domingo, 5 de mayo de 2019

Esperando a Pinochet.

Por Néstor Díaz de Villegas.

La voz de la izquierda habló: "No hay que ponerse delante de las tanquetas", dijo el viejo montonero Pepe Mujica, el mismo politicastro que Pablito Milanés celebró recientemente como el "último gran revolucionario".

Recordemos que tras la muerte del preso político Orlando Zapata Tamayo, el delincuente de Inácio Lula da Silva dijo: "Tenemos que respetar la determinación de la Justicia y del Gobierno cubano de detener personas según la legislación de Cuba. Imagine si todos los bandidos que están presos en São Paulo entraran en huelga de hambre y pidieran su libertad".

Esa es la voz de la izquierda. Escuchémosla.

Ahora la voz de la izquierda dice: "Lo que sucede en Venezuela es un golpe de Estado con apoyo de Donald Trump". Lo afirma Putin y lo reafirma Bernie Sanders. ¡Vaya colusión de intereses! ¡Vaya manera de influir a dúo en el destino de una nación! Es la misma izquierda (o como se llame esa entelequia) que glorificó al golpista Hugo Chávez en Hollywood y la misma que orquestó un putsch parlamentario contra el Gobierno de Donald Trump desde el día de su inauguración. Es la izquierda que llama "sarta de deplorables" a los votantes de la oposición y los acusa de racistas, tarados y misóginos. La izquierda de los actos de repudio en las universidades americanas contra los que no comulguen con Antifa.

Es la izquierda que declara a Silvio Rodríguez "embajador de la poesía y la congruencia".  Es la misma izquierda que se regaló un papa argentino que absuelve a un cura sandinista mientras en las calles de Managua corre la sangre. ¡La izquierda está en alza y hace lo que le de la gana! Eso del "retorno de la derecha" es otra fábula izquierdista.

La izquierda tiene hoy a la compañera Bachelet como Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, mientras que la izquierda caviar española y canadiense promete luchar con todos los medios legales a su disposición contra algo que Europa y Canadá concedieron hasta al más insignificante de los judíos: el derecho a la indemnización por las propiedades confiscadas.

Es la izquierda que hace negocio con juntas militares y entra en consorcio turístico y cultural con genocidas. Es la izquierda del benemérito Noam Chomsky que defendió a Pol Pot ("el terror es un precio ínfimo comparado a las bondades de los Jemeres Rojos"), y del profesor Michel Foucault que celebró la victoria de los ayatolás de Irán y marchó a favor del "nacimiento de una forma de espiritualidad musulmana".

Es la izquierda que dio el golpe de Estado de todos los golpes de Estado el primero de enero de 1959 y lo sigue dando cada fin de año. Es la izquierda del Bogotazo y el Moncada.

Contra esa izquierda no valen los argumentos civilizados, la diplomacia ni las revoluciones de terciopelo. Hay que sacarla a tiros de Palacio porque solo reconoce la fuerza de las armas. El programa castrista de dominación requiere la disolución del Parlamento, desbancar a la oposición, ya sea por la guerrilla o por las urnas. Es lo que se pretendió hacer en Chile, digan lo que digan los defensores de Salvador Allende y su "tercera vía", precursores de Hugo Chávez. La izquierda llega hoy al poder por el sufragio. Se aprovecha del agotamiento de la democracia para perpetuarse en el trono. El castrismo renunció a la guerrilla, pero no a la guerra.

La cuestión venezolana tiene tantas facetas que tomaría años explicársela al norteamericano graduado de secundaria. Sin embargo, la cuestión se reduce a un solo intríngulis: ¿cuándo se pondrá el Ejército de parte del pueblo? Pero la izquierda tiene también el derecho exclusivo a la palabra "pueblo". ¡La izquierda se arroga, sobre todo, el derecho a la palabra "democracia"! Por eso Chomsky puede enseñar y publicar en cualquier parte del mundo sin que lo saquen a patadas o lo abucheen en un acto de repudio.

Cuando el pueblo se lanza a las calles, como ha sucedido en Venezuela, los esquemas de la izquierda colapsan, sus nociones políticas entran en quiebra. El americano promedio condena cualquier intervención militar, y ahí está The New York Times para decirle que la presencia militar cubana en Venezuela es negligible. Eso se llama posverdad y fake news. Así habla la izquierda.

Hoy en Venezuela se espera a un militar que salga de las barracas y defienda la causa del pueblo. ¡Nada menos que un milagro! Ese militar no ha aparecido. Quizás la oposición venezolana esté esperando a Godot, pero me atrevería a decir que espera más bien por un Pinochet. Podremos masajear el mensaje y darle la vuelta con nombres graciosos e inofensivos, pero creo que el nombre más adecuado de lo que se espera es "Augusto Pinochet", o simplemente "Augusto": Venezuela espera por el Augusto.

Chomsky justificó a Pol Pot y Foucault a exaltó a Jomeini: el colonialismo cultural le impide al analista político latinoamericano, al intelectual indígena, hacer lo mismo con el ideario de Pinochet. ¡Ni soñar con una visita a Berkeley, a Harvard! Aun cuando el dictador chileno no pueda ser acusado de una masacre del tipo Campos de la Muerte, ni de un programa nuclear para destruir el mundo. Ni siquiera de una guerrilla, de un asalto o de cualquier tipo de injerencia en las naciones vecinas.

En diversas entrevistas, Pinochet calificó a su régimen de "democracia autoritaria". Cada cual puede pensar lo que quiera de esa afirmación. Cuando Pinochet mandó a llamar a los Chicago Boys y saneó la economía chilena y colocó a Chile a la cabeza de la región, los izquierdistas se mofaron y gritaron "¡Neoliberalismo, neoliberalismo!"

Pero es un hecho que las "democracias autoritarias" (llámelas dictaduras si lo prefiere) dan a luz economías pujantes y sociedades saludables, listas para la transición hacia el neoliberalismo y la democracia representativa, donde los montoneros, los fidelistas y los socialistas pueden postularse y gobernar a sus anchas una vez concluido el "tiempo razonable de terror" (Chomsky dixit). Las dictaduras de izquierda, en cambio, producen totalitarismo, debacle económica, miseria social y regímenes milenaristas unipersonales que pretenden perpetuarse en el poder y que requieren los servicios de un militarote providencial que salga de las barracas y restablezca el orden.
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