sábado, 16 de mayo de 2015

El peligro de la Piñata cubana.

Por Jorge Hernández Fonseca.

La especial situación por la que atraviesa la Cuba de hoy ha enmudecido buena parte de los analistas políticos -probablemente debido a la celeridad de acontecimientos- dificultando una comprensión para el rumbo que tomarán los eventos económicos y políticos dentro de la isla. Esta falta de horizontes y de los muchos objetivos claros y difusos de cada uno de los actores, se escenifica en un contexto de disímiles aspirantes a participar de la gran piñata que se presenta ante los ojos de los actores económicos por un lado y de los oportunistas políticos por otro, convocados todos por las manifiestas debilidades de una revolución socialista fracasada, ansiosa por financiamientos y apoyo material. Es carne fresca ante un cardumen de pirañas.

Desde el 17 de Diciembre pasado Cuba está en venta por sus dueños de mentira. Un prolongado proceso de sometimiento por hambre, represión y desidia ha decantado sobre las mentes de los cubanos de la isla la quimera de “una vida mejor” -con desayuno, almuerzo y comida- (pero sin libertades) fenómeno explicado por la “pirámide de Maslow” al mostrar que las necesidades básicas priman sobre valores intangibles y universales, como la libertad.

Dentro del presente torbellino, el llamado “problema cubano” tiene dos ópticas muy diferentes: la óptica “internacional”, asumida por la gran prensa y la casi totalidad de la opinión pública de los países del globo, que analiza la problemática cubana como siendo “el diferendo entre EUA y Cuba”; y la óptica de los cubanos -de la isla y el exilio- que sabe padecer un único problema, “la opresión de una dictadura de izquierda contra su pueblo”, cortándole todo tipo de libertades.
  • Un Raúl Castro conciliatorio se reúne con el presidente norteamericano en Panamá, mientras una claque castrista golpea opositores pacíficos en plaza pública;
  • Un Canciller japonés ansioso viaja a Cuba con su maleta repleta para ofrecer “villas y castillas” a los sucesores de la bancarrota cubana;
  • Un Raúl Castro misterioso visita Argelia (¿petróleo?) un poco antes de volar a Rusia para recibir el abrazo del oso post soviético, pero a la antigua usanza;
  • Un Raúl Castro sorprendido observa el desfile militar celebrando “la victoria” en la Plaza Roja de Moscú, añorando “los viejos tiempos” y con un pedido de armas en carpeta;
  • Un Raúl Castro enternecido estrecha la mano del primer Papa latinoamericano, diciéndole hipócritamente que “volverá” a la Iglesia “a rezar”;
  • Un Raúl Castro “permisivo” (obligado por el contexto) permite la entrada desde su exilio de Miami a una de las más notables esperanzas del futuro patrio: Rosa María Payá;
  • Un Raúl Castro satisfecho recibe en la Habana al presidente francés “infiel”, que por primera vez visita la isla para “acompañar” a Cuba durante el acercamiento a EUA.
  • Un Raúl Castro orgulloso constata como su archienemigo Barack Obama se suma al “despelote” generalizado cuando dice que “muy probablemente visitará la Habana”;
No es ser antipatriota el apoyar la jerarquización de la solución económica sobre la política. De igual manera, quienes propugnan la anticipación del fin de la dictadura como precondición de bienestar, están en todo su derecho a pedir exigencias democratizadoras. El derecho de todos los cubanos en el exterior de regresar a su patria es tan sagrado como el derecho de los cubanos de la isla a viajar donde quiera que sea. El regreso a Cuba de Rosa María Payá desde Miami tiene el mismo valor simbólico que el emblemático viaje de Yoani Sánchez al mundo libre. Que los cubanos puedan salir y entrar a su país es parte importante del problema y la dictadura no reconoce a los residentes en el exterior el derecho a regresar a su patria.

Como si fuera poca la atomización que padece la oposición política cubana, un nuevo ingrediente se ha sumado a la crítica división de las fuerzas democráticas cubanas: los que apoyan las gestiones conciliadoras del presidente Obama y los que no la apoyan. El mayor peligro para la oposición es enfrascarse en este nuevo diferendo, porque enfrentaría a los opositores demócratas entre sí. La política norteamericana tiene sus razones para el camino que ha elegido en función de los intereses de EUA, aunque no se contemple de inmediato el derecho a la democracia y las libertades que merece el sufrido pueblo cubano. Somos los cubanos los que debemos continuar defendiendo nuestros sagrados derechos, estemos a favor o en contra de las gestiones conciliatorias de los norteamericanos, un hecho ya irreversible.

Ante la situación actual, los caminos de los cubanos –apoyen o no las gestiones de Obama- deberían ser paralelos. Sin choques ni debates fratricidas. Los que entienden que la apertura económica llevará a la apertura política, que trabajen en consecuencia. Los que estiman como derecho primario la obtención de libertades de todo tipo (no sólo económica y para extranjeros) deben continuar trabajando sobre los sagrados derechos de los cubanos a una democracia plena, con libertad social, política y económica, como valores sagrados del ser humano.

En este contexto no deben caber dudas sobre la existencia de una oportunidad inédita para la potencial apertura plena de la sociedad cubana en todos los órdenes. Es papel de los cubanos el trabajar para que la tibia y limitada apertura controlada que programa la dictadura cubana para continuar eternizándose en el poder, se transforme en un torbellino libertador y definitivo.
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