sábado, 31 de agosto de 2019

Radiografía de un chivato.

Por Ramón Fernández Larrea.

Contrario a lo que se piensa, no todo el mundo puede ser un chivato...

El chivato es un ser especial. No es como Platero, pequeño, peludo, suave, que se diría de algodón. El chivato es más correoso, más muscular, más arenoso y visceral, tiene muchas caras y máscaras, y ese veneno viaja en su interior, aunque se puede notar el brillo en sus ojos y un gesto de insana alegría en la comisura de los labios, casi un rictus de triunfo, cuando logra su objetivo.

El chivato habita en las sombras, pero le gusta la luz para desviar sospechas. Nace de la envidia, del odio  y de una profunda insatisfacción personal, que, unidas a una falsa autovaloración hacen del chivato el puñal que destroza vidas y carreras. Él lo sabe y le gusta, desata su adrenalina sabiendo que hunde al prójimo, pero lo disfraza con un barniz de buenas intenciones. “Lo hice para salvarlo”, dirá, “estoy defendiendo al país”, pensará.

En todas las épocas y países han existido chivatos. Algunos son chivatos oficiales, que trabajan en organismos creados para premiar su vocación de vigilantes y delatores. Son policías. Pero hay países y épocas donde se les estimula y premia; aunque el chivato original, el chivato puro, no quiere premios ni reconocimientos, porque un reconocimiento significa sacarlo de su sombra, y el chivato prefiere viajar en la penumbra. Su premio, en cambio, no viene de la mano de nadie; su premio es ver el resultado de su delación: cómo se quiebra la otra persona, cómo se hunde, cómo arden las cosas que el chivato envidiaba.

El chivato descubre su vocación desde muy temprano. Es el niño que comprende que puede obtener ventajas al delatar a otros: a su madre, a sus hermanos, a sus amiguitos, a su padre. Hay chivatos precoces que han logrado, siendo niños, convertirse en huérfanos por una delación.

Y en la escuela confirman que el acto de estar atentos y vigilantes, y poder luego denunciar a quienes les rodean, ofrece ventajas sobre el resto, aunque lo cometan anónimamente. Comienza a tan temprana edad a sentir que su misión es importante, que gracias a su vocación se resuelven las cosas, y, sobre todo, que el acto de delatar logrará salvarlo de todos los aprietos en que lo pondrá la vida. Ser chivato es humano, pero alentarlo es inhumano, porque el chivato es en sí mismo la peor de las bajezas.

Antes de 1959 le pagaban a los chivatos la suma de 33 pesos con 33 centavos, por lo que la población comenzó a llamarles de ese modo: 33.33. Pero con la entrada de Fidel Castro a La Habana la chivatería se hizo oficial. Se agradecía porque hicieron creer que era una forma de justicia para terminar con todo lo malo del régimen anterior.

Y entonces llegó un tiempo de gloria para todos los chivatos cuando se fundaron los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que los organizó y les dio vía libre para ser felices vigilando a los vecinos, metiéndose en sus vidas, comprobando sus horarios, sus hábitos. Y el de enfrente sabía qué comía el de al lado y el de la esquina, dónde trabaja, o si no lo hacía; qué comía esa familia, quién recibía cartas de quiénes y desde dónde. Y todo el mundo comenzó a vigilar a todo el mundo, que es la esencia de cualquier estado policial que se respete.

Los jenízaros tenían garantizado el control a muy bajo costo. Disfrazaron la solidaridad humana con la vigilancia, la fraternidad con la imperante necesidad de saberle a los demás que mueve al chivato, y el régimen completo fue degradándose hasta caer en una bajeza que complació al inventor mayor, Fidel Castro, un sociópata que odiaba a cualquier ser humano que no fuera él mismo.

Y el chivato fue elevado a las alturas porque le dijeron que la delación era lo más importante de la revolución, y le dieron diplomas y medallas, y entonces se sintió un héroe, mimado, reconocido y aplaudido. Y, por supuesto, ser chivato se convirtió en una carrera, un oficio que te daba ventaja sobre otros, y hubo hasta chivatos que no eran esencialmente chivatos vocacionales, pero que lo ejercieron para sobrevivir.

Y por ahí andan ahora, mirando por encima del hombro, porque todo chivato arrastra su reguero de sangre, y las almas ajenas que rompió con su lengua, pero se asustó al darse cuenta que había competencia, mucha competencia, y que ese sistema del que creía ser un heroico guardián, le había puesto a todo el mundo un techo de vidrio.
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