viernes, 9 de agosto de 2019

Steve y los menas.

Por Zoé Valdés.

Steve Maia Caniço era un joven de 24 años que desapareció en Nantes durante la Fiesta de la Música, en el mes de junio. Pese a que se informó de que su cuerpo fue minuciosamente buscado no apareció hasta el 29 de julio, más de un mes después. Flotaba en el río del Loira.

La noche en la que Steve desapareció la policía había cargado antes duramente en contra de jóvenes que sólo perseguían divertirse bailando al son de la música que se festejaba. Las fuerzas policiales desembarcaron y armaron el aquelarre sólo por una historia de volumen un poco más alto de lo debido.

Numerosos participantes fueron golpeados y rociados con gases lacrimógenos, varios cayeron desorientados al río. Se sospecha que así fue como Steve se ahogó, o sea en la mejor de las versiones. Otra alude a la posibilidad de que pudo haber sido impulsado a lanzarse al agua, al huir de la persecución policial. O, sencillamente, empujado y abandonado.

¿Qué está pasando entre la policía del gobierno de Emmanuel Macron y los jóvenes? ¿Por qué tanta violencia perpetrada en contra de adolescentes y muchachos que sólo pretendían divertirse en un día tan especial como el Día de la Música?

Por otro lado, nos enfrentamos con otro problema. Tenemos que, el trato, en general, a los MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados), en toda Europa, pese a una sospechosa roña reiterativa proveniente de ellos y al poco interés de sus padres por sus destinos, resulta cada vez más benevolente, y hasta diría que piadoso.

La realidad es una: Los MENAS son enviados o llegan, menores (habría que comprobar si todos lo son, pues, o los documentos no corresponden o llegan desprovistos de ellos y hay que creerles su versión), a Europa, no para integrarse, ni siquiera para pasarla mejor que en sus países mediante el estudio y el trabajo, brindar el aporte a otras culturas. Llegan para repetir lo que han vivido en sus miserias correspondientes: drogarse con pegamento en el mejor de los casos (no se les puede negar la venta porque de lo contrario los vendedores serían tildados de racistas), llegan con la intención de violar en manadas, para al día siguiente al ser liberados andar a sus anchas por las calles burlándose de la víctima y de todos, como se ha podido ver en un vídeo reciente, tras una violación a una joven de 18 años en Bilbao. Llegan y se les instala en suntuosas residencias en valles colosales del País Vasco u otros, se les pone a dormir en colchones nuevos, de primera calidad, con almohadas que ni en sus mejores sueños. Se les alimenta, se les enseña, se les atiende en los hospitales, en donde pasan de manera privilegiada por delante de cualquier hijo de vecino.

Cuando se escapan hacia las grandes ciudades llevan flamantes teléfonos móviles, supongo que pagados por el contribuyente, y un número con ellos, mediante el cual pueden contactar a la policía que los mima. Exigen que se les vaya a buscar sea la hora que sea. Y allá va eso, hay que irles a buscar en donde estén, a la hora que caiga. Pero, cuidado, de ninguna manera se les debe trasladar en coches policiales, porque podrían traumatizarse. No, el traslado debe ocurrir en coches banalizados, y con chofer a la medida.

Me pregunto, ¿cuál es la razón para que los jóvenes europeos sean tratados como la mierda por los policías, se les violente hasta la muerte o la desaparición, y a estos elementos tan campantemente enviados por sus despreocupados padres, se les trate mejor, con guantes blancos, se les cuide y hasta se les venere, como si de dioses del Olimpo se tratara? 
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