miércoles, 23 de septiembre de 2026

Die Linke.

Por José García Domínguez.


Hay una escena que se repite en todos los núcleos urbanos bienestantes y postmaterialistas de Occidente, esa que Die Linke acaba de protagonizar en Berlín, la capital europea de la heterodoxia subvencionada, con una fidelidad al guion casi cansina. La izquierda guay gana en las grandes metrópolis cosmopolitas y globalizadas, mientras pierde en todas partes. Die Linke es, en esencia, lo mismo que Más Madrid, que La France Insoumise, que los Verdes, que los postcomunistas descafeinados del Partido Democrático, en Italia; o que el ala progresista del Partido Demócrata norteamericano, ahora encarnada por el alcalde de Nueva York: una formación de universitarios de clase media asentados en los barrios chic, esos rehabilitados y gentrificados a los que nunca llega el mal olor de los extractores de humo de los kebabs baratos de la periferia regentados por inmigrantes.

Son gente que habla varios idiomas, muy viajada, que frecuenta el mercado artesanal de productores ecológicos y que ha sustituido la lucha de clases por un catálogo interminable de causas identitarias que no interesan al obrero de Leipzig o de Santa Coloma de Gramanet. Porque el obrero alemán, como el francés, como el italiano, como el norteamericano de las ciudades industriales vaciadas por la deslocalización, no vota a esa izquierda; ni a esa ni a ninguna. El obrero alemán vota a la AfD. Y no por ignorancia ni por efecto de la manipulación mediática, como quiere creer la progresía.

Los obreros votan hoy a la extrema derecha porque la izquierda lleva décadas sin tener nada que ofrecerles, salvo velados desprecios clasistas. La socialdemocracia clásica ganó elecciones durante medio siglo porque gobernaba para las mayorías. La nueva izquierda posmoderna las pierde porque solo piensa en los márgenes. Die Linke no es una excepción a esa regla. Al contrario, parece su ilustración más extravagante. Mientras tanto, el trabajador manual alemán, ese al que la renuncia al gas ruso ha dejado sin el empleo estable y bien pagado que tuvo su padre, sigue buscando a alguien que le hable de sus problemas, que no son los de los trans. Nada nuevo, pues, bajo el sol de Berlín.

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