miércoles, 12 de febrero de 2014

Medidas para reflotar Cuba.

Si para el resto del mundo ha sido de interés la noticia de que el gobierno cubano ha acordado el cronograma para la unificación monetaria, para los venezolanos tal anuncio resulta especialmente contrastante y hasta chocante, sin dejar de desear el bien, lo mejor, al sufrido pueblo cubano.

Por allá, con la sinceración del valor de la moneda se intenta poner orden en un sistema que no ha hecho más que profundizar desigualdades, alimentar corruptelas y mantener la dependencia externa que ha caracterizado por más de medio siglo a la revolución. Por aquí, navegando hacia el “mar de la felicidad”, los timoneles de turno -más preocupados por mantener la mano en el timón que por el rumbo del barco- han logrado transformar la mayor bonanza petrolera de nuestra historia en una conjunción inaudita de vulnerabilidades, sea cual sea el indicador o índice que se elija.

La medida cubana significa el abandono de un régimen impuesto hace casi dos décadas, tras el derrumbe del subsidio del bloque socialista, que apunta a la gradual eliminación del abismo entre el peso a 24 dólares (el que reciben los cubanos por su trabajo) y el peso en paridad con el dólar (el de los bienes fuera de la limitadísima “libreta de abastecimiento” y las cuentas públicas). Entre los confesos propósitos de la medida, ya anticipada en abril de 2011 en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, se encuentran: garantizar el restablecimiento del valor del peso cubano y de sus funciones como unidad de cuenta, medio de pago y de atesoramiento; ordenar el entorno económico y la medición correcta de sus resultados y, no menos importante, propiciar las condiciones “para el incremento de la eficiencia, la mejor medición de los hechos económicos y el estímulo a los sectores que producen bienes y servicios para la exportación y la sustitución de importaciones”. Todo eso resuena en los oídos venezolanos a rectificación de rumbo económico cercana a la que por aquí urge.

No sobra recordar que las medidas impulsadas por Raúl Castro desde que relevó a Fidel se proponen sostener el régimen político y hacerlo menos frágil económicamente. Y tampoco está de más recordar la decisiva importancia que los vínculos inescrutables con Venezuela han tenido en el tránsito entre los dos Castro. Son conexiones cuya opacidad no impide apreciar, incluso al menos advertido de los observadores, el flujo de recursos venezolanos hacia la isla desde la firma de aquel Convenio Integral de Cooperación firmado en octubre de 2000 y multiplicado en cientos de otros arreglos cuyo denominador común ha sido un constante favorecer la economía cubana, al un alto precio.

No es exagerado, aunque sí triste, advertir que en el trasiego “venecubano” de bienes, servicios y divisas el margen económico de maniobra venezolano ha disminuido mientras el de la isla gana espacio. La pregunta ineludible al gobierno venezolano es ¿qué significa a estas alturas de nuestro naufragio hacer irreversible el curso por el que nos conduce?
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