domingo, 1 de abril de 2018

De cuando se escribían cartas.

Por Carlos Espinosa Domínguez.

Resultado de imagen de jose lezama limaA diferencia de otros escritores cubanos famosos -Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, para apoyar lo que digo con un par de nombres-, José Lezama Lima mantiene en España su condición de gran escritor. Esto se pone de manifiesto, por un lado, en la atención que sigue recibiendo su obra, algo que atestiguan los libros y ensayos que sobre él se escriben. Y por otro, en las nuevas ediciones que conocen sus textos. A esto se debe además que en los últimos años hayan visto la luz compilaciones de su correspondencia con los escritores españoles María Zambrano (Cartas desde una soledad:Epistolario José Lezama Lima-María Zambrano-María Luisa Bautista-José Ángel Valente, Verbum, 2008), Juan Ramón Jiménez (Querencia americana.Juan Ramón Jiménez y José Lezama Lima. Relaciones literarias y epistolario, Renacimiento, 2009) y José Ángel Valente (Maestro cantor. Correspondencia y otros textos, Renacimiento, 2012).

A esos títulos se ha venido a sumar El asmático insigne, monstruo de Trocadero. José Lezama Lima y José Agustín Goytisolo. Correspondencia y otros textos (Editorial Verbum, Madrid, 2017, 177 páginas). Su recopilación, así como el extenso texto introductorio y las notas, se debe a Fernanda Bustamante, graduada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. El volumen lleva un prólogo de Rafael Rojas, quien hace notar que, a diferencia de la bien conocida y trabajada relación entre el escritor cubano y Juan Ramón Jiménez y María Zambrano, se conoce poco y se ha estudiado menos su conexión con “los entonces jóvenes, poetas, narradores y editores peninsulares, de la generación del 50, luego de la publicación de la novela Paradiso en 1966”. En ese sentido, afirma que la correspondencia Lezama Lima/ Goytisolo “es una de las varias piezas que faltan para armar el rompecabezas de la recepción de Lezama en la literatura iberoamericana entre finales de los 60 y mediados de los 70”.

Bustamante inicia el libro con una documentada introducción, en la que lo presenta como un intento por “rescatar del silencio, más bien del desconocimiento, una relación transatlántica entre dos escritores”. Repasa la entrada en España de la obra de Lezama Lima, con la primera y frustrada tentativa de publicar Paradiso (en 1968, el Equipo Editorial de San Sebastián trató de hacerlo, pero la censura franquista exigió varias “tachaduras”). Traza sus vínculos con Juan Ramón Jiménez y María Zambrano, para centrarse después en los vínculos del cubano con José Ángel Valente y José Agustín Goytisolo, quien fue el principal divulgador de su poesía. La compiladora anota que para su reconstrucción de las relaciones que mantuvieron los dos poetas, fue fundamental la consulta de sus fondos documentales en Barcelona y en La Habana. Y concluye su texto expresando que Lezama Lima, “marginado en su propia tierra, desde su insilio en la calle Trocadero en La Habana Vieja, logró hacer resistencia al ostracismo y conseguir una consagración internacional -que no fue precisamente recibida con aplausos dentro de la isla-, siendo José Agustín Goytisolo un agente clave en esta red internacional de difusión de la escritura lezamiana en la Península”.

El cuerpo central del libro lo integran las veinte cartas que en el mismo se recogen. Además de las correspondientes a los dos escritores, hay una dirigida a Lezama Lima por María Asunción Carandell, esposa de Goytisolo, otra firmada por este junto con el crítico y editor Joaquín Marco y una redactada por María Luisa Bautista, cuando ya el autor de La fijeza había fallecido. Ese bloque se completa con otros tres. En uno se reúnen los tres poemas que Goytisolo dedicó a su amigo: “Vida de José Lezama Lima”, “Como en la Belle Époque” y “Posible imagen del entierro de José Lezama Lima”. El siguiente lo integran los tres ensayos que escribió sobre su obra: la Introducción a la antología Posible imagen de José Lezama Lima, el prólogo a su poemario Fragmentos a su imán y “Terco mulo, asmático insigne, ruiseñor barroco”. Y en el último, la compiladora reproduce las dedicatorias de los libros que los dos escritores se obsequiaron.

El diálogo epistolar se inicia en 19 de mayo de 1969. En esa misiva, Goytisolo le comenta a Lezama Lima que Beatriz Tusquets (Moura, de soltera) y él están muy ilusionados “con la idea de la aparición de un tomito suyo con los dos ensayos: Sierpe de don Luis de Góngora y Las imágenes posibles”. Y le pide que si redactara un prólogo o una nota para la edición, será magnífico. El libro salió al año siguiente: Esferaimagen (Tusquets Editores, Barcelona, 1970, 80 páginas), y su título fue sugerido por el propio autor, como se evidencia en una de las cartas. En aquella primera epístola, Goytisolo le escribe a Lezama Lima: “Como ve, me he autotitulado paladín de su obra en España. Lástima que le hayan retirado de las librerías la edición española de Paradiso”.

En la primera carta suya que se reproduce (julio de 1969), Lezama Lima le expresa a su interlocutor epistolar su alegría por que sus textos aparezcan en España bajo su cuidado. Y le agrega: “Como tengo la obsesión de que pronto, un pronto indeterminado, podré dar un paseo por España, me agrada la posibilidad de ser sorprendido por mi novela en una vidriera de Madrid”. Tras el ya mencionado incidente con la censura, Paradiso tuvo que aguardar hasta 1974, año cuando fue publicada por la editorial madrileña Fundamentos.

La tardanza de la correspondencia, una queja constante

Goytisolo estaba entonces preparando la antología Posible imagen de José Lezama Lima (Colección Ocnos, Llibres de Sinera, Barcelona, 1970, 186 páginas), y le envió la selección y el prólogo a Lezama Lima. Tras recibirlos, este le escribe: “Es una muestra de la alegría de su prosa y de la simpatía con que se ha acercado a lo que yo he podido hacer. Entrega una buena perspectiva para juzgar mi labor”. Lezama Lima no olvida expresarle, a través de Goytisolo, su agradecimiento al director de la Colección Ocnos: “Buenos abrazos a Joaquín Marcos (siempre agregaba una ese a su apellido). Le escribiré en extenso en cuanto tenga un descanso vacacionable. Si algún día nos visita, nos hablaríamos en la plaza de la Catedral, entre un violonchelo y un barroco angelote gordezuelo”.

Al igual que Esferaimagen, tardó en poder ver la antología y por eso anota: “He recibido noticias entrecruzadas de que ya ruedan por esas calles mis dos libros que Ud. ha cuidado con ejemplar dedicación. Tengo muchos deseos de verlos y es necesario encontrar un propio que pase por Barcelona y los aposente en el gran pájaro trasatlántico (si no es mucho el peso) y ancle jubiloso en Trocadero”. La tardanza de la correspondencia es una queja constante. Las cartas demoran un mes, mes y medio y hasta tres. Eso hace que se crucen y que la comunicación entre ambos se convierta en ocasiones en un diálogo de sordos.

En España, los dos títulos de Lezama Lima tuvieron una muy buena recepción y Goytisolo se lo hace saber: “Usted es, con ambos libros, «el» tema de estos meses en las tertulias y librerías de Barcelona y Madrid (…) Le esperamos en España esta primavera o después de los 10 pares de millones -o de cojones-” (esto último es una referencia a la Zafra de las 10 Millones, en la cual Cuba se hallaba enfrascada). En mi biblioteca poseo un ejemplar de Posible imagen de José Lezama Lima y puedo dar fe de que, en efecto, se vendió bien. A la primera edición, de noviembre de 1969, siguieron otras cuatro: marzo de 1971, mayo de 1971, septiembre de 1971 y marzo de 1972. Para un volumen de poesía de un autor que se publicaba por primera vez en España, no estaba nada mal.

En marzo de 1970, el cubano recibió el poema “Vida de José Lezama Lima”, que abre Esferaimagen, y le escribe a Goytisolo: “Acabo de leer su hermoso poema, al frente de mis ensayos y fue para mí de nuevo como la punta mágica de su última visita a nuestra casa. Lo volvimos a tener cerca, oyéndolo y sintiendo cómo sus palabras podían tener la presencia de innumerables cercanías”. La última carta que le llegó estaba firmada por María Asunción Carandell, quien le comenta que su esposo “está cruzando la Camarga, camino del cementerio Marino, para recrearse allí”, lo cual le da a ella “la oportunidad de escribirle al mandarle las críticas que de Ud. han salido.”

Por fin, en junio de ese año, le llegaron ejemplares de los dos libros. Lezama Lima, a su vez, le dirige a ella la respuesta: “Muy estimada amiga: Supongo que cuando Ud. reciba esta carta ya José Agustín habrá regresado de París. Ya están en mi poder los libros enviados, Esferaimagen y la Posible imagen de Lezama Lima. Le he escrito diciéndole lo contento que estoy con la presentación editorial de esos libros. El poema de José Agustín es verdaderamente muy hermoso. Su lectura fue para mí muy emocionante, veo cómo él ha logrado de mi vida sencilla elaborar un poema. Todo lo que él tiene de muy español, muy cubano aflora en ese poema con una cordialidad torrencial. Revela una excepcional intuición que se proyecta rápidamente hacia el centro de mi obra”. Asimismo, le da las gracias por las copias de las críticas y agrega que se siente muy feliz y que “no me puedo quejar de la curiosidad despertada por lo que he hecho”.

En 1970, José Luis Merino, director de la Galería Grises, de Bilbao, montó una exposición sobre Paradiso. En su blog Ladrones de fuego, que se puede leer en el periódico El País, el galerista contó: “La muestra consistió en la transcripción de varias páginas de Paradiso en folios llevadas a las paredes, allí donde normalmente solían colocarse los cuadros. Entre esas páginas iban siete de ellas traducidas al inglés, alemán, francés, italiano, euskera, catalán y gallego. En medio de la galería, sobre un plinto, colocamos un ejemplar de Paradiso, para que fuera consultado, si así lo deseaba cualquiera de los visitantes de la exposición”. Lezama Lima supo de ello, pues Merino se encargó de hacerle llegar el catálogo. Le escribió para agradecerle una epístola que comienza: “Querido amigo: Qué estallante fiesta de entusiasmo nos trae cada uno de sus avisos. Su acercamiento a Paradiso me rebosa de alegría, pues pocas veces se ve una respiración tan cordial en torno a un texto. Vale la pena recorrer las vicisitudes de una obra cuando sabemos que la habitan unos lectores nuevos que se lanzan sobre ella y la vuelven a echar a andar en cada instante, pues toda verdadera novela debe crear innumerables novelas, entrecruzamientos, redes para que todo sea infinitamente relacionable”.

En su carta a María Asunción Carandell, a propósito de la exposición Lezama Lima le escribe: “Como creo en lo invisible, me parece ver llegar a esa Galería a mi abuelo Don José María Lezama y Tapia, vasco, hijo de vascos, nieto de vascos, a leer con cierto sobresalto no disimulado las líneas escritas por su nieto”. Aludía, por supuesto, al contenido homoerótico de algunos capítulos, que provocó que la edición cubana de Paradiso fuera retirada de las librerías.

Nunca pudo cumplir su anhelo de visitar España

Lezama Lima nuevamente expresa su esperanza de poder viajar a la tierra de sus antepasados: “Yo sé que algún día recorreré esos lugares, pues me parece que todos los días nacen posibilidades para que yo pueda darme un salto a España. El año pasado estuve casi a punto de verificarlo, pero llegó un Octubre muy frío y en él mis primeras crisis de asma y tuve que desistir. Si alguna institución me invitara facilitaría la posible imagen de mi viaje”. Poco después, sin embargo, vino la marginación a la cual fue condenado hasta su muerte. El régimen castrista le negó en varias ocasiones el permiso para viajar y nunca pudo cumplir su anhelo de visitar España.

No se cansa de agradecerle a Goytisolo su “Vida de José Lezama Lima”, y en una epístola de abril de1970 le expresa: “Un aparte para su poema. Qué bien entrelazados los momentos de mi vida con su acompañamiento de verdadera entrañable poesía. Fue para mí muy fantástico leer su poema. Su cariño, su acercamiento, su mágica comprensión de lo que es mi persona y mi obra, me producen lo que ya alguien llamó una alegría para siempre”. Goytisolo le contesta y le reitera su orgullo por “ser uno de sus pioneros aquí”. Asimismo, le comenta que su poema ha tenido buena acogida en España y que lo están traduciendo al francés, el italiano y el checo.

Lezama Lima recibe la propuesta de Beatriz de Moura de traducir un fragmento de James Joyce. Se excusa de no poder hacerlo porque sus conocimientos del inglés no le permiten enfrentarse “con un texto de esa enorme dificultad”. Argumenta además que no tiene tiempo para hacerlo: “todo mi tiempo se lo dedico a la continuación de mi novela y a mi trabajo poético”. Y agrega: “Es mi trabajo actual. Dos o tres años más y yo creo que ya podrán recorrer nuevas aventuras”. La novela a la cual se refiere es Oppiano Licario.

Vuelve a hablar de ese libro, sobre el cual, dice, el poeta y editor Carlos Barral se ha interesado en varias ocasiones. “Yo no puedo apresurarme y estará terminada cuando por su crecimiento natural arribe a sus metas. Acabo de publicar una novela de 600 págs., y una continuación de una obra de esa índole lleva la suma de muchas horas privilegiadas. No tengo por qué apresurarme y en definitiva no me interesa hacerlo. Si a Barral le interesa puede publicar La cantidad hechizada, después de escribirme y manifestarme sus condiciones”.

En marzo de 1970, Goytisolo le escribe y le dice que no ha recibido ninguna misiva suya. En su respuesta, Lezama Lima le expresa: “Le he escrito más de tres (…) El correo demora como dos o tres meses en cada carta que se escribe, así su carta me llegó hace una semana. Siempre cada carta suya ha tenido la natural respuesta, pues el noble esfuerzo que Ud. ha hecho por favorecer que mi obra sea conocida, tiene toda mi gratitud”. Esa, de acuerdo al epistolario reunido en El asmático insigne…, fue la última vez que escribió a su amigo. Su silencio epistolar en los años siguientes es un vivo reflejo del limbo de cruel e injusta marginación que fueron sus años finales.

En febrero de 1976, Goytisolo le escribe una misiva, enviada con una amiga suya que viajó a la Isla, para manifestarle su deseo de publicar “un libro suyo con sus últimos poemas”. No es hasta junio de 1978 cuando vuelve a tener noticias de Trocadero 162. Esa vez quien se dirige a él es María Luisa Bautista, la viuda de Lezama Lima. El poeta español le anuncia que está redactando el prólogo para la edición española del poemario Fragmentos a su imán, que apareció publicado ese mismo año por la Editorial Lumen. A propósito de ese anuncio, María Luisa le pide: “Le agradecería que si tiene Ud. la intención de enviarme un ejemplar cuando lo termine le escriba la dedicatoria en una de las primeras páginas que no pueda ser desprendida sin mutilar el libro, pues es la única manera posible de que llegue a mis manos, ya que hay aquí una plaga de cacobibliófilos -la palabra se me ocurre en este momento- que impide que todo libro que venga del exterior llegue a su destinatario”.

Le cuenta que tres meses antes de que Lezama Lima muriera, la editorial Aguilar le envió el primer tomo de sus Obras Completas en dos ocasiones distintas y no le llegó. El poeta le pidió entonces a un amigo que iba a viajar a México que se lo trajese, pero cuando este regresó ya había fallecido. Así que, anota María Luisa, “murió sin la alegría de verlo”. También le dice que María Zambrano le envió a ella un ejemplar de la revista Poeta que incluía un homenaje a Lezama Lima, y corrió idéntica suerte. Sí le llegó un ejemplar del segundo tomo de las Obras Completas porque el escritor argentino César Fernández Moreno se tomó el cuidado de mandarlo por intermedio de la UNESCO.

En esa misiva, María Luisa rememora a Goytisolo la última vez que él y su esposa compartieron con ella y su entrañable amigo: “Los días que pasaron Uds. aquí fueron deliciosos. Él tenía un gran afecto por Uds. y siempre los recordaba con alegría. Nunca olvido el día en que Uds. nos invitaron a almorzar, creo que en el Hotel Nacional, en una época en que el racionamiento estaba en su punto más alto, y después que se revisó el menú y se escogió lo que se pudo, Ud. sugirió que se añadieran unas sardinas y cómo él, con ese delicioso sentido del humor que lo acompañaba siempre, rápidamente respondió: ponemos en el borde del plato lo que ya pedimos y al centro irradiando las sardinitas. Esto causó gran hilaridad en su esposa que mientras recordaba el chiste cuando almorzábamos se reía sin poder evitarlo. ¿Cómo está ella? ¿No piensan volver alguna vez de nuevo por Cuba?”.

Debería finalizar aquí esta reseña. Pero hay en el libro unos descuidos a los cuales tengo que referirme porque me afectan directamente. En el bloque de ensayos de Goytisolo, Bustamante incluye uno, titulado “Terco mulo, asmático insigne, ruiseñor barroco”, que el poeta español redactó a pedido mío, para incluirlo en mi libro Cercanía de Lezama Lima (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986). Incluso en su texto introductorio reproduce fragmentos de la carta que entonces yo le dirigí, así como un párrafo de una de Goytisolo a Roberto Fernández Retamar en la que le pide que me diga que escribirá la semblanza que le solicité.

En varias ocasiones, la compiladora de El asmático insigne… me rebaja de autor a compilador de ese libro. Lo cual me hace dudar si alguna vez lo consultó o sencillamente lo tuvo en las manos. Lo digo porque en la cubierta aparece mi nombre sin otro agregado, como es usual en el caso de un compilador. Quien revise el catálogo de cualquiera de las bibliotecas que lo poseen, comprobará que el crédito que se me da es el de autor. Pero si quedasen dudas, en las “Cinco aclaraciones imprescindibles” que aparecen al inicio, explico que casi todos esos textos “parten de entrevistas realizadas a los testimoniantes, y que tomé a mano”. Me pregunto qué parte de esto Bustamente no comprende.

Luego aclaro que especifico “casi todos” porque de los treinta textos hay tres excepciones: los de Julio Cortázar, Julio Ortega y Goytisolo, a quienes pedí redactasen su colaboración por ser extranjeros, lo cual imposibilitaba que yo pudiese tomarles oralmente su testimonio. Probablemente, el error de Bustamante proviene de tomar la parte por el todo. Como yo le pedí a Goytisolo que redactase su semblanza, dio por seguro que había hecho lo mismo con todas las personas que colaboraron. Cometió así un desliz -el de suponer algo en lugar de verificarlo- que un investigador serio no se debe permitir. Una corrección más y termino. En la bibliografía de obras citadas incluida al final del libro, mi apellido materno está mal escrito: no es Rodríguez, sino Domínguez.
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