martes, 31 de julio de 2018

Conversaciones con Lydia Cabrera. Entre París y La Habana.

Por Rosario Hiriart.

-Alguna vez he leído y yo misma repetí, “que Lydia Cabrera descubrió a Cuba a orillas del Sena…”

-Sí, es cierto, confieso que mi país me empezó a interesar en Francia, creo que eso puede sucederle a todo el que se aleja de su tierra natal; lo he observado antes en los cubanos que vivían en París, no tanto en los que venían a educarse en los Estados Unidos, y se explica.

-Durante los años que usted vivió en París estudió las culturas y religiones orientales (la India, el Japón, el budismo…), ¿fueron esos estudios los que le llevaron a acercarse a “lo negro”?

-De aquí fue que nació mi interés por la cultura negra.

-¿Quisiera explicarnos esto con mayor amplitud?

-Pongamos por caso las leyendas, todas las religiones en el fondo se parecen. De niña había oído muchos cuentos de los negros de casa, el de “el espíritu del árbol”, por ejemplo. Todo esto lo redescubrí en el folklore japonés ¡cuántas leyendas parecidas!, algunas casi iguales a los cuentos que escuché en mi infancia. Comenzó entonces mi interés por lo negro-cubano. Tengo un recuerdo muy específico: estudiando la iconografía del Borobodur, el templo de Java, hay un bajorrelieve en que aparece una mujer con unas frutas tropicales en la cabeza. Me dije-¡Pero si esto es Cuba! Y claro, a la distancia, había crecido en mí ese recuerdo ilusionado, esa especie de nostalgia, entonces inconsciente, que se siente fuera del país propio. Iba descubriendo, o mejor, redescubriendo, lo que nunca puede verse de cerca.

-En sus inicios ¿qué le atrajo más del mundo negro?

-Su poesía.

-Se ha repetido mucho que Fernando Ortiz fue quien llevó a Lydia Cabrera a las investigaciones sobre los negros.

-No, Fernando no me llevó a estos estudios. Déjame decirte que a Fernando, que era mi cuñado, yo lo quería mucho, y lo recuerdo con gran cariño. Mis padres lo consideraban como a un hijo. Entró en mi familia cuando yo tendría unos siete u ocho años; antes, a los cinco años, lo había conocido en Europa, en Suiza, en Lucerna, donde se enamoró de mi hermana Esther. Por entonces, siendo pretendiente o ya novio de Esther, publicó sus Negros Brujos. Lo único que sabía de todo esto en aquel tiempo –con eso asustaban a las criaturas-, era que los negros brujos robaban niños y le sacaban el corazón. Era un arman que esgrimían las mismas niñeras negras, las “manejadoras”, en el Prado, para que los muchachos no se alejasen de ellas. (Recuerdo que metió mucho ruido en La Habana un crimen cometido por un brujo llamado Bocú, que utilizó efectivamente un corazón, el de la niña Zoila, para curar a una protectora suya, me parece que a una vieja.) Más tarde, cuando Fernando hablaba de los negros, “los negritos” como él decía, lo oía con mucha atención. Te repito, fue en París, donde empezó a interesarme África… a través de mis estudios sobre el Oriente. Cuando volví a Cuba, y me metí de lleno a informarme en las viejas fuentes… (¡tanto viejos inolvidables que me enseñaban!), le contaba a Fernando mis experiencias, cuando nos veíamos.

-¿Antes de acercarse a lo negro-cubano había usted efectuado estudios o lecturas previas sobre las culturas o tradiciones africanas?

-No, fui a lo africano por el influjo de mis estudios sobre el Oriente; ya después, cuando trabajé realmente en estos asuntos, procuré deliberadamente no leer a los antropólogos. Sentí miedo de ser influida por los especialistas, de tratar de ver o encontrar cosas que no estaban en los documentos vivos de la isla que eran nuestro negros.

-¿Cuándo inició formalmente sus investigaciones?

-En el año 1930 sólo pasé tres meses en Cuba y regresé a París. Fue en 1938 que realmente comencé mi labor de investigación.

-¿Cómo surgieron los Cuentos negros?

-Los Cuentos negros surgieron después de mis primeros contactos con Omí Tomi, Oddedei y Calazán Herrera; yo te diría que son viejas reminiscencias de historias oídas en mi infancia. Fueron escritos para entretener a Teresa de la Parra, enferma en el sanatorio de Leysin, en Suiza.

-¿Escribió la colección de cuentos en una misma época o son el resultado de varios años de labor?

-Los Cuentos no fueron el producto de años de labor, sino de… ¿cómo explicarlo?, de un reencuentro con el mundo de fantasía de mi primera infancia, con el que nunca rompí. Ahí está siempre en lo más oscuro de la memoria, en una oscuridad que, por suerte, a veces se aclara. Fueron escritos hacia la misma época: creo que a comienzos del 34.

-¿Publicó sus Cuentos en revista o periódicos? ¿Cubanos o extranjeros?

-En París. En Cahiers du Sud y Nouvelles Literaires, salieron tres cuentos.

-En 1936 se publicó su libro Cuentos negros de Cuba. ¿Por qué apareció en francés y no en español?

-Creo que fue en el mes de marzo de 1936. Yo estaba entonces en Madrid, acompañando a Teresa de la Parra, que murió allí el 23 de abril de ese mismo año. Los Cuentos Negros se publicaron en Francia por casualidad. Un día hablando con Miomandre sobre una calabaza negra que yo había comprado en el “Marché aux puces” –me gustaba mucho el arete negro, es decir, me atraían las artes exóticas-, estábamos conversando como decía, acerca de la calabaza y otra pieza que también había comprado, un güiro. De aquí pasamos a hablar de los negros, de su cultura, etcétera… (Francis era muy entusiasta de todo eso), le conté que tenía una serie de cuentos que los escribía para entretener a Teresa, de quien él era también muy amigo, y me pidió que se los enseñase. Le gustaron, y por su cuenta se los llevó a Paul Morand, que los quiso para la colección que dirigía en Gallimard. ¡Y los compró! Yo que jamás había pensado en publicar nada, me quedé con la boca abierta. Miomandre era un gran traductor. Me pagaron, creo, unos diez mil francos, que en aquel entonces, era dinero.

-¿Cómo se sintió la joven Lydia Cabrera cuando aparecieron publicados en París los Cuentos negros?

-Pues la joven Lydia estaba en Madrid cuando aparecieron los cuentos y Gallimard se los envío. Estaba, recuerdo, muy preocupada; asistía a una agonía, la de Teresa de la Parra, y pensaba en lo evanescente que era la vida…

-En París, ¿dónde estudió?

-En L’Ecole du Louvre, tres años. Seguí además varios cursos en L’Ecole des Beaux Arts, como alumna oyente. Estos estudios los hice un poco por mi cuenta; lo que me gustaba, lo que llamaba mi atención, en forma un poco desordenada pero aprendí algo. Estudié las culturas orientales.

-¿Qué aspectos de las culturas orientales le interesaron más?

-La India llamó mi atención, el movimiento budista y el folklore chino. De muy joven, Japón me interesó profundamente, su cultura… todo el oriente fue para mí una gran experiencia. Lo estudié bien.

-¿Por qué se fue a estudiar a París?

-Recuerdo que siempre quise vivir en Francia; tendría unos doce años cuando estaba de moda “la danza de los apaches”, le decía de broma a mi madre: ¿Por qué no naciste en Francia, aunque papa hubiera sido apache y tú tabernera en Montmartre? Pues, ¡viví en Montmartre!

-¿Fue su propósito estudiar pintura?

-Sí, pasé dos años pintando. Pinté mucho; las primaveras prefería pasarlas en Italia. De todo lo que tenía pintado hice una revisión pero llegué a la conclusión de que lo que había hecho –y era muchísimo-, era muy malo. Lo quemé, excepto dos cuadros que me pidió la portera y se los regalé. Esto fue en el año 1929. Pasó el tiempo y volví a ver esos dos cuadros, y no sé, no me parecieron tan malos, pero ya los demás, los había quemado.

-¿Por qué no nos habla de sus años en París?

-Viví en Montmartre, como te decía: 11 avenue Junot, donde me instalé el año 1927 y luego, cuando la crisis del 31 al 32, en otro atelier más modesto, en el número 36 de la misma calle. ¡Era muy bonito mi primer atelier! Desde él dominaba todo París –hasta que nos fabricaron otra casa que nos quitó la vista-. En la mía, en el “rez-de chaussée, vivía el orfebre Puyforcat, que se casó con mi amiga Marta Estévez y Abreu; al lado Poulbot, el dibujante creador de los “petits Ppulbot” y enfrente Utrillo, el gran pintor, que cogía unas borracheras épicas. Otro pintor muy conocido, Friez, ocupaba el atelier vecino al mío. ¡Qué diferente aquel Montmartre al de hoy, lleno de turistas! Era una aldea encantadora, a pocos minutos del centro. Todavía quedaban casas viejas, el Chateau de Brouillards; la casa de Durrio, el ceramista español, que venía a tomar café conmigo; no tenía una peseta, vivía de Zuloaga, su amigo. –Zuloaga habitaba cerca-, guardaba preciosamente, insultándose cuando le preguntaban por qué no los vendía, un gran número de telas de Gaugin:-¿Vender las pinturas de un amigo? Nunca encendía su horno. Creo que jamás trabajaba… Por entonces visité mucho el museo Guimet donde daban muy buenas conferencias. Tenía un amigo a quien quería mucho, Marcel Hiver, que acaba de morirse con noventa y tantos años; otra buena amiga, una jorobadita, mujer de carácter, excepcional: Evelyne Dufau, muy inteligente, y su madre, se convirtieron en mi familia francesa. En aquellos primeros tiempos de mi estancia en París frecuenté mucho la embajada de Italia (ocupaba el bellísimo Hotel de Tayllerand). Era entonces embajador de Italia en Francia el Conde Manzoni, hijo del autor de I promessi sposi; su mujer, Silvia Alfonso y Aldama, era cubana, muy querida de mis padres. Habían sido embajadores en Rusia –la de los Czares- y la embajada Italiana estaba siempre llena de rusos blancos. Aquellos rusos que habían escapado de la muerte, me sorprendía que no fuesen cavernícolas, como hubiese creído; de sus experiencias aprendí mucho sobre el comunismo. Tenía también en París a Pedro Estévez y Abreu, el hijo único de la gran benefactora cubana, Martha Abreu, y del primer vicepresidente de Cuba, por quien mis padres sentían un afecto paternal, y a sus tres hijos –ya muertos-, Luis, Pedro y Marta. Nos unían muchos recuerdos de infancia; y también la casa del inolvidable “Panchito” Terry, que no obstante haber vivido toda su vida en Francia –combatió por ella como aviador en la guerra del 14-, se mantuvo tan profundamente cubano. Su viuda Nell Terry suele visitar a Miami y proporcionarlos la alegría de verla.

-Durante estos años juveniles que pasó en París, antes del treinta, ¿qué lecturas prefería?

-Leía mucho en esa época, en francés más que en español. Poco en inglés. Me hice de una buena biblioteca que después perdí, lo sentí mucho. De los autores españoles Valle-Inclán, Machado, ortega, toda esa generación, y de los más jóvenes también. A los clásicos los leí mucho en mi primera juventud, a los quince años.

-¿Cuándo regresa a Cuba después de esa primer época de vivir en París?

-Regresé por dos meses, el año 1928. Mi hermana Esther estaba muy grave y volví con mi otra hermana, Seida, viuda de la Torre, que todos los años pasaba seis meses en Europa. Pero no la alcanzamos viva. Llegamos el día siguiente de su entierro. Era una mujer muy simpática y muy bondadosa.

Ya en Cuba empezaba a insinuarse a través de una “guataquería” inimaginable, algo del clima político que vendría años después: Recuerdo un congreso de intelectuales, al que aceptó concurrir Teresa de la Parra. Había un grupo que se llamaban los “minoristas”, con Jorge Mañach y otros. Los de la generación del 27. Eran muy politiqueros… En el caso de Mañach hacer política fue una equivocación. Su verdadera vocación no era esa.

-¿Fue en esta ocasión que conoció a Teresa de la Parra?

-No, la había conocido en 1924, en la legación de España, con los ministros, los Mariátegui, que fueron muy queridos en La Habana, y de quienes, a pesar de la diferencia de edad, yo era muy amiga. Alfredo Mariátegui adoraba a los animales, lo mismo su mujer, Angelita, y los bajos de la legación estaban siempre llenos de perros, nada podía hacérmelo más simpático. (Nunca olvidé a Don Alfredo; una noche de mosquitos en Caibarién, en el chalet de mi cuñado Manuel Jiménez Lanier, donde pasábamos una temporada, después de la muerte de mi padre, pues mi madre no quiso viajar aquel año-1923-, Don Alfredo dejaba en libertad a los mosquitos que atrapaba. No le gustaba matarlos, los espantaba). Bien, Teresa estaba de paso en La Habana en el “Manuel Arnuz”, los Mariátegui me invitaron a almorzar con ella, y con un poeta español, cuyo nombre no recuerdo, creo que estaba también presente Manuel Aznar. Allí la conocí. Más tarde la encontré casualmente en París, en el hotel en que se hospedaba mi madre. Cuando mi padre regresó a La Habana le pidió a Teresa que me cuidase y ella tomó muy en serio la recomendación. (¡Me recordaba tanto a mi hermana Emma que seguía sus consejos!).

Conmigo estaba Amelia Pelaez, becada por el presidente Machado. Machado era muy amigo y vecino nuestro. Lo conocí muy bien y estoy convencida de que fue el mejor presidente que tuvo Cuba. La propaganda lo convirtió en el monstruo –“El Monstruo” le llamaban los periódicos-, que no fue. Entre los errores que indudablemente cometió el peor fue no hacer un empréstito con los norteamericanos, no querer adeudar a la isla, y no menos garrafal, pretender que Cuba económicamente se bastara a sí misma, que se ¡industrializara! A la reelección, que siempre fue fatal para el país, cuando lanzó su candidatura (le había prometido a mi padre no reelegirse), lo llevaban todos los prohombres en Cuba, y cedió a aquella prórroga de poderes, no sin cierta inquietud, según me contó su hija Ángela Elvira, porque su programa era muy vasto y temía no poder realizarlo. No era un hombre culto, pero tenía un respeto inmenso por la cultura; tenía la ilusión de elevar a Cuba en todos los aspectos y llamó a colaborar con él a los hombres más talentosos y honrados de aquel tiempo.

Cuando fue elegido presidente –vivíamos frente a frente y yo tenía mucha confianza con él-, le pedí tres “gracias”… La primera, hacer un museo de reproducciones en Cuba –escultura y arquitectura-, con becas de viajes para estudiantes cubanos. De inmediato, una beca para Amelia Pelaez, y un puesto para el que había sido secretario y hombre de confianza de mi padre. Las tres gracias fueron concedidas. Me fui a París con todos mis proyectos de museo. El lugar elegido era la Plaza del Polvorín, frente al Palacio Meridional, con sus arcos monolíticos de piedra, y capacidad suficiente para un museo de reproducciones, ya que a otra cosa no podíamos aspirar. Mi proyecto fue bien considerado, claro que me había inspirado en el Trocadero (y en mi deseo de que existiese en Cuba algo parecido; el interés que veía en los alumnos cuando iba a escondidas de mi padre a la Academia de San Alejandro, y llevaba algún libro de arte. Los artesanos –carpinteros, tallistas-, no tenían ninguna fuente de información). El costo del museo, del material que hubieran hecho en París, era muy abordable, recuerdo que no excedía de medio millón de dólares. El proyecto se hubiera llevado a cabo si no hubiera surgido todo lo que pasó. Como otro ejemplo de su interés por la cultura, recuerdo que Machado salvó de la demolición –¡qué cosas se han hecho!-, el antiguo Convento de Santa Clara… pero esa es otra larga historia. Si los cubanos tuviesen buena memoria, la experiencia de la caída de Machado, el desorden, el caos, los atentados, las bombas, etcétera, les hubiese sido muy útil –y es posible que ahora no estuviéramos aquí-. No olvido la respuesta de Carlos Saladrigas, un día al comentar con él los atentados que tramó el A.B.C. para derrocar al gobierno de Machado.-¿Cómo es posible que alguien como tú, por ejemplo, estuviese complicado en el atentado del cementerio de La Habana, que de haberse producido hubiese causado la muerte a cientos de personas?-¡Es que nos volvimos locos!, me contestó. He oído también a algunos que fueron actores o de alguna manera tomaron parte en aquellas mentiras urdidas, unos callando cuando debían hablar, otros, que están obligados a aclarar verdades que se ocultan, no tiene el coraje de hacerlo, y así.

-¿En qué se ocupaba usted durante estos años?

-En aquellos años, en Cuba, trabajaba. Tenía mi taller de muebles y mi casa de antigüedades.

-Mientras preparaba su taller ¿no organizó una exposición de arte en el antiguo Convento de Santa Clara?

-Esto fue por el año 1923; organicé una exposición de arte retrospectivo, cuando proyectaban por esa época echar abajo el antiguo Convento. Machado, que entonces era presidente, lo impidió, y el gobierno adquirió esa propiedad. Cuando las monjas lo abandonaron, pensé –“esta es la mía, aquí voy a hacer la exposición”. Como la Condesa de Merlín había estado en ese Convento logré que la gente me prestara sus antigüedades. Muchas familias contribuyeron prestándome sus piezas. Existía dentro del Convento la llamada “Casa del Marino” y le hicimos una leyenda a la “Casa” para atraer la atención de la gente hacia la exposición. Todos los días iba publicando en el Diario de la Marina, artículos sobre este trabajo de recolección de antigüedades, sobre la exposición en general. Un día –cosas de juventud-, se me ocurrió mandar a buscar un notario para levantar acta con motivo de un hallazgo que habíamos hecho. Dijimos que en la celda de una de las monjas, en el subsuelo, habían aparecido unas botijas –en esas botijas se guardó antaño el aceite y también se guardaba dinero-, la gente hablaba frecuentemente de esos hallazgos, ciertos o no; ¡de botijas conteniendo onzas de oro!-. y se levantó acta del tesoro que habíamos encontrado en el Convento de Santa Clara. Te imaginas que “la noticia” atrajo mucho público. Más de cuarenta mil personas, cifra muy respetable entonces, acudieron a ver “la exposición de arte retrospectivo”. De aquí partió la propaganda que yo hice para mi negocio. La exposición fue el comienzo para que la gente me identificara con las antigüedades.

-¿Cómo se llamó su taller y dónde lo tenía?

-Se llamaba “Aldys”. Estaba en la calle de Jovellar 45, junto a la casa de mis padres; frente a la Universidad de La Habana,

-¿Trabajaba sola o tenía algún socio?

-Tuve dos socios, Quincoses, ebanista, y Alicia Longoria de González de la Peña. Yo atendía la clientela, de números no entendía una palabra. Nunca supe hacer un presupuesto, si el cliente no tenía dinero, los precios que le daba eran ruinosos para el negocio.

-Su taller llegó a cobrar muy buena fama en La Habana de esos años, ¿cómo y dónde obtenía las antigüedades que vendían?

-Fui a Italia a comprar piezas antiguas. Recuerdo que llevaba un capital de cinco mil dólares y terminé gastando treinta y cinco mil. Cuando me di cuenta dije: ahora Lydia, a la cárcel. Peor tuve suerte; lo vendimos todo y pude no solo pagar la deuda de la compra, además, ganamos dinero. El taller llegó a tener veinte y cinco obreros en la construcción de muebles; teníamos muy buenos ebanistas en La Habana. Hice algún dinero y cuando creí que tenía lo suficiente para pasar una larga temporada en Europa y dedicarme a los estudios que me interesaban, me “largué”.

Dos breves fragmentos de "Conversaciones", la extensa y reveladora entrevista que la profesora Rosario Hiriart realizara a Lydia Cabrera entre 1976 y 1977, recogida en Lydia Cabrera: vida hecha arte, Torres Library of Literary Studies, N.Y, 1978.

Los recortes de prensa pertenecen todos al Diario de la Marina.
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