viernes, 23 de junio de 2023

Andrés Trapiello contra la mentira fundacional y las ratas de la calle Obispo.

Por Gerardo Fernández Fe.


Todos los caminos conducen a Madrid -al menos para algunos-, a las calles por las que todavía transitan los fantasmas serenos de Tristán de Jesús Medina y Gastón Baquero, solitarios y adamados, salidos de diferentes tolvaneras, cada uno con su fardo. Por esta ciudad igualmente deambulan presencias para nosotros medulares como las de Jesús Díaz y Raúl Rivero, escritores cubanos; otros dos exiliados que se opusieron a nuestra dinastía caribeña y que trabajaron por la democracia.

A semejante escenario le ha dedicado Andrés Trapiello un libro titulado precisamente "Madrid" (Destino, 2020), que es summa y tantas cosas más, al tiempo que plazas, iglesias y ferias de la ciudad laten en la ambiciosa serie que lleva por nombre "Salón de los pasos perdidos", que alcanza 24 tomos de diario y confesión, relato y novela, y cuya última entrega -"Éramos otros" (Ediciones del arrabal)- acaba de ver la luz.

Madrid está además en su libro "Las armas y las letras", que es puerto obligado en el necesario proceso de ventilación de los ocultamientos sufridos en una zona de la historia política del último siglo y de la abyección y la cobardía de no pocos intelectuales. Se ignora en nuestros predios, por ejemplo, y Trapiello ha alzado la voz para recordarlo, que Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí decidieron huir de Madrid al final del verano de 1936 -para reiniciar su andadura por Washington, San Juan, La Habana, Miami-, no por la posibilidad de bombardeos fascistas, que no habían comenzado aún, sino por la voracidad de los grupos de izquierda que intentaban purgar la sociedad y que aniquilaban a cualquiera por su vestimenta o por la estampita religiosa que llevaban en la cartera.

Esta ciudad que nos sigue siendo tan cercana campea en otro libro del mismo autor, "Madrid 1945"(Destino, 2022), sobre la resistencia al franquismo desde el Partido Comunista Español y a partir de gente simple en la que se amalgamó el idealismo, la fe ciega, la valentía, el fanatismo, la crueldad, la inmolación. Madrid está, faltaría más, en muchas de las columnas de Andrés Trapiello publicadas en estos tiempos en el diario "El Mundo" y en el suplemento literario "La lectura".

Para rematar, si algo más nos identifica con este escritor es la escena tantas veces contada de mayo de 1971, en la que él y su hermano se levantaron de la mesa en medio de una discusión con su padre, en León, recogieron un par de mudas y huyeron a Madrid para no regresar más. Muchos transitamos por el mal trago de descubrirnos en las antípodas del credo político familiar y de la doxa. Entonces uno coloca la cabeza en la almohada con la certeza de que está a punto de defraudar a la parroquia… y se lanza al vacío.

«Todos tuvimos un padre franquista (o su equivalente)», me dije al cerrar el libro y pausar el diálogo. Así pudo haberse llamado esta entrevista que el escritor español tuvo la gentileza de concederme y que concluimos en su apartamento de la calle Conde de Xiquena, con charla afable, hace apenas unos días, pocas semanas antes de que cumpliera 70 años.

***

Noto que maneja con suspicacia el término «revolución» y sus derivados. Cuando en su libro "Madrid" habla sobre la iglesia de San Andrés, dice que la quemaron «los revolucionarios» en julio de 1936». Antes, en "Las armas y las letras", contaba que ese año la ciudad «cayó en manos de los revolucionarios decididos a extirpar cualquier asomo de poder burgués y resquicio religioso». Y hasta bromea sobre el vicio primigenio de las revoluciones: destruir «toda la porcelana que encuentran a su paso y robar los cubiertos de plata con la excusa de hacer las medallas de los héroes». 

Pero en ese mismo libro también se ha referido a «republicanos antirrevolucionarios». ¿Acaso no estamos ante la clásica dupla «demócratas» y «radicales»? ¿En el fondo no es un asunto de democracia y de su polo opuesto?

La izquierda que tomó las riendas de la guerra fue desde el primer momento revolucionaria, orillando a los republicanos que, como el presidente de la República, no lo eran en absoluto. Eso fue esa guerra en un primer momento para muchos: una revolución soviética. El desarrollo de la guerra y la necesidad de unas alianzas exteriores hicieron que la izquierda acabara desterrando de su propaganda a la palabra «revolución», porque asustaba. 

Pero alguien como Clara Campoamor (que promovió la lucha por el voto de las mujeres en España y ganó), entre otros muchos, así lo vio al titular su temprano libro de 1937 "La revolución española vista por una republicana". En la guerra civil esa dupla apenas es perceptible: no es la lucha de los demócratas contra los antidemócratas. La democracia era difícil de encontrar en el bando republicano, mientras que en el otro directamente no existía. Se enfrentaban dos formas totalitarias de entender el mundo, unos mirando a Moscú y otros a Berlín y Roma.

Sin embargo, en "Las armas y las letras" asegura que «en la historia se dan, de vez en cuando, circunstancias de sugestión colectiva en las que los pueblos en masa empiezan no solo a desear, sino a reclamar de sus jefes, políticos o religiosos, la guerra y la revolución». ¿Tendrán las revoluciones algo salvífico?

El proceso se propagó en toda Europa, no solo en España. En todos los países tenían revoluciones triunfantes en las que mirarse, a las que aspirar, la comunista del soviet o la nacionalsocialista del nazi o del fascio. Ya no eran utópicas, sino reales. Esta ilusión prendió sobre todo en las masas más desinformadas. Tal y como sucede en la actualidad con los diferentes populismos de izquierdas o de derechas que estamos viendo en Europa o Latinoamérica.

¿Pudiera esbozar aquí tres líneas didácticas sobre «checas», «sacas» y «paseos»? Soy nieto de españoles, en mi entorno solo se dio una versión de la Guerra Civil, relato sostenido durante décadas por el castrismo. Esas palabras que le menciono todavía no existen para ellos. 

La cheka o checa fue un calco de la institución creada por el soviet como centro de detención, interrogatorio, tortura y depuración. Sacas, se aplicó a las distintas extracciones ilegales de las cárceles, en las que estaban detenidos, con o sin juicio, elementos derechistas, para ser posteriormente asesinados, bien individualmente, bien en grupo, incluso en masa, como ocurrió en los famosos asesinatos de Paracuellos, en los que fueron asesinados más de dos mil personas. El paseo es una palabra que se acuñó precisamente entonces en Madrid en su sentido criminal: llevarse a alguien a asesinarlo, para darle el paseo.

Mucha gente ignora que a inicios de la Guerra Civil circulaba en Madrid una revista llamada El Mono azul, dirigida por Rafael Alberti y María Teresa León, que tenía una sección titulada «A paseo», en la que se llamaba a «pasear» a escritores e intelectuales que no eran afines con la revolución. ¡Hasta Unamuno fue mencionado en aquel libelo! ¿Por qué cree que hablar de episodios similares sigue siendo incómodo?

Esa sección de El Mono Azul era una «gracieta», una “broma”, pero todo el mundo entendía qué había debajo de ella, que no era otra cosa que una invitación a la delación (los “paseos” de El Mono Azul estaban dirigidos a personas que o bien estaban fuera de Madrid, como Unamuno, o en paradero desconocido, acaso escondidos en la ciudad) y al asesinato. La incomodidad para la izquierda vino de su incapacidad para asumir los crímenes de su bando. Aún hoy la posición de la mayor parte de la izquierda es esta: los crímenes y tropelías de la derecha estaban organizados y planeados desde la cúpula del poder fascista; los crímenes del bando republicano se debieron a irresponsables que actuaron por su cuenta. Ninguna responsabilidad, por tanto. Y claro que esto es falso, la República es tan responsable de los crímenes de la República, por acción u omisión, como lo son del otro bando las autoridades franquistas.

Dice en Éramos otros que «en la retaguardia nadie lo pasó tan bien ni comió mejor (…) ni se alojaron con más lujo» como el matrimonio Alberti/León. Si hasta engordaron, según los diarios de Carlos Morla Lynch, mientras la gran mayoría de la población perdía peso.

Lo cuenta Morla, el amigo íntimo de Lorca, en los diarios de la guerra, cuando dio tanto asilo en la Embajada de Chile en Madrid. Su caso es único: él solo salvó a más de dos mil personas con serios peligros de ser asesinadas, pero quienes finalmente se pusieron esa medalla fueron el embajador Aurelio Núñez Morgado, un franquista pregonado, y el cónsul Pablo Neruda. Ambos salieron huyendo de la ciudad cuando cayeron las primeras bombas. Morla, que tenía la cabeza en la derecha y su corazoncito a la izquierda, es un cronista muy ecuánime. Pariente y colega de aristócratas y derechistas, pero amigo también de artistas y poetas de izquierda. Sus diarios son extraordinarios.

Hace unos años usted y otros intelectuales españoles se plantaron ante la tumba de Manuel Chaves Nogales en el cementerio de North Sheen, en Londres. Fue un acto de reivindicación de un periodismo en desacuerdo con sectarismos y partidismos. Gente como Chaves Nogales o Clara Campoamor fue vapuleada por ambos bandos durante y al terminar la guerra.

Fue un acto de reparación, aunque de escaso alcance. La izquierda radical española que hoy está en el Gobierno le reprocha incluso que se exilara al principio de la guerra, que no se quedara. ¿Pero para qué iba a quedarse? ¿Para ponerse a las órdenes de Alberti, Bergamín y cuantos estaban, ellos, a las órdenes de Stalin y de sus servicios secretos, verdaderos amos de la política republicana durante la guerra? 

Con Clara Campoamor han transigido por su lucha a favor del voto de las mujeres. Pero también se les atraganta. Solo este dato: el libro de Campoamor se publicó en francés y tuvo varias ediciones. En 2002 se tradujo por primera vez y se publicó en España: pues no tuvo ni una sola reseña en los periódicos ni de historiadores ni de literatos y políticos. O sea, que aquí la verdad se busca, sí, pero sin prisas.

Ha dicho que varios escritores se las agenciaron durante el franquismo para dejar una imagen de rebeldía, de iconoclastia, pero que al final supieron cuidarse muy bien y que nunca dejaron de formar parte del sistema. Pienso en Cela, en Umbral. (Como sabrá, nosotros los tenemos también en Cuba). 

Hay una expresión en Éramos otros que resume lo anterior, cuando dice que entonces «se podía no ser franquista haciendo las cosas que el franquismo quería».

Pues ya sabe entonces de lo que hablamos. Son esos oportunistas que se mueven admirablemente sin exponerse nunca. Al margen de las virtudes que tengan como escritores, si las tienen. Debería hacernos pensar este hecho: casi todos los escritores del exilio acabaron publicando sus libros en España durante el franquismo, al igual que lo más importante de la literatura catalana se publicó en catalán y en Cataluña durante el franquismo. 

Y lo mismo se puede decir de los escritores más importantes de después, que aunque fueran antifranquistas escribieron y publicaron la totalidad de su obra aquí, desde Claudio Rodríguez o Ferlosio, hasta Marsé. Y cuando no es así, en el caso de Blas de Otero, Gil de Biedma, León Felipe o Alberti, lo que la censura franquista suprimió no hizo mella en el conjunto de sus obras. No estoy diciendo que la censura no tenía importancia ni que las autoridades no fueran ejecutores de una dictadura. Quiero decir que los españoles que tenían interés en leer lo que querían, podían hacerlo, y llegados los años sesenta, la dictadura, en lo tocante a literatura, hizo la vista gorda, convencida de que poetas y literatos eran todos unos pobres diablos. Y en cierto modo así era. Franco, como es notorio, murió de su muerte y en la cama.

En noviembre de 1968 el escritor cubano Lorenzo García Vega llegó a Madrid, exiliado. Poco después apuntaba en su diario que «la buena muchachada intelectual (…) juega a la izquierda». Uno de esos días tuvo un encuentro con Buero Vallejo, quien le recomendó que tuviera mucho cuidado con lo que hablaba, pues en el mundillo intelectual de la ciudad no se veía bien emitir «opinión contraria al sistema político imperante en Cuba».

Resulta curioso que en pleno franquismo se haya producido una subcorriente de izquierda suficientemente reaccionaria como para no permitir siquiera, incluso a nivel de bares y cantinas, un debate sobre el proyecto cubano, en el que, por cierto, todavía estaban vigentes los campos de trabajos de las UMAP para religiosos, extraños, iconoclastas y desviados…

Bueno, y no está dicho como excusa, es un fenómeno internacional. La cultura ha estado mayoritariamente en la izquierda desde la noche de los tiempos. Y en esa misma noche seguimos. Recuerdo a una pareja de escritores españoles presumir de haber estado cenando la víspera con Fidel Castro, lo declaraban con orgullo. Abelardo Linares, el poeta y librero de viejo que durante unos años viajó mucho a Cuba, se hallaba presente en aquella conversación y les afeó a sus amigos que hubieran estado con un dictador tan repulsivo. Se defendieron diciendo que lo habían hecho porque Castro era una «figura histórica». Linares les preguntó si habrían ido a una cena con Pinochet, que también lo era. Esa misma izquierda reaccionaria es la que hoy gobierna en España, pero han ampliado su horizonte a Venezuela, a Nicaragua, a Bolivia… países con índices democráticos inexistentes.

De todos modos, es una izquierda bastante esquizofrénica, porque en muchos aspectos no se distingue de la derecha reaccionaria, viven como capitalistas, ganan como capitalistas, tienen sus empresas, explotan a sus empleadas del hogar como los de derechas, frecuentan restaurantes caros (generalmente con dinero público), compran sus casas de lujo (con el que ganan en el Gobierno). Así que de la izquierda les queda solo la jerga y la demagogia. Basta mantener con alguno de ellos una conversación de cinco minutos sobre memoria histórica. 

Esto se vio en España: teníamos una banda terrorista en casa, asesinando a mansalva, pero ninguno de los que asistieron al festival de cine de San Sebastián se quiso poner una pegatina con un «No a ETA». En cambio, lucieron otras con «No a la Guerra». La guerra de Irak, a cuatro mil kilómetros., no les dejaba dormir, pero con los asesinatos a dos pasos de su casa dormían a pierna suelta. Y así, los asesinatos franquistas de hace noventa años, cuyas víctimas directas habían decidido olvidar, les parecen intolerables a algunos nietos y biznietos, pero las víctimas de los asesinatos de ETA no les merecen desvelo alguno. Como resumiría Baroja: Bah.

Los silencios y los ocultamientos que se siguen produciendo sobre la Guerra Civil Española -como el del horror de Gerardo Diego ante la quema de más de 30 iglesias en Madrid en 1936, o como la amistad secreta entre Federico García Lorca y José Antonio Primo de Rivera-, demuestran algo que usted ha manejado durante años: que los vencidos terminaron imponiendo su relato ante el resto del mundo, y que así ha perdurado.

En realidad, el relato político interesado se produjo por ambos bandos. Pero del cultural y literario se ocuparon casi exclusivamente los de izquierda. Así lo reconoció con pesar Dionisio Ridruejo al acabar la guerra. Desde ese momento la derecha ha ido al rebufo de las historias interesadamente manipuladas o soslayadas o negadas por la izquierda. Piense en que lo más importante de la literatura catalana se publicó en catalán bajo el franquismo y que poetas como Blas de Otero, Gil de Biedma, José Hierro, publicaron todo bajo el franquismo, salvo algunos poemas antifranquistas que sus propios autores, y por suerte la posteridad, olvidaron en cuanto Franco murió.

La disputa política entre familiares ha sido una de las especialidades de la casa en Cuba durante el último medio siglo. Muchos estamos marcados por ese hierro candente que toca la fibra de lo emocional. ¿Qué le pasó en 1971?

Mi hermano y yo tuvimos una gran discusión con nuestro padre. La excusa fue, en efecto, política. Habían encontrado escondido debajo del colchón de mi cama cinco números de Mundo Obrero, el periódico del Partido Comunista, que me los había pasado una prima mayor que vivía en Madrid y de la que yo, con 17 años, estaba perdidamente enamorado. En realidad, quería irme de mi casa en León y vivir ese gran amor en la capital. Aquellos periódicos fueron una excusa, aunque el ambiente en casa sí era irrespirable por las discusiones políticas continuas. Una de esas chispas desencadenó la deflagración. Ese día me secundó mi hermano mayor, por lo que nuestro padre nos echó de casa. Era el 4 de mayo de 1971, día en que él cumplía cincuentaicuatro años. 

Entonces nos vinimos a Madrid, que era lo que yo quería. A las tres o cuatro semanas mi hermano regresó, pero yo seguí cinco o seis meses más, lo que duró el amor de mi vida. 

Mi padre era de una familia de derechas. Al estallar la guerra, los izquierdistas del pueblo los buscaron a él y a mi abuelo para «darles el paseo», pero consiguieron huir. A la semana, las fuerzas de derecha tomaron la zona y supongo que «pasearían» a los que habían querido «pasearles» a ellos, si no lograron huir también. 

Mi padre se afilió inmediatamente a Falange Española y con 19 años se alistó como voluntario para ir al frente. Estuvo en la guerra los tres años, fue herido en Teruel y condecorado cuatro o cinco veces. Tras la guerra abandonó la Falange, pero nunca dejó de ser un franquista convencido. Era un hombre políticamente exaltado, de profundas convicciones católicas, aunque era una buena persona, cabal y de palabra.

En varios espacios ha insistido en la manera en que no pocas víctimas se convierten en victimarios, repitiendo un patrón de imposición y de violencia. Para un país como Cuba, que ni siquiera ha dado sus primeros pasos hacia la democracia y que debería prestarle mucha más atención a la Transición española, ¿cuál cree usted que pueden ser los retos y los riesgos?

La víctima que se convirtió en victimario, y al revés, el victimario que acabó como víctima, solo querrán que se hable de su condición de afectado. En un caso cree que la injusticia que sufrió justifica la venganza y en el otro que las sevicias cometidas por él deben olvidarse porque han quedado atrás. En ese punto, normalmente alejado del momento en que se cometieron unas y otras, es cuando victimarios y víctimas han de pactar y transigir. Esto se hizo durante la Transición en España.

En Cuba será difícil todavía, porque los victimarios, ese Gobierno comunista, sigue empeñado en causar injusticia y dolor a millones de cubanos. Lo raro es que no haya habido aún revueltas de peso. Tampoco las hubo en España contra el franquismo. Es algo inexplicable y milagroso que finalmente la transición fuese pacífica y tan eficaz.

En el otoño de 1995 formó parte de una delegación de escritores españoles que visitó La Habana durante los últimos meses del mandato de Felipe González. Cuenta en Do fuir, el tomo correspondiente a ese año en Salón de los pasos perdidos, que le llamó la atención que en la calle todos hablaban de dinero, del precio de las cosas, de cómo conseguirlas, de lo que no hay. 

Una amiga que trabajaba en el Ministerio de Cultura me metió en ese viaje aprisa y corriendo, cuando uno de los escritores de relumbrón se cayó del cartel a última hora. De todo di cuenta en muchas páginas de Do Fuir, en efecto. Se sabía que González perdería las elecciones y fue, como si dijéramos, un acto de amor último del Gobierno socialista hacia el dictador cubano. Cabrera Infante arremetió contra ese viaje y los viajeros en un artículo en El País, que contesté. Porque yo iba allí con la ilusión de ser testigo de una revuelta popular contra los Castro y toda su camarilla, al modo de la que hubo unos años antes contra Ceaucescu en Bucarest. Mala suerte, porque no. Ni siquiera acudió el dictador a un acto de la embajada, en el que habían anunciado su asistencia. Y lo mismo, me imaginaba cómo no le daría la mano cuando llegase el momento. Tampoco. 

Tuvo uno que resignarse con leer unas cuartillas en el Capitolio de La Habana: «Un régimen que trae a su Parlamento a hablar a los poetas, y a los políticos los tiene en la cárcel, es un régimen demencial», empecé. Claro que dio igual, solo había treinta o cuarenta asistentes, entre ellos la mitad de la policía política, que se pasaron toda mi intervención tomando notas. No me habría hecho ilusión que me llevaran preso, porque eso solo decora en los escritores revolucionarios, pero estaba dispuesto a rendirme en cuanto vinieran a detenerme. No pasó nada. En Cuba, en ese momento, no pasaba nada. Bueno, la gente tenía los tres famosos problemas (desayuno, comida y cena) que no le dejaban a nadie un minuto libre para ser valiente. Vivían todos como cuando Franco: pensando en el día en que Castro despareciera, porque nadie iba a tener nunca el coraje de echarle. Eso fue hace casi treinta años, y siguen en lo mismo. Allá ellos.

Escribió sobre la desilusión de un hombre de izquierdas como el novelista Juan Marsé durante ese viaje y la manera en que huía para refugiarse a su habitación del hotel y no seguir observando una realidad demasiado dura para sus ojos. El hombre había estado en La Habana en 1967, lleno de ilusiones, pero ahora constataba lo peor.

Marsé andaba medio alelado todo el día, sin acabar de creerse lo que veían sus ojos. Había estado en La Habana cuando Castro compraba a los escritores extranjeros de izquierdas con ron y putas, y recordaba aquello como el paraíso. Le decía a Antón Arrufat, muy apesarado, como si acabaran de darle un gran disgusto: «Ya, todo funciona mal, no hay alimentos, los balseros prefieren que se los coman los tiburones a tener que pasar un día más sin poder comer, y la Revolución ha sido un fiasco, ¿pero verdad que Castro es un hombre honrado, que hace lo que puede?». Arrufat me miraba sin decir nada, preguntándome con la mirada: «Oye, ¿y este quién es? Parece tonto». Al cubano acababan de sacarlo de la biblioteca en la cual lo habían confinado a barrer y fregar los suelos durante diez o quince años. 

Recuerdo una discusión muy divertida con Jesús Visor, quien viajaba a menudo allí y regalaba libros de su colección para que los niños cubanos tuvieran algo que leer. Yo estaba contando en la taberna esa a la que iba Hemingway que acababa de ver tres ratas muertas en la calle Obispo, y Visor me dijo de una manera desagradable y tajante, como si uno fuese un quintacolumnista: «Eso es mentira, en Cuba no hay ratas muertas en la calle». Me encogí de hombros y no dije nada. De allí a un rato salimos y acabamos en la calle Obispo. Cuando llegamos a la primera rata, no dije nada. Lo llamé y levanté el dedo índice. Dijo: «Qué raro, llevo viniendo desde hace veinte años y esta es la primera vez que veo una cosa así». Al llegar la segunda, levanté el índice y el dedo corazón. Esta vez tampoco dijo nada. Y con la tercera lo mismo, pulgar, índice y corazón. Pero esa vez no se pudo aguantar y soltó de muy malhumor: «Joder, tú solo ves ratas». 

Es verdad lo que decía Franz Hessel: solo vemos lo que nos mira. A los intelectuales de izquierda la miseria, la pobreza y la falta de libertad no los miran.

Resulta reveladora la imagen de la escritora Fina García Marruz interrumpiendo en varias ocasiones la conversación con ustedes en su casa para levantarse a comprobar si ya había llegado el suministro de agua. Algo tan simple y significativo…

Fue una entrevista triste, porque le teníamos mucho cariño a Cintio Vitier, su marido, y ella estaba muy fanatizada. Era ella quien soltaba las soflamas políticas, en ese momento contra Estados Unidos, que apretaba mucho el cerco. El fanatismo, sin embargo, le impedía ver la anomalía que era que no hubiera suministro de agua ni luz eléctrica en las casas, con cortes todas las tardes. A ambos les parecía que era un sacrificio pequeño que había que hacer por la Revolución, que hacía por los cubanos unos sacrificios tan grandes. Era enternecedor verle soltar a los vecinos que vivían en un segundo o tercer piso una cuerda con garrafas atadas a un cordel para que los del camión les suministraran una ración diaria.

Ha dicho en Éramos otros que la labor de la Ilustración no culminará hasta que la bandera de la hoz y el martillo no sea repudiada en las calles de medio planeta de la misma manera que lo es la de la cruz gamada…

Y, aunque sea de modo simbólico y en efigie, hasta que no se instruya un proceso de Nüremberg contra las élites comunistas del mundo. Ese es un camino que en medio de todo ya ha hecho la iglesia católica, reconociendo las barbaridades de la Inquisición y su quema de sabios. No sirve de mucho, porque a las víctimas no les devolverán la vida, pero pondría las cosas en su sitio en cuanto a la justicia se refiere. Pero eso no ocurrirá de momento. Al contrario, los comunistas aún siguen creyendo que el progreso y cuantos derechos se han alcanzado en el mundo occidental han sido gracias a su trabajo, y no a un sistema como el capitalismo, muy imperfecto, pero infinitamente más equilibrado y justo que cualquiera de las versiones del socialismo histórico.

¿Cree que es un escritor incómodo para la izquierda? 

Si lo soy, será por tener un origen parecido y por conocer de primera mano, mejor que muchos, sus excesos. Porque los de la derecha han sido de dominio público desde el principio, pero solo recientemente se ha sabido quiénes fueron y qué hicieron durante la guerra Rafael Alberti y sus camaradas. Y lo hemos sabido gracias a demócratas convencidos como Morla Lynch, Chaves Nogales o Clara Campoamor.

¿Por qué la izquierda suele pensar que siempre tiene la Historia de su parte?

Hombre, porque la ha tenido, entendiendo por Historia los lugares en los que se suele redactar: universidades, periódicos, literatura, cine… Si lo aplicamos a la historia reciente de España, todo parte de una mentira fundacional: que los mejores escritores e intelectuales tomaron en la guerra civil el partido de la República. Claro, para cuadrar ese círculo se han visto obligados a eliminar la mitad de la ecuación: a Unamuno, Ortega, Baroja, Azorín y cien más. Para que brillaran Alberti y demás era necesario cancelar, como se dice ahora, a Chaves Nogales, a Clara Campoamor y a muchos otros. Incluso escritores liberales como Francisco Ayala se han beneficiado de esa mentira, arrumbando a otros bastante más interesantes como los hermanos Villalonga, Cunqueiro o Josep Pla.

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