viernes, 31 de mayo de 2019

¿Hubo alguna vez una luna de miel entre los intelectuales y la revolución?

Por Luis Cino.

Fidel Castro y Virgilio Piñera.

Algunos autores  han querido ver  como una luna de miel entre los intelectuales y la Revolución Cubana al periodo  de dos años y medio  transcurridos entre el triunfo de los rebeldes, en enero de 1959, y el discurso de Fidel Castro en la última de las tres reuniones con  un grupo de escritores y artistas que tuvieron lugar  en la Biblioteca Nacional, en junio de 1961, y donde el Máximo Líder, con su Browning de 9 mm sobre la mesa -y parafraseando una frase del discurso de  Mussolini en La Scala de Milán, el 28 de octubre de 1925-, sentenció: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”.

¡Vaya modo de terminar, a cajas destempladas,  una luna de miel ilusoria  y aterrizar, de golpe y porrazo, en la realidad de un régimen que enrumbaba veloz hacia el totalitarismo al modo soviético!

Se pudiera considerar una luna de miel los años 1959 y 1960, pero  no la primera mitad de 1961, cuando ya se atisbaba lo que vendría. Y la tal luna de miel sería solo si se compara con el diluvio doctrinario y de prohibiciones, normativas, censura y represalias para los intelectuales que desembozadamente se impuso a partir de 1968 y que alcanzaría  su clímax en la década de los 70, partir del infausto  Congreso de Educación y Cultura de 1971.

En los primeros  años del nuevo régimen hubo una avalancha de escritores, sobre todos los más jóvenes o los que aún no habían encontrado suficiente  reconocimiento, pero también  algunos reconocidos,  como Alejo Carpentier y un inicialmente deslumbrado Virgilio Piñera, que se entusiasmaron con la Revolución y, exaltados, mostraron su disposición de ponerse al servicio de ella. A cambio, gracias a la inclusión de sus trabajos en periódicos y revistas y a las tiradas masivas -y a precio muy barato- de libros por la Imprenta Nacional (la editorial del Estado) y Ediciones R, obtuvieron visibilidad y reconocimiento.

Embriagados de entusiasmo, algunos escritores, como los  que participaron en Lunes de Revolución, llegaron a creer que sus criterios eran respetados y tenidos en cuenta por el poder revolucionario. No debieron ser tan ilusos, y pensar que su destino sería mucho mejor que el de los Origenistas, a los que atacaban por su hermeticismo y falta de compromiso -el  torremarfilismo, como le llamaban.

Pronto los escritores y artistas se verían compelidos por las normativas oficiales, forzados, con un muy estrecho margen –los que imponía el “dentro de la revolución-  a poner su creación en función de los propósitos del régimen, que concebía el arte como “un arma de la revolución”. Sus obras fueron juzgadas por los muy suspicaces comisarios no solo por lo que decían y el modo en que lo hacían, sino también por lo que no decían.

En los 60 se escribieron las más grandes novelas cubanas del siglo XX (El siglo de las luces, Paradiso y Tres tristes tigres), pero sus autores, con la excepción de Alejo Carpentier, tuvieron que exiliarse (Cabrera Infante) o fueron condenados al ostracismo.

El régimen se había encargado de crear desde bien temprano las instituciones culturales destinadas al control de los intelectuales y artistas.

Acaban de cumplirse  60 años de la creación de las dos primeras de estas instituciones: el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) y la Casa de las Américas. Ambas fueron fundadas a solo unos meses de la instauración del régimen revolucionario: el ICAIC en marzo de 1959  y Casa de las Américas, un mes después, en abril.

El director del ICAIC, Alfredo Guevara, que era amigo personal de Fidel Castro desde los años 40 (lo acompañó en el Bogotazo), se encargó de aupar a jóvenes cineastas que como él  provenían del Partido Socialista Popular (PSP) y de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, todos permeados  por la ortodoxia marxista-leninista. Lo demostraron pronto,  en 1961, cuando el ICAIC embistió contra Lunes de Revolución, a propósito del cortometraje PM, solo porque mostraba, en vez de milicianos, una Habana de bailadores y borrachos.

Fidel Castro y Alfredo Guevara, teniendo muy en cuenta las experiencias de la cinematografía nazi y soviética,  no ocultaron su intención de que el cine cubano   sirviera a los propósitos propagandísticos del régimen. No llegaría a producir algo como  Potemkin, se conformó con los documentales y el Noticiero ICAIC Latinoamericano de Santiago Álvarez, el equivalente castrista de Lenni Riefenstahl.

La misión de Casa de las Américas, dirigida por Haydée Santamaría, fue propagandizar la Revolución Cubana en América Latina. A través de sus señuelos (un concurso, una revista, una editorial, invitaciones a Cuba) captó a numerosos intelectuales prestigiosos del continente, que terminarían convertidos (como Gabriel García Márquez)  en agentes de influencia del régimen castrista.

Para completar el cuadro, el 22 de agosto de 1961, a menos de dos meses de las Palabras a los Intelectuales de Fidel Castro, fue creada la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Su lastimoso papel al servicio incondicional  del régimen daría la razón al poeta Heberto Padilla, que la definió como “un cascarón de figurones”.

Conviene recordar todo esto hoy, cuando la creación artística amenaza oscurecerse aún más con el ominoso decreto 349 y burócratas sin obra conocida, como el viceministro Fernando Rojas, abogan por poner  “la cultura en buenas manos”.
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