lunes, 15 de octubre de 2018

El «período especial» de las bicicletas chinas.

Por Abraham Jiménez Enora.


Sentí como si mis piernas quisieran desprenderse de mi cuerpo. Algo o alguien me succionaba desde abajo. Una fuerza extraña me hizo incrustarme contra la espalda de mi padre. Grité en el mismo instante en que la bicicleta comenzaba a zigzaguear. Mi padre detuvo sus pedalazos, se volteó y me vio envuelto en lágrimas, con los dos pies doblados entre los rayos de la rueda trasera.

Mi padre me sacó de allí y me sentó en la acera. Los pies no me dolían, me ardían. Lloré sin parar durante un rato. La gente pasaba y me miraba; la gente pasaba y le preguntaba a mi padre qué me había sucedido y si necesitaba algo. Él les contestaba con naturalidad que yo había metido los pies en los rayos, que ya se me pasaría.

Tendría entonces unos cinco o seis años y hoy, a la distancia, aquellas respuestas de mi padre, aquella quietud ante la circunstancia, aún me produce escalofríos. La escena sigue perturbándome: un padre que lleva a su hijo en el asiento trasero de su bicicleta y la rueda que se traga sus pies.

Una imagen que, por otro lado, se hizo habitual en Cuba a principios de los años noventa.


El final del siglo XX le deparó a la isla una mala noticia: el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Cuba, hermana menor del bloque socialista de Europa del Este, vio cómo toda su estructura económica colapsaba.

De 1990 a 1994, el Producto Interno Bruto (PIB) de la nación se contrajo en un 36 por ciento. Esto trajo severas restricciones en la distribución de gasolina, diésel y otros combustibles que provenían del mercado soviético.

Fidel Castro declaró aquella grave circunstancia como un «período especial en tiempo de paz», y decidió realizar una serie de reformas urgentes para paliar la situación. La fatigada agricultura fue una de los sectores más afectados; cayó aún más en desgracia con la escasez de combustible. Tractores, cosechadoras, segadoras quedaron inactivos en los campos.

La industria y la salud también padecieron reacomodos forzados que, junto a los sufridos por otros sectores, configuraron en la práctica una parálisis nacional. La vida de los cubanos se volvió un martirio. Entre los recuerdos más desagradables para quienes vivieron los noventa en la isla, está la crisis del transporte público.

Con la escasez de combustible, las guaguas (autobuses) y los automóviles casi se extinguieron de las calles cubanas. Moverse de un sitio a otro se volvió una odisea. Los centros laborales y las escuelas tuvieron que retrasar sus horarios de entrada, pues no había manera de llegar a tiempo.

El país se volvió un caos y el Estado decidió ensamblar metrobuses enormes remolcados por potentes camiones. Aquel invento recibió el apodo de «camello»; en él viajaban centenares de personas amontonadas en un frenesí de calor.

Otra movida importante fue la de importar bicicletas desde China para suplir las carencias de combustible. Una jugada política, además. La bicicleta pasó de medio de transporte a modo de vida, y el gobierno la utilizó como premio para estimular a los trabajadores estatales que lograban ciertas metas productivas. Eran los «vanguardias»; muchos se esforzaban para merecer el deseado vehículo.

Si bien las bicicletas estuvieron lejos de resolver el problema del transporte en Cuba, se puede decir que fueron un alivio para la gente. El país pedaleaba en la calamidad.

Los cubanos se dedicaron a sobrevivir. No había alimentos. En las calles las personas cazaban gatos, y en las casas, quienes podían, criaban cerdos en las duchas y pollos al calor de un bombillo incandescente. La dieta de muchas familias se convirtió en una sucesión de platos surrealistas: picadillo de cáscara de plátano, huevo «frito» en agua, café mezclado con chícharos tostados.

En el malecón, en los ríos y en las represas, los pescadores utilizaban condones inflados como boyas para guiarse en la oscuridad de la noche: así ubicaban la carnada. Esa es una costumbre que se mantiene hasta hoy.

Por entonces, era más el tiempo que los hogares pasaban sin energía eléctrica. En vez de apagones, había «alumbrones».

El cuerpo humano adulto, para subsistir, debe ingerir cada día entre 2100 y 2300 calorías, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En los años del llamado «período especial», el aporte nutricional diario se redujo para los cubanos de 2845 calorías a 1863, y cada adulto perdió entre el 5 y el 25 por ciento de su peso corporal, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba (ONEI).


«Parecía un palo de escoba», dice Lourdes Alcántara, sentada en la puerta de su casa en la Habana Vieja. «Fueron tiempos duros, uno mira atrás ahora y uno no sabe cómo se sobrevivió», afirma.

Lourdes tiene 67 años y es ingeniera química, pero trabaja como dependiente en una cafetería privada cerca de su casa. Habla del «período especial» con roña; los ojos se le encienden y el rostro se le ensancha del enfado.

La conversación la tenemos en plena calle, ella sentada en el quicio de la puerta de su hogar, yo, en la acera, con las rodillas dobladas. Me comenta que su casa no está en buen estado, que las paredes están destartaladas desde aquella época, que el techo se está cayendo y que, además, hay mucho reguero por todos lados, que le da pena mostrar su casa así.


«Yo le decía Tornado, por el caballo del Zorro en las aventuras; iba con ella a todos lados», dice sobre su bicicleta, y agrega: «le tenía mucho cariño porque con ella resolví muchas cosas, las que se podían».

El «período especial» Lourdes lo pasó trabajando en una empresa estatal que se dedicaba a la producción de medicamentos. Durante esos años, la empresa paró sus labores por la falta de materias primas. Lourdes iba de lunes a viernes, de la Habana Vieja a Boyeros, recorriendo casi treinta kilómetros, para sentarse en un patio con sus compañeros a charlar porque no tenían cómo trabajar.

«Había que ir, aunque no hubiese trabajo porque, si no, no cobrábamos el salario; a mí por ir todos los días, me dieron la bicicleta», rememora.

A la empresa de Lourdes el gobierno le asignó dos bicicletas para los trabajadores «vanguardias» y ella fue seleccionada entre cincuenta personas. «Lo único malo es que las dos bicicletas que llegaron eran “de hombre”», asevera.

No hay cifras exactas sobre la cantidad de bicicletas importadas desde China durante el «período especial». Reportes de medios de prensa de la época hablan de tres millones; un estudio de la ONEI declara dos millones y medio, y una fuente del Ministerio del Transporte dice que fueron cinco millones las bicicletas importadas.

Aquellas bicicletas chinas eran sencillas, minimalistas. Su cuerpo era de metal; contaban con un solo plato de cambios, lo que las volvía casi imposibles en las subidas; tenían un timón curvo. La versión masculina llevaba un «caballo», un incómodo tubo horizontal, entre el volante y el asiento. Eran bicicletas pesadas.

Las había en negro, en morado, en gris, pero sobretodo prevalecían las de colores azul y rojo. En la actualidad los adolescentes las han rescatado y las usan más como lujo que como necesidad, forman parte de la tendencia retro.

«Como era” de hombre” me costaba pedalear porque me quedaba el cuerpo muy erguido. Cuando me detenía en los semáforos sufría, casi no llegaba con mis pies al suelo. Di tanto pedal en esos años que estaba atlética; ahora soy un tanque de guerra», dice Lourdes.

Ernesto Lugo, 59 años, lleva más de veinte años vendiendo flores en La Habana. Cuando el «período especial», la bicicleta también fue su mejor amiga.


«Tenía que ir de un municipio a otro a buscar las flores para luego regresar y venderlas en el centro de la ciudad, como único podía hacerlo era en bici», cuenta Ernesto desde su carretón de flores repleto de girasoles amarillos.

«Si los cubanos hoy todavía respiran es gracias, en gran parte, a las bicicletas. Es una lástima que ya hoy se haya perdido un poco esa cultura de la bicicleta, pero así es el ser humano, rápido olvida las penurias», afirma.

Ernesto cuenta que conoció a la madre de su único hijo por una bicicleta. Dice que iba por la avenida Galiano, en Centro Habana, acababa de recoger las flores para empezar la venta del día, cuando pedaleando la catalina se salió de su lugar y fue al piso. Las flores se desparramaron por el suelo y sus brazos sufrieron unas quemaduras por fricción.

«Ella me ayudó a levantarme y a recoger las flores; le regalé una y la invité a salir. Hoy somos esposos», explica.

Durante el «período especial» algunos de los principales rostros políticos del país decidieron acercarse a la gente. La estrategia para conseguir una imagen desenfadada y cordial, para parecer uno más del pueblo, consistió en andar también en bicicleta.

Yo era un niño y vivía con mis padres en la barriada de Nuevo Vedado. Vecino de allí era Carlos Lage Dávila, Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros y, por entonces, mano derecha de Fidel Castro.

Lage asistía a las reuniones nocturnas barriales en su bicicleta china y sin escoltas. A la gente le maravillaba aquello: ver a uno de los hombres más poderosos del régimen bajando hasta el barrio para escucharles, hablarles y, de paso, demostrarles que él también estaba padeciendo lo que ellos padecían.

Años después, cuando Fidel Castro enfermó de una hemorragia intestinal que lo sacó del poder y que le hizo delegar en su hermano, Lage cayó en desgracia y fue expulsado del gobierno. Fue uno de los primeros golpes en la mesa de Raúl Castro.

Con Carlos Lage se largaron once ministros y altos dirigentes de la era anterior, incluido el canciller Felipe Pérez Roque. La razón alegada: relaciones desmedidas con ciudadanos extranjeros, uso indebido de sus funciones gubernamentales para beneficios personales y ansias de ascenso dentro de la cúpula de poder de la isla.

Otro de los políticos que emergió a la palestra pública durante los «años duros» fue Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien logró sobrevivir para convertirse en el actual presidente de los consejos de Estado y de Ministros.

Alejandro Almaguer, de 55 años, un albañil de Villa Clara, la provincia natal del Presidente, recuerda: «Cuba estaba pasando por su peor etapa en el “período especial”, pero los dirigentes seguían viviendo bien con sus prebendas. Miguel, no; el hombre andaba en bicicleta cuando los demás dirigentes iban en carros con choferes».

Al trabajo, a la escuela, al malecón con una enamorada, a tomarse una botella de ron con unos amigos: a todas partes los cubanos iban en bicicleta. No importaba la distancia; se hacían kilómetros y kilómetros. No había otra opción.

Por eso a mi hermana le pasó, a dos exnovias les pasó, a muchos amigos también les pasó. Muchos metimos nuestros pequeños pies en los rayos de la bicicleta cuando éramos niños: cuando íbamos en las parrillas traseras, sentados, descubriendo desde ese lugar un país que se caía a pedazos.

Delante de nosotros, nuestros padres, otro familiar, o simplemente algún conocido, pedaleaba y sudaba la carestía en busca de cualquier producto básico: desde un jabón hasta un pedazo de pan. Quienes metimos los pies en las ruedas de las bicicletas quizás llorábamos, sin saberlo, por la desventura y el esfuerzo de nuestros padres, y no por el dolor de la torcedura.

En La Habana, según la ONEI, a inicios de los noventa, unas treinta personas mil usaban bicicletas; para fines del siglo, se contaron unos setenta mil habaneros utilizaban habitualmente ese medio de transporte.

De la época hay fotografías icónicas que han sobrevivido, y reflejan con claridad la situación.

En una de ellas, a color, se ve una guagua atiborrada de pasajeros. Quienes viajan adelante, tienen sus rostros embutidos contra el parabrisas. Hay personas que van colgados, sujetándose de las puertas y las ventanillas. Uno de ellos, en la puerta principal, apoya un pie sobre la defensa del autobús para no caer al asfalto.


Otra de las imágenes es en blanco y negro. Sobre una bicicleta china va una familia completa. La esposa, que sonríe, va detrás y lleva en sus muslos a una niña que mira a la cámara. Al volante va el hombre, los brazos extendidos, concentración absoluta. Entre sus piernas, en un asiento de madera improvisado sobre el «caballo», va otra niña, y delante de ella, otra más. Son trillizas. Son las hijas del «período especial».

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