viernes, 19 de octubre de 2018

Varias generaciones bajo el mismo techo.

Por Iván García.

Cuba: varias generaciones bajo el mismo techo

El solar de la calle Laguna, en el barrio mayoritariamente mestizo y pobre de San Leopoldo, tiene poco que envidiarle a un campamento de refugiados de guerra en Yemen.

Sus residentes han emplazado electrobombas periféricas, conocidas en Cuba como ‘ladrón de agua’, para desviar el preciado líquido desde una conductora que abastece al gigantesco hospital Hermanos Amejeiras, ubicado en el corazón de La Habana.

Sin títulos de ingenieros, un grupo de personas han construido rudimentarias redes hidráulicas que suministran agua en la derruida cuartería de tres pisos donde, entre reguetón a todo volumen y algunas broncas entre vecinos, conviven decenas de familias atrapadas en la marginalidad y una pobreza africana.

“Desde que tengo uso de razón, en esta zona de Centro Habana o no entra agua o llega sin fuerza. Nos abastecemos de las pipas y de robar el agua del acueducto estatal”, cuenta Ignacio, barbero particular, que lleva treinta años viviendo en el solar de la calle Laguna.

La cuartería es mundo aparte. Se juega a la bolita -lotería clandestina- de manera abierta y una vecina vocea que vende ropa comprada en Panamá o carne de res fresca de una vaca descuartizada la noche anterior.

Los cables eléctricos cuelgan del techo y el agua albañal corre libremente por los pasillos. Los más pobres entre los pobres no han podido construir cocinas ni baños individuales en sus pequeñas y calurosas habitaciones sin ventanas.

“Hay un baño pa’ asearse y otro pa’ las necesidades, pero las puertas y el techo están rotos. Cuando mi jeva se baña, yo la vigilo de los rascabuchadores y tiradores (masturbadores). La gente se baña con cubos, aquí ducharse es una fantasía”, señala Alberto, un holguinero que reside hace diez años en la capital y subsiste conduciendo durante doce horas un bicitaxi por la zona antigua de la ciudad.

Muchas de las personas que residen en cuarterías y casas precarias viven al día. Comen lo que aparezca y beben más alcohol del recomendable. Su meta es tener dinero en el bolsillo y de alguna forma intentar escalar en la pirámide social.

Pero la pobreza es un hueco profundo. Marta, ama de casa de 75 años, a pesar de sus rodillas inflamadas y ser asmática, todos los días camina cerca de siete kilómetros vendiendo maní tostado por las calles habaneras. Ella y su esposo, un jubilado con una pensión equivalente a ocho dólares, viven en una casa apuntalada con vigas de madera en el barrio de Atarés, municipio Cerro, a diez minutos en automóvil del centro de la capital.

Marta heredó los muebles de sus padres. El único ‘lujo’ es un viejo televisor de tubos catódicos y una nevera china que el gobierno le vendió a plazos hace doce años, en una ofensiva para ahorrar electricidad que Fidel Castro denominó Revolución Energética. La nevera se la dieron en 2007 y ya está rota, tirada en un rincón de la sala.

“No hemos terminado de pagarla ni la pagaremos. Repararla cuesta 100 fulas (cuc) y no tenemos ese dinero. Ya nos hemos acostumbrados a tomar agua caliente”, dice Marta, y detalla cómo es su día a día:

“Desayunamos café y hacemos una comida caliente diaria. Por la mañana salgo a vender maní, cuando puedo comprarlo, pues cada vez el man está más caro. Hace seis años, una libra costaba 7 u 8 pesos. Ahora, cuando lo encuentras, no baja de 18 pesos y a ese precio no da negocio. Mi marido vende jabas de nailon afuera de una panadería. Pero la cuenta no nos da. Nacimos pobres, seguimos pobres y nos moriremos pobres”.

Los grandes perdedores de las tímidas reformas económicas emprendidas en 2010 por el autócrata Raúl Castro son los jubilados. Trabajaron toda su vida y las pensiones que ganan no cubren sus necesidades básicas.

Un segmento amplio de ancianos viven solos, comen poco y sobreviven a duras penas en una revolución supuestamente destinada a los humildes y que solo existe en la propaganda oficial.

Otro quebradero de cabeza en Cuba es la vivienda. En La Habana, una provincia con más de dos millones de habitantes y una infraestructura diseñada cuando sus pobladores no llegaban a la mitad de esa cifra, el déficit habitacional se multiplica. Según estadísticas gubernamentales, en el país existe un déficit de 800 mil viviendas.

Jorge, funcionario del Instituto de Vivienda, considera que “la cifra real es mayor, de un millón de casas o más. Solo en La Habana el déficit es de un cuarto de millón de viviendas. De la infraestructura habitacional existente, casi el 50 por ciento está en regular o mal estado técnico. En la capital, en el 45 por ciento de las casas residen tres o cuatros generaciones diferentes. Y alrededor de un 5 por ciento que viven en condiciones de hacinamiento”.

Joel y Saylín se casaron en 2013, tienen 32 y 30 años y los dos son profesionales. “Vivimos en la casa de los padres de mi esposo, sexagenarios, su abuela octogenaria, dos sobrinos adolescentes y nuestra hija de 3 años. Son cinco generaciones distintas en una misma vivienda. Esto ocasiona disgustos y divergencias constantemente”, cuenta Saylín.

Los problemas y contratiempos afectan al matrimonio. “Tenemos que estar inventando para mantener relaciones. En ocasiones hacemos el amor en el baño de madrugada, porque en nuestro cuarto duermen también mi hija y mi abuela, o nos vamos a la escalera del edificio o al patio de una escuela”, confiesa Joel.

No es un fenómeno nuevo en la Isla. Por falta de posadas baratas, muchas parejas deben ser muy creativas en sus relaciones sexuales porque no todas pueden pagar la mitad del salario mínimo por tres horas de alquiler en una casa particular. La solución pudiera ser alquilar un apartamento para el matrimonio y su hija. “Pero además de escasear, el alquiler más barato fluctúa entre 80 y 100 pesos convertibles, dos veces el salario conjunto nuestro”, apunta Saylín.

Como miles de cubanos, Joel y Saylín deben convivir con varias generaciones bajo el mismo techo. No tienen otra opción.

Nota del Editor: ¡Hermosos recuerdos! ¡Qué tiempos aquéllos! Cuando Franco, digo.
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