sábado, 9 de diciembre de 2017

¿Y cómo es el 'hombre nuevo'?

Por Roberto Álvarez Quiñones.

El Che Guevara fue el gran impulsor de forjar en Cuba el "hombre nuevo" del comunismo, algo que abrazó con entusiasmo Fidel Castro. Lo que muchos cubanos no saben es que la idea no fue original, ni tuvo nada que ver con Marx, o Lenin.

Estuvo inspirada en el "hombre superior" nazi, derivado del "superhombre" que a su vez el Tercer Reich le tomó prestado a Friedrich Nietzsche, y que Hitler con sus aportes racistas soñaba formar para que fuera protagonista del nuevo orden fascista mundial, que duraría 1.000 años.

Nietzsche, que odiaba a los judíos, sentía aversión por la humanidad tal y como él la veía. Pretendía moldearla o exterminarla si era necesario. Su superhombre abrigaba falta de compasión, crueldad, el gusto por la acción. Se afincaba en la teoría de la selección natural de Darwin, según la cual solo los más fuertes logran sobrevivir.

No sorprende, por tanto, que el Che Guevara, que odiaba a yanquis y burgueses, al diseñar a su superhombre revolucionario fuera tan despiadado. En su carta a la Conferencia Tricontinental, en 1966, enunció que el verdadero revolucionario es el que se convierte en una "efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar".

Como Nietzsche, el guerrillero argentino-cubano se separó de los hombres nuevos concebidos a lo largo de la historia. Desde siempre los utopistas han soñado con hombres ideales para sociedades ideales. Platon, Savonarola, Moro, Rabelais, Campanella, Bacon, Fourier, Babeuf, Saint Simon, Owen, Morris, y muchos otros, imaginaron sociedades perfectas, con seres humanos perfectos. Pero ninguno imaginó esbirros perfectos.

En la obra de Marx no hay mención alguna a un hombre ideal socialista. Los bolcheviques lo intentaron, pero Lenin se opuso. En 1920, en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, expresó que había que construir el socialismo "no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo". Y agregó que propugnar la creación de un hombre nuevo era "tan poco serio que no merece la pena hablar de ello".

Lo que sí hicieron los bolcheviques y sus sucesores soviéticos —en particular Stalin— fue imponer una estética que reflejase la supuesta superioridad comunista. Fue el denominado "realismo socialista", una especie de fetiche ideológico-cultural hierático, de valor propagandístico, con esculturas monumentales y pinturas de hombres y mujeres musculosos, símbolos heroicos de grandes hazañas militares, o del trabajo.

Para el Che y Castro el hombre nuevo debe ajustarse a la nueva "moral socialista",que fue definida por un dogma dictado por Castro I, adaptado de uno de Benito Mussolini: "Dentro de la revolución, todo, contra la revolución, nada".

El zombie socialista debe obedecer al Partido Comunista y sus jerarcas. Y ser a la vez capaz de matar a sus propios compatriotas y de trabajar como un burro, pero henchido de entusiasmo, en las más duras tareas, sin importarle la remuneración.

El trabajo voluntario en los cañaverales u otras labores, las banderitas y estímulos morales en la emulación socialista porque el dinero corrompe a los obreros, y los vanguardias del sindicato único, integraban la fórmula para fabricar el superhombre caribeño.

También las escuelas en el campo, las microbrigadas, la Columna Juvenil del Centenario y el Ejército Juvenil del Trabajo (disimulados campos de trabajo forzoso). El hombre nuevo debía estar dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su familia, en el cumplimiento del deber.

La tozuda realidad socialista lo desinfló. La juventud, el "relevo histórico" tan trajinado por la propaganda oficial, hoy está desconectada de "la revolución". No le interesa, la rechaza, aunque desfiles callejeros forzosos pretendan mostrar lo contrario. La Unión de Jóvenes Comunistas no sabe ya qué hacer para detener el éxodo de militantes y atraer nuevos miembros. Igual que el Partido Comunista, que hace 20 años tiene 700.000 militantes, no crece.

Muchos jóvenes son "contrarrevolucionarios", y los que gritan "Yo soy Fidel" en las calles detestan al dictador, como al Che, Marx, o Lenin. Son más los que no quieren oír hablar de Martí, de Maceo, ni de amor a la patria.

Esa apatía masiva revela los estertores ideológicos del castrismo. Así lo reconoció Raúl Castro. El 1 de enero de 2014 acusó a los "centros de poder global" (léase Washington) de "inducir la ruptura entre la dirección histórica de la revolución y las nuevas generaciones" y de alentar la "restauración del capitalismo" en Cuba. De hecho, admitió que los jóvenes cubanos rechazan el régimen que él preside.

Hoy el ciudadano de a pie, con un salario de menos de un dólar diario, privado de las libertades modernas, ha desarrollado una doble moral que es la coraza de protección con la que cuenta: miente y disimula para no buscarse problemas con la dictadura; roba al Estado para sobrevivir, pues si no roba no hay mercado negro, que es el verdadero abastecedor de la población.

En la cola de una farmacia hay alguien que es amigo de un médico que le dio una receta innecesaria. Compra el medicamento, lo revende a sobreprecio, y galeno y falso paciente lucran. No importa si pacientes de verdad se quedan sin el medicamento y se agravan.

Quien no es cuentapropista o campesino trabaja lo menos posible. No tiene alicientes. Sabe que lo explotan y que aunque le pagasen más tampoco saldría de la pobreza.

A muchos jóvenes no les interesa estudiar (¿para qué?), sino trabajar en el sector turístico, o hacer bussiness oscuros para obtener dólares, o viven con las divisas recibidas desde el extranjero. Su meta suprema es emigrar.

Paralelamente ha surgido en Cuba un hombre nuevo que va más allá de la doble moral. Muchos jóvenes, y no tan jóvenes, son delincuentes, jineteras, estafadores, ladrones, elementos antisociales sin ningún escrúpulo.

Periodistas independientes reportan el aumento de los carteristas y arrebatadores. Son una plaga nacional de ex pioneritos que juraban ser como el Che y que operan en las paradas de guaguas o dentro de ellas, en las colas de cualquier tipo, en ferias y en sitios muy concurridos.

Unos son carteristas clásicos, sustraen las carteras de los bolsillos o abren sigilosamente los bolsos de los transeúntes. Otros son los llamados "arrebatadores". Arrebatan violentamente sus botines a las víctimas, a las que golpean o hieren peligrosamente. Las despojan de relojes, teléfonos celulares, cadenas de oro u otras prendas, paquetes, carteras, y cualquier otra cosa de valor que lleven enciman.

A ello agréguese la corrupción en las aduanas, los policías en contubernio con las jineteras, los inspectores que bien sobornados no reportan lo que deben.

Alguien podría alegar que delincuentes hay en todos los países. Pero ojo, Cuba no es un país normal. "Construye el socialismo", un sistema social superior con hombres nuevos incorruptibles, incapaces de hacer algo indebido. Así lo aseguraba el dueto Che-Fidel.

Solo que resulta que ese sistema social destruyó la economía y empobreció a los cubanos. Y peor, arrasó con buena parte de los valores sociales, morales y éticos. Implantó la filosofía de sálvese quien pueda, y convirtió la Isla en una prisión.

El proyecto del hombre nuevo guevarista engendró una subcultura grotesca, de ambiente medieval, retrógrada y antiética, de simuladores, y una buena dosis delincuencial. Una corrupción rampante en los estamentos del poder. Todo quedó arraigado en la sociedad, lo cual dificultará la reconstrucción del país.
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