domingo, 8 de mayo de 2011

El detalle inmobiliario.

Por Reinaldo Escobar.

La posibilidad de vender y comprar casas podría abrir la puerta a otros cambios.

Uno de los resultados que mayor repercusión inmediata pudiera dejar el recién concluido VI Congreso del Partido Comunista de Cuba se relaciona con el tema inmobiliario.

La prohibición de la compra-venta de casas no ha sido en modo alguno un capricho de Fidel Castro, carente de motivos sólidos, como pudiera creerse en un análisis superficial del asunto. Hay que haber estado  presente en una asamblea de distribución de viviendas para comprender cabalmente el profundo significado ideológico que ha tenido en nuestra sociedad el hecho de que a una persona "le dieran", "le entregaran", "le asignaran" una vivienda, en el lugar que le tocaba y con la cantidad de dormitorios que le correspondía.

Que ahora, de la noche a la mañana, un ciudadano cubano pueda elegir dónde vivir y adquirir una casa sin haber hecho compromisos políticos ni horas de trabajo voluntario, sin misiones internacionalistas ni zafras cañeras, sin mítines de repudio ni marchas del pueblo combatiente, sin haber denunciado nunca a nadie ni haberse machucado varios años en una microbrigada, solamente porque tiene el dinero que va a pedirle el vendedor, eso, sin dudas, es un cambio trascendental.

Si llega a concretarse la medida, como lo espera la mayoría de los cubanos, en un plazo de 10 o 20 años se va a producir una redistribución clasista de los espacios en todas las ciudades del país, especialmente en la capital y cabeceras de provincia.

La casa de cuatro dormitorios ubicada en el corazón del Vedado, ocupada hoy por esa señora viuda que limpia el policlínico, le será ofrecida al exitoso músico de salsa que vive con su exsuegra en Alamar. Digamos que se venderá en 30.000 CUC, lo que le permitirá a la pobre mujer comprarse un cuarto en 5.000 en un barrio menos céntrico y asegurar una cómoda pensión para lo que le quede de vida. Llevará flores a la tumba de su esposo y le contará lo que hizo con aquel patrimonio decomisado a una familia de clase media que abandonó el país por el Mariel a mediados de 1980.

Puede ocurrir que a quienes decidan marcharse de la Isla para siempre les permitan ahora vender su casa para sufragar los gastos del viaje y con eso se dé por terminada la abominable práctica de penalizar la emigración con la confiscación de bienes. Quién quita que, una vez eliminado ese escollo, desaparezca el concepto de "salida definitiva" y con él el absurdo Permiso de Salida.

¡Detente comentarista! No me sospeches. Ya sé que estoy soñando, pero que nadie me niegue que con esta nueva permisibilidad (que abarca la compra-venta de autos) se tiende un puente hacia la consecución de otros cambios, tal vez imprevistos. Eso es lo que ocurre cuando se altera un detalle en las estructuras rígidas y cuando un sistema totalitario se ve obligado por las circunstancias a enfrentarse al dilema de cambiar para sobrevivir, aunque le cueste la vida el cambio.

Ahora falta ver cómo llevan a la práctica la nueva medida, cuántos frenos y requisitos le inventan, mientras tanto, soñemos, que nada cuesta y todavía no está prohibido.
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