sábado, 21 de enero de 2012

Mucho más que un derrumbe.

Por Miriam Celaya.


En la noche del martes 17 de enero de 2012, un edificio inhabitable, aunque habitado, de la esquina que forman las calles Infanta y Salud, en Centro Habana, sufrió un derrumbe que arrastró consigo la vida de cuatro adolescentes.

Si el desastre se hubiese producido en alguna calle adyacente, fuera de los circuitos más concurridos del tráfico capitalino, posiblemente solo los residentes de este municipio nos hubiésemos enterado. A fin de cuentas estos incidentes se han convertido en algo frecuente en la ciudad. Pero fue allí, escandaloso, inocultable, en plena calzada de Infanta, una de las vías más transitadas de la capital. Por eso, y porque ya el suceso era de conocimiento público ante el mundo gracias a los twiteros  cubanos, la prensa oficial dio cobertura al hecho. No para lamentar la muerte de los adolescentes; tampoco para explicar las razones que fundamenten por qué hay familias enteras ocupando edificios con inminente peligro de derrumbe en toda la geografía de esta maltratada ciudad. No. La prensa revolucionaria aprovechó la desgracia para resaltar la importancia de la intervención del Cuerpo de Bomberos, la Policía Nacional Revolucionaria, los servicios médicos de urgencia y las autoridades de la provincia y de los municipios Centro Habana y Plaza de la Revolución. Ellos fueron, a juzgar por los medios, los verdaderos protagonistas. La tragedia humana palidecía y se empequeñecía frente a la grandeza de las instituciones revolucionarias.

Reseña el Granma (jueves 19 de enero de 2012, pág. 2) "la actuación coordinada e intensa" de "las fuerzas del Cuerpo de Bomberos y los servicios médicos de urgencia en el rescate de las víctimas y en el empeño de salvar la vida de los que se encontraban atrapados", como si esa no fuera exactamente la función que se espera deben cumplir dichos cuerpos; o como si los derrumbes fuesen un accidente del clima o un mero capricho arquitectónico. Algo inesperado, impredecible, antojadizo, casual.

Lo más doloroso, además de las muertes siempre trágicas de los jóvenes, es la indiferencia de los curiosos aglomerados en torno a los escombros. La mayoría de los rostros de la gente, más allá del impacto y de la superficial compasión por las víctimas y los damnificados, solo alcanzaba a reflejar su alivio: "Gracias a Dios que no me pasó a mí". Como si no se tratase de la tragedia de todos. El egoísmo es uno de los productos más genuinos de este sistema.

A estas alturas del partido, la revolución se puede atribuir la peculiaridad de haber aportado a esta nación lo que pueden ser tres de las principales causas de muerte de los cubanos en las últimas décadas: las miles de muertes producidas por ahogamiento o por ataques de tiburones en el Estrecho de la Florida; las cosechadas en las campañas de guerras ajenas libradas en otros países; y las de los cubanos (también numerosos) sepultados por los escombros de las que alguna vez fueron sus casas. Eso, para no hurgar en otras.

Que nadie se sorprenda. El caso de Infanta y Salud no es, ni de lejos, solo el derrumbe de un edificio más.
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