lunes, 29 de enero de 2018

José Martí: un rehén del régimen cubano.

Por Iván García.


Al pie de una pequeña escalinata, a la entrada del antiguo Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, hoy preuniversitario René O’Reiné, un grupo de estudiantes fuman un cigarrillo tras otro y discuten a gritos de fútbol.

Están sentados en un piso de cemento y apoyan sus espaldas contra la base de una estatua de bronce sin muchas pretensiones de José Martí, cuya imagen suele estar presente en muchas escuelas cubanas.

José Martí: un rehén del régimen cubanoCuando usted les pregunta sobre la vida y obra del prócer -nacido el 28 de enero de 1853 en una modesta casa de dos plantas en la calle Paula, Habana Vieja, y ultimado a balazos el 19 de mayo de 1895, en una escaramuza en Dos Ríos, Jiguaní, hoy uno de los trece municipios de la provincia Granma- los jóvenes encienden el ‘piloto automático’ y comienzan a recitar de carretilla el relato amaestrado que aprenden en los colegios.

Yosbel, alumno de décimo grado, asegura que “Martí es el más importante héroe cubano. Fue el que nos enseñó a pensar, autor intelectual del asalto al cuartel Moncada y precursor de la revolución cubana”. Josuán, onceno grado, ratifica lo que expresa Yosbel y añade: “Si Fidel hubiera nacido en esa etapa hubiera sido como Martí y el resto de los jefes mambises. Si Martí, hubiera nacido ahora, sería como Fidel y Raúl”. Lo dice como si declamara un poema.

¿Sienten admiración por José Martí? ¿Han leído las obras martianas?, les pregunto y les pido que hablen francamente, no como si estuvieran en un matutino escolar. Sonríen, se miran uno al otro, y confiesan que apenas lo han leído.

“Que yo recuerde, dice Yosbel, leí Los Zapaticos de Rosa y algunos cuentos del libro La Edad de Oro. Pero no soy muy fan de Martí. Te hablan tanto de él en el noticiero y los periódicos, luego te repiten la misma muela en la escuela, que uno se aprende el disco, pero no lo disfruta. Tal parece que Martí no fue un ser humano, si no un extraterrestre”.

Si usted habla en confianza con jóvenes e incluso con adultos que durante su etapa estudiantil conocieron a un Martí de mármol, distante y perfecto, la figura del Héroe Nacional no los conmueve.

Tal vez opina por rumores escuchados o es lo que piensa, pero Diego, cajero en un banco, afirma que “Martí era un capitán araña. Hablaba y escribía mucho, pero a la hora de fajarse a tiros fue un fracaso. Si la prensa me lo presentara como un tipo que tenía sus defectos, quizás lo apreciaría más. Pero te quieren vender a una persona que en 42 años de vida hizo más cosas que un anciano de cien años”.

Cuando se abusa de la propaganda doctrinaria, en el afán de construir un mito, se corre el riesgo del rechazo en una población aturdida por el exceso de propaganda panfletaria.

Carlos, sociólogo, cree que “la sacralización de José Martí comenzó después de su muerte. En todas las culturas, es típico esbozar un retrato de sus héroes alejado de su trayectoria real. Sobre Martí existe la sospecha de que tuvo relaciones extramatrimoniales y según estudios recientes tuvo una hija con Carmen Mantilla. No fue un guerrero diestro en el manejo del machete y el fusil. Tampoco fue un estratega militar. Pero, hasta que se demuestre lo contrario, es el cubano con mayores dotes de estadista que hemos tenido. Un humanista y un intelectual de primerísimo nivel. Su muerte prematura generó una especie de sentimiento de culpa entre los líderes mambises, que ya sea por cizaña, envidia o ambición de poder, rechazaban a Martí por no ser un tipo aguerrido como ellos. Pero es la revolución de Fidel Castro la que ha manipulado ferozmente su figura, en un intento de tejer una falsa teoría de unidad revolucionaria. A Martí no solo el gobierno lo ha convertido en un rehén: también la disidencia y el exilio anticastrista. Es el héroe de los dos bandos. La pregunta que debemos hacernos es si veneramos al Apóstol de manera auténtica. O solamente nos sirve de peldaño para nuestras campañas políticas”.

Luisa, estudiante universitaria, cuenta que “como todos los años, para recordar el natalicio de Martí, marcharemos desde la Escalinata de la Universidad hasta la Fragua Martiana (situada en Hospital y Vapor, Centro Habana, actualmente es un museo). No vamos de manera espontánea, es más bien un compromiso con la FEU y la UJC. Se pasa un buen rato y algunos salen de la marcha y se van a sus casas”.

En Cuba, la mojigatería alcanza el nivel de una obra de arte. Aunque intelectuales, como el cineasta Fernando Pérez, en su película El ojo del canario (ICAIC, 2010) intentó desacralizar a José Martí, la narrativa oficial sigue utilizando al prócer de una manera simplista y dogmática.

Martí jamás fue marxista. En su obra dejó constancia de lo contrario. Conocer al auténtico Martí, como la cubanía, el amor a la patria, la cultura nacional y la idiosincrasia de su gente, debería ser algo espontáneo y de largo aliento. Sin directrices ni guiones políticos, los cubanos deberíamos sentirnos motivados a leer sobre la vida de nuestros próceres y a cultivar el respeto por nuestras tradiciones de manera natural.

Los nacidos en la Isla que residen en otras tierras y les importa su país, siempre se van a dormir con Cuba debajo de la almohada. Y en la distancia han aprendido a aquilatar la colosal dimensión de José Martí.

En el 165 aniversario del nacimiento del Apóstol, me viene a la memoria aquella tarde tibia de noviembre de 2016, cuando con un grupo de amigos visité Ybor City, en la ciudad de Tampa. Depositamos una ofrenda floral al pie de la estatua situada en el Parque Amigos de José Martí, inaugurado en febrero de 1960, a poca distancia de la antigua fábrica de tabacos, donde Martí arengaba a sus compatriotas y recolectó dinero destinado a la necesaria guerra de independencia. Después, mientras caminábamos por las empedradas calles, conocimos a un señor de 85 años que cada mes de enero viaja desde California a Tampa, a rendirle honores al Maestro.

Ése es el Martí que debe prevalecer entre los cubanos. El que nadie nos ha impuesto. Que brota libremente.
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