sábado, 26 de agosto de 2017

Díaz-Canel ha matado las ilusiones.

Por Luis Cino Álvarez.

El vicepresidente Miguel Díaz-Canel, con su disertación de línea dura para cuadros del PCC, mató las ilusiones que tenían algunos de que un eventual gobierno encabezado por él, luego de producirse el retiro de Raúl Castro, sería propenso a las reformas y menos autoritario y represivo.

Díaz-Canel, en pose de mandante carcelario, con voz más firme de lo habitual, se mostró bastante amenazante. Y no solo con respecto a la oposición abierta. En el mismo saco de “los proyectos subversivos” -como los calificó- y de “la contrarrevolución”, echó también a los leales opositores de Cuba Posible, a los periodistas oficialistas que colaboran con medios no estatales, a los centristas y otros actores ideológicamente corridos -no importa si se proclaman dentro de la revolución. Y por si fuera poco, también advirtió que no se permitirá la consolidación de un sector privado que pudiera independizarse del Estado y tornarse en agente de cambio.

Y todo en un tono que recordaba más el de un oficial del Departamento de Seguridad del Estado que el de un tecnócrata de la partidocracia. Tan inmovilista y retranquero se mostró Díaz-Canel, que en lugar suyo pudiera lo mismo haber disertado el ríspido Ramiro Valdés o el mismísimo Machado Ventura de no estar tan ocupado por remendar los desastres de la agricultura.

Si un medio tan light respecto al régimen como OnCuba irrita a Díaz-Canel, ya podemos imaginar lo que piensa de CubaNet, Martí Noticias, entre otros, y lo que nos depara a los periodistas independientes.

¿Será que el supuesto designado para la sucesión, si quiere llegar a febrero de 2018, no podía quedarse corto en la dureza del discurso? ¿Cómo iba a desilusionar a los ancianitos comecandela que mantienen encendida la mecha, aun a riesgo de que todo les reviente en las manos?

No hay por qué elucubrar y esperar sorpresas de Díaz-Canel. Por lo pronto, ya cantó jugada y de veras que da grima. Es más de lo mismo. Sin mucha variación en la partitura.

No había por qué esperar otra cosa, por qué empeñarse en querer olfatear un Gorbachov o un Deng Xiao Ping en Díaz-Canel. En la escuela de cuadros debe haber aprendido que este tipo de sistema no admite reformas sin que se deshilache y se vayan las costuras; que a los ratones, por mucho que lo imploren, no se les puede dar queso, porque luego quieren agua y después piden más queso, y seguirán pidiéndolo hasta que se agote la despensa.

En realidad, solo los ilusos habituales, los dados al wishful thinking, los demasiado optimistas, albergaban ilusiones con Díaz-Canel. Podrá haberse mostrado liberal con los gays y los rockeros del Mejunje en su natal Santa Clara, cuando aún no había engordado, montaba bicicleta y se parecía a Richard Gere, pero en Holguín, cuando era primer secretario provincial del Partido Comunista, no vaciló en ordenar desalojos de barrios marginales: parece que prefería el marabú al llega y pon.

Desde ahora, por adelantado, cual si fuera un general más, y de los pretorianos, anuncia que quiere el aula tranquila y en orden, y que no dudará en ordenar a la Seguridad del Estado, luego de conseguir la extinción de la disidencia, que se ocupe de los indisciplinados, los modorros y los desviacionistas. Y puede que después, tan dado como es a las redes sociales, trine en Twitter, cual guapo de barrio, que “no hay por qué hacer la menor concesión a los imperialistas yanquis”.

Díaz-Canel pertenece a otra generación más joven, pero como en sus tiempos de camilito, sigue disciplinado, obediente a las órdenes. Y muy atento a lo que le dicta su instinto de conservación. Parece que hasta ahora no le ha fallado. No en vano llegó a donde está.
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