jueves, 7 de diciembre de 2017

Armando Hart era un dinosaurio.

Por Luis Cino Álvarez.

Armando Hart, fallecido este domingo a los 87 años, era un dinosaurio. Un dogmático y retranquero bonzo del castrismo. No por culto dejó de serlo. Por el contrario, puso su intelecto total e incondicionalmente en función del régimen.

Si bien cuando a partir de 1976 el Consejo Nacional de Cultura pasó a ser un ministerio dirigido por Hart (que ya había sido ministro de Educación entre 1959 y 1965) se suavizó la represión contra los intelectuales desatada durante el llamado Quinquenio Gris, lo cierto es que nunca abandonó la línea dura.

En octubre de 2007, cuando millares de cubanos se pronunciaban por reformas al sistema en las asambleas convocadas por Raúl Castro, Armando Hart escribió un artículo que se publicó el periódico Juventud Rebelde donde afirmaba que la convocatoria al debate sólo era “aplicable a largo plazo y dentro de ciertos cauces”.

Según explicaba Hart en aquel artículo, los objetivos del debate debían limitarse a “fortalecer la economía, perfeccionar la capacidad defensiva y alcanzar la invulnerabilidad ideológica”.

Fiel a la mentalidad de escuela para cuadros partidistas, Hart aconsejaba que la prioridad fuese “fortalecer el trabajo educativo-ideológico del Partido Comunista sobre las masas”.

Aquel artículo de Hart, por simplista y retrógrado, provocó una tormenta de e-mails que poco faltó para que alcanzase la magnitud de la ocasionada poco antes por la aparición en la TV de Pavón y Serguera, los represores del Quinquenio Gris.

La mayoría de los internautas, que decían ser “revolucionarios” pero por si las moscas, utilizaban seudónimos sin apellidos, coincidían en la necesidad de los cambios. Y criticaban a Hart en duros términos. “¡Buen ejemplo de la clase fosilizada y dogmática que ordena la comida por teléfono y nunca ha montado en un camello!”, escribía uno que se identificaba como Floreal.

En definitiva, aquella tormenta de e-mails, cual si hubiese sido en un vaso de agua, se diluyó, sin que llegaran jamás sus ecos a la prensa oficial, como sí había llegado el artículo de Armando Hart. Los bombillos rojos que se habían encendido con las asambleas de debate –muchos las llamaron acertadamente, asambleas de lamentaciones- se fueron apagando uno a uno, entre las promesas de ir “sin prisa y sin pausa”, lo cual aún era más rápido de lo que querían Hart y otros partidarios del inmovilismo y el pasito de jicotea.

A partir de que en 1997 Hart dejara de ser ministro de Cultura, al frente de la Sociedad Cultural José Martí, en sus discursos y escritos, que eran puro teque con pretensiones intelectuales, se dedicó a manipular el ideario martiano para intentar darle un basamento teórico al castrismo.

Armando Hart fue otro exponente de una arcaica y desfasadamente testadura elite política que ya no puede remediar ni demorar más su condena a la extinción. Justo como pasó a los dinosaurios en el periodo glacial.
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