jueves, 7 de abril de 2016

La gran pifia del Comandante.

Por Tania Díaz Castro.

Son muchos los errores cometidos por el Comandante Invicto Fidel Castro. Como son tantos y tan variados señalemos el que, a mi juicio, fue el más garrafal.

Ocurrió en los primeros días de abril de 1980, hace 36 años, en la 5ta Avenida y calle 72 del reparto Miramar, en La Habana. Allí, en la Embajada del Perú y en sólo 48 horas, ocurrió el éxodo político más dramático que se recuerde en nuestra historia.

Ante la negativa del gobierno peruano de entregar a las autoridades castristas los primeros cubanos que entraron a dicha sede para solicitar refugio, llamados delincuentes por el gobierno de la Isla, Fidel Castro tomó la decisión de retirar la custodia de ese recinto, el que quedó abierto para todo el que quisiera marcharse del país.

¿Pudo prever el dictador cubano el resultado de esa medida? Dicen que lo vieron sorprendido y muy irritado al saber que en cuestión de horas, habían entrado al edificio diplomático más de diez mil personas, sobre todo porque se trataba de estudiantes universitarios, trabajadores, mujeres, niños, ancianos y hasta miembros del Partido Comunista, a quienes se les vio lanzar al aire sus carnés de militantes.

Existían muchos antecedentes. El 16 de abril de 1962, veinte cubanos buscaron asilo en la embajada de Brasil, donde penetraron en un autobús. En 1965 salieron, desde el puerto de Camarioca, provincia de Matanzas, a partir del 28 de septiembre hasta el 15 de noviembre de ese mismo año, unos 3 000 cubanos. Otros 2 000 que no pudieron irse en esa ocasión fueron buscados más tarde.

En años posteriores algo más de 260 mil cubanos se marcharon en lo que se llamó “Vuelos de la Libertad”. Fueron consecuencia directa de la crisis desatada en Camarioca. Ya de forma organizada, entre 3 000 y 4 000 cubanos llegaban cada mes a EE.UU. en vuelos regulares que duraron hasta 1973.

Un poco antes de 1980 estaban creadas las condiciones para que ocurriera otra estampida de cubanos hacia Estados Unidos. La decepción e impaciencia crecía ante el descalabro económico que agobiaba a los cubanos. Incluso hubo numerosos casos de personas que penetraron en embajadas para solicitar refugio político y que la prensa, controlada por el régimen, no divulgaba.

En aquellos momentos es posible que, como buen conocedor de las masas, Fidel supiera que a una embajada sin custodio alguno entraría mucha gente. Pero, ¿pensó que podían ser tantas y en un tiempo tan breve?

Un amigo que recuerda bien el hecho cree que era eso lo que buscaba el dictador cubano: deshacerse un poco de cubanos, porque se avecinaba -y éste lo sabía bien- el desplome del campo socialista y, por consiguiente, el empeoramiento de la economía de la Isla.

Sin embargo, fue el mismo Fidel Castro quien mandó a cerrar la Embajada para que no pasara ni un cubano más.

La noticia recorrió el mundo como algo insólito, propio -claro está- de una dictadura que llevaba en el poder más de veinte años, sin elecciones generales, sin asomo de prosperidad y con las libertades individuales cada día más restringidas.

¿Nos hemos preguntado cuántos cubanos habrían entrado a la sede peruana, si ésta hubiera continuado abierta durante un mes, teniendo en cuenta que en sólo 48 horas entraron 10 mil 800 personas?

En su arrogancia, creído siempre que era el dueño absoluto de las masas, se equivocó Fidel Castro una vez más. Pudo comprobarlo cuando el éxodo por el puerto del Mariel, unos días después, que se calcula en más de 125 mil cubanos -no todos provenientes de la Embajada del Perú, como se supo después-. Como era de esperar, la dictadura castrista mintió a la gran mayoría, cuando obtuvieron un salvoconducto y salieron de la Embajada para regresar a sus casas.
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