jueves, 23 de mayo de 2019

Lo peor siempre fue la escasez.

Por Mónica Baró.

La autora dando de comer a su padre en el año 1991/Foto: Cortesía de la autora
La autora dando de comer a su padre en el año 1991.

Salir a comprar comida en La Habana se ha vuelto en los últimos meses una aventura para nada agradable. Muy pocas veces retornas a casa con todo lo que saliste a buscar. Casi nunca, para ser exacta. Debes considerarte una persona afortunada si, después de explorar varios mercados, cruzar fronteras municipales, soportar la lentitud y, en no pocas ocasiones, la hostilidad de las colas, consigues tres o cuatro productos de los que necesitabas.

Para mi padre, un hombre hipertenso y diabético de 67 años, usuario del transporte público y cliente de los taxis privados que se comparten, salir a comprar comida es simplemente «salir a cazar el mamut». Una actividad primitiva, salvaje, delirante.

A cada rato me manda fotos por Messenger de neveras desconectadas y estantes vacíos o de las colas de dos y tres horas que hace para comprar pollo; que no son panoramas que no haya visto antes, porque mi padre es uno de los millones de sobrevivientes de la crisis económica de los noventa, esa que Fidel Castro, con su inigualable sentido del humor, bautizó como «Período Especial en Tiempos de Paz». Pero quizás precisamente por ser uno de esos sobrevivientes es que se alarma.

La escasez no es un fenómeno nuevo en Cuba. Desde el triunfo revolucionario de 1959 distintas generaciones la han padecido con mayor o menor intensidad. Siempre ha habido algún tipo de desbarajuste en el abastecimiento de los comercios estatales. Cuando no ha faltado detergente, ha faltado papel higiénico, leche, mantequilla, jabones, perros calientes, puré de tomate, gasolina o preservativos. Y los noventa fueron sin dudas los años en que la escasez alcanzó su máximo esplendor.

Desde finales de 2018, cuando faltó el pan durante varias semanas, porque antes faltó harina, porque antes faltaron piezas para echar andar los molinos de trigo, el rumor -y el temor- sobre la llegada de otro Período Especial comenzó a esparcirse en el país.

El Período Especial es uno de nuestros grandes traumas. Es lo que ayuda a entender por qué uno de los primeros sitios que visitan tantos cubanos cuando viajan por primera vez -y entiéndase viajar como montarse en un avión y salir de la isla- es un centro comercial. Esa visita, antes que turística, es antropológica. La diversidad y la abundancia no te hablan de consumo sino de otra realidad, otra cultura, ante la cual te reconoces un ser distinto.

Mi primer viaje fue a San José, Costa Rica, en 2014. Yo tenía 26 años. Y el primer sitio que visité fue un mercado. Me llevó un cubano residente en Costa Rica, en la noche, en plan paseo. (Tampoco San José es Roma).

El cubano residente y yo estuvimos dos horas recorriendo pasillos, revisando estantes, leyendo etiquetas, comparando precios y marcas y contándonos nuestras vidas; como si estuviéramos en un museo sui generis. El mercado era justamente eso, un museo, y el cubano residente, mi guía.

Esa noche tomé varios productos, los coloqué en una cesta, cargué la cesta durante casi todo el recorrido, y al final devolví los productos a su sitio, uno a uno. No compré nada. No pude.

Lo impactante no fue tanto descubrir todo lo que ignoraba del mundo sino descubrir todo lo que ignoraba sobre mí misma. No sabía qué olores de desodorante me gustaban -o me asentaban mejor-, ni qué tipos de yogurt, ni qué sabores exóticos de helado, ni qué ingredientes eran dañinos para mi salud -ni siquiera que los ingredientes se revisaban.

En Cuba una se acostumbra a comprar lo poco que hay y lo poco que puede pagar, o a consumir lo que te regalan. Pero en Costa Rica yo podía ejercer, hasta un punto que me resultaba intimidante, la libertad de escoger. Y no sabía escoger.

Debo advertir que yo no recuerdo con amargura el Período Especial. Yo nací en 1988. Para mí, en primer lugar, la realidad del Período Especial era la única realidad. No tuve un antes próspero que añorar.

Me gustaba mirar los cocuyos que entraban volando por la ventana de la sala de mi casa durante los apagones nocturnos y quemarme los dedos jugando con la cera derretida de las velas. Me gustaban las croquetas de harina con caldo de pollo que comíamos en casa de Martica y Gustavo, una pareja amiga de mis padres.

Me gustaban las uvas y el cundeamor de las enredaderas de Martica y Gustavo, los maracuyás y las guanábanas del patio de Bersaida, los mangos que caían en la azotea de Carmen. Me gustaba recoger almendras de la calle, machacarlas con una piedra y sacar el fruto enterito.

Yo apenas comía -y cuando digo esto no quiero decir que comía poco, sino que mi madre recuerda la primera vez que dije, a los doce años, que tenía hambre-, pero me gustaba comer lo que podía arrancar de las plantas. Algo que -está de más decirlo- enloquecía a mis padres, que al igual que todos los padres de aquella época hacían magia para que no faltara lo esencial.

La autora con su padre y abuela en el año 1991.

Me gustaban, incluso, las colecciones de envolturas de chucherías que tenían varias niñas de mi primaria. Yo no hice ninguna porque nunca he tenido paciencia ni disciplina para coleccionar nada, pero también recogía envolturas en la calle, por los alrededores de la escuela, en especial, afuera de la residencia de angolanos cercana, y las repartía luego entre quienes mejor me caían.

Las envolturas más valiosas, al menos en mi entorno, eran las que conservaban algo de olor, que casi siempre eran las que habían envuelto chicle o chocolate. El chicle y el chocolate dejan rastros muy potentes. También valían las que no estaban muy arrugadas o rotas, pero el olor era un valor supremo: lo más cercano que se podía estar de saborear su inexistente contenido.

Las niñas estiraban el papel, se lo pegaban a la nariz con las dos manos, inhalaban profundo, y sentenciaban: «Esta todavía huele». Y todas sabíamos que, por una con olor, que te permitiera saborear un poquito, podías pedir a cambio dos o tres a otra coleccionista.

Ahora, en 2019, a mucha gente le ha dado por pensar que volverán esos tiempos tristes y oscuros. Que para la mayoría no son los tiempos felices y fosforescentes de los cocuyos. Ya ni siquiera para mí lo son, porque tengo casi 31 años, y eso no significa que hayan dejado de gustarme los cocuyos -aunque no recuerdo cuándo fue la última vez que vi uno en La Habana-, pero los cocuyos ya no serían mi mayor preocupación si volvieran los apagones programados o sorpresivos.

Con 31 años en las costillas, irremediablemente, ya una piensa en la comida que puede echarse a perder en el refrigerador, en los riesgos de que se rompa el refrigerador con el quita y pon de la corriente -más, si tu refrigerador es de los chinos marca Haier que vendieron hace como una década, durante la «revolución energética»-, en las dificultades para dormir con el calor y la humedad de la isla por mucho que abras todas las ventanas, en los mosquitos que entrarían por todas las ventanas abiertas, en el cuarto dengue que podrías contraer y en lo cochino que están los baños -y los mosquiteros y los colchones- de los hospitales donde te ingresan por dengue, en el aumento de los asaltos en las calles y de los robos en las viviendas, en la falta de transporte, medicamentos, comida y paz mental, en las colas infernales en las que ya no me pondría a corretear con otros niños sino a vigilar mi puesto como una miliciana…

El gobierno nos ha dado señales.

El pasado primero de enero, en la conmemoración del aniversario 60 del triunfo de la Revolución Cubana, Raúl Castro, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, expresó: «Es nuestro deber prepararnos meticulosamente con anticipación para todos los escenarios, incluyendo los peores, no solo en el plano militar».

El dirigente de 87 años no especificó en su discurso a qué se estaba refiriendo con eso de que debíamos prepararnos para todos los escenarios, incluyendo los peores. La información la soltó como se suelta un parte meteorológico ordinario en el noticiero del mediodía. Pero no hizo falta que diera más pistas.

Cuando a un ciudadano cubano le dicen que debe prepararse para los peores escenarios, de inmediato lo que interpreta es que debe prepararse para un Período Especial. Ni siquiera piensa en la Crisis de los Misiles de 1962, en la que pudimos haber desaparecido del mapa. En la Crisis de los Misiles habríamos desaparecido con el corazón contento si hubiéramos tenido la barriga llena.

En toda nuestra historia de experimentación socialista nunca ha habido nada peor que el Período Especial. Ningún enemigo ha sido más terrible que el hambre, que la miseria, y ninguna guerra ha sido más dura de pelear que la guerra diaria por la sobrevivencia, cuyos campos de batalla fueron nuestros propios cuerpos.

Si de algo podemos estar seguros es de que el primer secretario del Partido no iba a exagerar. La tendencia del discurso oficial, al contrario, siempre ha sido la de usar eufemismos y edulcorar. Pintarnos bonita la cosa: el día soleado y con escasas nubes. Así que, si Raúl Castro dijo lo que dijo, lo más sensato es empezar a prepararnos, aunque sea psicológicamente.

También, en marzo de 2019, el economista Carmelo Mesa-Lago, profesor emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh, una de las mentes más lúcidas que investiga y analiza el caso cubano, publicó un texto en The New York Times en el que afirmó que «hoy en día, Cuba está sufriendo su peor crisis económica desde la década de los noventa».

«A pesar de los extraordinarios subsidios foráneos que ha recibido -argumentaba Mesa-Lago-, la economía cubana ha tenido un desempeño deplorable. En los últimos siete años, ha crecido una tercera parte de la cifra oficial declarada necesaria para un crecimiento adecuado y sostenible, mientras que la inversión ha sido una tercera parte de lo requerido».

Y eso fue en marzo: antes de que la administración de Donald Trump anunciara la implementación del Título III de la Ley Helms-Burton, la reducción del envío de remesas a 1000 dólares trimestrales por persona y nuevas limitaciones a los viajes de ciudadanos estadounidenses a la isla. Aunque desde diciembre de 2018, en un minucioso informe publicado por el proyecto Cuba Posible, Mesa-Lago había alertado que las perspectivas de la economía cubana para 2019 no eran para nada halagüeñas.

En abril, el gobierno volvió a dar señales.

En el acto de proclamación del nuevo texto constitucional, frente al Parlamento, Raúl Castro dijo: «Es necesario que estemos alertas y conscientes de que enfrentamos dificultades adicionales y que la situación pudiera agravarse en los próximos meses. No se trata de regresar a la fase aguda del Período Especial de la década de los años noventa del siglo pasado; hoy es otro el panorama en cuanto a la diversificación de la economía, pero tenemos que prepararnos siempre para la peor variante».

De toda su intervención, la idea que a mucha gente se le quedó martillando en la cabeza fue que «tenemos que prepararnos siempre para la peor variante…»

¿Qué dice el informe publicado por Cuba Posible a finales de 2018? Básicamente, que las sospechas que comenzaron a multiplicarse a partir de la crisis del pan no son descabelladas.

De acuerdo con Carmelo Mesa-Lago, entre 2008 y 2017, la economía nacional promedió un crecimiento anual de 2.3 por ciento, inferior al 5-6 por ciento que se estima necesario para generar un desarrollo sostenido.

Las estadísticas oficiales informaron que en 2017 el Producto Interno Bruto (PIB) creció 1.8 por ciento. (La meta era dos por ciento). Sin embargo, tres de las cuatro entidades que estiman la tasa de crecimiento de Cuba (The Economist Intelligence Unit, Moody’s y Cuba Standard) ofrecieron cifras negativas: entre -0,3 por ciento y -1,4 por ciento.

En los últimos años, las principales fuentes de ingreso de divisas a la isla -la venta de servicios profesionales, las remesas, el turismo y la exportación de medicamentos y níquel- han sufrido afectaciones.

La producción de níquel, entre 2007 y 2016, menguó 30 por ciento, y el valor de dichas exportaciones declinó 68 por ciento entre 2011 y 2016, según estimaciones que cita Mesa Lago; lo cual representa 464 millones de dólares.

El valor de las exportaciones de medicamentos creció 13 por ciento entre 2010 y 2012, pero apenas siete por ciento entre 2012 y 2014. (Las cifras de períodos recientes no están disponibles).

Tampoco en la agricultura las cifras son reconfortantes: la tasa de crecimiento anual descendió de 19,6 por ciento en 2007 a -1,5 por ciento en 2017. En ese propio año, el Estado cubano importó 1800 millones de dólares en productos agrícolas, aun cuando el 60 por ciento de ellos pudo haberse producido en el país.

Y en los últimos meses la situación se ha agravado.

La retirada de Cuba del Programa Mais Médicos, a finales de 2018, a raíz de las presiones ejercidas por el presidente brasileño Jair Bolsonaro, implicó la pérdida de 330 millones de dólares anuales, según cálculos del economista cubano Mauricio de Miranda, profesor titular del Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali; aunque Mesa-Lago apunta que los ingresos por venta de servicios profesionales venían disminuyendo desde antes: entre 2013 y 2016 habían mermado en 23 por ciento.

Mientras, las medidas anunciadas el pasado abril por John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, apuntaron a dos de las tres fuentes más importantes de recepción de divisas: remesas y turismo.

El Estado cubano no publica cifras sobre el envío de remesas, pero el informe referido cita estimados según los cuales habrían aumentado consistentemente (en 143 por ciento): desde 1447 millones de dólares en 2008 hasta 3515 millones en 2017.

La política de acercamiento del presidente demócrata Barack Obama, que ya en 2009 había eliminado los límites a las remesas hacia la isla y las restricciones a los viajes de ciudadanos cubanoamericanos, fue determinante en este sentido. De hecho, contribuyó a que el número de visitantes de Estados Unidos a Cuba creciera 579 por ciento entre 2014 y 2017. Pero el romance oficial entre ambas naciones terminó con la llegada al poder del republicano Donald Trump.

Trump ha optado por exhumar la política y los discursos de la Guerra Fría. A su juicio, Obama estaba equivocado en propiciar la entrada de capital a la isla y el intercambio cultural entre pueblos; a pesar de que fue durante la gestión de Obama que en Cuba empezaron a verse cambios sustanciales: mayor apertura del sector privado (2010-2011), legalización de la compra y venta de viviendas (2011), reforma migratoria (2013), ampliación del acceso social a Internet (2013), entre otros; que no se debieron solo a la dirección en que soplaban los vientos del norte, pero sin dudas ayudó mucho el hecho de que fueran favorables, como no lo habían sido en 50 años.

En algunos mercados la policía ha detenido a quienes se han puesto a sacar fotos de las colas y el desabastecimiento. El autor de esta foto fue una de esas personas.

Por el momento, yo intento evitar las colas. Las colas, en contextos de escasez, son fuentes inagotables de conflictos.

Hace poco supe de una por el pollo en San José de las Lajas, provincia Mayabeque, en la que dos mujeres terminaron cayéndose a mordidas. La policía las sacó de la tienda con las ropas embarradas de sangre. Pero, un momento, no hay por qué pensar mal de esas mujeres: que eran necesariamente chusmas o violentas. No hay que creerse mejores que ellas. Nadie sabe, en circunstancias similares, cómo puede llegar a reaccionar.

Una cola para acceder a un producto escaso puede volverse una jauría de fieras en cuestión de minutos. Siempre aparecen sinvergüenzas que llegan de último y pretenden ponerse delante de todo el mundo y quitarte tu lugar. Ese lugar entrañable que conquistaste con sacrificio, porque seguramente despertaste temprano, o al menos más temprano que esos sinvergüenzas, y que puede marcar la diferencia entre alcanzar y no alcanzar el producto, porque nunca hay suficiente de nada para todos.

Pero una vez que te hallas en una de esas jaurías solo tienes dos opciones: o actúas como una fiera y luchas contra las otras, o te apartas. No es raro que las personas elijan la primera opción.

La opción de apartarse implica no solo perder la oportunidad de comprar el producto sino también el tiempo que invertiste en acceder a esa oportunidad. El producto es una recompensa, lo único que da sentido a tu esfuerzo, que justifica un poco la brutalidad a la que te expones. Irse con las manos vacías de una cola te deja con muy mal sabor a derrota.

Yo he optado por dejarme sorprender. Me he vuelto una consumidora más flexible, he bajado mis expectativas, he diversificado mi dieta. Hace siglos que no hago una lista antes de salir de compras y ya no salgo tanto a buscar cosas concretas como a ver qué encuentro.

No me molesta salir a buscar aceite y volver con una lata de leche condensada, por ejemplo. No compro siempre lo que necesito, de hecho, casi nunca compro lo que necesito, porque en primer lugar no espero a necesitar algo para comprarlo.

Mi técnica consiste en comprar lo que va apareciendo e irlo almacenando para el momento adecuado. Almaceno o congelo todo lo que se puedan imaginar. Procuro que no me falten los frijoles, porque para mí los frijoles son los mejores sustitutos de la carne, y jamás asumo que la presencia de detergente en un estante es garantía de que al día siguiente no va a desaparecer.

También he aprendido que los mercados encontrados por azar son excelentes proveedores, sobre todo si se hallan en barrios periféricos. El centro de la ciudad es también el centro de las más grandes disputas. Por eso conviene llevar siempre encima un poco de dinero adicional al de los gastos cotidianos y una bolsa de tela. No importa si vas camino al trabajo, a un velorio o a una fiesta, o si te encuentras ya en el trabajo, en el velorio o en la fiesta.

En un contexto de escasez el momento idóneo para comprar lo que escasea es el momento en que aparece y ese es un código cultural que todo el mundo comparte. Nadie se va a ofender ni te mirará raro si sales unos minutos de una funeraria en medio de la madrugada, porque te enteraste de una feria agropecuaria que está empezando a montarse, y vuelves con una bolsa de pimientos y cebollas. Lo digo por experiencia: a comprar los pimientos y las cebollas me acompañó la pariente más cercana de la difunta.

Claro, evitar las colas es un lujo que puedo permitirme yo que no soy responsable de la alimentación de otra persona, que tengo horario de trabajo abierto, que no padezco de enfermedades crónicas que ameriten alimentos específicos, que con un plato de arroz, frijoles y yuca me siento más que complacida, que vivo en una zona en la que tengo acceso -caminando entre uno y dos kilómetros- a más de diez puntos de venta de alimentos. Si mi caso fuera otro, si de mí dependieran niños o ancianos, no dudo que en una cola terminaría fajándome a mordidas con cualquiera.

Días antes de que Raúl Castro dijera ante el Parlamento que teníamos que prepararnos siempre para la peor variante, Granma sacó una nota de un párrafo que, en el plano simbólico, tuvo un impacto igual de fuerte que el de la crisis del pan, pues anunciaba la reducción de las ediciones impresas de los principales medios de comunicación estatales «debido a dificultades con la disponibilidad de papel gaceta».

En Cuba, donde no existe libertad de prensa ni transparencia informativa, eso no es un asunto menor. La reducción de la prensa estatal supone una reducción del aparato propagandístico del Partido Comunista. Pero tampoco es algo que no hubiera ocurrido antes. La última vez que ocurrió fue al inicio del Período Especial.

Quince días más tarde, el 19 de abril, un periódico local (Invasor) informó que la dirección del país había decidido reducir al 10 por ciento el consumo de energía en Ciego de Ávila, «como consecuencia del adverso escenario económico-financiero». Daniel Pérez, director comercial de la Empresa Eléctrica de esa provincia, reconoció que estaban en un punto crítico, pero precisó que «no hay hasta la fecha apagones programados».

El 8 de mayo, los diarios 14ymedio y el Nuevo Herald publicaron en conjunto un documento del Ministerio del Comercio Interior al que tuvieron acceso, en el cual se presentan una serie de «medidas de regulación de productos alimenticios seleccionados, de aseo e higiene» que se comercializan de forma liberada; es decir, que no se comercializan mediante el sistema de racionamiento de productos subsidiados que funciona en Cuba desde 1962.

En la red de venta liberada -atendiendo al documento- cada ciudadano cubano no podrá comprar más de 15 libras de arroz y cinco de frijoles, ni más de un pomo de detergente líquido, ni más de un tubo de pasta dental, ni más de dos jabones para lavar, ni más de tres jabones para bañarse. (No dice nada de que una no pueda ir a varios mercados y comprar lo mismo varias veces.)

Otra de las medidas que anuncian es la inclusión de salchichas en la libreta de abastecimiento. Cada tres meses las familias cubanas podrán adquirir entre uno y tres paquetes, según la cantidad de personas que las integren. Una familia de tres personas tendrá derecho a un paquete, mientras que una de siete o más, a tres. Concretamente, si los paquetes son como los que solían venir años atrás por esta vía -que traían diez salchichas-, cada persona tendrá derecho a una salchicha y un cachito de otra al mes.

El portal Cubadebate no quiso quedarse atrás. Al día siguiente de la publicación coordinada de 14ymedio y el Nuevo Herald, sacó una entrevista con dos especialistas cubanos: ¿Cuba regresará al Período Especial? La conclusión que puede sacarse es que no, o que es poco probable, aunque no imposible.

José Luis Rodríguez, doctor en Ciencias Económicas y asesor del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, explicó que la situación de hoy no es la misma que la del Período Especial, cuando el PIB cubano cayó en un 35 por ciento de 1989 a 1993 a raíz del colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y tampoco parece que entraremos «en una situación de tal naturaleza, a no ser que ocurra un fenómeno imprevisible».

Por su parte, Ariel Terrero, periodista especializado en temas económicos -que es el otro experto entrevistado- sostuvo que «el primer problema de vulnerabilidad es la alta dependencia de la economía externa», pero que, a pesar de ello, hay un rasgo de la economía cubana actual que marca una diferencia con la de los años noventa: la diversificación. Lo mismo que argumentó Raúl Castro en su discurso de abril.

Terrero refirió que mientras en 1990 Cuba dependía en más de 80 por ciento del comercio con los soviéticos, en 2019 «están presentes de forma importante Venezuela y China», y otras naciones de la Unión Europea.

Aunque como le está yendo al gobierno de Nicolás Maduro, que Venezuela sea una presencia importante en la economía cubana no es algo que inspire tranquilidad. Mesa-Lago, en el ya citado informe, precisa que la cifra de 105 mil barriles de petróleo diarios (bpd) que exportaba Venezuela a Cuba, en el mejor momento de la relación bilateral -antes de la muerte de Hugo Chávez en 2013-, había disminuido casi a la mitad para 2017. En marzo de este año, esa cifra rondaba los 65 mil barriles diarios de crudo y combustibles, según un reporte de la agencia Reuters.

Y justo un día después de la entrevista publicada por Cubadebate, el Granma confirmó que el Ministerio del Comercio Interior regularía «paulatinamente» la comercialización de productos básicos. En el caso del pollo: solo cinco kilogramos o dos paquetes por persona, nada de venta de cajas enteras.

La cotidianidad de la isla, como de costumbre, transcurre en un universo paralelo al que construyen los medios estatales. El consejo de mi vecino, un jubilado de 85 años que cumplió misión internacionalista en África, es que compre jabones y los guarde. Él, me dijo en tono confidencial, ya tiene dos guardados.

Neveras vacías en tiendas de La Habana.

Con esto de almacenar y congelar hay que tener extremo cuidado: no debe confundirse con acaparamiento ni especulación, que son actos que tipifican como delitos, muy mal vistos en los medios de prensa oficiales, y no es mi intención incentivar a delinquir ni arruinar la reputación de nadie.

El código penal de Cuba, en su artículo 230, advierte que el ciudadano que «adquiera mercancías u otros productos con el propósito de revenderlos para obtener lucro o ganancia» o «retenga en su poder o transporte mercancías o productos en cantidades evidente e injustificadamente superiores a las requeridas para sus necesidades normales» puede ser sancionado con privación de libertad de tres meses a un año, multa de 100 a 300 cuotas, o ambas.

El problema principal -si es que para las autoridades representa un problema y no una ventaja- es que nadie podría decir, con exactitud, qué son «cantidades evidente e injustificadamente superiores a las requeridas para sus necesidades normales». ¿Existen necesidades anormales?

¿Me harán lucir peligrosa tres paquetes de detergente en polvo de un kilogramo?

En septiembre de 2018 alguien fue a una tienda de La Habana y compró 15 mil manzanas. Lo sé, lo sabe Cuba, lo sabe esa parte del mundo que presta atención a Cuba, porque fue noticia. Y no cualquier noticia. Fue la noticia del mes, una especie de Watergate tropical; no porque en la isla no estuviera ocurriendo nada más relevante ese mes sino porque ese es el periodismo que predomina.

La denuncia vino por un bloguero oficialista que se encontraba en la tienda. No podría aclarar si el bloguero oficialista quería comprar manzanas o no -él no nos cuenta eso en el post que publicó en su blog- pero el hecho es que estaba en el lugar adecuado, en el momento adecuado; aunque esto es apenas una manera de decir porque me cuesta establecer para qué era adecuado que él estuviera allí.

El post detonante del escándalo se tituló de la siguiente manera: «“Asalto” en La Puntilla: 15 mil manzanas para un solo cliente». Por un instante, yo sentí que no hablaba de manzanas sino de seres humanos y tráfico de órganos, pero no, hablaba de manzanas.

Casi de inmediato, el portal Cubadebatelo replicó, y a los pocos días, el diario Granmasacó un reportaje, a raíz del suceso, con un titular tan o más sensacional que el del bloguero oficialista: «Los frutos de la indolencia: Cimex revela detalles del acaparamiento en La Puntilla y su investigación».

Para quien no conozca el melodrama cubano, Cimex pudiera parecer un «garganta profunda». Algo como un grupo de detectives privados que investigó el «asalto» y ofreció declaraciones exclusivas al diario. Pero Cimex es la corporación estatal a la cual pertenece el centro comercial La Puntilla, o sea, que el acusado es la fuente principal que habla sobre la acusación. Es como si, en el caso Watergate, el Washington Post hubiera dicho que la Casa Blanca revelaba detalles sobre el allanamiento del Comité Nacional del Partido Demócrata y su investigación. Algo así.

Y lo más reprochable, que debió haber sido la acusación de que se empleó un vehículo de Cimex para transportar la mercancía, se diluyó en la cobertura, porque casi todo giró en torno al acaparamiento.

Lo que nunca nadie supo fue adónde fueron a parar las 15 mil manzanas. Siempre se dio por sentado que habían sido compradas para su posterior comercialización a un precio más elevado que el original, pero lo cierto es que eso no se demostró con hechos en ningún medio. Todo no pasó de ser una gran especulación.

El cliente bien pudo haber sido el dueño de un negocio que quería ofertar jugo natural de manzana, o pasteles de manzana, y no necesariamente el líder de un cartel de vendedores ambulantes. Si estuviéramos en un país un poco más lógico, los dueños de negocios no acudirían a comprar manzanas, ningún insumo, a los mismos mercados minoristas a los que acuden las familias.

En la última década el gobierno cubano -con moderación, con mucho tira y encoge- ha abierto la economía y soltado las riendas al sector privado, o al «trabajo por cuenta propia», sin ocuparse paralelamente de crear una red de mercados mayoristas en la cual los negocios que han ido surgiendo (restaurantes, bares, cafeterías) puedan abastecerse. ¿Cuál es el resultado? Que donde menos te imaginas, en una misma cola, pueden coincidir quien va a comprar diez cajas de cerveza para ofertar en su bar y quien va a comprar dos cervezas para tomar en un almuerzo.

La Habana.

La pregunta, a mi juicio, no es si llegaremos o no a los peores escenarios, si viene o no un segundo Período Especial, como si se tratara de un inevitable fenómeno de la naturaleza. La pregunta debería ser la siguiente: ¿por qué habríamos de llegar a los peores escenarios?

En Cuba, si algo no falta, son ideas, estudios y propuestas para dinamizar y democratizar la economía, en especial la producción de alimentos. Claro, por lo general, esas ideas, estudios y propuestas implican descentralización del poder. Pero es un hecho que solo cediendo una mayor cuota de poder la dirección del Partido comunista podría ahorrar nuevos sacrificios al pueblo.

¿Qué pasaría si los agricultores pudieran establecer sus propias redes de comercialización para las cosechas, si se incentivaran las cooperativas no agropecuarias, si las comunidades tuvieran mayor autonomía para administrar sus recursos y tomar decisiones, si los ciudadanos cubanos pudieran importar y exportar con fines comerciales e invertir en el país, si, en resumen, se liberaran las fuerzas productivas y creativas de la sociedad? Nadie lo sabe aún, pero convendría averiguarlo.

Lo que sí debe saberse es que si caemos en un segundo Período Especial no va a ser por falta de opciones. Las opciones existen, lo que no ha existido hasta ahora es la voluntad política de ensayarlas.

El Estado parece prepararse una vez más para que la gente sobreviva en la escasez, no para superarla; como si estuviera esperando que aparecieran los terceros soviéticos, otra hada madrina, en fin, nuevas dependencias. Y olvida que la Cuba de 2019 muy poco tiene que ver con la de los noventa.

A la Cuba de 2019, menos obediente, más conectada con el mundo, le ha dado por utilizar las redes sociales para movilizarse: lo mismo para ayudar a familias damnificadas por el tornado de enero, que para convocar un Trash Challenge, que para defender los derechos de los animales o de la comunidad LGBTI.

El actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, no tiene las cosas fáciles: le han entregado no el mando de una nación sino una bomba de tiempo. Habrá que ver si quiere, o puede, desactivarla. De lo contrario, nos aguarda otra guerra. Los tiempos de escasez y hambre nunca han sido tiempos de paz, no para quienes han padecido la escasez y el hambre.
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