viernes, 30 de octubre de 2015

Burdel travestido.

Por Alejandro Ríos.

El actual ministro de cultura cubano, un anodino burócrata, se ha ofendido con el prestigioso cineasta español Agustí Villaronga por afirmar que Cuba era el burdel de Europa, a propósito de haber realizado la película El Rey de La Habana, basada en la novela homónima de Pedro Juan Gutiérrez, cultivador del llamado realismo sucio.

Según el funcionario, fue el oficialista Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos quien decidió abortar la realización del filme en sus escenarios naturales de Centro Habana y no el gobierno, como ha comentado el director Villaronga.

Este diferendo, por supuesto, no ha sido parte de la prensa oficial cubana, incapaz de cubrir tema tan espinoso, con un realizador notable de otro país de por medio, mientras no reciba autorización.

Hace algunos años, el dictador Fidel Castro afirmó, públicamente, que en su país laboraban las prostitutas más cultas y preparadas del mundo. Su sobrina Mariela Castro, durante una visita a la llamada zona roja en Holanda, refirió que en Cuba, cualquier mujer sin recursos que necesitara arreglar la plomería de su casa, lo podía hacer a cambio de un servicio sexual. Anécdota que daba por sentado que la prostitución era otra manera de “resolver”.

Ahora quieren crucificar al director Villaronga por afirmar que Cuba se ha convertido en el prostíbulo de Europa, circunstancia que queda más que expuesta en otros tres filmes realizados por extranjeros y uno de producción nacional (Fátima), en años recientes, como son Una noche, La partida y Viva, del director irlandés Paddy Breathnach, quien guarda la esperanza de competir por el Oscar al mejor filme extranjero durante la próxima entrega de premios de la Academia.

Viva coincide, de cierta manera, con Fátima, de Jorge Perugorría, porque ambos tratan de la educación sentimental de jóvenes deseosos de ser artistas travestís pero que han debido incursionar, por irremediable necesidad, en el disputado mercado de la prostitución con personas que llegan de otros países para esos menesteres y no solo turistas porque uno de los clientes habituales de Fátima es un piloto comercial español. Ambos muchachos afrontan la incomprensión y violencia de sus figuras paternas.

Tanto en Viva como Fátima hay una voluntad de ascenso, dentro de grandes limitaciones y obstáculos, así como cierto candor en el retrato de sus protagonistas, no así en El Rey de La Habana, donde las penurias insolubles terminan por corroer los rasgos humanos, para abrir la caja de Pandora de los instintos animales, con la consabida violencia como forma de vida.

Agustí Villaronga ha cometido el error de irle de frente a la marañera burocracia castrista que le hará pagar caro su atrevimiento con numerosas trampas, que ya le están tendiendo.

Tanto la directora inglesa de Una noche, Lucy Molloy, como el español de La partida, Antonio Hens, quien tenía parentela en Cuba e insistía en que la historia que contaba podía ocurrir en cualquier país, como para mitigar las impertinencias del régimen, encontraron caminos discretos y se autocensuraron en sus declaraciones públicas –como lo han hecho tantos otros directores extranjeros cuando han lidiado con la intolerancia castrista– para que sus filmes respectivos fueran exhibidos en la isla.

Villaronga ha elegido expresarse libremente en la prensa española, así como lo hace Pedro Juan Gutiérrez a propósito de su nueva novela, mientras los miembros cubanos del reparto de El Rey de la Habana, entre los cuales figuran Yordanka Ariosa, premio de actuación femenina en el Festival de San Sebastián, y Héctor Medina, protagonista asimismo de Viva, se mantienen callados, humillados y temerosos en Cuba, sin voz ni voto, en una historia que les pertenece.
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