lunes, 27 de julio de 2026

C. Wright Mills y Jean-Paul Sartre: los primeros cómplices intelectuales del castrismo.

Por Luis Cino.


C. Wright Mills (foto derecha) y Jean-Paul Sartre.

En sus inicios, la revolución de Fidel Castro consiguió deslumbrar, ganar para su causa y convertir en propagandistas suyos a decenas de intelectuales de la izquierda internacional que peregrinaron a La Habana esperando hallar un socialismo diferente al soviético. De ellos, los más importantes fueron el sociólogo norteamericano Charles Wright Mills y el escritor y filósofo francés Jean-Paul Sartre.

C. Wright Mills, autor de libros como La élite del poder y La imaginación sociológica, cuando vino a Cuba en agosto de 1960 se enamoró de la revolución castrista, en la que creyó encontrar las mejores posibilidades para una nueva izquierda independiente de los soviéticos.

Al regresar a los Estados Unidos, empleó seis semanas en escribir un libro que tituló Listen, Yankee: The Revolution in Cuba, donde, expresándose cual si fuera un cubano, explicaba a los norteamericanos, dándoles una visión idílica, los cambios que estaban ocurriendo en Cuba bajo el castrismo.

Wright Mills, que falleció en 1962, no pudo hacer el segundo viaje a Cuba que proyectaba. La muerte le ahorró la desilusión que hubiera sentido al ver cómo la dependencia estratégica de la Unión Soviética hizo que se impusiera en Cuba una dictadura regida por el anquilosado marxismo-leninismo propugnado por el Kremlin.

Jean-Paul Sartre, que ya había viajado a La Habana en 1949, luego del triunfo de la revolución castrista vino a Cuba antes que Wright Mills. Invitado en París por Carlos Franqui, el director del periódico Revolución, el órgano del Movimiento 26 de Julio, Sartre, acompañado por su esposa, la escritora Simone de Beauvoir, llegó a La Habana el 22 de febrero de 1960. La visita se extendió casi un mes, hasta el 20 de marzo.

Franqui no había consultado la invitación con Fidel Castro, pero al Comandante le encantó la idea de ganar para su causa a dos figuras tan prestigiosas como Sartre y Beauvoir. Y lo consiguió. A pesar de que en el primer capítulo de Sartre en Cuba —uno de los tres libros que sobre el tema cubano escribiría Sartre— confesaba que en esta, su segunda visita a la Isla, no había entendido nada, esa incomprensión no impidió que opinara con entusiasmo sobre la revolución de Fidel Castro. Y tales opiniones, viniendo del más importante filósofo de su época, contribuyeron a cimentar el mito de la revolución cubana entre la intelectualidad europea.

Sartre y Beauvoir, con Fidel Castro y Carlos Franqui como anfitriones, asistieron a los carnavales habaneros, al estreno en Cuba de la obra teatral escrita por Sartre en 1946, La ramera respetuosa, y a varios encuentros con intelectuales cubanos.

En sus reuniones con Sartre, Franqui y los escritores del suplemento literario Lunes de Revolución, que se autodefinían como “intelectuales de izquierda, tan de izquierda que a veces vemos pasar el comunismo por el lado y situarse a la derecha en muchas cuestiones de arte y literatura”, se quedaron atónitos y confundidos por el modo en que el filósofo francés defendía a la Unión Soviética y al realismo socialista. Porque era el mismo Sartre que había escrito que “un intelectual es alguien que es fiel a un conjunto político y social pero que no cesa de discutirlo”, advertía que “si hay fidelidad sin discusión, no se es libre” y criticaba a los que “después de hacer una reverencia, de quitarse el sombrero ante los representantes del gobierno, va en la dirección que el gobierno prefiere”.

Sartre, tocado con un sombrero de guano, escuchó arrobado a Fidel Castro gritar en la Plaza, mientras la multitud respondía también a gritos, y eso le bastó para suscribir la tesis de la democracia directa y participativa. De nada valió que Franqui le explicara que eso era un estado de ánimo pasajero que dependía totalmente de Fidel Castro, que no tenía ninguna forma orgánica ni estructural, que era puro teatro revolucionario y no funcionaba en la práctica cotidiana.

Sartre estaba fascinado con el desaliño y la inexperiencia política de Fidel Castro y Che Guevara. Se dejó seducir por una revolución que balbuceaba aprendiendo a discursar y desafiaba a los Estados Unidos. El deslumbramiento alcanzó su clímax cuando presenció, durante el sepelio de las víctimas de la voladura del carguero La Coubre, ocurrida el 4 de marzo de 1960, cómo una multitud de milicianos alzaba sus fusiles en respuesta al grito de “Patria o muerte” de Fidel Castro.

Sartre se tragó gustoso el cuento del tercermundismo cubano. Interpretó que los rascacielos del Vedado nacieron de los malos hábitos de un país subdesarrollado. “En Cuba, la locura de los rascacielos reveló la terca negativa de la burguesía acaparadora a industrializar el país”, escribió.

Pero el asunto era mucho más complejo. En los análisis sobre la historia, la economía y la sociedad cubana que hizo en sus libros Huracán sobre el azúcar e Ideología y Revolución, repletos de dislates e inexactitudes, Sartre fue tan incoherente y equívoco como en la cuestión de “la democracia directa” y el efecto de la oficialización del marxismo.

Fue mucho más certero en sus vaticinios sobre el destino de los carros norteamericanos en Cuba. Profetizó que tendrían que durar largo tiempo funcionando. Sartre adivinó, solo que no imaginó que “el largo tiempo” sería más de siete décadas.

En enero de 1968, otra vez invitado por Carlos Franqui, Sartre regresó a Cuba para asistir al Congreso Cultural de La Habana. Fue su último viaje a Cuba. En 1971 fue excomulgado por Fidel Castro por firmar, junto a otros importantes intelectuales, la carta de protesta por la represión contra el poeta Heberto Padilla.

Hoy, el poco presentable castrismo tardío ya no tiene intelectuales que le escriban y sirvan de cómplices como fueron Sartre y C. Wright Mills. Lo mejorcito que le va quedando es Ignacio Ramonet y Noam Chomsky. Lo demás es la algarabía de patanes como los españoles Ana Hurtado y Manu Pineda y los norteamericanos Medea Benjamin y Manolo de los Santos.

Share:

0 comments:

Publicar un comentario