sábado, 11 de mayo de 2019

Pogolotti, de barrio obrero a barrio desahuciado.

Por Jorge Luis González Suárez.

Los salideros de agua rellenan los baches de muchas calles. ¿Cuántos mosquitos habrán nacido de este charco?

Se iba a llamar Redención y fue proyectado como el primer barrio obrero de La Habana, pero a un siglo de su fundación es apenas una zona pobre donde algunos evitan adentrarse en medio de la noche. Pogolotti tiene una historia escondida entre sus basureros, sus tarjas que pocos leen y sus cientos de tejados a dos aguas.

La primera piedra de esta barriada, ubicada en el municipio Marianao, fue colocada en 1910 por el presidente de la República José Miguel Gómez. El gesto quedó inmortalizado en una placa en la humilde calle 90, que sobrevivió a la furia revolucionaria que arrasó parte de los monumentos referidos al "pasado neocolonial".

Las primeras obras del asentamiento comenzaron en la finca Jesús María, propiedad de Dino Pogolotti, arquitecto de la Compañía Nacional Constructora y cuyo apellido terminó desplazando al grandilocuente nombre que se había planeado en un inicio. Así fue como la redención no alcanzó a este trozo de La Habana.

Una buena parte de las viviendas aún conserva la estructura original de aquella época, con paredes de mampostería y techos de tejas en un estado ruinoso. Algunos inmuebles se han convertido en edificios de dos pisos hechos con recursos propios y "materiales obtenidos por la izquierda, sin ayuda del Estado", según refiere un residente.

Finlay realizó en Pogolotti parte de los experimentos con los que concluyó que el 'aedes aegypti' era el agente transmisor de la fiebre amarilla

Por sus estrechas calles se hizo frecuente ver a finales del siglo XIX el rostro afilado de Carlos J. Finlay. El médico y epidemiólogo realizó en Pogolotti parte de los experimentos con los que concluyó que el aedes aegypti era el agente transmisor de la fiebre amarilla. La barriada estuvo a punto de pasar a la historia médica internacional con la nominación del científico en varias ocasiones al premio Nobel, pero nunca le fue concedido.

En un parque de forma circular han quedado las esfinges de los hombres ilustres que participaron en aquella investigación científica, desde Finlay hasta el primer gobernador militar norteamericano que ocupó el cargo al terminar la guerra de independencia, Leonard Wood, un médico del Ejército de Estados Unidos a quien se le recuerda más por haber comunicado a los constituyentes de 1901 la imposición de la Enmienda Platt.

Pero el pasado, pasado es, también para Pogolotti. Un emprendedor que vende a dos pesos cubanos el vaso de jugo de mango en la esquina del parque dice no haber reparado en que el rostro "de ese americano" estaba aún allí. Sin embargo, tiene la ilusión de que "si Obama viene a Cuba, va y se aparece a ponerle flores". En ese hipotético día, planifica con picardía venderle "el vaso de jugo a cinco dólares".

Mientras Obama no llega, en el histórico parque no queda ni una farola con luz.

Mientras Obama no llega, en el histórico parque no queda ni una farola con luz. La tarja que cuenta la historia del lugar desapareció y algunos dicen que un vecino la guardó para que no la robaran. La caseta de madera donde se realizaron los estudios epidemiológicos se esfumó y varias de sus tablas hoy asoman en ventanas, paredes y techos cercanos al lugar.

Sin embargo, ni la política ni la ciencia han logrado sobresalir sobre una de las más importantes memorias que guarda Pogolotti: la relacionada con la Quinta San José, propiedad de la etnóloga Lydia Cabrera y que fue demolida para edificar el Combinado Deportivo Jesús Menéndez, ahora en ruinas. Con la partida al exilio en 1960 de la autora de El Monte, el lugar quedó a merced de los caprichos burocráticos y la desidia.

La religiosidad se vive con intensidad en la barriada. Los toques de tambor son un sonido que acompaña las tardes y las noches, mientras muchos hombres jóvenes se inician en el ñañiguismo o matan las horas entre el alcohol y el dominó. La única capilla católica del barrio se ubica en el Hogar de Ancianos San Rafael, uno de los pocos sitios que mantiene cierto esplendor en medio de la decadencia de la zona.

Como un vigía venido a menos, observador del declive de Pogolotti, se alza el enorme tanque que una vez suministró agua a todos los vecinos. En su interior se acumula el agua cuando llueve y los mosquitos ponen sus larvas, en un eterno ciclo que evoca a un Finlay sin descanso. Ahora, un anciano que vive a la sombra del depósito asegura: "Este ya no es un barrio obrero, ahora es un barrio jubilado", hace una pausa y rectifica: "Un barrio desahuciado".

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