lunes, 13 de julio de 2026

Los supuestos cambio económicos en Cuba, una nueva maniobra del castrismo.

Por Alberto Roteta Dorado.

Hasta el presente, solo una nación ha logrado sobrevivir más de seis décadas bajo el dominio de una dictadura comunista -el caso de China no resulta aplicable dadas las características de su modelo económico menos rígido si se le compara con otros países socialistas como Cuba–. Cuba es el ejemplo más evidente de los resultados devastadores de un sistema sociopolítico y de un modelo económico fallido. 

Téngase presente que la crítica situación económica del pueblo cubano no es solo un problema del presente, sino algo que ha estado presente desde los inicios de la llamada revolución cubana, independientemente que dentro de la crisis permanente ha habido etapas críticas, como el período especial de hace unas décadas, lo que tuvo una relación directa con la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el derrumbe de campo socialista de muchas de las naciones de Europa Central y del Este, así como la megacrisis actual relacionada, según el régimen castrista, con el “recrudecimiento del bloqueo económico” por parte del Gobierno de Estados Unidos; aunque, como se sabe, no es otra cosa que las consecuencias de la ineficacia de un modelo económico anacrónico y carente de aplicabilidad en el orden práctico. 

La reciente intervención estadounidense en Venezuela, con la consiguiente captura de su presidente, Nicolás Maduro, así como la firme posición de la Administración de Donald Trump respecto a la necesidad inminente de grandes cambios en Cuba, han sido determinantes para que el régimen cubano entrara en pánico. La posibilidad de una operación similar a la de Venezuela siempre ha estado como una posibilidad, algo que algunos idealizaron como una acción inmediata; aunque, en este sentido, he preferido ser demasiado conservador,  por convicción luego de estar analizando detenidamente el contexto sociopolítico del presente, no solo de la isla, sino de las consecuencias de carácter universal relacionadas con la opinión pública de la comunidad internacional ante un hecho lo suficientemente polémico como para dejarlo de primera opción. 

La idea de una “asfixia” que paralice totalmente al país, y como consecuencia, la aparición de un estallido social resulta mucho más coherente que la opción de la intervención, independientemente de que seamos defensores de la hipótesis de la intervención como salida mucho más eficaz para acabar con el comunismo en Cuba. Las múltiples manifestaciones locales y parciales que están teniendo lugar en varios sitios de la isla demuestran que el estallido social generalizado está muy cerca, de ahí que la presión exterior mediante medidas severas que golpeen fuertemente en el orden económico está siendo eficaz.

En medio de la peor crisis de su historia el régimen castrista determinó “abrirse” al mundo mediante la adopción de una serie de medidas limitadas al aspecto económico. La Asamblea Nacional del Poder Popular propuso un conjunto de 176 medidas, según el oficialismo, orientadas a introducir transformaciones en distintos ámbitos de la economía y la organización social del país, lo que forma parte de un proceso de “actualización del modelo económico cubano”. 

Analizar cada una de las propuestas resulta demasiado tedioso, toda vez que, como sabéis, los socialistas cubanos suelen emplear un lenguaje que recuerda el uso de códices con una terminología cuasi ancestral heredada de la etapa de los bolcheviques. De ahí que me limite al polémico asunto del sistema financiero y bancos privados, lo que presupone ajustes en la estructura y operaciones de los sistemas bancarios, así como la incorporación de nuevas formas de gestión financiera. 

Se precisa que se hará una revisión del funcionamiento del sistema bancario actual, la posibilidad de incorporación de nuevas formas de intermediación financiera, ampliación de los servicios financieros y mayor flexibilidad en las operaciones vinculadas a divisas. Como se podrá apreciar se trata de revisiones, conceptualizaciones, posibilidades, opciones, pero al final nada concreto, independientemente de las ambigüedades que resultan patentes al leer detenidamente las famosas 176 medidas. De modo que la euforia que se ha desatado en las últimas horas debe ser controlada, toda vez que el llamado modelo económico cubano seguirá anquilosado por la eternidad. En este sentido prefiero citar textualmente una sentencia expresada en el panfleto que demuestra mi hipótesis: “es importante señalar que estos cambios no están completamente definidos y su implementación dependerá de regulaciones específicas que determinen su alcance, condiciones y supervisión”.

Se trata de otra teorización para “actualizar”, una vez más, un modelo económico que carece de fundamento y de razón de ser. Su total inutilidad durante estos terribles sesenta y siete años es un hecho evidente. El pueblo cubano lleva una vida de supervivencia en peores condiciones que un ejército en plena guerra. Recordemos que, en el octavo congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado entre los días 16 al 19 de abril de 2021, en La Habana, se propuso un proyecto de “Actualización de la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista”. Cinco años después, en medio de la desesperación ante el inminente desmoronamiento del régimen, se aparecen con un paquete de 176 medidas económicas que tendrán que pasar por un proceso de revisión, aprobación o exclusión y un largo etcétera que, finalmente, no solucionará la grave crisis económica.

En Cuba, en las circunstancias del presente, no hay que conceptualizar nada para “maquillar” un modelo económico fallido. Suponiendo que en realidad se concretaran algunos cambios, algo que, reitero, no tendrá lugar, dichos cambios se limitan a aspectos de naturaleza económica. El régimen no interioriza la idea de que no son cambios económicos lo que necesita una nación destruida, sino un profundo y radical cambio de naturaleza política que conduzca a posteriori a modificaciones económicas. Mientras permanezca la rigidez de la existencia de un partido único de manera oficial, el comunista, no exista separación de los poderes del Estado, no tengan lugar elecciones verdaderas, se continúen violando los derechos humanos, se prive a los cubanos de la libertad de pensamiento y de expresión y se mantengan miles de prisioneros políticos en las cárceles, no habrá cambios en Cuba. Las supuestas medidas económicas son solo una maniobra más de la cúpula de un sistema político decadente que sabe que no tiene escapatoria. 

El estallido social general está muy próximo, y ante las posibles represalias del castrismo la intervención militar estadounidense estaría justificada. Esta es la solución. 


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domingo, 28 de junio de 2026

¿Qué busca el castrismo con las 176 medidas?

Por Miguel Alejandro Hayer.

La reforma más radical de la revolución, o un cambio superficial, son las dos lecturas contrapuestas que admiten las 176 medidas anunciadas por el castrismo. Pero ambas lecturas se hacen la pregunta equivocada: «¿qué tipo jurídico de propiedad domina?».

En cambio, la pregunta correcta es por qué un régimen como el cubano estaría dispuesto a permitir la entrada de franquicias extranjeras y locales (estas últimas ya existen), empresas privadas de más de cien trabajadores (que ya existen) y quitar intermediarios de la importación sin dejar de ser una dictadura. A juzgar por el anuncio de las medidas, al menos parecen estar dispuestos a estos cambios. No obstante, la respuesta no está en la economía, sino en el poder. Estas medidas son, ante todo, un reparto: un nuevo pacto social, la continuación de la partición del país hacia la propiedad privada nacional.

La primera partición, en la era de Raúl Castro, tuvo dos momentos claves e inició en 2021, a la vista de todos, mientras seguíamos hablando de GAESA como si fuera 2019. Hace siete años el aceite y el pollo estaban en tiendas militares —CIMEX, TRD, Cubalse—; las remesas las controlaba Fincimex; la importación la hacían unas pocas docenas de empresas estatales y militares y el dinero para importar lo daba básicamente la banca de GAESA. Hoy todo eso lo hace, en buena medida, el sector privado. GAESA se replegó formalmente: primero cedió el comercio minorista (primer momento) y luego la importación, las remesas y la banca de comercio exterior (segundo momento). La culminación del proyecto hotelero y el exceso de enfoques ideologizados impedían ver cómo se desmantelaba, en silencio, GAESA.

Hace una década conocíamos por nombre a los directivos de CIMEX y de GAESA. Hoy un puñado de empresas privadas mueve en importación más de dos mil millones de dólares —cerca de un quinto de lo que importa el país y casi la mitad de los bienes de consumo—. Ese núcleo arrastra también las remesas y algo que funciona como banca de comercio exterior privada. Las figuras claves de la economía han ido cambiando, y nadie sabe quiénes son. Cuba, de pronto, parece Delaware: un paraíso fiscal que protege el anonimato de los empresarios.


Dos hombres. La Habana, 2026 / Foto: Marcel Villa.

Ante esa realidad, las 176 medidas vienen a formalizar y sellar el segundo momento de esa primera partición —importación, remesas y banca de comercio exterior— y a extender el reparto a la empresa estatal socialista. Esta es la segunda partición: el turno de los sectores castristas que no llegaron a la primera fiesta. Si una primera línea de élites ya se quedó con lo liquidable de GAESA entre 2021 y 2026, ahora toca abrir espacio para los que siguen en la jerarquía (el sistema también necesita de ellos para sobrevivir). Además, quitan lo que sobra, como en su momento hicieron con el CUC.

Ahora bien, los grandes ganadores de este proceso serán los que ejercen el poder y los enchufados, pero el pueblo también tiene su cuota de beneficio. Para este, el mensaje fue, en el 97, «abran una paladar»; en 2011, «pongan una cafetería»; en el 21, «háganse una empresa»; ahora, quizás, «júntense diez y quédense con la panadería municipal». (El primo de Miami manda el dinero, diez personas se ponen de acuerdo para operar, y el pacto social se actualiza). Y funciona, porque muchos cubanos sin grandes conexiones también lograron prosperar en las aperturas pasadas.

Todo ello deja una pregunta de fondo: ¿cómo puede un régimen entregar la propiedad y seguir mandando? El error que impide verlo viene del marxismo, y lo consumen hasta sus críticos: la relación de propiedad determina las relaciones de poder; en su versión teóricamente vulgar, para dicho enfoque la propiedad jurídica manda (que es lo que conduce a la pregunta equivocada que se mencionaba al principio). Pero en la práctica puede ocurrir lo contrario, y en Cuba viene sucediendo así desde hace 15 años.

Y es que por encima de la propiedad económica están las relaciones políticas de poder. Así, el dueño de la cafetería que vende croqueta en la esquina es el dueño; pero por encima de él hay una relación de poder que decide si lo sigue siendo, y en qué condiciones. En Cuba el derecho de propiedad funciona como una concesión más que como un derecho en sentido liberal. El Estado la otorga, la administra y la revoca: decide quién tiene empresa y quién no, quién importa bienes de consumo y de producción, quién accede al mercado privilegiado y quién sobra. Mientras el aparato represivo conserve ese control, da igual que la propiedad privada avance, porque esta es reversible y controlable. Como ayer el poder político removía a un director estatal, hoy cierra una pyme.

¿Por qué, entonces, tardaron tanto en «reformar»? Porque todo esto el castrismo lo ha aprendido despacio; de hecho, solo una parte de él —la más preparada y beneficiada con tales cambios— lo ha aprendido, y esa diferencia de aprendizaje (e intereses) marcará la velocidad y el alcance de las 176 medidas. No se debe olvidar que desde los noventa la continuidad en el poder viene dando pasitos —la paladar donde solo trabajaba el primo; el cuentapropismo en 2011; la pyme en el 21— y, a falta de teoría, la práctica les fue enseñando que se puede tener propiedad privada capitalista de jure, siempre que el régimen siga siendo la fuente de ese derecho y tenga la capacidad de vigilar y castigar. Y aun con todo el terreno que cedieron en materia de propiedad, el control no se debilitó, ni emergió una clase económica políticamente activa; más bien el sistema político se especializó en lo que sabe hacer y necesita para sostenerse.

Por ejemplo: en la época de Obama, cuando académicos respetables hablaban de indicadores de consumo de clase media porque había muchos celulares (hay países africanos con más celulares por habitante, por cierto), Cuba seguía entre los cinco países más pobres de la región. Guatemala, El Salvador y Nicaragua, con esa misma pobreza, expulsan migrantes en masa; Cuba, entonces, no tenía éxodos. Con eso bastaba para administrar el país.

Ese nuevo reparto implícito en las 176 medidas es todo lo que el castrismo necesita. No le hace falta un país de primer nivel ni reconstruirlo para seguir en el poder; le basta con subir un poco el acceso a determinados recursos para administrar la crisis de gobernabilidad. Eso es lo que buscan. Al menos, eso es lo que les ha enseñado el pasado reciente.

Lo más revelador de las 176 medidas no es ningún punto concreto, sino lo que el régimen demuestra haber descubierto al combinarlas. Si bien antes se guiaban por Lenin —que no sabía mucho de economía—, y el poder político exigía controlar los costos, los salarios y la ganancia, ya una parte del castrismo encontró el atajo que lo regresa a algo del liberalismo: el sistema político cobra el impuesto y se queda una tajada, sin tener que producir nada, mientras la clase económica castrista domina la generación de la riqueza.

Liberalismo a la castrista: que el mercado controlado y autorizado produzca la riqueza, que una clase económica continuista la acapare, que el poder siga decidiendo quién juega. Especialización de las élites —ya no más ser político, militar, cuadro del partido y empresario a la vez. Separación del poder, entre ellos. Por eso en el fondo no es una reforma, sino el castrismo más preparado, aplicando lo que le conviene de un Estado liberal para no tener que irse.

Queda ver si se ponen de acuerdo entre ellos.

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La lenta agonía del Palacio de Aldama.

Por Jorge Luis González Suárez.


Palacio de Aldama (Foto: Fotos de La Habana).

El Palacio de Aldama es una impresionante residencia habanera construida en 1840 para una de las familias de mayor poder económico de la época. Considerada un exponente arquitectónico sin igual en el país, fue declarada Monumento Nacional durante la República.

Fue mandado a edificar por el español don Domingo Marcos Aldama Aréchaga para legárselo a sus hijos Miguel y Rosa. Esta última estaba casada con el prestigioso intelectual Domingo del Monte, quien aportó ideas para el diseño de la obra.

En realidad, fueron dos grandes residencias unidas en su interior, con una estructura única. Es de estilo neoclásico, con ciertos elementos barrocos, y difiere de la arquitectura colonial cubana.

La mansión contaba en su interior con patios, fuentes y adornos que embellecían el sitio y daban gran confort a sus moradores.

Don Miguel Aldama, al instalarse en ella el 31 de agosto de 1844, escribió a su cuñado: “La casa, como era de esperarse, ha quedado soberbia, capaz de competir con cualquiera de París o Londres”.

Los techos y paredes tuvieron una decoración exquisita, con pinturas y tapices, algunos hoy perdidos, al igual que numerosas obras de arte, muebles de estilo y otros objetos valiosos.

La ubicación, en un sitio céntrico y privilegiado de la capital, hacía también que tuviese un importante valor agregado: frente al entonces Campo de Marte (hoy Plaza de la Fraternidad), en la llamada zona de Extramuros. Ocupa una mitad de la manzana comprendida entre las calles San Luis Gonzaga (la actual Reina), Amistad y Estrella.

La historia de esta fastuosa mansión está ligada, por sucesos nefastos, a la lucha por la independencia de Cuba.

En 1869, turbas de voluntarios integristas saquearon y destruyeron una parte del inmueble debido a que sus propietarios eran considerados partidarios de la causa independentista.

Al ser confiscada la mansión, junto con todas las propiedades de los Aldama, por el gobierno colonial español, la familia marchó al exilio y nunca más regresó a habitarla.

La mansión, hipotecada, fue adquirida en subasta por Segundo Álvarez y Perfecto Fernández en 1889, quienes instalaron en el lugar la industria de Tabacos y Cigarros La Corona, que pasó, el 31 de octubre de 1898, a la sociedad inglesa The Havana Cigar and Tobacco Factories Limited, de Londres, dirigida por Gustavo Bock Muller.

Al retirarse del lugar las firmas tabacaleras, Emeterio Santovenia, ministro de Estado, solicitó al Senado adquirir la propiedad para esa institución. La propuesta fue aprobada por unanimidad, pero el informe de un arquitecto, que la consideró irrecuperable, hizo que finalmente se rechazara la compra.

Más adelante, la firma La Corona vendió el edificio a Paul González de Mendoza Goicoechea, quien instaló allí el Banco Hipotecario Mendoza.

González de Mendoza invirtió un gran capital en restaurar, en la medida de lo posible, el edificio y adecuarlo a sus necesidades, con lo cual lo salvó de su destrucción total.

Allí, además de su banco, funcionaban otros negocios menores hasta que, en los primeros años del régimen de Fidel Castro, el 13 de octubre de 1960, el Estado intervino el banco y cerró los demás establecimientos.

A partir de ese momento, el edificio tuvo nuevas funciones. Allí se establecieron diversos organismos e instituciones gubernamentales, hasta que en 1974 fue destinado a ser la sede del Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba, del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (rimbombante nombrecito), hoy Instituto de Historia de Cuba.

Un excelente y lujoso libro, editado en 2007 por Ediciones Boloña, El Palacio Aldama: una joya de la arquitectura habanera, del historiador Pedro A. Herrera López, ofrece una detallada explicación y fotografías a color que ilustran los valores de este inmueble en todos sus órdenes.

Para resaltar aún más lo expuesto, el libro recoge opiniones de destacados arquitectos, como Joaquín E. Weiss Sánchez, quien calificó al Palacio de Aldama como “la más importante de las mansiones urbanas del siglo XIX y de todos los tiempos”.

Desde hace varios años, el edificio se encuentra cerrado, rodeado por una valla metálica, en espera de ser restaurado.

Una parte del techo fue demolida y no ha vuelto a edificarse, según puede apreciarse desde la calle.

Si esta valiosa edificación, que puede considerarse parte del patrimonio nacional, continúa sin ser restaurada, en un futuro no lejano no quedarán de ella ni los cimientos.

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Deuda de Cuba con el Club de París sube a 4.795 millones de dólares.

Por Carlos Alejandro Rodríguez.


Reunión de negociadores cubanos y acreedores del Club de París, en enero de 2026 (Foto: Prensa Latina)

La deuda oficial de Cuba con acreedores del Club de París cerró 2025 en 4.795,5 millones de dólares, sin contar intereses de demora, un aumento de 171,5 millones respecto al cierre de 2024, de acuerdo con el informe anual del organismo correspondiente a 2025.

El monto confirma que las sucesivas reprogramaciones pactadas por La Habana con sus acreedores no han reducido el saldo reportado por el Club de París. En 2024, las reclamaciones contra Cuba sumaban 4.624 millones de dólares; un año después, el total subió 3,7%.

El anexo estadístico del informe desglosa la deuda cubana en 300,8 millones de dólares correspondientes a créditos de Ayuda Pública al Desarrollo y 4.494,7 millones en créditos no concedidos bajo esas condiciones. Esa última categoría concentra más del 93% del total reclamado a Cuba por los acreedores oficiales agrupados en el Club de París.

Dentro de América Latina y el Caribe, Cuba aparece como el tercer país con mayor volumen de reclamaciones del Club de París al cierre de 2025. Solo la superan Venezuela, con 8.927,3 millones de dólares, y Colombia, con 5.108,5 millones. El saldo cubano también queda por encima de la suma de las deudas registradas para Argentina y México, dos de las mayores economías regionales, que juntas totalizaban 3.861,7 millones de dólares.

El aumento se produjo el mismo año en que el Grupo de Acreedores de Cuba y el Gobierno cubano acordaron en París modificar los términos de los acuerdos previos de consolidación de deuda, firmados el 12 de diciembre de 2015 y el 10 de junio de 2021. La reunión tuvo lugar los días 16 y 17 de enero de 2025.

En el comunicado emitido entonces, el grupo de acreedores señaló que la delegación cubana describió “la compleja situación económica y financiera del país y sus factores subyacentes”, así como las políticas aplicadas y por aplicar para continuar su plan de desarrollo. También sostuvo que “esta reprogramación proporciona a la República de Cuba mejores condiciones para afrontar sus dificultades económicas y financieras en los próximos años”.

El comunicado de enero de 2025 no indicó una quita ni precisó un nuevo calendario de pagos. Se limitó a señalar que la modificación buscaba preservar la relación con los países miembros del Grupo de Acreedores de Cuba mediante “la plena implementación” de los acuerdos anteriores.

El antecedente principal es el acuerdo del 12 de diciembre de 2015, cuando Cuba y el Grupo de Acreedores pactaron liquidar 2.600 millones de dólares en atrasos durante un período de 18 años. Aquel arreglo cubría un stock total de deuda de 11.100 millones de dólares, incluidos intereses de demora, al 31 de octubre de 2015. Según el Club de París, los acreedores acordaron entonces la cancelación progresiva de 8.500 millones de dólares, correspondientes a intereses de demora, en la medida en que Cuba pagara los 2.600 millones restantes.

En junio de 2021, ya bajo el impacto económico de la pandemia, La Habana volvió a negociar con el grupo. Ese acuerdo concedió más tiempo a Cuba para honrar varios pagos vencidos bajo el arreglo de 2015, aunque el Club de París precisó que se mantenía el valor presente de esos montos.
El Grupo de Acreedores de Cuba está integrado por Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia, Italia, Japón, Países Bajos, España, Suecia, Suiza y Reino Unido. Estados Unidos no forma parte de ese grupo.

La cifra del Club de París no equivale a la deuda externa total del país. Se trata solo de reclamaciones de acreedores oficiales agrupadas por país prestatario y excluye intereses de demora. La propia Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba mantiene un rezago considerable en la publicación de la deuda externa: la tabla oficial de deuda externa publicada en el Anuario Estadístico de Cuba 2024 (el más reciente) solo llega hasta 2020.

Ese año, la deuda externa total reportada por el Banco Central de Cuba fue de 19.743 millones de dólares, de los cuales 11.202 millones correspondían a deuda oficial. 
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miércoles, 24 de junio de 2026

Ramiro Valdés, el tenebroso.

Por Darío Alejandro Alemán.

Una creencia popular dice que, en sus tiempos en la Sierra Maestra, cuando era el segundo al mando de la columna del Che Guevara, Ramiro Valdés era ya un intransigente comunista prosoviético. Y también que, mientras el resto de la tropa se dejaba crecer exuberantes barbas y melenas, él se esforzó por mantener el bigote y una pequeña barbita puntiaguda para parecerse a Félix Dzerzhinski, el temible fundador de la policía bolchevique (la Checa) durante el llamado Terror Rojo. De ser cierto ese rumor, aquella obsesión habría tenido algo de profética: cuando triunfó la Revolución, el comandante Ramiro se convirtió en el principal arquitecto de la Seguridad del Estado cubana, un complejo aparato de vigilancia y control social tan bien estructurado que aún hoy, cuando el país atraviesa la peor crisis de su historia, pareciera la única institución saludable del régimen. 

Durante años, Ramiro Valdés y la Seguridad del Estado fueron el purgante que el castrismo usó para establecer y consolidar su cúpula; los dientes con los que la Revolución saturnina destrozaba a sus propios hijos antes de engullirlos. Héroes militares, políticos en ascenso y reconocidos intelectuales fueron despachados por ellos bajo acusaciones de sectarismo, espionaje, depravación o, simplemente, contrarrevolución. Con el tiempo, aquella bestia institucional ganó tanta fuerza que más de una vez se volvió contra su creador, pero Ramiro, habiendo ideado el mecanismo de la purga, se había vuelto inmune a sus efectos. En la historia de la Revolución cubana nadie fue tan resiliente como él. Nadie fue desplazado tantas veces para luego regresar al juego del poder como si nada. 

Ramiro Valdés, el comandante de la Revolución que alguna vez fue el tercer hombre con más poder en Cuba, murió el pasado 21 de junio, a la edad de 94 años. Al momento de su muerte, la dictadura de la que formó parte se tambalea entre las presiones de Estados Unidos y sus propias ineficiencias, mientras se esfuerza por mutar en un capitalismo autoritario patrimonial al estilo de la Rusia pos soviética. Pero la Seguridad del Estado, el imbatible aparato represivo que creó, le ha sobrevivido, y quizá sobreviva también al ideal comunista de la Revolución. 


Ramiro Valdés (a la derecha) junto a los líderes históricos de la Revolución cubana.

Ramiro Valdés (a la derecha) junto a los líderes históricos de la Revolución cubana
Ramiro Valdés estuvo en la génesis misma de la Revolución y participó en sus tres grandes hitos: el asalto al cuartel Moncada, el desembarco del yate Granma y la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. Su aval, por tanto, era de los más completos dentro de la cúpula castrista, solamente comparable con los de Juan Almeida (fallecido en 2009), Raúl y Fidel Castro. Oficialmente, era reconocido como «comandante de la Revolución», un título que podría equipararse al de padre fundador. Pero eso no bastó para hacerlo un personaje querido o admirado entre los cubanos. De hecho, su figura casi siempre inspiró sospechas y terror, que es lo que suelen inspirar los hombres dedicados a sembrar sospechas y terror. A raíz de su muerte, el presidente Miguel Díaz-Canel escribió en sus redes sociales que el Día de los Padres (21 de junio) se nublaba «con el dolor de su partida». Pero es muy probable que la inmensa mayoría de los cubanos, que en secreto se referían a él como «Charco de Sangre» o el «Carnicero de Artemisa», no lo sintieran precisamente así. 

Ramiro Valdés, más que gris, era un hombre tenebroso. Fue la hoz con que Fidel Castro segó a quienes resaltaban demasiado en el uniforme campo de su tropa de dirigentes, el gran inquisidor político y moral del régimen y, al mismo tiempo, el cerebro detrás de muchas de las exitosas infiltraciones de la inteligencia cubana en Estados Unidos. Una responsabilidad así exige ser discreto, de ahí que Ramiro evitara en lo posible los pronunciamientos públicos y las entrevistas. 

«No me gusta ser protagónico», dijo en 2025 al medio oficialista Cubadebate, en una de las pocas entrevistas televisadas (y la última) que accedió a dar. Poco antes, algo molesto, explicó que si había aceptado conversar sobre su vida era solo porque le habían indicado que era un deber, una «tarea» más que debía cumplir en favor de la Revolución. 


Valdés junto a Fidel Castro.

«Yo simpatizaba con los soviéticos, con la Revolución rusa y las proezas del Ejército Rojo», dijo una vez, pero nunca aclaró en qué momento exacto de su vida se volvió un comunista contumaz. No hay evidencias de que lo fuera antes de los 21 años, cuando era apenas el hijo de una pareja humilde de asturianos emigrados, que dejó los estudios en la secundaria para ganarse la vida en Artemisa, un municipio al este de La Habana. Tampoco parecía serlo cuando se unió al grupo de jóvenes que poco más tarde, en julio de 1953 y bajo el mando de Fidel Castro, intentarían asaltar el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar más importante del país. De su pueblo, Artemisa, salieron la mayoría de los participantes en esa acción, pero solo él sobreviviría a las distintas etapas de la lucha armada y a los primeros años de pugnas intestinas de la Revolución. 

En el exilio en México, luego de ser levemente herido en el Moncada y haber compartido la suerte de los sobrevivientes en el presidio, ya se lo puede ubicar, junto con el Che y Raúl, como parte de un pequeño sector filocomunista dentro del círculo de confianza de Fidel. Ramiro fue expedicionario del yate Granma, salió ileso de la carnicería ocurrida tras el desembarco (diciembre de 1956) y se alzó en la Sierra Maestra. Hasta entonces, a pesar de estar junto al líder de la guerrilla desde el inicio, no había sido premiado con una alta responsabilidad. De hecho, en la Sierra fue designado subalterno del Che, a quien Fidel había conocido menos de tres años antes en la capital mexicana, y quien ni siquiera era cubano. 

Su momento de destacar no llegó hasta enero de 1959, cuando el Ejército Rebelde entró en La Habana. A partir de entonces, Ramiro comenzó a trabajar incansablemente en la creación de un aparato represivo que, aun cuando la Revolución no había aceptado todavía su rol de satélite soviético, comenzaba a parecerse demasiado a la Checa de Dzerzhinski. 


Foto tomada de Internet.

Carlos Franqui, director del periódico Revolución y figura clave de la propaganda guerrilla y del gobierno revolucionario en sus primeros años, identificaba a Ramiro Valdés como parte de una «comandancia comunista de línea dura» junto con Raúl Castro y el Che Guevara. Eso no significa que entre las fuerzas que derrotaron al dictador Fulgencio Batista no hubiera comunistas, incluso prosoviéticos, como los miembros del Partido Socialista Popular. Sin embargo, aquella tríada gustaba marcar sus diferencias con el resto: ellos habían luchado en la Sierra, los otros no. 

Pero incluso este pequeño grupo comunista llegó a tener diferencias entre sí: mientras al Che lo movía un fanatismo idealista, a Raúl lo movía el poder y a Ramiro, su personalidad paranoica y una impasible «mentalidad policiaca». Franqui señala que, desde los primeros momentos de la Revolución, Raúl, con la ayuda de Ramiro, movió los hilos para desplazar del poder a aquellos que no veían con buenos ojos el rumbo comunista del gobierno. Y que años después harían lo mismo incluso con los comunistas de vieja guardia. Se supone, por ejemplo, que ambos instigaron la falsa idea de una conspiración contrarrevolucionaria por parte del comandante Huber Matos, uno de los líderes militares más prestigiosos de la lucha contra Batista, que se encontraba en la provincia de Camagüey. Aquellos hechos desembocaron en la captura de Matos, que fue condenado a 20 años de prisión, y con la desaparición de otro comandante revolucionario (y no precisamente comunista), Camilo Cienfuegos, quien supuestamente murió en un accidente aéreo cuando regresaba a La Habana, tras capturar al insubordinado.

«Valdés era un acomplejado, feo, impopular, silencioso, corrompido, como casi todos los moralistas», escribió Franqui de Ramiro. Y también que con los exbatistianos que no fueron fusilados en juicios sumarísimos y los primeros opositores de la Revolución prefería usar la tortura psicológica antes que la física: «oscuridad, frío, calor, aislamiento, amenazas de fusilamiento». 


Valdés / Foto: Cubadebate.

Para estructurar ese aparato represivo que era la Seguridad del Estado, Ramiro Valdés viajó a varios países comunistas en busca de consejo. Decía el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante que esos viajes lo llevaron a China en 1963, específicamente a Shanghái. En el documental Conducta impropia (Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, 1984), Cabrera Infante asegura que allí se entrevistó con el alcalde para preguntarle cómo resolvía el problema de la homosexualidad. Shanghái, la «capital occidental» de China, durante años había sido muy laxa con los homosexuales; sin embargo, el alcalde le dijo al cubano que allí no tenían «ese tipo de problemas». Según el dirigente chino, cierta vez, durante una fiesta tradicional que muchos homosexuales aprovechaban para congregarse en un parque cercano a un río, varios comunistas se aparecieron allí con estacas, los mataron a todos y los lanzaron al agua. La imagen de los cuerpos flotando por la ciudad fue suficiente para que la homosexualidad fuera barrida de Shanghái. De regreso a Cuba, decía el escritor cubano, Ramiro Valdés compartió esta historia entre otros militares castristas, y dijo: «me parece una solución bestial, pero es una solución». 

Lo primero que hizo el «moralista» de Ramiro Valdés fue organizar violentas redadas contra lo que él entendía que eran degeneraciones inaceptables en la Cuba comunista. Las llamó Operación P, porque se supone que estaban dirigidas contra prostitutas, pederastas y proxenetas, aunque casi siempre iban de golpear y apresar homosexuales. Contaba Carlos Franqui que cierta vez fue a quejarse con Fidel Castro porque en una de aquellas redadas policiales salió muy mal herido el poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera, pero al llegar a donde el líder barbudo, lo encontró bromeando junto a Raúl y Ramiro. Este último les contaba de los consejos que había recabado de los órganos de seguridad soviéticos, chino, vietnamita, checo y alemán para tratar a los homosexuales: «los fusilamos, veinte años, campos de concentración, trabajos forzados».

Finalmente, el jefe de la Seguridad del Estado cubana optaría por métodos menos escandalosos: los campos de concentración y los trabajos forzados, dos «castigos» que tomarían forma en las conocidas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP).


Valdés / Foto: Cubadebate.

Entre 1961 y 1968 Ramiro Valdés diseñó, como ministro del Interior, el Departamento de la Seguridad del Estado y la Dirección General de Inteligencia, instituciones opacas pensadas para reprimir con eficiencia cualquier crítica contra el régimen. Ambas eran altamente efectivas y profilácticas, y funcionaban a través de las intrigas, el miedo y cierta idea de omnipresencia sembrada en la ciudadanía: cualquiera podía ser un agente encubierto, incluso la persona más cercana a ti podía delatarte. En palabras del propio Ramiro: «No había nadie que se moviera que la seguridad no lo supiera».

Pero en 1968 fue separado sorpresivamente de su cargo. Según Norberto Fuentes, escritor y periodista cercano a la cúpula del régimen (y luego exiliado), su destitución tuvo que ver con intrigas en la corte castrista, donde el advenedizo general José Abrantes logró ganarse las simpatías de Fidel y que la relación de este con Ramiro se enfriara. Durante décadas, si hacemos caso a Fuentes, la relación entre Ramiro y Abrantes —cuyo hermano, comandante de la Revolución, falleció como Camilo Cienfuegos: en otro accidente aéreo en 1959— fue una de las pugnas más fuertes a lo interno del régimen. Pero la destitución del experimentado comandante (reemplazado por Sergio del Valle) no significó el fin de la carrera política, pues Raúl Castro se apresuró a nombrarlo viceprimer ministro de las Fuerzas Armadas, su mano derecha. 

Durante la segunda mitad de los setenta, Ramiro Valdés fue recuperando terreno. En 1976 fue nombrado vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros, y en 1980 lo ascendieron al cuarto lugar dentro de la nomenclatura del Partido Comunista de Cuba (PCC). Además, en 1979 recuperó su puesto como ministro del Interior. El arquitecto de la Seguridad del Estado volvía a tomar las riendas de su creación. 

En 1986, Fidel Castro inició un proceso de reformas económicas llamado Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, mientras en la URSS Mijaíl Gorbachov «reestructuraba» el socialismo soviético a través de la glásnost y la perestroika. Curiosamente, Ramiro Valdés, acérrimo comunista de corte estalinista, fue separado ese año de todos sus cargos. Y más curioso aún resulta que, en su lugar, fuera designado el general José Abrantes. 

Ramiro Valdés fue apartado del ojo público hasta 1997, cuando Fidel Castro le ordenó dirigir la búsqueda de los restos del Che Guevara, que había sido asesinado en Bolivia en 1967 y cuyo cadáver fue escondido por sus ejecutores. Ramiro regresó a Cuba con el cuerpo de su antiguo jefe y camarada comunista, y en 2001 le fue entregada la orden de Héroe de la República de Cuba, un claro signo de reivindicación política. Una vez más, había sobrevivido a la posibilidad de una purga. Para entonces, el general José Abrantes, su supuesto rival, era apenas un recuerdo. En 1989 fue destituido como ministro del Interior y condenado por los delitos de negligencia en el servicio, abuso en el cargo, uso indebido de recursos financieros y ocultamiento de información importante al gobierno de Cuba. Dos años después murió en prisión a causa de un infarto. 


Ramiro Valdés, junto a Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel.

A partir del año 2000, Ramiro Valdés no haría más que escalar en la cúpula política del castrismo. En 2003 regresó como miembro del Consejo de Estado y en 2005 le entregaron el ministerio de la Informática y Comunicaciones. Como jefe de esta cartera, su trabajo fue más que mediocre y estuvo marcado por su reticencia a la apertura del país a las infocomunicaciones, las cuales comparó con un «potro» que primero debía «ser dominado». Cuatro años más tarde, con el retiro de Fidel Castro y el ascenso de Raúl a la presidencia, fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros. Jamás volvería a hacerse cargo del Ministerio del Interior, pero hay quienes aseguran que el régimen siguió explotando su experticia en labores de inteligencia. En 2010, cuando los vínculos entre La Habana y Caracas vivían sus mejores momentos, Hugo Chávez lo designó al frente de una supuesta comisión técnica cuyo objetivo era detener la crisis energética venezolana. El creador del aparato represivo de un país en eterna crisis energética estaba en Venezuela, una potencia petrolera, para resolver «problemas eléctricos». El hecho, por supuesto, levantó sospechas entre la oposición antichavista.

Entre 2011 y 2019, Ramiro llegó a las altas esferas del Comité Central del PCC, solo por debajo de Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura, otro veterano de la Sierra Maestra que, por un tiempo, combatió a las órdenes del Che Guevara. En cierto modo, era el tercer hombre más poderoso en Cuba. Y cuando Raúl se retiró de la política para entregar, al menos oficialmente, el mando a una nueva generación (comandada por Díaz-Canel), pasó a ocupar la silla de viceprimer ministro de la República. 

En sus últimos años, el nonagenario comandante era solo una sombra de lo que fue. Apenas aparecía en televisión y desde finales de 2025 muchos cubanos especulaban sobre su posible hospitalización. A veces, incluso, se rumoraba que en realidad ya había muerto. El temor que infundía su presencia también desapareció. Durante las protestas populares de julio de 2021, un video lo muestra intentando aplacar sin éxito la furia de un grupo de manifestantes que le gritan: Asesino. Pero si su tenebrosa leyenda dejó de ser temida, su legado no: el mecanismo antropófago que creó sigue siendo el sostén de la dictadura a la que dedicó su vida. Ramiro Valdés, de alguna manera, cumplió su misión.
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