sábado, 23 de febrero de 2019

Lydia Cabrera y Pierre Verger: los dioses también se escriben.

Por María Cristina Fernández.

Se conocieron en el Hotel Ritz parisino, donde el lujo no parecía adecuarse a todo lo que querían compartir y se fueron a un bistró. Corría el año 1954 y entre tazas de café, hablaron de los dioses yorubas, de África latiendo en Bahía o en Marianao, de lo embrujados que estaban con sus descubrimientos. Él, viajero incansable, etnógrafo y fotógrafo por vocación, fue iniciado como babalawo en Brasil, y luego en Nigeria. Aunque era francés, se había asentado en San Salvador de Bahía, fascinado por ese sincretismo mágico que tan bien documentó en sus fotografías. Ella…, ella acababa de publicar El Monte, libro que sería considerado la Biblia de los practicantes de la Regla de Ocha. Pero para Pierre Verger, la cubana Lydia Cabrera sería Yemayá Ataramagba, “la que se interna en el bosque virgen, en los parajes solitarios”.

Fue Lilliam Moro, poeta que sabe de conexiones, quien me enviara las Cartas de Yemayá a Changó, publicadas digitalmente en el 2011 por Jesús Cañete Ochoa, en el Archivo de la Frontera, y que una amiga le hiciera llegar como curiosidad. Su contrapartida -las cartas de Verger a Lydia- forman parte de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami. Ellas denotan esa camaradería que da la consagración al mismo objeto de interés: la supervivencia de la religiosidad africana en los países donde fue trasplantada. En 1957 Verger visita a Lydia Cabrera en Cuba, y juntos se trasladan al Central España, propiedad de la familia de su amiga Josefina Tarafa. “Esta provincia de Matanzas es una sucursal de África” apuntó la escritora en una epístola donde lo incitaba al viaje. El libro La laguna sagrada de San Joaquín, que viera la luz años más tarde, fue el resultado de esa documentación testimonial y fotográfica hecha en conjunto con Tarafa y Verger. La Habana la disgustaba cada vez más por su maquillaje norteamericano, y supongo que porque allí era más evidente la situación de descontrol político que atravesaba el país. En carta fechada en mayo de 1958, contaba a Changó que la habían invitado a desenterrar las gangas ocultas bajo la Ceiba del Parque de la Fraternidad, lo que al parecer nunca sucedió, y que había ido a Guanabacoa, donde se hacían rogaciones a Yemayá por los muertos y por la paz.

Paradójicamente, Lydia había regresado a Cuba en 1938 a causa de la guerra que se avecinaba en Europa. Animada por su maestro Leopoldo Romañach, había elegido París unos diez años atrás para continuar sus estudios de pintura en L’Ecole del Louvre. Alquiló un estudio en Montmartre, donde conoció a los artistas e intelectuales que hacían de esa ciudad un lugar prodigioso. Una atmósfera de exaltación por las culturas orientales y africanas agitaba entonces la Ciudad-Luz. Lydia estudia estos temas en La Sorbona. En medio de los grises y las nieblas parisinas Lydia rememora aquel mundo de fabulaciones contado por las empleadas domésticas de la casa de su infancia, y entrevé en esos recuerdos una fuente viva a la que quería regresar. El inminente conflicto bélico que se cernía sobre Europa fue el detonante que la devuelve a la Isla y a ese bagaje, que los negros resguardaban con tanto celo, y que ella supo trasponer.

Para entonces cerraba también un capítulo importante de su vida: la muerte prematura de Teresa de la Parra, que puso fin a diez años de intenso amor. Aunque se habían conocido en La Habana en 1927, adonde la escritora venezolana había ido como participante en un congreso cultural, fue en París donde se acercaron definitivamente. Compartieron el interés mutuo por las artes y religiones del Oriente, y esa apetencia por el mundo negro que absorbería a la cubana. De la Parra escribió de su viaje a La Habana: “una conversación con un negro viejo de aquí vale un montón” y no repara en elogios al paisaje y a los bailes de diablitos del Cabildo. Esa complicidad se exacerbó cuando Lydia se motiva a escribir unos cuentos insólitos, para entretener a su amiga en la enfermedad. Durante cinco años, la acompañaría en el sanatorio de Leysin, Suiza, del cual evocaba su atmósfera tranquila y su biblioteca. La muerte de Teresa coincide, en España, 1936, con la salida de esos cuentos traducidos al francés por su amigo Miomandre y publicados en Gallimard en la colección que dirigía Roger Callois. Con su primer libro en la mano, Pourquoi, noveaux contes nĕgres de Cuba y la partida de Teresa, supo Lydia, según sus propias palabras de “lo evanescente que era la vida”.

Será otra situación de conflicto políticoEel triunfo de la revolución cubana de 1959 yEsu definición hacia el socialismo a través de la alianza rusa- la que la separara definitivamente de su país, al exilarse en 1960 en la ciudad de Miami, junto a la otra Teresa de su vida, la de apellido Rojas. De este exilio irá contando a Pierre Verger en una correspondencia extendida durante treinta años, incluyendo los que pasara en España a principios de la década del setenta. En las cartas a su Fatumbí, nombre de iniciación de Pierre, hay una larga y sostenida queja hacia Miami, y aun más, al “american way of life”. Contrario a la entusiasta impresión que le dejó París en su infancia por su teatro de títeres, la niña Lydia asoció a Estados Unidos con los purgantes. No olvidó aquella vez que, en viaje con su padre a New York, enfermó de imprevisto y tuvo que tomarlos. También lo asociaba con el racismo; el que la separaba de su tata Tula ante las groseras señales de White-Black. En carta de 1955, contó a Verger que había estado en Minnesota para someterse a una operación de tiroides, en una clínica de los hermanos Mayo. Es a consecuencia de otro fallo en su salud, pero esta vez durante su estancia en España, a donde fue invitada por Amalia Bacardí, que Lydia se ve obligada a regresar al país que rechazaba. Aun cuando le escribiera a su Fatumbí que anhelaba pasar sus últimos días en algún atrasado pueblo andaluz, la enfermedad y las dificultades médicas para tratarse en España, la hacen regresar a “el desierto de cemento” que le resulta Miami, al que, paradójicamente, no cambiaría por ninguna ciudad del Norte, por la presencia en ella de tantos cubanos, lo que de algún modo insinuaba un sentimiento de pertenencia.

Con Verger, su Changó, no tiene reparos en hablar de nimiedades, de proyectos, de estados anímicos y añoranzas. “…no es agradable el exilio en un país donde nada le dice a uno nada y donde uno se siente prisionero”. Un país donde su gente “sin descanso sólo en ganarla pierden la vida”. En una estampa de la Caridad del Cobre que le envía, escribe esta invocación: “Líbranos de los Rusos y del State Department. Amén”. Desde la calle Galiano (curiosamente ella había nacido en la calle habanera de igual nombre), luego desde Anastasia (como la princesa rusa cuya vida zozobró a la llegada de la Revolución rusa al poder), o por último desde la calle Valencia (remedo de esa España deseada o de esa luna donde se encaraman los idos del mundo), se despachaban las cartas de amistad perenne. Lydia, irónica o solemne cuando el tema lo merece, le va dando detalles de una visita a la Freedom Tower a encontrarse con un grupo de negros cubanos acabados de entrar al refugio, o de que le ha llegado a sus oídos que en el centro de la ciudad ha habido toques de tambor. Del comercio llamado Carmela House, famoso por sus yerbas y brujerías. Trata de estar al tanto de lo que acontece con esos creyentes que han pasado el mar, pero le parece ver que “han perdido a sus orishas”, aun cuando haya “Elegguas en las casas y ewe en los patios.” “Los santos que han cruzado el mar en bote, las famosas 90 millas que nos separa de este continente, acabarán hablando inglés; los que se han quedado allí, porque no han podido huir, o porque sus Awós son tan degenerados que se visten de milicianos y gozan haciendo sufrir a los demás, hablan ruso…”

Muy temprano Lydia se percató de que la asimilación más voraz era lo que le esperaba al legado de la tradición africana frente a las demandas de lo que el profesor Joseph Murphy llamara el “spiritual supermarket”. Ella se negó a pactar con estas reglas del juego; de haberlas seguido hubiese llevado una vida con menos angustia económica (vivía al día, no podía costear las impresiones de sus libros como siempre acostumbró). Podía haber hecho uso de su autoridad en materia religiosa, lo mismo en el plano académico donde rehusó dar conferencias, que en lo popular. Aunque no estaba iniciada como iyalorisha, bien que pudo haber presumido de ello, en un mundo donde se fabrican identidades artificiales en pos del lucro. El fenómeno inmigratorio que llamó “la invasión de Ocha”, nunca dejó de acaparar su atención y de ello cuenta a Fatumbí. Observa como la santería va cayendo en manos de los blancos, que no hablan la lengua lucumí a sus santos. Lo de menos es que incursionaran en los horóscopos y otras modalidades para engatusar a los clientes, sino que la extorsión, la charlatanería, crecían como la mala hierba. Y lo peor: algunos eran ladrones, expendían drogas. Extraña a sus viejos Mokongos, Iyambá sy a sus Babás. “Vivo metida en casa, tratando de olvidar que en los Estados Unidos, este great country que detesto y que solo tiene la ventaja, cuando no se puede salir de él, de hacernos la vida indiferente… o indeseable…” Y más aún: “De acuerdo: el Progreso, el maravilloso progreso que nos destruye, no facilita nada. Es barbarie y me parece que a grande vitesse volvemos a la era de las cavernas… con aire acondicionado”. Ignoramos aún con qué palabras Changó la consolaría, qué argumentos le prestaba para aliviar su ánimo. Sabemos que le enviaba libros ante la queja de que solo podía encontrar pésimas biografías de bolsillo y libros de misterio. “Miami en librerías es peor que Pogolotti.”, se había quejado la diosa penitente.

A tal punto se decepcionó del injerto de la religiosidad ancestral negra en esta parte del mundo, que abandonó la labor de terreno para refugiarse en sus fichas y papeles que había logrado sacar de Cuba a su salida (una gran parte de sus apuntes y transcripciones se perdieron). Una amistad generosa le trajo sus apuntes sobre los abakuás y otros sobre la mítica Ayapá, la jicotea africana. Luego de más de diez años sin escribir, lo intenta de nuevo, en su estancia en España. Esta vez para registrar lo que sabía sobre las piedras preciosas en el contexto mágico del mundo de los orishas, reviviendo con ello la colección del Chicherekú, que había iniciado en Cuba, pero ahora en el exilio. De ahí en adelante continuaría escribiendo y publicando hasta su muerte, y no solo sus proyectos de investigación, sino que renace como cuentista con dos volúmenes: Ayapá: Cuentos de Jicotea, con notas en las solapas de Lino Novás Calvo, y Cuentos para adultos niños y retrasados mentales, de los que comentó la profesora Esperanza Figueroa: “Sus gentes nunca entran en las casas, viven al aire libre. Leen las nubes, y los animales conversan diariamente con los espíritus y con arcángeles, atraviesan caminos de morado suntuoso, sienten, poseen la codicia de la tierra”.

Si luego de diez años de silencio amargo, Lydia-Yemayá logra dar de sí nuevas y asombrosas creaciones, ¿de qué seguía adoleciendo en tierras prestadas? ¿Qué podía faltarle a una mujer que resultaba extraordinaria para todos los que la conocían cercanamente? Sin dudas, le faltaba el monte, la poesía, la magia, que había descubierto en Pogolotti, en Matanzas, en Trinidad… Las botánicas de Miami no podían reemplazar al hechizado monte cubano. Le faltaban también pedazos de su historia, sobre todo estaba aquel boquete que quedó abierto en ella al enterarse de que la Quinta San José había saltado en pedazos. La casona de fines del siglo XVIII que heredara su pareja, María Teresa Rojas, y que fuera edificada como casa veraniega, más tarde fungió como laboratorio donde Carlos J. Finlay descubriera la causa de la fiebre amarilla, albergó entre sus paredes al Colegio Inglés, y por último, acogió un asilo de locos, hasta que llegara a manos de Lydia y Titina. Las dos mujeres trabajaron ardorosamente en su reconstrucción y viajaban por la Isla en busca de portones y mapas antiguos, azulejos, herrería, porcelanas, platería, pinturas de época… Algunos domingos la casa se abría para que el profesor Luis de Soto y sus estudiantes de Historia del Arte la recorrieran. Esa era la intención de las dos mujeres: dejar en heredad a su país un lugar que atesorara lo más significativo de la evolución de la casa colonial cubana. Vale la pena aclarar que con solo una veintena de años, Lydia Cabrera fundó su propio negocio: la casa de antigüedades y taller de ebanistería Alyds, frente a la Universidad de La Habana. El negocio prosperó en breve; personalmente había ido a Italia a comprar piezas valiosas, cuya venta le aseguró el dinero necesario para emprender sus estudios y estancia en el viejo continente.

Además de la Quinta, la pareja trabajó en otros proyectos como la restauración del Palacio Pedroso y el que permitió, a través de la creación de un patronato, devolver su impronta original a la Iglesia de Santa María del Rosario, siguiendo aquellos impulsos que desde joven la animaron a batallar por la conservación del Convento de Santa Clara, que querían demoler. Toda esa pasión, que llamaré blanca, le vino de la mano de su padre, Raimundo Cabrera, hombre de una vastísima formación cultural, quien en largas caminatas por la vieja Habana la iba enamorando de cuanta construcción antigua, iglesia, recodo, valiera la pena detenerse y contemplar. Tal vez por eso, además, Miami no ganó su corazón: una ciudad que devora su pasado ante la oferta del mejor postor no podía serle muy simpática.

La otra pasión, que llamaré negra para diferenciarla, también fue minada en su punto más álgido. A la Quinta acudían a visitarla lo mismo santeros, que paleros, que abakuás (siendo mujer, supo ganarse una confianza excepcional, sin precedentes entre los ñáñigos. Ella y Titina habían acogido a uno de ellos en su casa, salvándolo de la muerte). “Le llevaban recetas, ramas, florecitas silvestres, dibujos, oraciones impresas, listas de plantas, de palabras…”, registra Esperanza Figueroa sobre esta etapa. “Los negros no iban en busca de charla frívola; iban a depositar secretos -pusieron su confianza en Lydia-, para que los recogiera para siempre, para que no se perdieran nunca. Recordaban sus árboles y sus campos, diferenciaban perfectamente entre la medicina y la magia, entre la fe y el conocimiento; aquellas visitas tenían el aire de ceremonias religiosas.”

Toda esta sistematicidad coherente de vida y oficio de ambas (Titina era paleógrafa y trabajaba en el rescate de documentos históricos importantes), se desintegra cuando toman el inevitable camino del exilio. Desligadas aquellas conexiones -a pesar de que Lydia hizo todo lo posible por mantenerlas- uno de los testigos y amigos en los que recayó su atención fue en su amigo francés. Aunque en Estados Unidos, algunos investigadores y profesores la “descubrieron”, y en algún momento recibió un grant de la Bollingen Foundation, (no así la beca Cintas, que le fue negada), se mantuvo alejada del mudo académico de su tiempo. Nunca se consideró una intelectual, y en lo posible, prescindió hasta del mundo editorial para publicar sus obras. Si bien en las cartas a Changó, o Fatumbí, o Verger, como lo llamaba indistintamente, se franquea hablando de sus pesadumbres, tanto como de sus aciertos, los que la conocieron de cerca la recuerdan como una mujer tenaz, que irradiaba a pesar de lo adverso, una infinita bondad.

Pintando piedras, escribiendo cuentos asombrosos, exprimiendo esas fichas que trajo en su baúl a Miami, supo estar por encima de la poquedad de las circunstancias. Vivió siempre como la vislumbrara el poeta Lezama Lima: “en aquella región donde lo ceremonial se entrecruza con el misterio”. Supo como echaron abajo la casa que armaron con tanta minuciosidad; supo como en aquellos años se les llamó atrasados y retrógrados a los que practicaban la fe de sus ancestros, y que muchos pagaron altos precios por practicarla. Supo también que entonces El Monte fue un libro vedado, proscrito, silenciado… Supo que su nombre no existía, o se le pronunciaba en susurros por unos pocos que parecían recordar… La salvaron la memoria y los ritos, como a todos los desarraigados. Historias semejantes y más desgarradoras vivieron aquellos hombres y mujeres de piel oscura que le confiaron sus secretos y misterios. Entre ellos había una, Latúa, a quien llamaban “la última lucumisa”, que tenía sangre real en sus venas… Casi nadie lo sabía, o ya no importaba. Lo mismo debió pasarle a los vecinos de aquella señora que despachaba y recibía tantas cartas. Probablemente ignoraban que detrás de esa apariencia frágil se escondía el avatar de Yemayá Ataramagba, internándose en los parajes solitarios de Coral Gables.
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