lunes, 6 de julio de 2020

Hacer y describir una cola del pollo (y no deprimirse en el intento).

Por Darío Alejandro Alemán.


Mi esposa está convencida de la necesidad de escribir una crónica sobre la cola del pollo. En ese escenario grotesco y calamitoso, dice, está representado el país y sus continuos fracasos políticos y económicos. ¿La cola del pollo? ¿En serio? Me lo tomo con calma. La cola del pollo como una inconsciente puesta teatral del desastre que habito, pienso, como un suceso cotidiano y simplón que resume…, o mejor, del que se desgajan disímiles y complicados significados. Imagino entonces una historia que comienza con mis abuelos marcando en la cola. Mis abuelos no lo logran, se agotan, mueren, y mis padres toman sus lugares creyéndose más cerca de la puerta de la tienda. Hace calor, tienen hambre, pero no les importa. El tiempo avanza; la cola, no. Ahora son mis padres quienes se agotan y me suplican que vaya pensando en relevarles. El pollo también puede ser una metáfora de la utopía revolucionaria, concluyo. Una crónica sencilla, continúa mi esposa, básica, sin detalles y sin filosofar tanto. Hecho, hecho, hecho, pam, pam, pam, porque la cola del pollo se explica sola, remata, y de mi mente borro todo lo anterior.

La cola del pollo se organiza en la madrugada de la misma forma en que, imagino, lo haría una protesta popular: una calle desierta que de a poco va llenándose de individuos como una conspiración planificada. Pero no tengo ni la más remota idea de cómo se organiza una protesta popular, y esta multitud reunida en los bajos de mi casa ciertamente tampoco.

Algunos están cansados, quizás por el trabajo del día o porque la madrugada, la mañana y hasta la tarde de ayer la dedicaron a hacer otra cola del pollo, o del detergente, o del aceite, o del picadillo. Al llegar, la gente pregunta por el último, y también por el penúltimo y el antepenúltimo. En la oscuridad de la noche tratan de distinguirse por sus peinados, el color de las mascarillas, las ropas, todo por si alguno desiste. Hay que saber siempre detrás de quién se va. Como la espera es larga, quienes viven cerca pueden darse el lujo de dormir un máximo de tres o cuatro horas antes de regresar para cuando repartan los turnos. Eso sí, como regla básica, primero deben haber dado ellos el último a otro recién llegado. Los que viven lejos no tienen esa opción y hubo un tiempo en que se traían la casa a la cola, de manera que la calle parecía un curioso camping nocturno con sillas plegables, almohadas, pozuelos con comida, pomos de agua y termos de café. Hoy, sin embargo, hacer la cola de madrugada está prohibido porque atenta, dicen, contra el aislamiento social exigido por las autoridades. Como resultado, ahora todos comienzan a marcar a las cinco de la tarde, justo cuando cierra la tienda.


En una cola del pollo nada es más temido que la presencia de un policía. La multitud escondida en las sombras se repliega cuando percibe una patrulla cerca, como las palomas de la plaza cuando un chiquillo corre hacia ellas y después, al saberse seguras, vuelven a lo que estaban, picoteando la inmundicia de los adoquines. Si los patrulleros de guardia no han tenido un buen día y parquean en algún rincón para echarse una siesta, la situación puede darse una decena de veces en la noche.

Ahora, desde el balcón, observo una escena similar. La patrulla suena desde lejos su sirena, no sé si en un gesto de hidalguía o de sadismo, lo cual les da a todos unos segundos para desaparecer. Cuatro no lo logran. Mi esposa y yo seguimos expectantes cuanto sucede, hasta que sentimos un murmullo en la puerta trasera del apartamento. Al abrirla, encontramos tres mujeres agazapadas en los peldaños de la escalera que han escogido como refugio. Las invitamos a entrar en silencio y les aconsejamos que se alejen de las ventanas o el balcón. Uno de los que atraparon le dijo a los policías que buscaran detrás del edificio, y ahora andan por ahí con sus linternas, informo. Una de las refugiadas me pregunta cómo era la persona que delató. Le cuento que es mujer, se la describo. Pero… esa es mi hermana, que vino conmigo, dice decepcionada, y yo, arrepentido, me muerdo la lengua.

Los atrapados, que venían en un auto, son llevados a una estación policial. Con suerte, les pondrán una simple multa. Sin suerte, tal vez les sancionen por el delito de Propagación de Epidemias y les hagan un juicio sumario, donde no contarán con defensa alguna. Quizás el juicio sea emitido después en horario estelar de la programación televisiva, mientras un periodista de saco y corbata celebra el espectáculo de la condena. A lo mejor un poco más tarde, para acallar a la horda de maldicientes y calumniadores de las redes sociales que no comprenden la base democrática de nuestro sistema de justicia, el periodista entreviste a unos severos ciudadanos escogidos al azar, quienes aplaudirán la sanción y rogarán porque también se publiquen las direcciones particulares de los infractores, como si planearan ir luego de la entrevista a apedrear sus ventanas. Si todo sucede así, ya tendremos el resto de los cubanos otra noche más para saciar nuestra hambre de morbo con cuatro desconocidos que intentaban saciar el hambre de sus estómagos. Panem et circenses, y a falta de pan, más circo.

Dos de las refugiadas se vuelven a la cola. La otra, la de la hermana delatora, pide un vaso de agua y se queda un rato más.  Nos dice que vive en una barriada de Marianao donde los mercados no proveen de pollo hace semanas. Sin posibilidad de trasladarse a otro municipio, consiguió finalmente que su hermana le llevara a Playa, a riesgo de ser sancionada por comprar en una zona ajena. La mujer no se atreve a regresar caminando a Marianao a altas horas de la noche y llama a su hijo varón para que le recoja en una moto prestada. Antes de irse, confiesa que tal vez no le es tan imprescindible la carne de pollo y, de todas formas, tiene maneras de acceder a ella. Cuenta que hará un año de la muerte de su hija por lupus. Luego muestra una foto de su nieta, una chiquilla sonriente que no llega a los diez años y ya se sabe enferma del mismo mal que le arrebató a la madre. Ella tiene una cuota especial de pollo por su enfermedad. No es mucho, dice, pero con eso resolvemos todos en la familia. Algo en sus palabras me estremece. No es la historia en sí, sino su forma; una forma que concibo como el punto exacto en que la resignación se confunde con la satisfacción.

Un reportaje en la televisión deja caer que, después del bloqueo, son los revendedores los responsables de las largas colas del pollo. No la corrupción a pequeña y gran escala de cuadros y trabajadores estatales por igual, que vendría a ser la tercera causa, o la ineficiencia de quienes dirigen la economía del país, que ni siquiera ocuparía un lugar en la lista, o la tozudez de cierta élite política (¡herejía!) que considera a un carretón tirado por bueyes como tecnología de punta, casi futurista. El reportaje televisivo se hace eco en medios impresos, post en redes sociales y en la gente. Los calificativos variopintos usados contra los revendedores van desde «elementos inescrupulosos» hasta «bandidos que lucran con la necesidad de pueblo». En el imaginario popular no hay mucha diferencia entre la figura del revendedor de poca monta y la de un despiadado lobo de Wall Street que vive de la especulación financiera, o la de un bucanero o la de un gángster contrabandista en tiempos de la Ley Seca. Ahora, puede que este malhechor no sea el culpable de la escasez, pero sí de que esta no se distribuya en partes iguales.

Hay, dicen, una forma fácil de descubrirlos. El Ministerio del Interior, en lo que parece un intento por sumarse al proceso de informatización de la sociedad, ha instalado en los celulares de sus efectivos una aplicación para registrar los documentos de identificación de quienes hacen la cola del pollo. Si un ciudadano coincide dos días seguidos en el mismo mercado es porque, en efecto, se trata de un revendedor. Si un ciudadano con residencia en otro municipio es descubierto en la cola, pues también. ¿Qué otro motivo que no sea el vender a sobreprecio dos paquetes de muslos de pollo tendría ese ciudadano para sobreponerse a la ausencia de transporte público?

Mis padres me llaman preocupados desde su casa, allá en la periferia de la ciudad. En el mercado de su localidad hace varias semanas que no ofertan pollo. Si pudieran, confiesan, amanecerían en una tienda de otro municipio para comprar uno, aunque ellos, de eso estoy seguro, no son revendedores. Ahora imagino la cola del pollo como material cartográfico y estadístico imprescindible para quien desee dibujar la geografía de la desigualdad en la ciudad.

A las once de la noche mi esposa y yo bajamos a hacer la cola del pollo. Entre la multitud dispersa una mujer se ha erigido en una suerte de organizadora informal. La voz grave de su imperativo y el volumen de su cuerpo, que le tensa las ropas, le conceden un liderazgo indiscutible, aunque en verdad solo se trate de la enfermera del consultorio del barrio. Le urge poner orden, dar instrucciones, recordándole a cada cual su lugar en la cola, pues advierte que en algún momento de la mañana tendrá que abrir el consultorio y no desea que la cola se rompa. Primero va el muchacho del pullover negro, después el alto del pelo canoso (que viene con dos personas más), después los del carro rojo de la esquina, después vengo yo, luego la mujer de la licra rosada, le sigue el flaco del nasobuco amarillo… y después van ustedes que, según mis cálculos, deben ser el cuarenta y ocho y el cuarenta y nueve. No lo olviden, ¿eh?. El cuarenta y ocho y el cuarenta y nueve, nos dice.

La gente comenta que venderán pollo, que alguien vio cómo en la tarde, cuando cerraba la tienda, los trabajadores trasladaban cajas congeladas de un lugar a otro del establecimiento. La tablilla de productos que han dejado en la puerta del mercado lo confirma. Entre diálogos fútiles y constantes escaramuzas de la patrulla transcurre la madrugada. No es hasta las seis de la mañana que aparece un oficial para poner orden antes de entregar los turnos, ciento veinte cartoncitos recortados con torpeza en cuyos centros aparece el número dibujado. El policía, junto a un oficial del Ministerio del Interior que se ha engalanado con su traje de diario, recoge los carnés de identidad y descubre a varios de otros municipios. Pese a los retirados, la cola no disminuye mucho. El policía exige entonces a gritos que cada cual se mantenga a un metro de distancia del otro. La fila demora en armarse. Ahora amenaza, quiere que le tomen en serio y advierte que quien no le obedezca pasará una madrugada de guardia con él, vigilando la cola del pollo del día siguiente. Reparten los turnos. Mi esposa y yo, tal como calculó la enfermera, somos el cuarenta y ocho y el cuarenta y nueve.

Los organizadores instituidos de la cola del pollo son una tropa bastante curiosa y heterogénea. Se han inventado una estructura al vuelo, y distribuyen roles que, eso sí, ejecutan de manera estrafalaria. Está la delegada de la circunscripción, quien a veces reparte los turnos, intenta poner orden y, si es necesario, da la cara en caso de problemas. Si su autoridad se ve reducida por la indisciplina de la cola, una mayor del Ministerio del Interior, con sus medias pantis que desaparecen bajo la minifalda del uniforme y su pelo afro chapuceramente teñido de amarillo, tendrá la última palabra. De fallar la cadena de mando anterior, siempre pueden echar mano a la policía.

Una vecina raquítica y de baja estatura recorre la cola de un extremo a otro exigiendo el metro de distancia establecido. Nadie le obedece, pero ella insiste en su labor mientras luce un trozo de tela blanca enlazado en su brazo. A esta enjuta mujercita nada le llena más de orgullo que el brazalete que le colocara la delegada de la circunscripción hace unas semanas, símbolo de su informal cargo de ayudante, o mejor, de botones. La delegada, una señora alta y corpulenta, es seguida a todas partes por su ayudante, quien parece dar brinquitos entusiastas para alcanzarla mientras le sostiene la cartera o cualquier otro accesorio. Lo hace como si el destino del mundo dependiera de ello, como si no existiese sobre la faz de la tierra trabajo más importante que este que le sacó del hastío, la inutilidad y el anonimato que la envolvían hasta ahora, como si fuera Bilbo persiguiendo los largos pasos de Gandalf o el Sancho devoto tras las andanzas de Don Quijote.

Se acerca la hora de abrir, aunque los organizadores parecen no tener prisa. De pronto, la mujercita anuncia que no venderán pollo y una multitud le va encima a los gritos, lo que la obliga a esconderse tras las espaldas anchas de la delegada. Esta última, desafiante, se planta frente a la masa iracunda. No hay pollo, dice, ayer se vendió todo. La gente, sin embargo, se niega a marcharse luego de haber soportado las incomodidades de una madrugada de espera. Le recriminan no haberlo informado antes, o no haberlo puesto en la infame tablilla a las afueras de la tienda. Todos hablan, abuchean, cuestionan. La esquina se vuelve un caos. Yo ayer vi cómo movían cajas de pollo al congelador y puedo decir dónde está ese congelador y también quién fue el trabajador que me dijo que quedaba cuando le pregunté en la tarde, confiesa un joven. Los demás le preguntan si está seguro. Claro que sí, contesta, díganles que abran ese congelador de allí para que vean. La cola es ahora un tumulto a las puertas del mercado, detrás de la cual se han refugiado los organizadores. Alguien dice que llamará a los inspectores municipales, otros exigen la presencia del administrador.


El administrador, camisa de cuadros, pantalones anchos y pelo engominado al estilo de Gardel, tiembla mientras repite que, en efecto, no hay pollo. El joven se le enfrenta, le pide que revele el contenido del congelador y el administrador da unos pasitos hacia atrás. Duda, las palabras le salen entrecortadas. Bueno, sí hay pollo pero… no podemos venderlo, dice tan débil que pocos alcanzan a escucharle. Pero sal y dínoslo, grita alguien. Que sí hay pollo, repite, esta vez más fuerte, pero no podemos venderlo. Y no salgo porque… tengo miedo de que ustedes me lastimen. La turba se enfurece aún más, como si estuvieran cerca de asaltar la tienda y confirmar los temores del administrador. Los rostros de quienes están dentro adquieren la terrible expresión de los sátrapas de la historia cuando estuvieron próximos a caer. Un simple mercadillo simula entonces una frágil Bastilla, unos insignificantes funcionarios se imaginan colgados de los pies en la plaza de Loreto y poco más de un centenar de personas siente el mismo ímpetu que un siglo atrás lanzó a una infinidad de rusos sobre el ostentoso Palacio de Invierno. La cola del pollo también es –quién podrían decir que no– una situación revolucionaria en términos marxistas.

El desmadre que cualquiera hubiese predicho finalmente no ocurre. Los ánimos caldeados se relajan con la llegada de los inspectores. Un policía escuálido nuestra su tonfa como sutil amenaza. Para las once de la mañana concluye el registro. Los inspectores le hablan ahora a la cola como jueces dictando una sentencia. Sí, en el congelador hay varias cajas de pollo, dicen. La multitud estalla en alegría, se abraza, se felicita a sí misma por no ceder a sus bárbaras intenciones, por ser una cola civilizada y no una chusma irreflexiva sin fe en la justicia de las autoridades. No obstante, continúan los inspectores, no se les puede vender ese pollo porque está destinado a los pacientes con coronavirus del hospital Cira García. Todos callan, digieren el fiasco y muchos se retiran. La cola del pollo también puede ser –quién se atrevería a negarlo– el espacio de legitimación popular más demoledor del que presume la institucionalidad cubana.

He decidido escribir la crónica, pero aún no lo hago. Le concedo a mi esposa que tiene razón y que hay cosas interesantes en la cola del pollo. Por ejemplo, anula al individuo en favor de la masa, igual que un multitudinario desfile político, pero con motivos relativamente menos nobles. Ella no está de acuerdo. Al contrario, cree que la cola del pollo, como expresión de la miseria, desata el individualismo y el egoísmo. Tiene, me dice, una esencia darwinista porque con la escasez no hay opciones: te obliga a adaptarte y a entender que solo los más fuertes sobreviven. Me cuenta ahora sobre una conocida que ha logrado sobornar a un trabajador de un mercado para que le lleve los paquetes de pollo. Ella, la conocida suya, es fuerte, tiene dinero y contactos; el trabajador del mercado, por su parte, se adapta, y es fuerte también, porque ha tomado el riesgo de jugarse su libertad. Mi esposa viene de otro país, de una realidad ajena donde la mía resulta un tanto exótica. Esa distancia le hace ver cosas que yo no o veo, o cosas que simplemente no importa mucho que vea. A veces quisiera decirle: «sabes, es como si yo fuera un hombre de las cavernas y tú un marciano que solo ha venido a comentarme: «Ey, tu planeta en verdad es redondo»».

Mi esposa baja nuevamente. En la madrugada la policía rompe la cola, pero a las cinco de la mañana esta vuelve a formarse de manera improvisada, provocando el descontento de quienes antes eran los primeros. Han repartido los turnos y ella, me cuenta, es el setenta y nueve. Como la tienda queda cerca no tiene por qué quedarse bajo el sol, de ahí que a cada rato salga de casa para ver cuánto ha avanzado la fila. Hace unas dos semanas, cierto día que amaneció lloviendo, no pudimos retirarnos de la cola porque aún no llegaban los trabajadores, quienes debían confirmar que venderían pollo. Allí estuvimos hasta cerca del mediodía. Mi esposa montó en cólera, algo que pensé que los demás asumirían como un acto de soberbia, y anunció a los cuatro vientos que se marchaba por lo irrespetuoso de aquello. Un viejo de expresión tierna y mirada perdida le dijo entonces: «ay, señora, así somos los cubanos, que aguantamos de todo». Hasta hoy me rehusé a hablar del pollo, de la cola del pollo, de la tienda donde venden pollo, de los dependientes de la tienda donde venden pollo.

Mi esposa va y viene pero aún no es su turno. Sin embargo, cuando regresa, lo hace con algunas historias entre dientes. Una de ellas me sorprende. Trata de una mujer que recogió su cartoncito recortado y se marchó, pero al volver a la cola su turno había pasado. Le habló a la botones enjuta, después a la delegada alta y corpulenta, y luego a la mayor de las medias pantis que desaparecen bajo su minifalda de uniforme y pelo afro chapuceramente teñido de amarillo. Le imploró que le dejara comprar, que ella trabajaba, que le habían solicitado en su centro laboral y que tampoco había pasado mucho tiempo entre una cosa y la otra. La mayor, tajante, respondió: «lo siento, pero usted debía estar aquí, en la cola».  Son las doce. En tres horas han atendido a las primeras veinte personas. Mi esposa decide hacer bizcocho. Mezcla los ingredientes, prepara la masa, la vierte en un molde que coloca en el horno, espera y fuma un cigarro, luego la saca, la deja refrescar, la sirve, come un trozo. Creo que deberías ir ya, porque no te imagino explicándole a la mayor que se te pasó el turno por hacer un bizcocho, le aconsejo. A los pocos minutos mi esposa vuelve colérica. Desde que abandonó la cola hasta ahora solo han atendido a cinco personas. Finalmente, avanzada la tarde, regresa entusiasmada con dos paquetes de pollo. La alegría del momento. Esto se repetirá la próxima semana, y la otra, y la otra más arriba. Para entonces, espero ya haber terminado la dichosa crónica.
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domingo, 5 de julio de 2020

¿Por qué el régimen cubano es terrorista?

Por Tania Díaz.

JoAnne Deborah Byron, activista estadounidense del Partido Pantera Negra prófuga de la justicia.

El periódico Granma del régimen castrista, ahora en colores pero con sus cuatro paginitas, emprende una nueva pataleta al estilo de Fidel Castro, su fundador, renuente a aceptar que Cuba esté incluida una vez más en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo, elaborada por el Departamento de Estado de EE. UU.

Que Granma está hecho a la medida de quien lo fundó, nadie lo duda. Tan es así, que ni muerto publica el informe de la administración de Donald Trump, donde se explica en detalles los motivos por los cuales se incluyó a Cuba en la mencionada lista negra.

Basta con hacer un breve recuento de cómo comenzó todo, para que los asalariados de Granma recuerden esta historia tan vieja como Matusalén.

Allá en Birán, un niño llamado Fidel Alejandro amenazó a su madre con darle candela a la casa, si no era complacido en sus deseos. La madre, asustada, corrió a contárselo al padre. Ambos sabían que el niño era capaz de hacerlo para lograr su fin.

Ese niño creció, se hizo hombre y su historia da fe de cómo continuó siendo el mismo que, en su afán por dominar a través del terror a sus padres y años después al gobierno de Batista, organizó el Movimiento “26 de Julio”, cuyo método de lucha era la colocación de bombas en lugares públicos para sembrar el terror en la población.

Castro creó un grupo numeroso de hombres que, medio engañados, asaltaron el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. La acción terrorista fracasó, se contaron decenas de muertos en ambas partes y Fidel fue condenado a prisión.

Según el Pequeño Larousse Ilustrado, terrorismo quiere decir “llevar a cabo un medio de lucha violenta, practicada por una organización o grupo político contra el poder del Estado, para la consecución de sus fines”.

Pero la historia no termina ahí. Continúa a través de una guerra en la Sierra Maestra, dirigida por el mismo niño ya crecido, basada en aplicar el terror por sorpresa de un grupo que ataca a militares desprevenidos y se repliega carente de una base territorial fija, llamada “guerra de guerrillas”.

¿Y qué le sigue a esta misma historia, sino miles de fusilamientos con el “niño” en el poder y varias invasiones, organizadas y salidas desde Cuba, la primera hacia Panamá el 19 de abril de 1959, y otras más cuatro meses después del triunfo de la Revolución, todas autorizadas por Fidel aunque violaran la soberanía de otros países?

Por favor, señores, no nos engañemos. Si el régimen fundado por Castro no es terrorista, yo soy un robot producido en Japón y no una vieja escribidora que, como ven, conoce al dedillo la terrible historia de Fidel Castro y su hermano Raúl, porque la conoció en carne propia durante más de medio siglo.

Según la neurocirujana Hilda Molina, Fidel es un clásico psicópata, inteligente, pero con un egoísmo absoluto e incapacitado para la organización y la administración de un país. ¿Pruebas? Estudien el panorama cubano carente de progreso a lo largo del fidelismo y del raulismo.

¿No recuerdan cuando se empeñó en poner de rodillas a los Estados Unidos en coordinación con Irán, mientras organizaba y financiaba guerrillas en América Latina, a pesar de la miseria en la que permanecía nuestro país?

¿No saben que en Cuba se da albergue a fugitivos que han cometido actos de terrorismo en Estados Unidos? ¿Que la Isla mantiene vínculos estrechos con patrocinadores estatales del terrorismo como Irán y Corea del Norte y que continúa siendo un defensor del narco-régimen de Nicolás Maduro?

¿No saben que continúa recibiendo líderes del ELN a pesar de la solicitud de Colombia de extraditar a 10 de ellos que se atribuyeron el atentado contra una academia de Policía en Bogotá, donde hubo 22 muertos y 87 heridos, en 2019?

¿No saben que en Cuba han vivido durante décadas prófugos de la justicia estadounidense, como Assata Shakur, William Guillermo Morales, Ishmael La Beet, Charles Lee Hill y Ambrose Henry Montfort?

¿Tampoco recuerdan que, en 1982, Fidel fue acusado de terrorista debido a su larga historia de apoyo financiero a grupos de terroristas individuales?

Estos argumentos que Estados Unidos ha ofrecido para acusar a Cuba nuevamente como país patrocinador del terrorismo no han sido publicados en el periódico Granma, órgano del partido comunista. ¿Por qué será?
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sábado, 4 de julio de 2020

Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (i).

Por Jacobo Machover.

Nunca se conocerá la verdad sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas, el viernes 22 de noviembre de 1963. El informe oficial de la Comisión Warren[1] no ha permitido establecer las responsabilidades, ya que el supuesto culpable, Lee Harvey Oswald, fue a su vez asesinado menos de 48 horas después por Jack Ruby. Oswald habló ante los investigadores, pero los datos que libró fueron insuficientes para establecer sus reales motivaciones y sus conexiones con la Unión Soviética y Cuba. Sin embargo, su simpatía hacia la revolución castrista era manifiesta, a la par de su desilusión con el comunismo imperante en la Unión Soviética, donde había vivido dos años y medio, entre octubre de 1959 y junio de 1962, y contraído matrimonio con Marina N. Prusakova -con quien tuvo dos hijos-, antes de regresar a Estados Unidos.

Un marxista heteroxo.

Marxista, Oswald lo era desde su estancia en el cuerpo de los marines en Estados Unidos. Su viaje a la URSS tenía como objetivo primero proclamar su rechazo al «imperialismo americano». Pero era una deserción de poca monta para el Partido Comunista de la Unión Soviética. En realidad, no era un comunista ortodoxo. Había sido profundamente marcado por la lectura de 1984, de George Orwell[2], mientras aún estaba en los marines, a los que hablaba de sus convicciones marxistas y, en cierto sentido, anti-stalinistas, sin tapujos. Le atraía la guerrilla castrista, como a varios de sus compatriotas (tales Herman Marks, cuya «especialidad» era dar el tiro de gracia a los fusilados en la fortaleza de La Cabaña, bajo las órdenes de Ernesto Che Guevara, a partir de la toma del poder en 1959, desaparecido luego de Cuba sin dejar huellas, o el comandante William Morgan, fusilado más tarde por Fidel Castro, contra quien complotaba, en abril de 1961, a raíz de los combates de Bahía de Cochinos). La opción castrista, opuesta a la de Nikita Kruschov, sobre todo después de la crisis de los misisles de octubre-noviembre de 1962, era mucho más exaltante, orientada hacia la lucha armada en América latina y, ¿por qué no?, en Estados Unidos. A su hermano Robert, le escribía desde la Unión Soviética: «In the event of war I would kill any american who put a uniform on in defence of the american government -any american» (sic). El intento posterior de asesinato a través de una mirilla telescópica, el 10 de abril de 1963, del general Edwin Walker, candidato demócrata racista y extremista a la gobernación en Texas frente al entonces republicano John Connally, pero partidario de Kennedy, quien fue herido en el auto que también transportaba en Dallas a su esposa y a John y Jacqueline Kennedy, se enmarca en esa idea de que todos los americanos eran culpables de la política de su país. La militancia en un grupúsculo como el Communist Party o en el Socialist Workers Party, cercano a las tesis de Trotski, más afín a su orientación crítica, era poco satisfactoria. Además, había roto de facto con su sueño soviético en medio de su larga estancia allí, hasta el punto de cometer un intento de suicidio anunciado en su Historic Diary: «I am shocked!! My dreams!» La estrategia de Nikita Kruschev después de la crisis de los misiles no concordaba con sus opciones guerreras.

La ayuda a la revolución y su participación en ella, tal vez en alguna operación guerrillera en América latina, eran su meta confesada. Uno de los seudónimos, práctica común en las organizaciones de extrema izquierda, que utilizó, «Hidell» -entre otros muchos, «Osborne», «D.F. Drittal», «Lt. J. Evans», y también simples variaciones sobre sus nombres y apellido reales, «H. O. Lee» por ejemplo-, lo eligió, según su esposa, porque rimaba con «Fidel». Hasta concibió el proyecto, ya en 1963, abortado por Marina que consideraba que se trataba de una locura, de secuestrar un avión de línea para hacerlo aterrizar en la Isla, algo bastante común por aquellos años.

Fair Play for Cuba Committee.

Lo esencial de su acción se desarrolló en el seno del Fair Play for Cuba Committee, en New Orleans, Louisiana, hasta por lo menos agosto de 1963, pocos meses antes del magnicidio, y se prolongó, nominalmente, hasta el 1° de noviembre, fecha en la que abrió un apartado postal en Dallas, Texas, a su nombre, al del American Civil Liberties Union y al del Fair Play for Cuba Committee.

Creado en abril de 1960 en New York, el Fair Play for Cuba Committee fue una especie de caballo de Troya del castrismo dentro de Estados Unidos. Contó para su creación con el respaldo de intelectuales americanos como los novelistas Norman Mailer y James Baldwin o los integrantes de la beat generation Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg -quien fuera expulsado de Cuba años más tarde, al emitir críticas hacia Fidel Castro y bromas sobre Raúl Castro y Che Guevara y relacionarse con poetas reprimidos-, o el filósofo francés Jean-Paul Sartre, quien acababa de efectuar un periplo de un mes en la Isla y de publicar una serie de 16 artículos ditirámbicos sobre Fidel Castro en el diario France Soir bajo el título de Ouragan sur le sucre (Huracán sobre el azúcar en su edición en un solo volumen en español). Prueba de la importancia, al menos simbólica, ya que no contaba con una numerosa membresía, del Comité. Castro aún no había decretado que su revolución era «socialista» ni que él era comunista. Sólo lo haría en 1961. Pero las relaciones con Estados Unidos ya se estaban degradando a medida que las relaciones con la URSS se venían fortaleciendo, después de un período de relativa indulgencia después de la caída de Fulgencio Batista el 1° de enero de 1959. Quien lanzaría los ataques más duros contra el régimen castrista establecido a corta distancia de las costas americanas era el que iba a ser designado candidato del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de noviembre, John F. Kennedy, apoyado por su hermano Robert, frente a su rival republicano, el vicepresidente de Dwight Eisenhower, Richard Nixon. Nixon, en los debates televisivos que lo opondrían a Kennedy, se mostraría mucho más moderado, ya que tenía que guardar el secreto sobre el desembarco que estaba preparando la administración republicana. Parte de la elección presidencial, con resultados extremadamente reñidos, se jugaría sobre el tema cubano. Desde el inicio, pues, contrariamente a Nixon, que había recibido al líder revolucionario triunfante en la Casa Blanca en abril de 1959, Kennedy mostró una posición resueltamente hostil hacia Castro.

La creación del Fair Play for Cuba Committee fue una creación genuinamente procastrista, por parte de una intelligentsia que consideraba con simpatía una revolución que se presentaba como antiimperialista, pero no comunista. Su lema: «Hands off Cuba!»[3] («Manos fuera de Cuba»). A pesar de sus reducidas tropas, el comité tuvo un papel fundamental en abril de 1961, en el momento más álgido de los enfrentamientos en Bahía de Cochinos.

En efecto, entre el 16 y el 19 de abril, mientras los combatientes cubanos anticastristas de la Brigada 2506 reclamaban el apoyo aéreo prometido por Kennedy para destruir los aviones gubernamentales castristas que los estaban bombardeando, una manifestación, poco importante pero que tuvo gran repercusión internacional, se desarrolló ante la sede de las Naciones Unidas en New York, convocada por dicho comité. Esa protesta bastó para que Kennedy renunciara a la intervención de la aviación y de la marina estacionada frente a la costa sur de Cuba.

Altercado con anticastristas en New Orleans.

Lee Harvey Oswald apareció espectacularmente en el historial público del Fair Play for Cuba Committee el 9 de abril de 1963, entre su retorno de la Unión Soviética, en junio de 1962, y el asesinato de Kennedy, en noviembre de 1963. Varias imágenes lo muestran enarbolando carteles con el ya clásico «Hands off Cuba!» y distribuyendo panfletos. En una de ellas, se encuentra frente a tres exiliados anticastristas, miembros del Directorio Revolucionario, Celso Hernández, Miguel Cruz y Carlos Bringuier, abogado en Cuba antes de salir para el exilio y autor de varios libros posteriores sobre las relaciones entre el castrismo y Oswald[4]. Ese día hubo un altercado entre Oswald y los militantes del Directorio, que terminó con la detención de los cuatro protagonistas. Pero el único que fue declarado culpable y multado por la policía -con la cantidad irrisoria de diez dólares- fue Oswald.

Pocos días antes, el 5 de agosto, hubo un extraño encuentro en el interior de la tienda de ropa de Bringuier, Casa Roca, que fungía como sede del Directorio Revolucionario y de otras organizaciones del exilio. Oswald había entrado a ofrecerse, por su conocimiento del manejo de armas, para una operación para derrocar a Castro, dejándole en la tienda una guía para los marines. El ofrecimiento fue rechazado por Bringuier. No se trataba simplemente de uno de los vaivenes ideológicos de Oswald sino, probablemente, de un intento -fallido, por impreparación política y linguística: Oswald no hablaba para nada español- de infiltrar al enemigo, una política extendida y permanentemente glorificada por la revolución cubana. Su posterior aparición en una calle de New Orleans con carteles procastristas era más bien una provocación, poco hábil, destinada a mostrar a qué bando pertenecía y a darles garantías a los dirigentes y representantes de la revolución cubana de su determinación a luchar por todos los medios en su favor. Pero en silencio no había podido ser[5].

El altercado causó cierto revuelo en New Orleans. El 13 de agosto una televisión lo fue a filmar distribuyendo los panfletos de su organización, del que él era el único integrante en New Orleans: no eran muchos los anticastristas convencidos en Estados Unidos. Lee Harvey Oswald fue entrevistado por una radio local y, pocos días más tarde, el 21 de agosto, invitado a participar en un debate frente a Carlos Bringuier, a lo que accedió. En el transcurso del debate, atacó duramente al presidente John F. Kennedy, pero quedó mal parado por tener que responder de su estancia anterior en la Unión Soviética.

Al enterarse del atentado contra Kennedy el 22 de noviembre, Carlos Bringuier quedó convencido de que la acción del hombre con quien se enfrentó en New Orleans estaba dirigida por Fidel Castro en persona. Su opinión ante la Warren Commission no fue considerada en ese aspecto, aunque sí su testimonio sobre sus encuentros con Oswald, que constituyó uno de los elementos esenciales para determinar sus ideas políticas. Por su parte, el fiscal, District Attorney, de New Orleans, Jim Garrison, desestimó sus declaraciones, concluyendo de sus interrogatorios que eran el vicepresidente Lyndon B. Johnson y el director de la CIA, J. Edgar Hoover, quienes se aprovechaban del asesinato del presidente[6].

[1]Report of the Warren Commission on the assassination of President Kennedy, New York, Bantam Books, 1964.
[2] George Orwell, 1984, London, Sexker and Warburg, 1949.
[3] Los castristas y sus seguidores tienen muy poca imaginación. En enero de 2019, el presidente venezolano Nicolás Maduro retomaba esa consigna: «Donald Trump, hands off Venezuela!» Le había sido dictada, sin lugar a dudas, por su mentor Raúl Castro.
[4] Carlos Bringuier, Red Friday, 1969, Operación Judas, Miami, Universal, 1993, Crime without punishment, 2013.
[5] La infiltración en los medios anticastristas del exilio es uno de los métodos más comunes de la revolución, tal como se ve en la serie de la televisión cubana En silencio ha tenido que ser, o con la Red Avispa, que desembocó en el encarcelamiento y la condena en Estados Unidos entre 2001 y 2014 de varios espías, considerados y glorificados como «los cinco héroes» por el gobierno de la Isla, que dio lugar en 2019 a una película propagandística de Olivier Assayas.
[6] Jim Garrison, A heritage of stone, New York, Paperback, 1970.
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viernes, 3 de julio de 2020

Efemérides de la Contrarrevolución cubana.

Por Arnaldo M. Fernández.

El 3 de julio de 1951, el senador Eddy Chibás se desfogó en los periódicos Alerta, Avance, El País y otros con solicitud de permiso al presidente del Senado, Tony de Varona, para renunciar a la inmunidad parlamentaria y poder así enfrentar en los tribunales la denuncia por delito contra el honor con que Aureliano Sánchez Arango (ASA), ministro de Educación de la administración Prío, había reaccionado a esta acusación de Chibás: “Fomentar un reparto residencial en Guatemala con dinero robado al desayuno y materiales escolares”. De este modo replicaba Chibás a la imputación —formulada por ASA— de ser explotador de campesinos y especulador de café con el negocio familiar de las fincas El Ermitaño y Los Naranjos en Oriente.

Las cadenas vienen de lejos.

Chibás era líder del Partido Ortodoxo (en la oposición) y ASA, del Partido Auténtico (en el gobierno). Aquella solicitud ilustra cómo viene de atrás la tradición opositora cubiche de urdir trámites inútiles sin asidero legal. Tal como la Constitución socialista (1976) reformada (1992) no daba pie a recoger firmas para presentar proyectos de leyes a la Asamblea Nacional, la Constitución democrático-republicana (1940) no daba ninguno a Chibás para renunciar a su inmunidad parlamentaria ni al Senado para aceptar esta renuncia por deseo propio.

Todo fue pirueta mediática con ánimo de alborotar galerías. El 18 de julio de 1951, Gastón Baquero difundió por el Diario de la Marina su “Carta al Dr. Aureliano Sánchez Arango” para puntualizar: “Chibás sabe que usted no tiene ningún reparto en Guatemala. Usted es un hombre honrado y Chibás lo sabe. Pero él necesita mantener el debate al rojo vivo”.

El 21, Chibás dio la fake news en el periódico Alerta de que tenía “pruebas documentales demoledoras, verdaderamente sensacionales, las más impresionantes que se han presentado en Cuba contra un funcionario gubernamental”. El 23 cargó de nuevo en Alerta contra ASA como “el mayor ladrón que pasó por el Ministerio [de Educación]”. Además de meter la cizaña de que ASA, como “ex-líder comunista [1] que carece de honor”, recurría continuamente a la táctica “de engaño y traición”, Chibás sacó fotos de una maleta en que decía guardar las pruebas, pero el 24 Humberto Medrano publicaba en Prensa Libre un artículo titulado: “¿Qué contiene la maleta?”. Una foto de esta tenía como pie la frase de ASA “Chibás, abre la maleta”.

Detrás de estos hechos, ¿está la CIA?

Enrique Cirules se alzó en 1993 con el Premio Casa de Las Américas por el testimonio El imperio de La Habana, que incluye este enfoque ilógico y ahistórico: “Un análisis del acoso sicológico a que fue sometido Chibás (acoso que lo llevó al suicidio) nos lleva a pensar que los servicios especiales norteamericanos hicieron un riguroso estudio de su personalidad, con intervención de verdaderos profesionales, antes de montar la operación encubierta, con el fin de eliminar lo que consideraban en ese momento el mayor obstáculo interno, utilizando para esta manipulación sicológica al Ministro de Educación del Presidente Prío”.

Delia “Lela” Sánchez, hija de ASA, refutó esta insinuación en su versión lógico-histórica La polémica infinita (Quebecor, 2004), pero el libro no se publicó en Cuba pese a gestiones que llegaron hasta el comisario José Ramón Balaguer (Comité Central del PCC).

El 26 de junio de 2013, la UNEAC abrió espacio en la sala Rubén Martínez Villena para que el historiador Newton Briones dejara mal parado a Chibás. Puesto que Chibás no puede salir bien parado en la historia de Cuba por donde quiera que se agarre la maleta, el comisario UNEACista Miguel Barnet se vería obligado a embarajar así: “Qué más da si la maleta estaba vacía o no”.


Tal disyuntiva pretende ocultar que la maleta fue artilugio de Chibás para poner a ASA en la picota pública, afirmando que estaba repleta de pruebas sobre la corrupción del ministro, pero como estaba realmente vacía de tales pruebas quedó tan sólo como pieza histórica de convicción contra Chibás por mentiroso y difamador.

Ante la falta de argumentos para refutar esta posición de Briones, Max Lesnik [AMJAG-7 para la CIA], expresidente de la Juventud Ortodoxa, finalizó su intervención de réplica en defensa de Chibás arrojando sus papeles a la mesa donde estaba sentado el historiador, quien apuntaría que mono viejo no aprende a maromero.

Como Chacumbele.

El 29 de julio, ASA tachó a Chibás de farsante por abstenerse de publicar las pruebas a pesar del ofrecimiento insistente de los medios, incluso Unión Radio Televisión. En su programa radial de ese mismo día, Chibás subió la parada con que la imputación inicial de malversación de fondos para construir un reparto residencial era poquita cosa, pues lo gordo era un imperio maderero en Guatemala forjado con el presidente Prío junto al expresidente y el ex ministro de Educación guatemaltecos, Juan José Arévalo y Raúl Osegueda, respectivamente.

La desilusión mediática y popular cundió al presentar Chibás como pruebas unas fotos de escuelas y hospitales en mal estado. Tras lanzar discurso de barricada por su programa radial del 5 de agosto en CMQ, Chibás se disparó un tiro en el bajo vientre, en vez de en la sien o el corazón, sin percatarse de que ya había concluido la transmisión. Luego de que entrara a y saliera del quirófano en el Centro Médico Quirúrgico, los medios irían informando a diario sobre la recuperación del senador hasta que de repente anunciaron su muerte el 16 de agosto.

Coda:

El 21 de agosto de 1997, Balaguer respondió por carta a Lela Sánchez: “No tenga usted dudas que contribuiremos a que se ponga en claro lo que tan vehementemente defiende”.

Notas:

[1] ASA fue cofundador (1931) del Ala Izquierda Estudiantil antes de tomar parte (1934) con el propio Chibás en la creación del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). El coronel Manuel Ugalde Carrillo, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) batistiano, declararía el 6 de mayo de 1960, ante comité del Senado de USA, que ASA fue uno de los fundadores (1925) del Partido Comunista de Cuba y luego se infiltró en el autenticismo.

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El castrismo, medio siglo al servicio de guerrilleros y terroristas.

Por Orlando Freire Santana.

Ejército de Liberación Nacional / ELN.

Por estos días, los medios de difusión oficialistas, divulgando palabras de Fidel Castro, aseguran que Cuba no envía tropas a ningún oscuro rincón del mundo, sino médicos a esos lugares.

Sin embargo, en fecha tan temprana como junio de 1959, apenas cinco meses después de que los guerrilleros de la Sierra Maestra accedieran al poder, varios combatientes del Ejército Rebelde llegaron a las selvas hondureñas con el objetivo de cruzar la frontera con Nicaragua y combatir al gobierno de ese país. Así lo reconoció el periódico Granma en su edición del 24 de junio de 2019.

A esa participación militar cubana en el exterior le seguirían otras más conocidas en la década del sesenta, como la expedición donde cayó Antonio Briones Montoto en las playas de Venezuela; la aventura en las selvas de Salta, en Argentina, donde desapareció Jorge Ricardo Masetti, quien había recibido preparación militar en Cuba; y por supuesto, la malograda gesta guerrillera en Bolivia, donde perecieron, junto al Che Guevara alrededor de una decena de cubanos.

A lo anterior, obviamente, habría que agregar las intervenciones militares cubanas en África, donde el castrismo sacrificó la vida de más de 3 000 de sus hijos para apoyar la estrategia geopolítica de la extinta Unión Soviética.

Pero Cuba no se destacaría solo por enviar sus tropas a combatir al exterior, sino que ofició también como retaguardia y base de entrenamiento a varios movimientos guerrilleros de la región. De Cuba partió Carlos Fonseca Amador, quien llegaría a convertirse en el líder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, para combatir al gobierno nicaragüense de Anastasio Somoza; de la isla salió Francisco Caamaño con la intención de organizar un movimiento guerrillero en las montañas de República Dominicana; y qué decir del amplio apoyo militar, material y financiero que el castrismo brindó a la guerrilla salvadoreña del Frente Farabundo Martí que combatía al gobierno de esa nación. Una contienda que ocasionó la muerte de casi 100 000 ciudadanos de ese país centroamericano.

Mención aparte para la protección que el gobierno cubano ha brindado a movimientos reconocidos como terroristas por la comunidad internacional, como la organización ETA del país vasco español. Hay que recordar la bochornosa actuación cubana en la Cumbre Iberoamericana de Panamá en el año 2000, cuando la Isla se negó a apoyar una Resolución que condenaba a ETA. Una Cumbre que pasó a la historia por aquellas palabras del entonces presidente de El Salvador, Francisco Flores: “Señor Castro, hemos tenido mucha paciencia con usted, porque usted tiene las manos manchadas con la sangre del pueblo salvadoreño”.

Este vínculo de las autoridades cubanas con el terrorismo vuelve a la palestra a raíz de la protección que el gobierno de la Isla ofrece a los integrantes de la guerrilla colombiana Ejército de Liberación Nacional (ELN) que sostenían conversaciones con las autoridades de esa nación sudamericana. Una agrupación guerrillera que, violando el espíritu de ese diálogo, ejecutó un acto terrorista contra la Escuela de Cadetes de la Policía, en Bogotá, en el que hubo cuantiosos muertos.

Mas, teniendo en cuenta el largo historial del castrismo en lo referido a la protección de guerrilleros y terroristas, cualquiera podría dudar una vez más de la veracidad del discurso oficial de La Habana.

La versión oficial cubana aduce que no se extradita a los guerrilleros, tal y como lo pide el gobierno colombiano, porque ello estaría en contra de lo acordado previo al inicio de las pláticas.
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miércoles, 1 de julio de 2020

Por qué ya no aplaudo a las nueve de la noche.

Por Mónica Baró.

Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró.

Son las 4:58 de la tarde del 30 de junio de 2020 y acaba de retirarse la última patrulla de la cuadra en que resido, en el municipio Playa, La Habana. El último de los tres carros patrulleros que mantuvo vigilancia policial en los bajos de mi edificio para impedir que yo saliera hoy.

Eran dos personas vestidas de civil, una con uniforme verde olivo, y otras dos con uniformes de la Policía Nacional Revolucionaria. Dos mujeres y tres hombres.

La mujer policía permaneció casi todo el tiempo dentro del auto, con su celular y sus uñas largas, que podía ver desde mi ventana en el primer piso. La otra, con una blusa blanca, estuvo casi todo el tiempo de pie, inquieta. A ella y al otro hombre de civil les vi comer, la comida dentro de un nylon, apoyados sobre el muro de una casa vecina.

Hubo un momento en que la mujer de civil se bajó el nasobuco verde -debía estar sofocada-, y la escuché decir que tenía ganas de llorar, como quien dice que ya no aguanta más.

Su patrulla era la número 402. Ahí se fueron los cinco, tras unas nueve horas de vigilancia.

Policía de guardia frente al domicilio de Mónica Baró.

Hoy se suponía que, en distintos puntos del país, la gente se manifestara. Par de días atrás, activistas y organizaciones sociales habían convocado para este 30 de junio a protestas pacíficas contra la brutalidad policial. El detonante había sido la muerte de Hansel Ernesto Hernández Galiano, el pasado 24 de junio, en el municipio Guanabacoa, cuando un policía le disparó con su arma de fuego.

Hansel Hernández era un hombre negro de 27 años. El Ministerio del Interior, en una declaración oficial, sostuvo que estaba robando cuando dos policías salieron a su encuentro, que se dio a la fuga, que agredió con piedras al policía que iba tras él, que el policía disparó en defensa propia. Pero de nada de esto hay evidencias.

Las circunstancias de su muerte continúan siendo un misterio. No quedaron documentadas en un video, como en el caso del afroamericano George Floyd, ni han aparecido testigos. No obstante, desde que el 25 de junio la tía de Hansel Hernández publicó la historia en Facebook, junto con una foto del cadáver, y pidió que el hecho no quedara impune, las redes sociales estallaron.

Este no es el primer caso que genera una discusión sobre abuso del poder policial desde que el 23 de marzo último se extremaron en Cuba las medidas para la contención del Covid-19 y se agudizó en todo el país la escasez de alimentos y productos de primera necesidad. Los reportes de personas multadas o detenidas por no usar el nasobuco en las calles, por denunciar en redes sociales el «hambre» y las arbitrariedades cotidianas, por filmar con sus celulares las colas para comprar en los mercados o enfrentamientos entre civiles y agentes policiales, han aparecido una y otra vez en medios cubanos independientes o extranjeros.

El abuso del poder policial no es un tema que haya venido con la pandemia. Por ejemplo, el año pasado una madre también denunció la muerte de  su hijo, otro joven de 27 años, llamado Raidel Vidal Caignet, a consecuencia del disparo de un policía en Holguín. Pero, sin dudas, el actual escenario ha incrementado las tensiones entre las autoridades y la ciudadanía.     

Yo no iba a ir a la manifestación de este 30 de junio. En La Habana, los asistentes debían encontrarse junto al Cine Yara, en la esquina de L y 23, en el Vedado, a las 11 de la mañana. En el mismo corazón de la ciudad. Las convocatorias decían que quienes no pudieran llegar al Vedado, puesto que el transporte público está suspendido desde abril, también podrían ir a protestar en las afueras de las estaciones de policía municipales. Pero enfatizaban en L y 23.

Las motivaciones de quienes convocaban a sumarse me parecían legítimas. ¿A quién con un poco de humanidad le puede parecer ilegítimo reclamar justicia para un joven baleado y el cese de la violencia policial? Aun si fuera cierto que Hansel Hernández estaba cometiendo un delito en el momento en que la policía lo abordó, si fuera cierto que quiso huir, seguiría siendo un ciudadano que merece justicia.

Pedir justicia no es más que pedir transparencia en la investigación del caso. Porque todavía no se sabe si, verdaderamente, el policía disparó en defensa propia a un sospechoso de un delito, luego de perseguirlo casi dos kilómetros, tal como indica la versión del Ministerio del Interior, o no.

Si yo no iba a ir, no era porque no creyera necesaria la manifestación sino porque la creía improbable. No sentía que la sociedad cubana estuviera lo suficientemente sensibilizada o indignada con la historia de Hansel Hernández y sospechaba que pasaría lo que pasó hoy: decenas de detenciones y cercos policiales en viviendas para impedir a los activistas manifestarse en espacios públicos y a los reporteros independientes hacer su trabajo.

Vi la primera patrulla justo después de levantarme, sobre las 8:30. Normalmente me despierto más temprano, pero anoche se me pasó silenciar el celular antes de irme a dormir y, sobre las dos de la mañana, empecé a recibir mensajes con códigos de Facebook, como si alguien hubiera estado intentando acceder a mi perfil. No era la primera vez que me ocurría, pero en ese momento me puse a revisar la seguridad de mi red, y me desvelé.

Este martes, en cuanto abrí los ojos, me puse a indagar cómo había amanecido la isla y, tal como imaginé, las noticias no eran nada alentadoras. Desde el día de ayer se había visto un despliegue de efectivos policiales en las zonas cercanas al cine Yara.

Cuando salí de mi cuarto, me dirigí a la sala y a continuación me asomé por una ventana, sin abrirla, y ahí estaba: la número 129, con un policía. Tampoco era la primera vez que yo veía patrullas estacionadas en mi calle. Cerca de donde vivo hay un mercado que casi a diario genera aglomeraciones de gente que viene desde municipios lejanos, a veces desde el día anterior, para comprar alimentos. La presencia de patrullas se ha vuelto habitual en mi barrio desde que comenzó la pandemia. Sin embargo, esta vez supe enseguida que la que veía justo frente a mi edificio no estaba ahí para garantizar que la gente no se matara a golpes por un paquete de pollo.

Cola cercana al domicilio de Mónica Baró.

Al principio me puse nerviosa, mis manos temblaban. Hasta que varias personas a las que había escrito me confirmaron que estaban en una situación similar a la mía y comenzaron a denunciarlo en las redes sociales.

Me tomé tiempo para hacer mi denuncia y durante esa espera estuve observando al policía. A cada rato miraba para mi apartamento, o quién sabe si a los cables de electricidad, o a los nidos de gorriones. Tenía gafas oscuras. Me pregunté cuál sería su orden, qué sabría de mí, si me buscaría en Facebook, si habría leído lo que escribo…

Si a mí me mandaran a vigilar a alguien, yo haría esas cosas. Me gustaría saber, hasta donde fuera posible, a quién vigilo. O a quién debo detener, si fuera necesario. Debe ser por eso que soy periodista y no policía.   

Cuando presencié la manera en que le respondió a una pareja que le hizo una pregunta sobre la cola en el mercado -así, con cierto desdén, como si eso no tuviera que ver con él-, me convencí de que él estaba donde estaba por mí.

Eran como las 9:15 cuando hice la denuncia en Facebook con un texto y una foto en la que se veía claramente el número de la patrulla. El rostro del policía decidí no mostrarlo. Casi no se distinguía, debido al nasobuco, sus gafas y la distancia, pero aun así pinté su cabeza de rosado.

Hace poco, en la Televisión Cubana, se dijo que en Cuba estaba permitido sacar fotos de policías, siempre y cuando no se subieran a las redes sociales, porque era necesario respetar los derechos de una persona sobre su imagen. Algo que es una tontería, porque cualquier persona informada sabe que, en los países medianamente democráticos, un policía en el ejercicio de su labor, en tanto funcionario público, está sujeto a que le filmen o le saquen fotos. Pero, bueno, no estamos en un país medianamente democrático.

Al rato llegó una mujer policía. Si alguien me iba a arrestar iba a ser ella. No deben querer que se diga de ellos que cometen violencia de género, y piensan que la violencia de género se evade, simplemente, poniendo a una mujer a lidiar con otra mujer. Y el racismo, poniendo a un negro a lidiar con otro negro.

Menos de una hora después de la denuncia, ya la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (Etecsa), la única de su tipo en el país, me había suspendido el servicio de datos móviles. A mí y a otros usuarios. Las llamadas -vaya gesto- no me las cortaron, ni en el celular ni en mi número fijo, y pasé casi todo el día hablando -calmando- a las amigas y amigos de siempre.

De acuerdo con Cubalex, este 30 de junio se reportaron 84 personas en arresto domiciliario y muchas de ellas perdieron el acceso a Internet a través de su celular. Varias horas después de haberse ido la última patrulla, no me lo habían repuesto.

A pesar de todo, me esforcé para que mi día transcurriera lo más normal posible. Trabajé, emprendí tareas domésticas, y hasta me peiné. Lo más duro fue no poder estar pendiente de las personas que estaban siendo detenidas a lo largo de la jornada… Yo no lo sabía, pero esa lista iba creciendo: llegarían a sumar 48.

Más de 130 cubanas y cubanos fueron víctimas este martes 30 de junio de violaciones de sus derechos, y yo integro esa cifra. Pero no me he detenido mucho a pensar en cómo me siento. Ni siquiera cuando soy parte de la noticia puedo dejar de actuar como periodista. Eso ayuda también: ese sentimiento de que no eres más importante que lo que está ocurriendo.

Yo, que no escribo de noche, estoy ahora mismo escribiendo de noche. Yo, que no suelo acabar un texto en un solo día, estoy acabando este texto en el mismo día.

Si algo me consuela es haber estado sola en mi casa. No tenía la menor idea de qué podía sucederme hoy, pero una de las posibilidades era que me detuvieran. Solo por esto me consuela que no hubiera habido cerca de mí nadie a quien pudiera dolerle verme detenida.

La noche anterior había considerado quedarme fuera. Me lo aconsejaron; no lo hice. Sentí que solo iba a trasladar el problema a una casa ajena. ¿Hay manera de escabullirse de la Seguridad del Estado? Si alguien la conoce, que la cuente.

Perdí un turno médico, que debo volver a programar, y tuve un ligero problema con mi basura, que agarró gusanos de un minuto a otro. Hordas de hormigas atacaron a los gusanos para devorarlos. Un vecino me hizo el favor de botarme la basura y dediqué como una hora a limpiar el patio. No la había sacado la noche anterior porque no estaba llena, y las bolsas escasean: no piensen mal de mí.

De ninguna manera iba yo a intentar salir. Ni por turnos médicos, ni por gusanos, ni por hormigas. Tampoco quise comprobar que las distintas patrullas estaban ahí para impedirme salir. (El número de la segunda, lo debo).

Que me cortaran los datos ya lo confirmaba. Que hubieran traído una patrulla adicional para controlar a la muchedumbre que se concentraba para el mercado ya lo confirmaba. ¿Para qué iba a exponerme a una detención?

Todo intercambio con la policía, con la Seguridad del Estado, agota. A mí me toma tiempo recuperarme. Tiempo que le quito a las historias. Cuando vaya a ser, que sea; pero mientras pueda eludir esa energía oscura, la eludo. Hoy, hasta cierto punto, pude.

No abrí las ventanas hasta casi las 11 de la noche.

No, no aplaudí a las nueve al personal de la salud para celebrar lo bien que estamos enfrentando la pandemia. Confieso que hace semanas que ya no me asomo a la ventana para aplaudir. Antes yo era de las que más aplaudía. Antes yo tenía fe en que esta iba a ser una historia con final feliz. 
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Andy Vázquez: 'Al que me botó de la televisión, le agradezco infinitamente.'


"Al que me botó de la televisión le doy las gracias, le agradezco infinitamente", dijo el actor y humorista cubano Andy Vázquez mediante una transmisión en vivo a través de Facebook, en respuesta a las amenazas y ofensas que recibe diariamente tras haberse radicado en Miami.

"Vine a este país donde nadie me dice 'déjame ver el guión antes de tú actuar, qué vas a decir, ten cuidado con esto o aquello' (...) donde gano en una hora lo que allá ganaba en un mes. Así que al general que dijo 'yo no lo quiero ver más en el ICRT', le doy las gracias", afirmó.

El actor, visiblemente molesto con un usuario identificado como Jesús García, quien lo llamó "traidor" y lo amenazó con su esposa e hija, respondió que "no les van a hacer nada a mi mujer y a mi hija, yo sé que no, lo tuyo es tratar de intimidarme y de que yo me ponga así".

Luego, alterado, le dijo: "No te metas con la familia de la gente, sé hombre y tírame a mí solo".

En respuesta a los que le llaman traidor y lo amenazan por "ridiculizar" a los burócratas cubanos expresó: "¿A quién traicioné? ¿A los que me dejaron sin trabajo, sin comida y sin sustento para mi familia? Yo no traicioné a nadie. Yo vine para donde me abrieron las puertas y me dieron trabajo".

"Si me botan hoy de Univista TV, me voy a limpiar pisos con tremenda dignidad, porque yo en Cuba vendí carne, pan con puerco, limpié botas y cuidé baños en el Coppelita de 25 y Malecón. Aquí no tengo que pasarle la lengua por las botas a nadie. Déjenme tranquilo, déjenme vivir", afirmó.

También dedicó unos minutos a hablar de su madre, que fue alfabetizadora y sufrió un derrame cerebral mientras trabajaba en una escuela durante la crisis económica de los años 90, ganando "menos de diez dólares al mes durante 30 años, y lo que tuvo en su vida fue un tocadiscos y un televisor en blanco y negro".

Vázquez llegó en diciembre a Miami tras ser separado de su puesto en el programa de la televisión cubana Vivir del Cuento. La decisión provocó una fuerte polémica, e incluso la recogida de firmas para su restitución en el programa.

Numerosas personalidades solicitaron explicaciones sobre su despido, pero hasta el momento el único pronunciamiento claro desde la institución fue a través de una entrevista informal ofrecida por Rafael Pérez Insúa, director de Cubavisión, a una youtuber desconocida.

Su personaje de Facundo Correcto, que representaba a un dirigente revolucionario, fue sustituido por el de Felipe Recio, interpretado por Miguel Moreno, conocido por su personaje La Llave en el programa humorístico Deja que yo te cuente.
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Niegan indulto a dos de los implicados en secuestro de Lancha de Regla.

Por CubaNet.


El Tribunal Supremo Popular de Cuba negó el indulto a los ciudadanos Harold Alcalá Aramburo y Maykel Delgado Aramburo, dos de los implicados en el secuestro de la Lancha de Regla ocurrido en el año 2003.

La decisión fue comunicada a Radio Televisión Martí por Julia Estrella Aramburo, madre y tía de los jóvenes, que cumplen cadena perpetua en el Combinado del Este de La Habana.

Aramburo es miembro del grupo opositor Damas de Blanco y activista de la organización Cuba Independiente y Democrática (CID). En enero de 2020 había enviado la petición de Indulto al gobernante cubano Miguel Díaz-Canel. Sin embargo, no fue hasta el pasado viernes que recibió respuesta a través de “un sobre sin nada escrito”.

“Cuando lo abrí era una carta con membrete y firma del Tribunal Supremo que, supuestamente, responde a la petición de Indulto que envié en enero de 2020 al gobernante Miguel Díaz-Canel”, dijo la mujer.

La misiva, firmada por el Tribunal Supremo Popular, informa que no puede conceder perdón a las personas implicadas en el secuestro de la Lancha de Regla ya que “están sancionadas por un delito grave que reviste peligrosidad social”.

“Ellos no tenían antecedentes penales, no mataron ni lesionaron a nadie, no entiendo por qué diecisiete años después son un peligro social”, lamentó Aramburo.

El abogado independiente Edilio Hernández declaró a Radio Televisión Martí que la respuesta del Tribunal es ilegítima pues ese ente no está calificado para ofrecer indultos.

“La respuesta del Tribunal Supremo constituye una violación de jurisdicción y funciones, pues la solicitud de Indulto se envió al presidente del país Miguel Díaz-Canel, que ya tenía esa facultad de acuerdo a la Constitución, por tanto, es quien debió contestar, o sus asesores”.

El jurista destacó también que el proceso contra los secuestradores y contra las personas implicadas en el hecho estuvo lleno de irregularidades, marcadas por la extrema politización del caso.


El punto principal de la solicitud de Indulto radicaba en que las sentencias fueron emitidas en “un proceso ilegalmente sumarísimo, realizado en menos de 15 días y con total ausencia del debido proceso… que juzgó a los 11 involucrados en el suceso por Actos de Terrorismo de la Ley 93/01”.

Además de los primos Aramburo, cumplen cadena perpetua en prisiones de La Habana los ciudadanos Ramón Henry Grillo y Yoanny Thomas González. Asimismo, otras cuatro personas implicadas en el caso fueron condenadas a penas de entre dos y 30 años.

El secuestro de la Lancha de Regla se hizo célebre a partir del fusilamiento de los jóvenes Lorenzo Enrique Copello Castillo, Bárbaro Leodán Sevilla García y Jorge Luis Martínez Isaac, quienes, tras pasar nueve días detenidos, fueron ejecutados por orden de Fidel Castro.
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Corrupción y socialismo: una dupla inseparable.

Por Jorge Olivera Castillo.


Los operativos de la policía contra la corrupción y las las ilegalidades, muy frecuentes en los medios de prensa durante los últimos meses, no pasan de ser una burda presentación de supuestas victorias contra aquellos que sacan ventaja de la escasez endémica, el racionamiento, los salarios de un mes que se evaporan en un abrir y cerrar de ojos y la inflación que amenaza con nuevas y más veloces progresiones mientras perdure el azote de la COVID-19 y también durante el lento y azaroso retorno a la “normalidad”.

En realidad, el mercado negro sigue mostrando un excelente desenvolvimiento. Esos alardes policíacos están lejos de causar pánico entre una población obligada a operar en los ámbitos de la economía sumergida. A veces como cliente y otras como proveedor de primera, segunda o tercera mano.

La reventa de productos robados de los almacenes del Estado es parte de una cultura que surge de la fatídica vigencia del hambre y otras fieras tan comunes en los paisajes del socialismo con sus fallidos planes productivos, la entrega gratuita de esperanzas en un futuro mejor y el éxito de las políticas sociales encerrado a perpetuidad en las páginas de los periódicos, la engolada voz de un locutor radial o en los ademanes de un periodista de la televisión que se esmera en ofrecer detalles de los “óptimos resultados”. Nada mejor para refutar esos pavoneos que un paseo por la cotidianidad de cualquier barrio de La Habana o algunas de las múltiples zonas campestres del interior donde la gente vive en barracones, sin muebles, sin electricidad ni garantías de comer tres veces al día.

El coronavirus y las secuelas que ha dejado en todos los rubros de una economía renqueante y en pie gracias a los subsidios -desde hace un tiempo menguados- provenientes de Venezuela, ha renovado las credenciales de vivir al margen de la ley.

Estoy convencido de que no hay forma de acabar con el acaparamiento, la sustracción de mercancías de los depósitos estatales y otras vías de subsistencia, muy lucrativas, en tiempos de escasez aguda como las que enfrentamos desde el brote pandémico.

La experiencia confirma la certeza de mis apreciaciones.

Levantarme a las 6 de la mañana el miércoles 24 del mes en curso para conseguir un turno que me permitiera comprar dos cajas de leche evaporada y dos de puré de tomate, cada una de 500 gramos, no bastó para poder ocupar un puesto privilegiado en la fila, más tarde convertida en aglomeración.

En primera instancia tenía el número 6, pero al final tuve que conformarme con el 44. Esto representó, en total, 7 horas de espera.

Al mediodía fue que salí con mi pequeño botín.

En este caso solo se podían adquirir dos cajas de cada uno. Una mujer policía tomaba fotos, con su teléfono celular, del carnet de identidad de cada persona para cerciorarse de que nadie pudiera comprar dos veces.

Marcar para varias personas con el objetivo de superar las barreras del racionamiento es algo que sucede a diario en las afueras de los comercios. No importa de qué producto se trate. Todo es vendible en tiempo de crisis.

Ya en la capital existen decenas de cuartos y apartamentos convertidos en tiendas a partir de las adquisiciones antes referidas.

En estos sitios el aceite vegetal obtenido a 2 CUC se vende a 6 CUC y las pequeñas cajas de puré de tomate de 500 gramos que cuestan 1,05 CUC, se ofertan a 2 CUC, por solo citar dos ejemplos de esta espiral de acciones correspondientes a un entorno decadente y rapaz donde sobreviven los más determinados a realizar este tipo de transacciones.

Ni hablar de las mercancías que no llegan a los estantes y que son vendidas subrepticiamente por quienes están a cargo de evitar estos procedimientos, dígase gerentes, almaceneros y hasta policías que se prestan a algún tipo de colaboración a cambio de algunas migajas.

En fin, que la corrupción el relajo no tiene fecha de vencimiento ni la tendrá bajo un sistema, cuyos máximos representantes se ufanan de controlarlo todo.

Lejos de eso, lo que se promueve es la corrupción y la marginalidad.

Definitivamente, en estos lares ha triunfado la malversación y el fraude. La honestidad y el talento son dos cualidades depreciadas en un escenario perverso y desgastante.

Con la crisis actual se alejan aún más las posibilidades de terminar con una anormalidad sistémica que envilece y desmoraliza.

Insisto en que esa publicidad a las pretendidas hazañas de la policía en la desarticulación de negocios ilícitos, ni edifican, ni asombran y mucho menos atemorizan a los millones de cubanos que se las arreglan para cruzar el mar de prohibiciones absurdas sobre cualquier ilegalidad.

Las circunstancias demandan una transformación raigal de las estructuras económicas y la creación de un ambiente donde cada cual tenga la oportunidad de forjarse una vida digna a cuenta del esfuerzo genuino.

Una necesidad urgente desestimada por los mandamases una y otra vez. Ojo, el tiempo se agota.
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Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma debe ir a la montaña.

Por Jorge Ángel Pérez.


Yordán llegó hace cinco días a La Habana sorteando mil peligros. Por mucho que lo aconsejara su madre, preparó la mochila y se la colgó del hombro. Salió sin despedirse para evitar la “matraca” de su madre, las súplicas, el llanto. Hace casi tres meses, cuando hizo el viaje al revés, ese que lo llevó de La Habana a Manzanillo, supuso que todo lo que había ahorrado le permitiría vivir unos cuantos meses, quizá hasta un año. Yordán trató de “estirar” su dinero todo cuanto pudo…, hasta que no lo consiguió más…, pero antes comió “bien”, o algo mejor que la mayoría de los manzanilleros, y le dio algunos “gusticos” a su madre.

Al día siguiente de su llegada a Manzanillo, Yordán disfrutó el volumen de su billetera y regresó a su casa en el carricoche con el puerco ya muerto, y se sintió orgulloso mientras desandaba el barrio. El puerco abierto y despojado de pelos le parecía hermoso, sugerente, apetitoso. Yordán dice que quería “especular”, aunque lo que realmente deseaba era ostentar, pero eso no importa tanto porque Yordán no gana su dinero en La Bolsa ni hace grandes inversiones, además jamás hizo una visita al diccionario.

El joven manzanillero ganó ese dinero durante una estancia habanera que duró algunos meses, casi un año. Aunque es muy joven ya tiene alguna experiencia para seducir “yumas”; aprendió bien pronto, con los “socios” que lo trajeron la primera vez. La juventud y ciertas bondades de su cuerpo le trajeron algún “éxito” en los últimos tres años, y hasta pudo conseguir una permuta para que su madre saliera de aquel bajareque. Con el dinero de su trabajo pudo dar un “vuelto” para que su madre viviera en un apartamento de “microbrigada” en Manzanillo.

Con el resto amuebló la casa y compró un televisor para la “pura”, pues así llama a su madre, y un refrigerador de uso, y algunos “trapos”. Yordán asegura que por eso no le hizo caso a las súplicas de su madre queriendo que se quedara. Cuando vio cómo se había vaciado la billetera puso “pie en polvorosa” y se montó en el camión…; lo malo vino después, cuando hicieron que el camión se detuviera en los límites de Las Tunas con Camagüey, y el policía revisó la “cama del camión” y levantó la lona sucia con la que se había cubierto. Así fue sorprendido, debajo de la lona, y no tuvo otro remedio que soltar 20 CUC, que fueron a dar al bolsillo del policía con tal de que lo dejara seguir.

En La Habana todo comenzó mal desde que el chofer le dijo que tenía que bajarse aunque todavía faltaba mucho para llegar al centro de ciudad. Yordán caminó y caminó, hasta que llegó a la casa de uno de sus “puntos” en San Miguel del Padrón, donde descubrió que ya tenía sustituto, y se sorprendió con la pregunta de su cliente cuando quiso saber si creía que iba a esperarlo hasta su vuelta. Yordán siguió caminando por una ciudad desolada sin que encontrara una guagua, sin que ningún auto a los que estuvo haciendo seña le parara.

En La Habana Vieja se enteró que tendría que pagar seis CUC por noche para dormir, y dos por un plato de comida sin “proteína”, por supuesto animal, esa que los cubanos de tanto extrañarla suponen que es la única. Pero Yordán “amaneció” temprano y se fue a la calle. Si no existían los habituales “lugares de encuentro”; si el Prado y el Parque Central estaban vacíos, y toda la zona del Capitolio y también el parque de la Fraternidad, y el Prado, entonces tendría que inventar…

Y buscó en su libretica de direcciones, y fue en busca del primer “punto”, el de la calle Apodaca, y hasta hizo el trabajito por cinco pesos, porque el cliente estaba asfixiado. En Carlos III tuvo mejor suerte; allí se bañó y atendió al cliente, y almorzó, y hasta durmió una siesta… Un “todo incluido” dice él, y se fue con diez pesos. “La cosa está mala”, le dijo el hombre y él juntó los cinco con los diez y siguió su camino.

En cuatro días ha recorrido casi la toda la ciudad, haciendo eso a lo que él llama “un todo incluido”; y aunque estos días no son esos otros a los que él les dice buenos, por lo menos “come una bobería” y guarda algo, y camina, y se mete en la cama con cualquiera que le pague. “Estos no son días para escoger”, dice, y advierte que “le mete mano a lo que aparezca”. Lo malo es la policía que, como él mismo dice, “está insubordinada” y hay que pagarles bien para que lo dejen tranquilo y en la calle. Él sabe muy bien que así es su negocio, y riéndose asegura que: “tengo que salvar a mis panas”.

Yordán camina la ciudad entera haciendo servicio a domicilio y, para consolarse, se jacta de sus caminatas, y trabaja mucho, siempre desnudo, siempre con esmerados movimientos, con estrategias, para luego poder mandar algo a su madre, porque en Manzanillo también está muy difícil la cosa, quizá tanto como en La Habana. Yordán es uno de los tantos “pingueros” que no se deja amilanar por cuarentenas, porque si no trabaja no come, ni él ni su madre. Si no puede trabajar en los sitios habituales los busca, los inventa si es preciso. El muchacho, riéndose, asegura que si la montaña no va a Mahoma, entonces Mahoma va a la montaña.

Este muchacho manzanillero no sabe nada de ese Francis Bacon que habló de Mahoma y de la Montaña. Él no sabe nada del inglés, pero sabe que hay que trabajar duro en estos días para comer y, a fin de cuentas, como él asegura, no es tan malo lo que hace. Y esa certeza del joven “pinguero” que no sabe nada de Francis Bacon es la que va a salvarlo en estos días de gran penuria. El reconoce que saldrá mucho mejor que un médico o que un maestro, mejor que su madre que pasa largas horas sentada y torciendo tabaco o “lavando para la calle”.

Yordan es perspicaz y tan astuto como Bacon. Él sabe que se puede sacar partido a las crisis, y que si la montaña no llega hasta él, entonces debe ir a buscarla. Yordán no espera nada del gobierno y sabe que si no trabaja no come. Es un pragmático que sabe muy bien que el gobierno no resuelve ningún problema y que mucho menos ofrece soluciones puntuales, que su vida está en su cuerpo y en la calle. Yordán reconoce que no puede esperar a que llegue buenamente esa normalidad que depende de la desaparición de un bicho chino que acongoja y mata.

Su “emancipación” depende de su cuerpo, de las bondades de su cuerpo, y lo usa. Yordán sabe que no puede regodearse, como el gobierno, en las permanentes crisis y en la muy paciente búsqueda de soluciones. Él distingue el mal y discierne, un poco, con ese juicio que le dio la calle, y de ahí sale su resolución. Yordán reconoce, y muy bien, que una crisis puede ser una guía, y se arriesga.

Quizá Cuba debía parecerse un poco a Yordán, a su audacia, al ánimo que lo lleva a trabajar para comer luego. Quizá Cuba debería poner el ojo en el brío de ese muchacho que nada sabe de la existencia de Francis Bacon, pero sí reconoce que hay que salir a buscar la montaña, si es que ella no llega hasta donde él está. Cuba, los que queremos un país mejor, deberíamos salir a buscarlo, incluso en medio de prohibiciones. Cuba podría aprender, también, de los procederes de un pinguero, de sus disposiciones, porque la bonanza y la libertad no llegarán juntas a tocarnos la puerta de la casa.
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Hansel también debió gritar que sería como el Che.

Por Jorge Ángel Pérez.

Retrato de Hansel Hernández.

No sé cómo fue la infancia de Hansel, ni siquiera sé si tuvo infancia o una hermana llamada Gretel, quizá sí. No sé si tuvo unos padres amorosos que lo guiaran en sus juegos infantiles. No sé quiénes fueron los padres y mucho menos si Hansel y Gretel se escapaban de la casa para adentrarse en algún bosque cercano, en un matorral, para jugar hasta que no le quedaran fuerzas. No sé si Hansel tuvo un tirapiedras con el que pudo disparar a algún pajarito escondido en la floresta.

Quién podrá asegurar que Hansel extendió alguna vez las ligas de su tirapiedras con los ojos puestos en el breve pecho de un gorrión, quién podrá dudar que puso trampas a un tomeguín y lo vendió luego, o lo soltó. Nadie sabe si “echó a pelear” a unos perros para que se destriparan en la batalla, para aplaudir la mordida y el sangrado. No sabemos nada de Hansel en el bosque. No sabemos nada de Hansel en la escuela. ¿Será que lo quisieron sus maestras? ¿Habrá copiado del vecino de pupitre en los exámenes? ¿Será que fue castigado por los padres y maestros por alguna conducta deplorable?

No sé nada de Hansel, no sabemos si fue un buen alumno o un “futuro delincuente”, pero tengo la certeza de que el niño uniformado, y con pañoleta anudada bajo el cuello, debió chillar muchas veces, y junto a sus compañeros, “Pioneros por el comunismo seremos como el Che”. Él, como todos los niños en Cuba, fue obligado a gritar con mucha fuerza que sería como el argentino; y por supuesto que esos niños no están pensando en el asma del guerrillero. Todo lo que advierten es que serán “revolucionarios”, que serán “comunistas”, y quizá “fieles a la patria”, y es posible que “buenos estudiantes”, aunque por esos días disparen piedras a cualquier pajarillo en pleno vuelo.

Eso podríamos suponer ahora del niño que fue Hansel alguna vez, pero todo eso no va más allá del terreno de las suposiciones. Lo que sabemos ahora de Hansel es que está muerto, que un policía, un militar, le disparó y lo dejó sin vida, como al Che; según dicen, el joven occiso había robado piezas y accesorios en una paradero de ómnibus y que resultó sospechoso a los ojos de dos policías que patrullaban la zona y que le ordenaron detenerse, pero él intentó escapar; y también dicen, quienes construyen las noticias, que lanzó piedras a sus perseguidores, que algunas fueron certeras, como la que pegó en la “entrepierna” de uno de los policías y que debió doler mucho, muchísimo, y luego otra pedrada le pegó al mismo policía en un lateral del torso, no sabemos si en la izquierda o en la derecha. No sabemos…

Y a pesar de las pedradas, y el dolor, el policía consiguió reponerse y apuntar, y fue certero a pesar de las pedradas, a pesar del dolor y eso resulta muy extraño. No puedo imaginar a un hombre que consiga apuntar después de una pedrada en la entrepierna y otra en el torso. Lo más lógico es el chillido, el grito desgarrador, el tirarse al suelo y gritar; lo más posible es el dolor inmenso, lo más posible es una escena menos clara, menos segura…; pero esta vez no fue así. El policía, ese que pudo andar alguna vez por los campos orientales cazando pájaros y desaprobando exámenes, ese que no fue a la universidad y que ahora forma parte de los cuerpos policiales, consiguió apuntar y dar en el blanco, a pesar del dolor que produce un golpe en las partes pudendas de los hombres.

“Cógeme ese trompo con la uña”, dice un amigo cuando no da crédito a lo que antes expuso alguien, y yo digo con él, porque un golpecillo, un pellizquito en la entrepierna es espeluznante, y mucho, mucho más si es un golpe de piedra, pero la prensa oficial no dice nada aún, solo una breve nota en el Tribuna de La Habana para justificar la muerte de ese joven tan negro como George Floyd. Unos parrafitos en la versión digital del Tribuna de La Habana que se publica el domingo, y que deberá repetirse, este lunes, en la edición impresa que leen solo los habaneros; nada de Granma, nada de Juventud Rebelde, nada de noticiero de televisión, nada de nada…, aunque sí usaran todos los espacios posibles para denunciar la muerte de Floyd y enfrentar a la policía norteamericana.

La muerte de Floyd sirve al gobierno cubano para desacreditar a los “yanquis”, para tildarlos de racistas y asesinos, para convocar a los cubanos, para proponer el odio y para tender un manto de silencio sobre nuestras realidades. Y la verdad es que los dos muertos fueron hombres negros, y policías los dos asesinos. Y un mar de tarados somos nosotros si de verdad creemos que el policía cubano no tuvo otro remedio que disparar al joven negro y dejarlo muerto, no por un rato, sino para siempre.

Hansel está tan muerto como Floyd, pero, a diferencia del último, la prensa oficial no dedicó la misma atención que al hombre negro que murió en el Norte. Hansel, el cubano muerto, es un hombre real. Hansel no salió de las páginas de los hermanos Grimm, y no sé si tendrá una hermana llamada Gretel que se sienta sola y que lo extrañe. Hansel debe tener unos padres que no van a conformarse con la muerte de su hijo. De Hansel sabemos muy poco; las noticias aseguran que era un delincuente y nada más.

Yo no sé dónde vivía este joven negro. ¿Será que nació en un barrio marginal? ¿Acaso creció en uno de esos puntos de la geografía habanera en las que resulta muy difícil ser un hombre de bien? ¿Serán verdaderamente sentidas las lamentaciones del Ministerio del Interior que aparecen en la prensa? ¿Y por qué el Granma no hace visible esta muerte? ¿Será que suponen que podrán callarla si sólo aparece en ese diario que circula solo en La Habana? ¿Será que en esta ciudad capital van a desmantelar y a reconstruir el departamento de policía, como se propuso en Minneapolis? ¿Será? ¿Cuál será la atrocidad que vendrá luego? ¿Reconocerán las autoridades que la mayoría de los delincuentes cubanos de ahora mismo, chillaron antes que serían como el Che?
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La cultura dentro de la revolución.

Por Luis Cino.

Fidel Castro, 1961 en su discurso Palabras a los Intelectuales.

Palabras a los Intelectuales es el pomposo título con el que es conocido el farragoso discurso, reminiscente de Mussolini, con el que Fidel Castro dio por concluida la última de sus tres reuniones en la Biblioteca Nacional, los viernes 16, 23 y 30 de junio de 1961, con los más importantes escritores y artistas cubanos de la época y los comisarios estalinistas encargados de disciplinarlos.

Con aquel discurso, que pronunció con la pistola sobre la mesa, flanqueado por el zar del ICAIC Alfredo Guevara y el incondicional presidente que no pinchaba ni cortaba Osvaldo Dorticós, sin lograr disimular su disgusto por dedicar demasiado tiempo a algo que consideraba no lo merecía, Fidel Castro se propuso meter en cintura a los intelectuales y acabar con sus impertinencias y majaderías pequeño-burguesas, porque eso eran para el Comandante las preocupaciones acerca de la libertad de expresión.

Luego de seis décadas de cultura domeñada, censuras y prohibiciones, testaferros intelectuales del castrismo como Abel Prieto, Miguel Barnet e Iroel Sánchez se han dado a la tarea de reinterpretar las Palabras a los Intelectuales. Intentan mostrar que la ordenanza del Máximo Líder no fue tan estricta y dejaba suficiente campo a la creación artística, siempre que fuera “dentro de la revolución”.

Ese ambiguo “dentro de la revolución” dejó suficiente espacio para que los paranoicos comisarios de las lupas, las tijeras y el creyón de censores, determinaran lo que quedaba afuera y echaran en el saco sin fondo de los desafectos a todo el que les pareciera tibio, aburguesado, revisionista, desviado, extranjerizante, blandengue, afeminado, o lo que se les antojara. Podían luego, cuando les conviniera, cooptar y rehabilitar a los pecadores que demostraran su disposición a la mansedumbre. Hasta les daba la posibilidad de justificarse con el argumento de que habían errado por no haber sido capaces de interpretar el pensamiento siempre tan elevado del Comandante en Jefe.

Se quejan los comisarios de los que limitan el discurso a la frase tan citada, “dentro de la revolución, todo, fuera de la revolución, nada”. Dicen que lo que realmente dijo el Comandante en aquel discurso no fue “fuera de la revolución, nada”, que es como casi siempre se cita, sino “contra la revolución, ningún derecho”.

¡Como si eso variara en algo el resultado! ¿Se podía estar “fuera de la revolución” sin ser considerado un enemigo y tratado como tal?

Según Miguel Barnet -que con 21 años fue el más joven de los participantes en las reuniones de la Biblioteca Nacional- y el recientemente fallecido Roberto Fernández Retamar, gracias a Palabras a los Intelectuales la cultura cubana fue “inclusiva y democrática” y se libró del realismo socialista y el dogmatismo que se padeció en los otros países comunistas.

Es como si se hubiese olvidado el caso Padilla, la condena al ostracismo de los hoy reverenciados Lezama Lima y Virgilio Piñera; la época cuando un sicario que firmaba como Leopoldo Ávila desde la revista Verde Olivo azuzaba la jauría contra los intelectuales, el teniente Quesada quemaba los títeres del Guiñol, las FAR y el MININT eran las que concedían los premios literarios, los poetas se veían forzados a escribir novelitas policiacas, los dramaturgos obras con moraleja proletaria, y las películas del ICAIC parecían producidas por Mosfilm.

En los últimos años, cuando hablan del Quinquenio Gris (se niegan a aceptar que fue un decenio), lo califican como “un periodo infeliz”, se congratulan de que se haya salido del bache gracias a Armando Hart y la creación del Ministerio de Cultura, y dan por zanjado el asunto con la concesión del Premio Nacional de Literatura, como muestra de su rehabilitación, a varios de los represaliados de entonces, como Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, César López y Lina de Feria.

Para que las culpas no caigan en el piso, achacan los “errores  cometidos”  a “la incapacidad de algunos funcionarios que malinterpretaron las orientaciones del Máximo Líder”. Sería muy bueno que explicaran cómo había entonces que interpretar el discurso del Comandante en Jefe en 1971, en la clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura, que fue el preludio del Quinquenio Gris, cuando retiró el derecho a “las dos o tres ovejas descarriadas a seguir sembrando el veneno, la insidia y la intriga en la revolución”, lo cual estaba en plena consonancia con sus Palabras a los Intelectuales de diez años antes.

Tienen razón los sicarios del pensamiento oficial cuando afirman que Palabras a los Intelectuales y las políticas culturales resultantes de ellas sentaron los cimientos de la cultura cubana actual. Más de medio siglo de esas aberradas “políticas culturales”, que ahora pretenden remachar con el decreto 349, han generado una cultura de rebaño y un medio intelectual donde más allá de ciertas inocuas poses contestatarias imperan, como en el resto de la sociedad cubana, el miedo, la hipocresía, la simulación y el doble discurso.
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