sábado, 23 de abril de 2016

Los milicianos de entonces.

Por Luis Cino Alvarez.

En la tarde del 16 de abril de 1961, en la esquina de las calles 12 y 23, a las puertas del Cementerio de Colón, durante la despedida del duelo de las víctimas de los ataques aéreos que preludiaron la invasión de Bahía de Cochinos, Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la revolución cubana.

El anuncio de Fidel Castro, que contradecía sus afirmaciones de los primeros tiempos de que su revolución no era comunista, sino verde como las palmas, se produjo en medio de consignas estentóreas y de una marea de fusiles FAL alzados al cielo de milicianos enardecidos y dispuestos a morir por la revolución.

Desde entonces, aquel hecho fue conmemorado cada año en el mismo lugar, más o menos con la misma gente -la que aún vive y todavía se mantiene en pie- y bastante menos ardor. Pero después de 2006, las conmemoraciones fueron sin Fidel Castro, que se tuvo que jubilar por enfermedad. Y tampoco hubo más gritos ni fusiles. Sólo las consignas, desgastadas por el tanto uso, y los aplausos rituales luego del discurso del dirigente asignado al acto. Pura formalidad.

Este 16 de abril, la conmemoración de la proclamación del socialismo apenas tuvo fanfarria: era el primer día de sesiones del Séptimo Congreso del Partido Comunista, dedicado, en lo fundamental, al recuento de los muchos acuerdos que faltan por cumplirse del anterior, el Sexto, y a reafirmar el inmovilismo, con la lectura de un informe que salvo algún que otro detalle, parecía escrito hace una década atrás y aquello del “sin prisa pero sin pausa”.

En la fortaleza de La Cabaña, los cadetes dispararon 21 cañonazos, y a los milicianos que acudieron al acto de la esquina de 23 y 12, los reunieron en el cercano cine Chaplin para echarles un discurso sin mucha ceremonia.

En las tomas de los apenas dos minutos que el NTV dedicó al acto, se pudo apreciar los rostros adustos y aburridos de los milicianos de entonces, algunos con medallas, todos angustiados por el futuro del socialismo, tan aquejado y achacoso como ellos.

Si algo les queda de sus utopías, muy poco pueden hacer ya a favor de la revolución por la que un día estuvieron dispuestos a morir. Si acaso hacer número, como hicieron en el acto del cine Chaplin, hablar mierda o ser informantes. Porque de nada serviría su sangre –que por cierto, debe andar bien baja de hemoglobina- contra la corrupción, la ineficiencia, la miseria y la desesperanza.

En abril de 1961, en vísperas del ataque, varios miles de personas consideradas desafectas y potencialmente problemáticas para el régimen, fueron arrestadas y encerradas en prisiones y stadiums deportivos hasta días después del cese de los combates en Girón y Playa Larga. Hoy no alcanzarían las más de 200 cárceles y los stadiums de todo el país para encerrar a los desafectos y descontentos, que ya no serían miles, sino millones. Y siguen en aumento…
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