domingo, 21 de enero de 2018

Palabras a las feministas americanas en el día de la gran marcha.

Por N.D.D.V.

Comparto la opinión feminista de que la mujer es el ser superior, el sexo fuerte. Coincido en que ha llegado la hora de dejar de ver a la mujer como un apéndice salido de las costillas de algún hebreo. Rechazo el estereotipo de la cocinera, compañera, niñera, secretaria, enfermera, jinetera o loquera del hombre. Partiendo de esas premisas, quisiera expresar mis opiniones acerca del movimiento neofeminista en Norteamérica, así como del contagio planetario de sus principios. Lo hago, claro está, desde la perspectiva cubana.

Recientemente, en la ceremonia de los Golden Globes, tres idiotas se aparecieron vestidas de rojo a un evento al que los asistentes habían decidido ir vestidos de luto. El atuendo escarlata del grupo disidente (Bianca Blanco, Barbara Meier y Meher Tatna, presidenta del Hollywood Foreign Press) fue denunciado por los tabloides, el color rojo declarado inadmisible y condenado como una afrenta a las víctimas. Las enanas rojas sufrieron, durante un ciclo mediático, el baldón de la deshonra pública. Me pregunté entonces, como tantas otras veces, si no sería peor el remedio que la enfermedad -algo que solo puede preguntarse un escarmentado del socialismo-.

Durante el mismo evento, la Federación de Mujeres Norteamericanas extendió una invitación a su autoproclamada secretaria general, la eminencia gris, Oprah Winfrey. El discurso demagógico de Winfrey fue calificado, instantáneamente, de “histórico” y “presidencial”. Comenzó a barajarse su nombre de cara a las elecciones del 2020. “Si no fue Hillary será Oprah, o será otra”, es la consigna, o ¡María Cristina nos quiere gobernar! La llegada de una mujer a la Casa Blanca es un hecho inevitable, casi un imperativo categórico.

Oprah pronunció una arenga de extensión y empaque chavistas. Los premios de la Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood, desprestigiados por la politiquería de cuanto multimillonario de Izquierdas pasa por su podio (Penn, Moore, Asner, Spielberg, Glover, etc.) emergían ahora como el Soviet Supremo de la Industria del Entretenimiento (Hollywood hoy no es más que el lunacharkismo revisitado), órgano de propaganda paralelo a la Oficina de Información de la presidencia.

Porque según la versión autorizada de los medios bolcheviques, los ciudadanos que votaron por Donald Trump exhiben el tipo equivocado de melanina (¡Blanco es tan siglo Diecinueve!). Cuando se trata de los blancos (caucásicos et al.) todas las reglas de cortesía y corrección política quedan suspendidas. Cada vez con más frecuencia se escuchan frases como: “¡A ese barrio no me mudo, hay demasiados blancos!”, o “El Medio Oeste es una zona de putos gabachos, ¡solavaya!”, y todo, sin que aparezca la Gestapo ideológica ni se produzcan arrestos.

Los llamados “deplorables” albinos, oriundos de una geografía fabulosa -la Middle America de la reacción, la imbecilidad y el fanatismo- son alimañas transmisoras de nociones y costumbres perniciosas que el “progresismo” estaría encantado de perseguir y criminalizar, si llegara al fin ese futuro luminoso en que se establecerá un gobierno fuerte, unipartidista y postconstitucional. Tal como lo soñaron Mao, Chávez y Allende.

De más está decir que el movimiento feminista americano tomó prestadas las tácticas de la Federación de Mujeres Cubanas y de su presidenta, la difunta Vilma Espín Guillois, la burguesita graduada de MIT, y no el ejemplo de las Damas de Blanco, o el de las humildes luchadoras de la UNPACU. Para confirmarlo, solo hay que visitar la página de Ocean Press y Pathfinder Press (Women in Cuba: The making of a revolution within the revolution).

La gran marcha guevarista ha comenzado. Hoy la paideia en América es todo política, y la política -poniendo a Benjamín de cabeza- todo entretenimiento, es decir, Entartete Kunst: un arte degenerado. Si los nazis transexuaron lo político y lo estético, los intelectuales izquierdosos se muestran reacios a revertir la operación: el entretenimiento moderno es goebbeliano; Antifa es el definitivo hecho artístico; y el serial televisivo, el nuevo formato de adoctrinamiento populista. En esos frentes, la mujer es peona de la ideología, lo que equivale a decir: la doméstica del peor machismo.

Solo el fascismo es capaz de convertir los incidentales en principios doctrinales: el color, el sexo, el peso, la raza, los lacrimosos antecedentes personales, y hasta el indefinible estado marital de Oprah Winfrey coinciden con el nuevo ideal feminista. Los comités de pureza racial vigilan los diez tonos de negro aceptables, de manera que ningún híbrido pueda usurpar la categoría más favorecida (ver el caso de la mulata rusa Rachel Dolezal), mientras que los artistas blancos deben pedir perdón por “apropiarse” las creaciones de la cultura de color (no olvidemos a Chris Thile disculpándose por cantar Alright, de Kendrick Lamar). En cuanto a Oprah: emplea actualmente a cien blanquérrimas criadas que se ocupan de los menesteres de un hogar del tamaño de una plantación.

Ningún ser pensante podrá dejar de advertir estas y muchas otras contradicciones y bloopers del movimiento feminista internacional, o negarse a considerar el contexto en que suceden. Por ejemplo: hace solo una semana, veinte operativos del gobierno de Augusto Pinochet eran procesados y condenados a cumplir de cinco a quince años de prisión, en los precisos instantes en que la presidenta Michelle Bachelet, en viaje de negocios, recorría la finca del dictador Raúl Castro.

Hay más. Durante la reciente visita a La Habana de Federica Mogherini, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, sus homólogos cubanos, los jenízaros de la Seguridad del Estado, arrestaban a un gran número de Damas de Blanco, mujeres de color en su mayoría, sin que Federica apartara la vista de los ojos de Bruno Parrilla ni se pronunciara al respecto. Entre las actividades criminales por las que las disidentes cubanas son acosadas, está la entrega de juguetes en el Día de Reyes, algo que ni al mismísimo Pinochet se le ocurrió nunca.

A principios de año, en Táchira, Venezuela, la joven Paola Ramírez era baleada por los “colectivos” maduristas, mientras en Estados Unidos los tabloides dedicaban portadas a la nueva estrella del feminismo, Caitlyn Jenner. Cuando la abogada negra Laritza Diversent sufría el acoso de las turbas fidelistas en La Habana, la injustificable jueza Ruth Bader Ginsburg le pedía a los estudiantes egipcios que “olvidaran el modelo constitucional americano”.

Hace dos años, en Las Tunas, la disidente Sirley Ávila era agredida a machetazos por operativos encubiertos de la policía. Como resultado del ataque perdió la mano derecha. El delito de Sirley era haberse presentado como candidata a la Asamblea del Poder Popular en el municipio de Majibacoa (¡Majibacoa, por Jove!) y reclamar una escuela rural para su comunidad.

Animo a las bravas feministas yanquis (que impugnan el gobierno de Trump y van de vacaciones a La Habana: Rihanna, Beyoncé, Madonna, Leibovitz) a recordar los tormentos y privaciones de nuestras veteranas de la lucha por la igualdad de la mujer. Las insto a honrar a las presas políticas del castrismo: a Polita Grau, a Vicky Paret, a Olga Morgan, a Gloria Argudín, pues cada una de ellas podría darles invaluables lecciones de feminismo y contrarrevolución. Después de todo, horrores como los que estas heroínas describen, ocurrieron y continúan ocurriendo a solo noventa millas de Mar-a-Lago.

Oigamos este testimonio, digno de figurar en la tribuna de cualquier marcha feminista:

“Mariela, la esposa del agresor,  tiró mi mano al fanguero que habían hecho unos puercos en el lugar. La ambulancia me recogió dos horas después de haber recibido los machetazos. Entré al salón después de más de cuatro horas de espera, pues estaba siendo utilizado. El médico me dijo que no me pudieron recuperar la mano porque estaba muy infectada”, dijo Sirley.

“Les pido a los Derechos Humanos y a la Cruz Roja Internacional que intercedan por mi vida, porque tengo una clavícula rota por el machetazo y puedo perder el brazo derecho. Estoy muy preocupada por las heridas profundas en las rodillas. Y además sospecho que detrás de esto pueda estar la Seguridad del Estado. Estoy casi segura de que ellos tienen que ver con esto”.

Meryl Streep, Beatriz Sánchez, Elena Poniatowska, Cristina Fernández Kirchner, Hebe de Bonafini, Isabel Allende, Michelle Obama, Melania Trump, Tina Brown, ¿intercederán por Sirley Ávila, se interesarán por su suerte? ¿Pedirán algún día justicia para ella, y la atención de la Corte Internacional para los criminales?

A veces la injusticia es también una cuestión semántica. Es de conocimiento público que, en México, en la última década, fueron asesinadas cerca de 23 mil mujeres, lo que significa que entre el 2016 y el 2017, una niña, joven o vieja, pereció cada cuatro horas a manos de algún “bad hombre”. Algunos de los hombres malvados rociaron a sus mujeres con gasolina y les prendieron candela.

Es una pena que la responsabilidad por la creación del perfecto epíteto para describir a esos violadores y asesinos de mujeres haya recaído en el energúmeno de Donald Trump. Las feministas gringas rechazaron el apodo, debido a que su uso está autorizado únicamente en el caso de los blancos. Especialmente, si se trata de generales confederados de la Guerra Civil.

De la noche a la mañana, las integrantes de la banda de rock Pussy Riot se convirtieron en la sensación mediática de la década, pero las cubanas tienen cada semana sus propios motines que pasan totalmente inadvertidos para la prensa izquierdosa. Verdaderos pussy riots es lo que han formado las Damas de Blanco frente a la iglesia de Santa Rita. Un pussy riot unipersonal es el monólogo de Lynn Cruz en su teatro doméstico, con dos personas en el público y diez policías a las puertas. Pussy hay que tener para meterse en la caverna fidelista a leer de un tirón las quinientas páginas de Los orígenes del totalitarismo, como ha hecho Tania Bruguera. “Los pussies de bronce” debía llamarse el combo de Regina Coyula, Yoany Sánchez y Lía Villares.

Perdónenme si no siento respeto por Angela Davis o por Susan Rice, y mucho menos por Ashley Judd: la desigualdad no es un asunto local, parroquial, municipal, es una cuestión global que no debería dejar abandonadas a las heroicas mujeres que luchan contra la empecinada dictadura de un bad gallego.

Perdónenme si, por el contrario, siento compasión por las grandes mujeres conservadoras, desprestigiadas y discriminadas solo por el color de su partido: las espectaculares Nikki Haley, Condoleezza Rice, Ivanka Trump, Mia Love, Carly Fiorina, y esa luchadora por los derechos de los transgénicos, la congresista Ileana Ros Lehtinen. El rojo es el nuevo negro, y nuestras damas de hierro son opacadas y relegadas solo por llevar sobre la piel el color del partido republicano. ¿Hay alguna razón para que no sean invitadas a las marchas feministas, para que no sean tomadas en cuenta como mujeres extraordinarias? ¿Puede esperarse igualdad y justicia de un movimiento (“ovejas vestidas de ovejas”, como dijo Churchill de Clement Attlee) que desfila bajo la bandera de un solo partido? ¿De un Partido único? ¿Dónde están Laritza Diversent y Rosa María Payá en esta marcha?

Volviendo a los Globos de Goebbels y a la candidata del Entartete Kunst, la inenarrable Oprah Winfrey. Un episodio digno de telenovela nos la descubre en toda su histeria discriminatoria, un hecho brutal que jamás cabría esperarse de una Ivanka Trump o de la finísima Condoleezza. Sucedió en una tienda de carteras en Zurich. Oprah Winfrey pidió que le mostraran una bolsa de 38 mil dólares, piel de cocodrilo, marca Tom Ford. La pobre empleada se ofreció a mostrarle otras versiones del mismo artículo, ¿quizás en gamuza o piel de avestruz? Oprah salió de la tienda y se se lo soltó todo a los tabloides. Por supuesto que acusó a la dependienta de racismo. ¡He ahí otra variante de lo Eterno Femenino pillada en plena acción!

Si yo fuera mujer, marcharía hoy con la deplorable proletaria de la tienda de carteras Trois Pomme, de Zurich.
Share:

0 comments:

Publicar un comentario