viernes, 28 de mayo de 2010

Dos escuelas: Castro y la KGB.

Por Mike Miqueles.

En su visita a Cuba (1965) disfrazado como un tal Yelenin, el jefe (1961-67) de la KGB Vladimir Y. Semichastny notó la "personal fascinación" de Fidel Castro por los medios y métodos de inteligencia y espionaje (tradecraft). Al pasarle la grabación del interrogatorio al coronel soviético Oleg Penkovsky, quien informó a Washington y Londres sobre los misiles en Cuba, Castro se viró hacia Ramiro Valdés y otros segurosos para decirles: "Aprendan todo lo que puedan de esta gente".

Así lo hicieron y por lo demás ya lo venían haciendo desde que el primer grupo de jóvenes rebeldes entró al centro de entrenamiento del coronel Ilya V. Prusakov en Minsk (Bielorrusia). Desde luego que había una limitación. Según el ex seguroso Domingo Amuchástegui, quien actualmente enseña en escuela secundaria pública del condado Miami-Dade, por mucho que aprendieran en la KGB, los oficiales cubiches de inteligencia solían abstenerse de cuestionar las estrategias, convicciones personales e intuiciones del Comandante en Jefe ("Cuban Intelligence and the October Crisis", Intelligence and National Security, volumen 13, 1998, página 110).

Al parecer eso lo aprendieron también en la KGB, porque el general Vadim Kirpichenko, primer sustituto del jefe de la Primera Dirección (Inteligencia), confesaría que las conclusiones "pesimistas" de análisis de inteligencia y aun determinados hechos se quedaban en el tintero para no enfadar a Leonid Brezhnev (Vremia Novostei, diciembre 20 de 2004). También se montaban operaciones para complacer sus caprichos. Según su propio embajador en Washington, Anatoli Dobrinin, Moscú interpretó de forma "paranoica" la llegada de Reagan a la Casa Blanca. La KGB y la inteligencia militar (GRU) soviéticas se engolfaron en la Operación Ryan para recoger información sobre los planes, que ellos mismos atribuyeron a Reagan, de asestar un golpe nuclear contra la URSS. Castro no vaciló en tirarle a esa misma bola de trapo y acentuó la monserga sobre la invasión yanqui contra Cuba. El diario de Reagan pondría de manifiesto la superchería. La entrada del miércoles 11 de febrero de 1981 reza: "Los informes de inteligencia aseguran que Castro está muy preocupado por mí. Yo estoy muy preocupado porque no tenemos nada con que justificar su preocupación".
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