lunes, 30 de julio de 2018

Cuba, el sector privado y las nuevas medidas.

Por Iván García.

Una tarde de un fin de semana en La Habana. Daniela y su esposo, quienes se dedican a importar desde Cancún o Panamá teléfonos móviles de alta gama, ordenadores de última generación y utensilios para emprendimientos privados, exploran las posibilidades culturales y gastronómicas de la ciudad. Con sus dos hijos, deciden visitar la Fábrica de Arte Cubano, una antigua industria productora de aceite en 11 y 26, en la barriada del Vedado.

“Probablemente es de las mejores opciones recreativas en la capital. Aprovechamos e inscribimos a nuestros hijos en talleres de fotografía y cocina. Mientras ellos se distraían en una discoteca dedicada a adolescentes, mi esposo y yo tomamos caipirinha y en la tele del bar vimos un partido del Mundial de Fútbol . Después, fuimos a comer a Fumiyaki, una paladar de comida japonesa, en 26 entre 23 y 25, y donde entre otros platos se puede degustar sopa de algas, kaburomaki, yakitori de pulpo, teriyaki de camarón y, por supuesto, sushi”, cuenta Daniela.

Ahora que arrancó el verano y llegaron las vacaciones escolares, La Habana se transforma en una monumental pasarela, con miles de jóvenes y parejas buscando disfrutar de un sitio agradable a precios módicos, que cada vez hay menos. En el omnipresente capitalismo estatal, que administra cadenas de restaurantes, teatros, parques infantiles y centros nocturnos, la calidad de sus servicios deja mucho que desear. Los otroras prestigiosos restaurantes El Cochinito y Castillo de Jagua, en la Calle 23, pese a sus precios asequibles, hoy son espacios vacíos. La mala elaboración y el peor servicio ahuyenta a los clientes.

La cartelera teatral también está en caída libre. “En el Guiñol, igual que en la sala Adolfo Llauradó, se repiten una y otra vez las obras para niños y adolescentes. La dramaturgia es pésima. La falta de recursos se nota en la pobre escenografía y el deterioro de los locales. Debieran privatizar algunas instituciones culturales y parques infantiles. Las únicas opciones gastronómicas de calidad en La Habana pertenecen al sector privado o cooperativo. Las del sector estatal es un asco, tanto en oferta como en atención”, dice Sara, madre de una niña de ocho años.

José Antonio y su novia Mildred, aseguran que a casi nadie se le ocurre ir a comer a un restaurante estatal. “La gente prefiere los paladares. Con los centros nocturnos sucede algo parecido. Las discotecas del Estado son antros de marginales donde abundan las broncas, la cerveza está caliente y los aires acondicionados rotos. La otra cara de la moneda son los bares y clubes nocturnos privados. Es por divisas, pero presentan shows con humoristas y el trato y el servicio es bueno. Es preferible pagar la cerveza a dos o tres pesos convertibles y disfrutar en un lugar confortable”.

Hortensia, jubilada, afirma que ni a los cines se puede ir. “Todos, excepto el de Infanta y San José, están sucios, las películas son mediocres y acuden un montón de dementes a masturbarse. No sería mala idea que se les permitiera a los particulares tener salas de cine. La competencia propicia una mayor calidad”.

Según últimos datos, más de un millón trescientos mil personas, trabajan al margen del Estado en negocios privados o en cooperativas. No es poca cosa: constituyen poco más del 25 por ciento de la fuerza laboral en Cuba. “Esa cifra corresponde a los que están registrados o poseen licencias, porque miles de personas, como las ‘mulas’, albañiles y plomeros, entre otros oficios, ejercen sin tener autorización”, aclara Sergio, funcionario de la ONAT (Oficina Nacional de la Administración Tributaria).

En la Isla, cualquier ciudadano que necesita reparar su casa, arreglar un televisor de pantalla plana, un teléfono inteligente o un electrodoméstico moderno, acude a particulares. El Estado no ofrece esos servicios. En los sectores privados y cooperativos se devengan salarios que superan en diez o quince veces el salario mínimo estatal. Dos ejemplos. Irene limpia en una farmacia del municipio Cerro y gana alrededor de 300 pesos mensuales (unos 13 dólares). Diana hace lo mismo en un negocio privado y devenga 7 cuc por cada jornada. “En el negocio gano 105 cuc pues limpio en días alternos. A esa cantidad se suman los 80 cuc que me pagan al mes por limpiar en un hospedaje particular”.

Al tratarse del sector de mayor crecimiento en la Isla, con mejores salarios y más dinamismo económico, el régimen verde olivo se empeña en ponerle trabas para obstaculizar su desarrollo. El lunes 9 de julio, el periódico Granma anunciaba que nuevas normas, agrupadas en cinco decretos-leyes y un decreto, así como catorce resoluciones complementarias, contribuirían al perfeccionamiento de la gestión del trabajo por cuenta propia en Cuba.

Al día siguiente, 10 de julio, las nuevas normas -más apropiado sería decir los nuevos controles- aparecían en la Gaceta Extraordinaria No. 35.

Entre otras restricciones, a quienes tengan licencia como taxistas particulares, se les exigirá una certificación del combustible consumido mediante una tarjeta emitida por Fincimex (Financiera CIMEX S.A, entidad que administra las tarjetas de crédito y las remesas en la Isla), como justificante para el pago de sus impuestos.

Considerado un “experimento” en La Habana, y cuyo objetivo, dijeron, es reordenar el transporte en la capital, con su puesta en marcha dentro de 90 días, las autoridades pretenden establecer pautas para un ensayo que si funciona, se extenderá a todo el país. Los involucrados en el “experimento”, podrán adquirir herramientas, partes, piezas y accesorios en comercios autorizados, si los hay en el almacén. Y los choferes tendrán que aplicar el precio de circulación acorde con lo aprobado por el gobierno provincial (5 pesos cubanos por pasajero hasta tramos de ocho kilómetros) y en un lugar visible poner la pegatina o identificación que les da acceso a las piqueras y recorridos permitidos.

Guillermo, ex asesor financiero de Habaguanex, considera que el gobierno busca controlar más aún todas las actividades que ejercen los trabajadores por cuenta propia. En su opinión, tres son los motivos. “El primero, el temor a que esa gente haga mucho dinero. El segundo, que el desarrollo del emprendimiento privado provoca el éxodo de profesionales del sector estatal hacia el privado. El tercero, el gobierno jamás ha visto con buenos ojos que la gestión particular prospere más que la del Estado, que hasta ahora ha demostrado ser irrentable e ineficiente”.

María Elena, economista, piensa que las nuevas medidas no contribuirán a potenciar los pequeños y medianos negocios particulares, eje fundamental en cualquier sociedad moderna. “El Estado es el encargado de combatir la pobreza y el atraso, pero los gobernantes lo ven de otra manera. No olvidar que la mayoría de los negocios estatales son manejados por empresas militares y en muchas ocasiones los privados son su competencia. Entonces encontramos mitad miedo y mitad rivalidad. A base de normativas y prohibiciones tratan de quitarse del medio a los particulares y frenar el auge de un sector con mucho poder económico. Quieren matar dos pájaros de un tiro”.

Gustavo, dueño de una paladar, dice que se veía venir. “Llevábamos casi un año con un grupo de 27 emprendimientos privados, los más boyantes, a los cuales no se les entregaban licencias. Otros cinco fueron prohibidos. Las nuevas regulaciones buscan aumentar el control y los gravámenes e impedir la posibilidad de hacer demasiado dinero”.

El periodista independiente Orlando Freire Santana en Diario de Cuba escribe sobre el impacto que ha producido entre los cuentapropistas, “la obligación que recaerá sobre un grupo de ellos de abrir y operar cuentas bancarias donde depositen los ingresos que genere la actividad. Dichas cuentas las llevarán los propietarios de restaurantes (paladares), bares, cafeterías, los arrendadores de viviendas, habitaciones y espacios así como los que realizan servicios constructivos y los taxistas. Lo anterior implica que las autoridades tributarios, en primer término la ONAT, tendrán todo el tiempo la información acerca de los ingresos percibidos por esos cuentapropistas y así sugerirle a las instancias pertinentes -no se anunciado cuál o cuáles- para que actúen e impidan la tan cacareada concentración de la riqueza”.

Livio, administrador de un taller de reparación de celulares y computadoras, expresa que está al tanto de las medidas anunciadas. “Los cubanos no quieren que pongan más trabas, si no que faciliten el trabajo por cuenta propia, autoricen a los profesionales a laborar en el sector privado y poder importar insumos. Si eso lo permitieran, Cuba crecería económicamente en los próximos años”.

Dentro de unos días, el 21 de julio, en el Palacio de las Convenciones se reunirá el monocorde parlamento nacional. Los cuentapropistas no esperan que aprueben ninguna medida que les beneficie. Por el contrario, los diputados ratificarán las resoluciones y decretos contenidos en esa edición extraordinaria de la Gaceta Oficial de la República.
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