viernes, 31 de mayo de 2019

Hambre e ironías del destino.

Por Ernesto Pérez Chang.


Cuba se propone exportar fiambres de cerdo y res enlatados, además anuncia un congreso internacional sobre ganadería porcina, así como el aumento de la venta de productos del mar a países de Asia y Europa, incluso se dispone a recuperar centros de alevinaje y cultivo intensivos de camarones, con el fin de responder debidamente a los contratos firmados, así como a la demanda del turismo.

Nada en concreto se habla de reservar una parte de lo producido para la venta a la población ni de mejorar la cantidad y calidad de lo que esta consume. Tampoco existe un modo de saber sobre el flujo de mercancías desde los puertos, los almacenes y hasta los destinos. Por contraste, se insiste en elogiar el invento artesanal de un artefacto que triplicará la producción de croquetas de claria (especie de pez gato, abundante en presas y charcas de todo el país), así como la modificación de la fórmula de la jamonada de cerdo, que pronto será a base de harina de arroz o yuca y carne de peces de agua dulce, lo que probablemente será una “sambumbia”, como le llama el cubano a aquello que es incomible pero no queda más remedio que engullir.

En medio de una economía en crisis severa, todas son noticias “alentadoras” divulgadas esta semana en la prensa oficialista, frente a la ausencia de reportajes sobre por qué razón, estando rodeados de mar, no solo aumentan las regulaciones e impedimentos a la pesca y posesión de un bote, sino además en las pescaderías de La Habana se distribuye de manera “libre” pero al mismo tiempo “regulada” (nueva modalidad de venta difícil de comprender) un jurel por cada tres personas, cuya libra tiene un precio de poco menos de un dólar, cuando el salario mensual promedio en la isla apenas rebasa los veinte.

Un jurel que ha sido tema de choteo en las redes sociales, sumándose a esa oleada de noticias burlescas sobre avestruces y jutías que llevan a pensar que algunos, por “allá arriba”, retozan con la situación, aun cuando la historia demuestra que el hambre es muy mala consejera para la estabilidad de los gobiernos.

Lo del pescado es ridículo. Pero ni siquiera los rabiosos debates sobre las colas multitudinarias para comprar pollo y salchichas llegan a rozar el tema sobre las hondas desigualdades entre una capital que al menos puede jactarse de tales absurdos frente a unas provincias o “interior” que durante años jamás han vuelto, ni volverán en mucho tiempo, a saber qué cosa es un jurel congelado, y donde hablar de venta de comida a la población es un asunto mucho más dramático que hacerlo desde una esquina de Centro Habana o un mercado de Miramar donde, entre cerco policial y trifulcas callejeras, al menos es posible decir que sacaron aceite, huevos, harina de trigo y leche en polvo, productos que son un verdadero lujo para quienes no reciben ni remesas del exterior ni logran “vivir del invento”.

Pocos se cuestionan de modo público lo que pareciera responder a un patrón de la endeble economía cubana donde los más graves desabastecimientos sospechosamente coinciden con las temporadas altas del turismo, de modo que el “truco” para muchos astutos es acercarse a los hoteles para “cuadrar” la compra clandestina de eso que no llega a las tiendas y que hará que nuestra cena sea algo más que ese uniforme, constante, insípido y aburrido “pienso de granja” que constituye la alimentación del cubano de a pie.

Ni el llamado “Programa Alimentario” de los años 90 ni los sucesivos experimentos tanto de la industria alimenticia estatal y el ministerio de la agricultura, ni las cooperativas ni las mini-industrias, ni el activar y desactivar las estrategias de acopio, el autorizar o criminalizar el llamado “mercado libre campesino” han logrado resolver el problema del desabastecimiento que hemos visto agudizarse durante décadas, un fenómeno que no solo repercute negativamente en el bienestar de las personas sino que es devastador para la cultura, en tanto significa la pérdida de tradiciones culinarias centenarias.

La evidencia más irracional es que un simple trozo de carne de cerdo criollo y un poco de jugo de naranja agria, esencial en nuestro mojo tradicional, sean hoy manjares casi imposibles en nuestra vida cotidiana.

Apenas era un chiquillo de nueve años, pero cuando recuerdo aquellos enloquecidos años 80, en plena crisis de la Embajada del Perú y de los actos de repudio contra la “gusanera”, organizados por el Partido Comunista y ejecutados desde los Comité de Defensa de la Revolución, siempre pienso en los huevos de gallina que, por el valor de un peso cubano la docena, eran lanzados contra las personas que decidían emigrar.

Calculo, ahora en la distancia, que en una noche, y contra una sola familia, pudieron ser lanzadas cerca de doscientas o más posturas por el simple placer de gozar con el terror de los asediados.

Fueron decenas de miles de huevos desperdiciados en un país absolutamente mantenido por los soviéticos, comida arrojada con demencia más que desprecio contra aquellos “gusanos” que más tarde, quizás sin resentimientos, han salvado a esos mismos pobres “entusiastas” con remesas e inversiones, con cartas de invitación y reunificaciones familiares. De modo que a veces interpreto la escasez de hoy como una especie de condena colectiva por los excesos de ayer. Una trágica ironía del destino.
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