta «terra nullis» (tierra de nadie) a los Reyes Católicos, a condición de que evangelicen a los nuevos súbditos. Pero muy pronto surge un debate en la intelectualidad española, alentado por la misma Corona, acerca de la licitud de obligar a todo el continente a pertenecer a un imperio con el que no había mantenido antes ninguna relación. Los españoles empiezan a hacerse preguntas incómodas. «Se parte completamente de cero con la premisa de establecer unas nuevas normas de convivencia entre los hombres, basadas no ya en lo que se entendía hasta ese momento como cierto en Europa, sino unos valores comunes a todos los hombres de todos los tiempos», explica Sánchez Galera.

Isabel la Católica fue la primera persona que se preocupó por los derechos de los indios: determinó que seguirían siendo los propietarios de las tierras que les pertenecían con anterioridad a la llegada de los españoles y, en el año 1500, dictó un decreto que prohibió la esclavitud. Nace así un nuevo derecho que, en palabras del autor, «reconoce que las libertades de los hombres y de los pueblos son algo inherente a ellos mismos, y que por tanto, les pertenecen por encima de las consideraciones de cualquier príncipe o Papa». Aquellas normas supusieron el punto de partida de la Leyes de Indias.

Más adelante, una junta de la Universidad de Salamanca convocada por el emperador Carlos V en 1540 concluye que «tanto el Rey, como gobernadores y encomenderos, habrían de observar un escrupuloso respeto a la libertad de conciencia de los indios, así como la prohibición expresa de cristianizarlos por la fuerza o en contra de su voluntad», cuenta Sánchez Galera. Con el tiempo se va formando un cuerpo de normas, las Leyes de Indias, que recogen, entre otros, los siguientes derechos para los indios: la prohibición de injuriarlos o maltratarlos, la obligación de pagarles salarios justos, su derecho al descanso dominical, la jornada laboral máxima de ocho horas y un grupo de normas protectoras de su salud, especialmente de la de mujeres y niños.

La esclavitud y las encomiendas.

Aunque la Reina Isabel la Católica había prohibido la esclavitud, algunos colonos se ampararon en las encomiendas para sortear las leyes que llegaban desde la España europea y obligar a los indios a realizar trabajos forzados. Con todo, Sánchez Galera defiende la institución: «Los indios, fuera de ser unos desposeídos, son propietarios de pleno derecho de aquellas tierras que trabajan, y del rendimiento de las mismas pagan un tributo o servicio a su encomendero, quien a su vez tiene obligación de protegerlos y cristianizarlos. Como toda institución humana, la encomienda dio lugar a ciertos abusos, y en contados casos, incluso degeneró en una especie de esclavitud encubierta».

Ya en 1518 una ley establece ya «que sólo podrán ser encomendados aquellos indios que no tengan recursos suficientes para ganarse la vida, así como que en el momento en que fuesen capaces de valerse por sí mismos habrían de cesar» en este régimen. De todos modos, Carlos V da una estocada mortal a la institución con sus Leyes Nuevas de 1542, que limitan sobremanera las situaciones en que se podía poner en práctica.

En cualquier caso, la actitud de los monarcas españoles contra la esclavitud fue decidida. Isabel la Católica y el Emperador Carlos V promulgaron decretos que vedaban esa práctica y, «si bien es cierto que Felipe II se deja presionar por los colonos del Caribe haciendo concesiones especiales para Puerto Rico y La Española, poco más tarde vuelve a dejar clara su repulsa hacia este tipo de institución, prohibiendo una vez más la esclavitud, e incluso haciendo extensiva dicha prohibición a la incipiente importación de esclavos negros», explica el autor.

Frailes y maestros.

La Leyenda Negra que pesa sobre España también acusa a sus colonizadores del Nuevo Mundo de haber cometido allí un genocidio contra la población indígena. Pero si el Imperio español pudo consolidar su conquista de América no fue gracias a las armas, sino, fundamentalmente, gracias a su clero y educadores. Ciertamente, si bien los primeros escritos de los descubridores españoles describían a los habitantes de aquellas tierras como «pueblo angelical» cuya «aparente ingenuidad hacía presagiar una fácil y pronta civilización y evangelización», pronto aquellas poblaciones resistieron armadas a los abusos de los primeros colonos, estallando así los enfrentamientos bélicos.

«Su aparente ingenuidad presagiaba una pronta civilización y evangelización»Fernando el Católico encarga entonces un estudio jurídico-teológico al dominico Matías de Paz y al jurista Juan López de Palacios, quienes concluyen que la guerra contra los indígenas sólo será justa «cuando sus caciques y jefes prohíban la libre conversión de sus súbditos, o bien sea menester el desterrar inhumanas costumbres que se niegan a abandonar», como el canibalismo o los sacrificios de personas a los dioses. Pero dado que, pese a las limitaciones fijadas desde España, en muchas ocasiones se recurría a las armas sin que hiciese falta, una Real Orden de 1526 impuso en todas las expediciones militares la compañía de sacerdotes con el fin de poner fin a aquellos abusos.

Pacificado ya el continente, en 1573 Felipe II pone fin a la lucha armada en América, «y confía sus mayores y más ricas posesiones a un nuevo ejército compuesto, esta vez, a base de frailes y maestros. Comienza la verdadera y definitiva conquista de América», concluye Sánchez Galera.
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jueves, 11 de junio de 2020

El siglo de la religión y del racismo.

Por Zoé Valdés.

Lo había pronosticado a finales del siglo pasado el filósofo francés Alain Finkielkraut, dijo algo parecido a lo siguiente: el siglo XXI será el siglo de la religión y del racismo.

No se equivocó, y al mismo tiempo era fácil predecirlo. El terrorismo islamista lo anunciaba desde hacía décadas, el extremismo de lo vengativo de una raza por encima de otras derribaría mucho más que monumentos. Sólo estamos viviendo el inicio de la catástrofe.

El mundo será islamista o no será, el mundo será negro o no será, el mundo será marxista o no será.

Sólo unos pocos nos enfrentamos a todo tipo de extremismos, el resto tiene miedo, o sencillamente no nos cree porque no lo han vivido. "Los cubanos venimos del futuro", también algo semejante escribió Reinaldo Arenas. Venir del futuro resulta una ventaja, aunque lo considero más bien un fastidio. No nos creyeron entonces, no nos creen ahora ni nos creerán nunca. Nos toman por excesivos alucinados. La prueba son los venezolanos y, en el mismo trayecto, aplaudiendo en la cola con el rabo entre las piernas, los españoles.

HBO ha retirado la película Lo que el viento se llevó de su plataforma. Estamos hablando de un clásico de la cinematografía mundial. Sin embargo, ¿a quién le importa? A unos pocos. La ignorancia no conoce el ridículo. La ignorancia es eso: pura suficiencia encima de una vastedad soberbia, o de la soberbia como vastedad desértica. ¿No irán también a prohibir Espartaco? Ah, no, que Espartaco era un esclavo tracio, por tanto, blanco.

La película más antirracista y la más feminista fue realizada por un hombre blanco, republicano. La película es Million Dollar Baby. El cineasta es Clint Eastwood. Tampoco le importará a nadie. Con el tiempo lo olvidarán, si es que no lo han hecho ya. Nadie querrá colocar a Clint Eastwood en un pedestal cuando muera, ojalá nos dure mucho.

Al contrario, llenarán los pedestales con Kunta Kinte, el Rey León y Nelson Mandela, cuidado no sea con Obama y su mujer. Ignorando de tal modo también que los primeros esclavos en Norteamérica fueron blancos irlandeses. Las mujeres valían menos que tres vacas. A los esclavos irlandeses los trataron muchísimo peor que a los esclavos negros, porque para los esclavistas valían menos que nada. Hoy serían los llamados rednecks o la white trash, a los que los negros, dicho sea de paso, desprecian de manera tóxica. Pero chitón, eso no se menciona.

Me comenta una amiga: "Lo más parecido a un idiota es un liberal norteamericano". Ahí en Londres hay una de esas idiotas letradas, acaba de regalar la receta de cómo destruir para siempre una estatua en bronce. Confirmo: no hay nada más parecido a una idiota que una liberal norteamericana feminista.

Ahí los tienen, blancos besando pies, rubios lavando costras; arrodillados, la frente inclinada, pelirrojos encadenados y siendo arrastrados como bestias por una mujer de raza negra. Suplican perdón por algo que no cometieron, igualmente tampoco lo hicieron sus antepasados. Tal vez ellos, descendientes de irlandeses, debieran exigir el doble de perdones a otros. Pero la ignominia, la obediencia y la soberbia triunfan en este siglo dominado por los tecnócratas.

Hemos visto de todo tras el asesinato de George Floyd por un policía que fue detenido de inmediato y que será juzgado. Floyd no era un santo, pero sólo falta que el papa Francisco lo canonice, tras desde luego de haberle lamido los pies a toda su parentela. Canonizar a un delincuente no será difícil para un Papa argentino. Floyd tuvo más servicios fúnebres que cualquier jefe de Estado, lo enterraron en un sarcófago dorado. Su familia consiguió más de 13 millones de dólares a través de un crowdfunding, sin contar las donaciones millonarias de deportistas y de la panda de subnormales de Hollywood. Las jóvenes generaciones se preguntarán si vale más tener un padre médico, abogado, que un delincuente que amenazó a una mujer embarazada con una pistola, que paga con un billete falso, que se droga… Al menos, la lectura está servida.

Pero lo peor que estamos viendo es la bifurcación de la sociedad hacia dos de los mayores frenos, la religión y el racismo, envueltos en el celofán de la ideología izquierdista. Apartando, desde luego, el clasismo. Y alejándose lo más que pueden del conocimiento, de la cultura, de la razón, de la paz perdurable.

Esto no es más que otra guerra civil moderna, ubicada en cada país occidental, en medio de la guerra mundial que nos ha declarado la China comunista. Esto no es más que un vergonzoso retroceso, tal como lo ha dejado claro el gran Morgan Freeman: "No me llame hombre negro si no quiere que yo lo llame hombre blanco".

Ahí lo dejo. Entre tanto, me largo a preparar el cepo en el que me deberé introducir voluntariamente, mientras organizo en mi cabeza si después sigo con la tanda de latigazos o me iré a recoger algodón a un campo soleado y lejano. Del cañaveral ya se encargó el castro-comunismo, cuando yo contaba apenas doce años.
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jueves, 6 de febrero de 2020

Ya no se puede más.

Por Zoé Valdés.

Es Francia el país al que yo llegué por primera a inicios de los años ochenta, y por segunda vez a mediados de los noventa? Innegablemente no lo es. Tampoco el mundo es el mismo, lo sé. Mientras que el progreso tecnológico resulta evidente, la decadencia humana, espiritual, cultural y social, es alarmante. Una cosa tendrá que ver con la otra, pero ese es otro tema.

Aterrada observo que el mundo se pierde entre peligrosas obsesiones, las religiosas forman parte de ellas, y nos agrede un cada vez más empobrecido y cobarde lenguaje político donde está más presente la creencia ciega en lo rutinario morboso que la fe visionaria, lírica y científica, en un futuro abierto y libre.

Vivimos en un perenne estado de corrección política, de acechos colectivos, de encadenamiento del lenguaje, de parcialización del pensamiento. El islamo-marxismo acultural inunda solapadamente los medios de comunicación y la vida cotidiana, que vuelve a ser, en mi caso, la nada cotidiana. Un espantoso vacío en el que reconozco al totalitarismo más letal.

Como cualquier persona en Francia, y en Europa, estoy al tanto de los acontecimientos ocurridos alrededor de Mila, la adolescente a la que han querido eliminar por el mero hecho de haber ido más allá de una normal sinceridad. ¿Sería anormal irse más allá de algo? Al parecer sí. Y cuyo linchamiento verbal con amenazas de muerte incluidas ha sido considerado y mal situado al mismo nivel que su rebeldía adolescente. Vamos mal, lo digo desde hace rato. La sinceridad tampoco vale. Vale la hipocresía. Estamos formando individuos cada vez más hipócritas, huidizos y mediocres. Conozco bien esos tenores de comportamiento, propios de regímenes absolutistas.

Una religión que teme a la crítica y a la blasfemia no es una religión confiable, resulta un amenazante dogma de adoctrinamiento.

Un adolescente debe tener todo el derecho a atreverse y blasfemar. Si no se blasfema a esa edad, si no hay atrevimiento, pues entonces ¿cuándo? ¿Existiría Arthur Rimbaud sin la blasfemia y sin el atrevimiento? Cualquier persona debiera tener derecho a la blasfemia contra cualquier religión, culto, política, incluso persona. ¿Qué sería entonces de aquellos ataques subidos de tono entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora? ¿Qué sería de la literatura, del arte, en fin, de la vida? ¿Hacia qué mundo de acorralamientos y miedos absurdos nos dirigimos?

Por otro lado, no puedo entender, yo feminista convencida, que los movimientos feministas actuales callen ante la situación que vive Mila hoy. Y no solo ella: todas las muchachas que al igual que Mila acallan sus pensamientos y sensaciones mediante la imposición de la obediencia servil y del dedo acusador de los que dictan qué es blasfemia y qué o quién no puede ser blasfemado.

No consigo comprender que estos movimientos feministas se subleven frente a otros casos supuestamente desde sus puntos de vista más espectaculares -como ahora mismo contra las doce nominaciones de Roman Polanski para los premios César- y retrocedan a las cavernas cuando una adolescente es atacada de manera perniciosa en su más honda vulnerabilidad, la de la existencia misma, humana y de entidad.

¿O tendremos que recurrir a aquel triste final de la novela de Guillermo Cabrera Infante, Tres Tristes Tigres, con su inconsolable "Ya no se puede más"? Pues eso, ya no se puede más.
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domingo, 29 de diciembre de 2019

Intelectuales franceses y Cuba: una historia de complicidad, desilusión e indiferencia.

Por Jacobo Machover.

Fidel Castro junto al actor Gerard Depardieu y el empresario Gerard Bourgoin (der.) en La Habana en 1996.
Fidel Castro junto al actor Gerard Depardieu y el empresario Gerard Bourgoin (der.) en La Habana en 1996.

En el principio era Gérard Philipe, y el mensajero de la revolución triunfante era Guevara, no el Che, sino Alfredo, el diabólico mentor de Fidel y de Raúl Castro, quien se iba a encargar del mejor instrumento de propaganda de los regímenes comunistas, el cine.

El actor francés, inolvidable intérprete del Cid en teatro, de innumerables papeles de aventurero, fue a Cuba con su esposa Anne después de haber trabajado en México en la que sería su última película, La fiebre sube al Pao, de Luis Buñuel. Se había comprometido a volverse el abanderado del nuevo Gobierno y a ser en la pantalla… Raúl Castro – Fidel iba a tener el rostro de… Marlon Brando.

Las negociaciones entre los enviados de Castro y los productores hollywoodenses fracasaron, y Gérard Philipe tuvo la mala suerte de morir, demasiado joven, a finales de 1959. Los encargados de la propaganda entendieron, sin embargo, que tenían en Francia, cuna de Robespierre, tan admirado por Fidel Castro, y del Terror revolucionario, una tierra de elección.

Allí mandaron a uno de sus principales portavoces, el director del diario Revolución, aquel que había lanzado la « Operación Verdad » para justificar los fusilamientos masivos de supuestos « esbirros » y opositores: el futuro disidente y exiliado Carlos Franqui. Éste llevaba el encargo de convencer al príncipe de los filósofos, Jean-Paul Sartre, y a su compañera Simone de Beauvoir, de ir a Cuba para luego cantar las proezas del Comandante en jefe. Sartre cumplió, con creces. Se pasó un mes en la isla, en febrero y marzo de 1960.

Y luego escribió. Los 16 artículos publicados meses después y reagrupados bajo el título de Huracán sobre el azúcar constituyen una sarta de consignas repetidas hasta la saciedad, de elogios ditirámbicos a Fidel Castro y de consideraciones generales que reflejaban su ignorancia y sus abominaciones racistas contra Fulgencio Batista. Pero está también lo que no dice : las ejecuciones que él y Beauvoir presenciaron, invitados por el Che Guevara. « Nunca es muy linda una ejecución », confiaría Beauvoir en una entrevista. Así cuajaba la complicidad de esos grandes espíritus con la pequeñez de un sistema criminal: con un pacto de silencio. Dejarían de brindar su apoyo al castrismo diez años más tarde, en 1971, junto con otros escritores y artistas del mundo entero, a raíz del « caso Padilla ».

A partir de ese momento, la mayoría de los intelectuales dignos de ese nombre dejaron de brindarle su apoyo incondicional a la revolución, con excepción de un Gabriel García Márquez, un Julio Cortázar, o un Mario Benedetti y unos cuantos poetastros más.

Entonces hubo que ir a buscar, mucho más tarde, a gente de menor calado, allí donde se presentaran, en España con un Willy Toledo, en Estados Unidos con una Katy Perry, una Madonna, o con un Oliver Stone. El cineasta, guionista del Scarface de Brian de Palma, realizó dos documentales con Fidel Castro, Comandante y Looking for Fidel. En este último, su admirado caudillo reanudaba con las prácticas que había implementado con Sartre y varios más: en una « conversación » con los tres jóvenes ejecutados durante la primavera negra de 2003, Castro los obligaba a reconocer la « justicia » de sus condenas a muerte. Stone parecía no haberse dado cuenta siquiera de la monstruosidad de su humillación ante sus cámaras, contraria a todas las leyes internacionales sobre los prisioneros.

Y en la cuna de la ceguera del pensamiento, Francia, ¿qué pasó desde aquellos primeros años de adhesión casi general? Por supuesto, los admiradores de Fidel Castro siguieron proliferando pero a un nivel menor. El caso más sonado es el del actor Gérard Depardieu, íntimo amigo, por otra parte, del gran demócrata Vladimir Putin y compinche de Kim Jong-un y otros de sus semejantes. Hay que señalar, como curiosidad, que Depardieu había firmado, en 1988, la carta redactada por el escritor Reinaldo Arenas y el pintor Jorge Camacho reclamando un plebiscito a favor de la democracia en Cuba. Pero más tarde, intentó hacer negocios (fallidos) en Cuba, buscando petróleo cerca de Guanabo, y posó en fotos, cocinando con su socio dictador. Sin embargo, no habló casi, ni escribió. El actor no tenía, claro está, la capacidad de conceptualización del filósofo precursor.

Depardieu fue, y sigue siendo, objeto de indignación y de burla. Igual que los políticos que han proclamado su simpatía por el Comandante. Entre ellos, hay que citar a la ex primera dama Danielle Mitterrand, la más enamorada, literalmente, de sus admiradoras, al ex ministro de Cultura Jack Lang, guía de Castro, en 1995, en el museo del Louvre frente a la « Mona Lisa », al « insumiso » Jean-Luc Mélenchon, vertiendo lágrimas públicamente el día de su muerte en 2016, a la ex ministra socialista Ségolène Royal, que duda que haya presos políticos en Cuba, y a su ex compañero y ex presidente François Hollande, que recibió a Raúl Castro con todos los honores y le devolvió la visita en 2019.

Pero todos ellos, al igual que la alcaldesa socialista de París Anne Hidalgo, quien ve en el Che Guevara un « héroe romántico », solamente provocan reacciones indignadas o sarcásticas por parte de los filósofos de nuestros tiempos, más cercanos al pensamiento de Albert Camus que al de Jean-Paul Sartre, como Bernard-Henri Lévy, Michel Onfray o Raphaël Enthoven. Todos ellos claman con fuerza que los Castro sólo deben ser considerados como unos tiranos y el Che como un asesino despiadado.

Han acabado por hacernos caso a los que hemos estado mostrando durante décadas los horrores del régimen, a pesar de los obstáculos, y escrito la verdad sobre sobre los mitos revolucionarios. Sin embargo, fuera del intermedio observado con los poetas, periodistas y activistas presos durante la primavera negra, sus tomas de posición no llegan hasta solidarizarse en forma duradera con los disidentes y los exiliados. Después de la complicidad y de la desilusión, prefieren refugiarse en una actitud más cómoda para ellos, que no implica ningún riesgo de equivocarse, como hace 60 años: la indiferencia hacia los cubanos libres, los que luchan por la libertad.
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domingo, 17 de noviembre de 2019

El maquillaje no esconde la agonía.

Por Jorge Ángel Pérez.

La Habana; Cuba
Escena de una calle de La Habana.

Atenas tiene muchos años, y también Roma. Atenas y Roma parieron muchos hijos desde el mismo día en que nacieron. Atenas y Roma son madres espléndidas, hembras pomposas, damas de teatro y vida. Atenas y Roma pueden ser muy generosas, pero yo me quedo con la más rumbosa, aunque mejor sería escribir: rumbera. Yo me aferro a esa Habana que ahora mismo está cumpliendo quinientos años, esa que tanto me ata, aunque no me miró nacer.

Hasta hoy escribí muchas veces de La Habana, aunque no siempre la vi “tan elegante”. Mirándola, gozándola, la describí generosa y también impúdica. Expliqué mi amor pensando en la villa imponente que mira al mar y en la ciudad sucia y desfachatada, en la que acoge y también rechaza. La Habana es, sin dudas, una ciudad plena a pesar de sus desdichas; en esta ciudad comienza todo, aquí todo termina.

Ya lo escribí antes, pero otra vez lo advierto; me gusta La Habana de solares, esa que se vuelve más sincera en la miseria. Ya lo indiqué antes, prefiero a La Habana marginal que a esa otra que se esconde en una zona cero que dirige a la ciudad desde hace mucho y donde todo se decide, donde parece comenzar y concluir, aunque los habaneros la desconozcan, aunque sea nula, como el cero.

La Habana que amo no es solo esa que estuvieron maquillando para que luciera bien en su cumpleaños. La Habana no es solo la de las grandes casonas señoriales restauradas, no es solo el Vedado imponente y tan urbano. La Habana que amo es el Cerro grandioso y refinado que dejaron destruir, que destruyeron, y es también la calle Galiano destruida pero maquillada, iluminada, para los festejos.

La Habana, aunque nos pese, es también el Alamar tan espantoso, tan de realismo socialista, tan “cheo” e indecente, tan promiscuo y desafortunado. La Habana no es solo esa que Leal restaura, la que maquilla. La ciudad no es solo la que mira al mar desde el resguardo de un hotel cinco estrellas, no es únicamente la que disfrutan los turistas y los reyes que dedican una ojeada rápida y lejana.

Nuestra ciudad no es la del Hotel Nacional que se muestra en las agencias de viaje, esa de mojito y “Cuba libre”, de mulatas rumberas. La Habana es la ciudad de hombres y mujeres negros que viven en solares sintiendo el peso del racismo, y peor si el comunismo advierte que todos son iguales. La ciudad es también esa que está más allá de hostales para turistas y de museos para quienes desconocen la ciudad real y abandonada.

Esta “vieja” ciudad no es solo la de los hoteles que inaugura Díaz-Canel y mucho menos la de hermosa y repujada herrería. La cumpleañera es también la de esos edificios olvidados, la de esas casas que sepultan a sus habitantes cuando caen con todo el cinismo de su peso. La ciudad que tanto amo es la de las prostitutas y “pingueros”, la de ladrones y asesinos.

La Habana es sus prisiones y encierros. La Cabaña de antaño y también la de los juicios parcializados y de paredón sin juicios. La Habana es la de las estaciones repletas de delincuentes y de opositores pacíficos, de damas vestidas de blanco y asediadas, magulladas por golpes tremebundos. Esta añeja capital es la de opositores vigilados, enjaulados, vejados.

Y qué sería de esta metrópoli sin su mar, ese que a tantos escapistas se tragó, ese que recibió lo mismo a niños y ancianos, a hombres y a mujeres que escapaban. Mi ciudad es la de grandes avenidas y callejones desolados. La Habana es la de la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo y también la podrida “Diez de octubre”, es el Hilton y el Habana Libre, el Blanquita y el Carlos Marx, Radio Centro y el Yara. La Habana es puro contraste, es amor y mucha enemistad.

La ciudad que más amo es la que veja y la que llora por el hambre, la de salsa y rock, la de Van Van y Rolling Stones, es la de Karl Lagerfeld y “kikos plásticos”, es la de Carpentier, pero también la de Reinaldo Arenas, es la de Martí y, aunque suene feo, aunque duela, es la de los comunistas. La Habana es la de Virgilio Piñera encerrado en el castillo del Príncipe, la del mismo poeta advirtiendo a Fidel Castro del miedo que sentía.

La Habana que recibió a los reyes españoles es la de Paloma, la niña que murió después de la vacuna, la que no volverá a la vida a pesar de los muchos fuegos artificiales, a pesar de la llovizna que ahora siento y que parece bendecir a la ciudad, reverenciar a sus muertos y a sus vivos. Mi ciudad amada es la de viejos hambrientos y sucios, que no consiguen cobijarse en medio de la ciudad más descubierta. La Habana es la del gay que no encontrará una cama para adorar el cuerpo del amado, ese que mañana puede amanecer muerto, y sin que aparezca el asesino.

Mi Habana es la de los médicos que se alejan de sus hijos para conseguir mejores dividendos, para tener lo que por acá no pueden conseguir. Esta metrópolis de quinientos años restaura lo más viejo para quitarle la vida mientras desatiende a la ciudad más “viva”, a la triste, a mi pobre ciudad que vive del viejo esplendor colonial, que muestra añejos autos que hacen alarde con su aparente eternidad, contrastando con abarrotados ómnibus que se desarman haciendo el camino de siempre, el único, el que no va a ningún lugar o quizá sí; a la miseria y la muerte.

La Habana no es solo la del Templete y la ceiba reverenciada, ella es la de solares yermos donde antes se levantó un edificio, una casa que cayó dejando muerte, desamparo. La Habana no es la de una plaza “revolucionaria” que alguna vez fue cívica. Esta es la ciudad de Casal alucinado con la bella “mulatés” de Antonio Maceo. La Habana, que nadie lo dude, es la del “maleconazo”, la del trasbordador “13 de marzo”, la del policía que vigila a la joven periodista que no debe salir de casa si quiere seguir en “libertad”.

La Habana es la de esos tantos que andan desperdigados por el mundo sin encontrar un norte, y la de quienes lo encontraron en el fondo del mar o en un lejano, y a veces cruel, exilio. Esta es la ciudad de los enfermos sin medicamentos, de los que llevan años en medio de la promiscuidad de un albergue, de los que duermen bajo el sereno en la profunda noche.

La Habana no es solo la que miraron, caminaron, Leticia y Felipe. Ellos vieron el museo, pero La Habana es mucho más… Ella es amor y es odio, es el hambriento, el desolado que, a diferencia del presidente, no aparece engalanado y, por suerte, tampoco es la primera dama tan “picúa” y mal vestida. La Habana, la ciudad de mis amores, esa a la que le dedico muchas reverencias, es también la que soñamos, la que agoniza, la que no consigue salvarse con tanto maquillaje.
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lunes, 7 de octubre de 2019

Crisis «coyuntural» incrementa aún más las penurias en Cuba.

Por Iván García.

Crisis "coyuntural" incrementa aún más las penurias en Cuba

La guayabera de Gerardo, dependiente de un hotel de lujo en el centro de La Habana, está estrujada y llena de sudor. Lo peor es que la presión arterial le subió por las nubes, debido a una bronca en el atestado ómnibus que lo transportó hacia su trabajo. “Antes de que comenzara este periodo coyuntural, todas las mañanas cogía un taxi privado en la esquina de mi casa. Ahora lo mismo llego al Parque de la Fraternidad en una guagua repleta que en un camión. Dijo Díaz-Canel que esta situación era temporal, pero se están tomando medidas como si fuera a durar mucho tiempo. Estoy pensando comprarme una bicicleta o una moto eléctrica”.

Las tarifas de los taxis, sean arrendados por el Estado, privados o ilegales, se han duplicado. “Sobre todo por la noche, cuando baja el gardeo de inspectores y policías. Salgo del trabajo al filo de las doce de la noche. Hasta hace poco, por 5 cuc un taxi me dejaba cerca de mi domicilio. Ahora tengo que pagar 8 o 10 cuc”, se queja Gerardo.
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viernes, 28 de junio de 2019

Régimen cubano anuncia incremento salarial a partir del mes de julio.


El Consejo de Ministros de Cuba, cuyo gobernante es Miguel Díaz-Canel, anunció este miércoles que se aprobó aumentar los salarios en la Isla, así como otras medidas para impulsar la economía, aseguró el sitio oficialista Cubadebate.

“No es el incremento salarial final al que vamos, pero es bastante significativo para las condiciones en las que estamos”, dijo Miguel Díaz-Canel, y aseguró que el propósito es que esta decisión comience a aplicarse en el salario correspondiente al mes de julio, para que antes de concluir el verano los trabajadores reciban los primeros beneficios.
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sábado, 20 de abril de 2019

Carlos A. Montaner con Laurence Debray, hija de Regis Debray y Elizabeth Burgos.

Tomado de http://www.elblogdemontaner.com/

El  Interamerican Institute for Democracy patrocina el Ciclo “Conversaciones con Carlos Alberto Montaner”. Se trata de una serie de entrevistas que el prestigioso escritor, periodista y ex presidente de nuestro Instituto realiza a importantes personalidades, sobre temas de actualidad.

En esta edición de Conversaciones, Montaner entrevista a Laurence Debray, una joven escritora francesa, hija de Regis Debray y Elizabeth Burgos. Laurence ha escrito dos best sellers. El primero, una película biográfica del rey de España, Juan Carlos I. El segundo, “La hija de los revolucionarios”, relata su vida con dos padres que fueron víctimas de un encantamiento con la Revolución Cubana. Al contrario de sus padres, Laurence es libertaria y ha ingresado con éxito en el mundo del periodismo en Francia, en particular la de la televisión francesa, donde es comentarista e invitada habitual. La Sra. Debray recibió los premios “Prix du Livre Politique” 2018 y “Prix de Des Deputes” 2018.


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domingo, 30 de diciembre de 2018

Mi primo, el Che.

Por Alberto Benegas Lynch.

Ahora que se han aquietado algo las aguas de un nuevo aniversario de la muerte del Che Guevara, escribo sobre este personaje macabro con algún ingrediente que, en parte, introduce otra perspectiva.

En mi familia se ha hablado bastante del Che ya que mi padre era primo hermano del suyo. El abuelo del sujeto de marras era una persona excelente, Roberto Guevara, casado con Anita Lynch, hermana de mi abuela paterna. En tren de genealogía, consigno que soy mas Lynch que Benegas ya que tanto mi padre como mi madre descienden de dos de los hijos de Patricio Lynch, de quien desciende también el Che.
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jueves, 13 de diciembre de 2018

Francia, paisaje de la caída.

Por Zoé Valdés.

Los últimos acontecimientos en Francia tras las acciones o Actos 1, 2, 3 y 4 de los Gilets Jaunes (Chalecos Amarillos) constituyen, a mi juicio, el toque definitivo de alarma, de que la democracia europea, tal como se ha visto hasta ahora, acorralada más que asegurada, entre los partidos políticos tradicionales y sus intereses, está yéndose hacia derroteros inimaginables, ¿esperanzadores, o por el contrario, peligrosos? En la esperanza, más que en la razón y el pensamiento, estaría probablemente la amenaza. Pero, el pensamiento y la razón escasean, vivimos en la era de la ilusión tecnológica, y esperar confiados ya no es lo que antaño fue.

Además, cuarenta años de olvido por los sucesivos gobiernos franceses de una masa confusa, y también confundida, entre el inmovilismo y los regímenes de amparo o asistencia, no sólo han endeudado a Francia, además han paralizado al país y lo han empobrecido en sus acciones hacia un mejoramiento económico. Situar indeteniblemente lo social por encima de lo económico, como un avance y no como lo que es, una barrera, ética, cierto, pero barrera al fin, no ha servido más que para encender el ardor, la ira, la llama del descontento y de la violencia.
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