martes, 28 de julio de 2015

Mariela Castro, ¿qué ignoran los opositores?

Por  Ernesto Pérez Chang.

La primera vez que escuché el calificativo de “ignorantes” asociada a los grupos opositores cubanos fue cuando detuvieron a los intelectuales y activistas reunidos en torno a la poeta María Elena Cruz Varela. El Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba acusó a todos, pero en especial a la escritora, de “analfabetos”.

Apenas cursaba yo la enseñanza secundaria y aunque había leído algunos libros no conocía lo suficiente de literatura cubana para darme cuenta de la gratuidad del insulto o que, disfrazada bajo otros términos, fue “Ignorantes” la palabra que emplearon como práctica habitual para descalificar las obras de aquellos escritores y artistas que, en los años 60 y hasta bien entrados los 80, se negaron a “generar” aquel arte de compromiso que alabara las “conquistas de la revolución”.

Siguiendo el raciocinio “revolucionario”, hoy son ignorantes miles de escritores, teatristas, cineastas, músicos, periodistas, bailarines, deportistas, médicos, cuentapropistas y amas de casa dichosos de su peculiar “incultura” porque ignorantes también fueron Lezama Lima, Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz y en sus ignorancias persistieron los miles de condenados al exilio o a trabajar en oscuros almacenes y fábricas, en campamentos y cárceles de corte fascistas y solo por el simple delito de ignorar unas reglas del juego que se resumen en una muy simple: lealtad incondicional al Máximo Líder.

Las víctimas sobrevivientes de los atropellos cometidos en nombre de la revolución y el socialismo son ignorantes porque aún desconocen el día en que un gobernante cubano se dignará a ofrecer una disculpa por haberlos declarado enemigos públicos solo por pensar diferente o por decidir con quién irse a la cama.

Han transcurrido algunos años y aun la palabra “ignorante” no ha sido llamada a retiro. Recientemente, en una entrevista para el diario ABC, la ha utilizado la hija del general presidente para intentar descalificar a los grupos opositores que se resisten a ser cobayas de eso que la propia Mariela Castro gusta en llamar un “experimento” nacional. Esa especie de juego de mesa a escala real en que las familias más ricas de Cuba han convertido al país. ¿Quién les ha dado el derecho a experimentar con el pueblo cubano?, la respuesta a mi pregunta es una de las tantas cosas que ignora la oposición, también si las vacaciones de Tony Castro, sus paseos en yate por el Mediterráneo, sus campeonatos de golf o sus trofeos de pesca, sus antojos de ricachón son parte de esos “experimentos” donde ahora me descubro junto a millones de cubanos, es decir, en el lugar más tenebroso del laboratorio socialista, donde a las ratas se les suministra el placebo y no el elixir para la vida eterna.

Experimento es la nueva palabra de moda entre la dirigencia cubana, y sirve para darle un toque de modernidad, de aventura, a un proceso político caótico que ni ellos mismos se atreven a llamar por su verdadero nombre. Creo que ninguno sabría pronunciarlo porque es un engendro babélico mezcla de chino, ruso, iraní, coreano, y hasta de ¡alemán!, según se intuye de esos modelos legislativos (¿rezagos del Tercer Reich?) que últimamente ha consultado la hija erudita, tal vez para comenzar a darle forma a una ley mordaza contra los grupitos de “ignorantes” que mañana pudieran descubrir esos secretos de Estado que tanto bien les hace que continúen ignorando.

¿Es a ese desconocimiento al que se refiere Mariela Castro cuando tacha de ignorantes a los opositores? Prefiero pensar que no pretende la ofensa sino, en un inexplicable arrebato, ofrecer pistas sobre lo descaminados que vamos algunos en nuestras pesquisas. Es como si jugara al frío frío caliente caliente con una oposición a la que en el fondo admira solo por la rebeldía de quien sabe cuánto de privilegio es ser contradictorio en Cuba y no morir en el intento.

Sí, Mariela, los opositores somos ignorantes pero, en el país más culto de la tierra y con ciento por ciento de alfabetismo, según el propio discurso oficial, ¿cómo pudieran existir ignorantes más allá de aquellos que desde sus puestos de gobierno ignoran las duras realidades de quienes no se pueden dar el lujo de ignorarlos porque les salen hasta en la sopa?

En las calles de Cuba, si no lo sabes, casi todo el mundo ignora lo que llevarán al día siguiente a la mesa familiar, y es tanta la incertidumbre que ya vender el alma o el cuerpo no hace la diferencia, ni tampoco ser y pertenecer como ciudadanos a España, a Rusia, a Estados Unidos o a Burundi, a cualquier lugar menos a Cuba que es el país que todos añoran en la lejanía pero en el que nadie quiere quedarse a vivir los 365 días del año, todos los veranos y los inviernos, todos los cierres y las aperturas, no sin la esperanza de salir a tomar aire fresco de vez en cuando.

Ignoramos, todos ignoramos hasta perder los sentidos, tanto que ni siquiera podemos oler el hedor de aquellos trapos sucios que con tantos celos algunos ocultan bajo la almohada. Tienes razón, somos ignorantes de muchas cosas, y no nos alcanzaría la vida para descubrir aquellas más esenciales para, con la verdad en la mano, reconstruir una nación que, como se pinta el panorama, no falta mucho para que arribe a ese punto de no retorno al que tanto desean llegar esos que, como tú, lo saben todo.

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