miércoles, 5 de junio de 2019

Castroland y la izquierda Disney.

Por Abel Sierra Madero, para Reinaldo Arenas.

La revolución como parque temático.

Para nadie es un secreto la gran fascinación que los medios estadounidenses manifestaron por Fidel Castro, incluso antes de que llegara al poder en enero de 1959. Desde 1957, algunos diarios en Estados Unidos comenzaron a difundir imágenes del líder cubano que contribuyeron no solo a la erotización de su figura, sino a crear una visión romántica del proceso revolucionario y de Cuba. Pero al comandante también le fascinaban los periodistas y las cámaras y figuró como una gran celebrity, un superstar mediático, un dictador movie star -como lo bautizó la periodista Ann Louise Bardach- que secuestró la atención más allá de las fronteras cubanas.

Fidel Castro debía buena parte de su popularidad a varios medios, entre ellos a The New York Times y a periodistas como Herbert Matthews y Andrew Saint George. Ambos se internaron en 1957 en la Sierra Maestra y construyeron una imagen romántica del líder de la revolución que derrocaría a la dictadura de Fulgencio Batista. El impacto sobre la prensa y la opinión pública estadounidense fue tal, que en abril de 1959 no fue el gobierno de Eisenhower quien le extendió a Fidel una invitación para visitar el país, sino la Asociación de Editores de Periódicos (American Association of Newspapers Editors).

Durante su visita a Estados Unidos en abril de 1959, Fidel Castro dio varias conferencias de prensa y ofreció charlas en universidades (fueron particularmente célebres las de Princeton, Columbia y Harvard). En ellas, repitió, con pocas variantes, lo que los estadounidenses querían oír: que no era comunista, que habría elecciones en la Isla cuanto antes (aunque no dio fecha alguna), que garantizaría todas las libertades, comenzando por la de expresión, y que no exportaría la revolución. En su estancia en Nueva York el líder cubano no dejó pasar la oportunidad y visitó también la redacción de The New York Times, el periódico que lo había “inventado”, para utilizar el término de Anthony de Palma.

El comandante siempre sintió un gran desprecio por los medios de la Isla y le gustaba aparecer en la prensa y las televisoras estadounidenses de mayor circulación y audiencia. Pero no siempre fueron los grandes periódicos y cadenas, como The New York Times o CBS, los que dieron voz a Fidel Castro. Quizás muy pocos sepan o recuerden que la controversial revista de entretenimiento para hombres Playboy -creada por Hugh Hefner en 1953, y uno de los medios de más circulación en Estados Unidos durante las décadas de los sesenta y los setenta- fue un espacio clave a través del cual Fidel Castro pudo llegar a millones de estadounidenses.

Hugh Hefner y Fidel Castro tenían algo en común. Ambos estaban a la cabeza de dos revoluciones. Con Playboy, Hefner se había involucrado en la revolución sexual de posguerra, que lo convirtió en una de las personas más adineradas, controvertidas e influyentes en Estados Unidos. Por su parte, Castro era el líder de la revolución cubana, un proceso que trastocó los cimientos de América Latina y que cautivó a millones de personas. Hefner era un hombre muy sofisticado, Castro estaba lejos de serlo. El caudillo cubano usaba costosos trajes militares y fumaba largos puros. Hefner, en cambio, se distinguía por su bata de satín, su pipa y por andar rodeado de “conejitas”.

Ambos, a su manera, querían impactar la vida de millones de personas y buscaban la creación de un “hombre nuevo”. ParaHugh Hefner, que quiso crear una nueva subjetividad estadounidense con Playboy, el sujeto de la posguerra era el soltero de clase media, el bachelor. Para Castro, en cambio, el tipo ideal de su proyecto político y personal era el militante comunista, obediente, fanático y dispuesto a dar hasta su propia vida en el nombre de la revolución. Sin embargo, el comandante también se presentó ante los cubanos y ante el mundo como un bachelor de verde oliva, un soltero deseable que andaba suelto y sin compromisos. Se dice que a inicios de 1980 se casó con Dalia Soto del Valle, pero Fidel jamás la presentó públicamente como su esposa, sino que la mantuvo en secreto por décadas. Nunca fue “primera dama” del Estado cubano. Ese cargo lo desempeñó Vilma Espín, la esposa de su hermano Raúl, que acompañaba al comandante en recepciones oficiales y congresos. Espín llegó a ser, sin duda, la cara femenina de la revolución después de Celia Sánchez, de quien se decía había sido amante de Fidel desde los tiempos de la guerrilla en la Sierra Maestra.

Fidel Castro figuró en las páginas de Playboy en varias ocasiones, específicamente en “The Playboy Interview”, uno de los espacios editoriales más leídos en los Estados Unidos entre las décadas de 1960 y 1980. En esa sección aparecieron entrevistas con Jean Paul Sartre, The Beatles, Malcolm X, Muhammad Ali, Vladimir Nabokov, Martin Luther King Jr., Orson Welles, entre otros. La primera entrevista a Fidel Castro apareció en Playboy en enero de 1967 y el entrevistador fue Lee Lockwood, un fotorreportero que se había reunido con Castro en la Isla y estaba a punto publicar su libro Castro’s Cuba, Cuba’s Fidel con la editorial Macmillan. Aunque el libro y la entrevista se publicaron en 1967, los encuentros de Lockwood con Fidel Castro se produjeron en 1965.

Turismo ideológico y revolución.

Hefner y Castro compartían una visión de la revolución como fantasía; los dos, a su manera, habían creado parques temáticos a lo Disneyland. De acuerdo con el periodista Anthony Lukas, Hugh Hefner y Walt Disney eran almas gemelas; en ellos, aseguraba, “hay una intrigante similitud. Ambos organizaron sus mundos alrededor de fantasías populares: En el mundo de la infancia de Disney, el roedor es limpio, saltarín, alegre. En cambio, en el mundo adolescente de Hefner, la mujer es bien limpia y virginal.”[1]

Tal y como lo había imaginado Hugh Hefner, esta suerte de parque temático perseguía la creación de ambientes de “total” entretenimiento y esparcimiento. Sin embargo, Hefner le aclaró a Lukas que el concepto de “Ambiente Playboy” podía ser un poco opresivo, de ahí que le interesó más promover un “estilo de vida Playboy” dentro los espacios artificiales y comerciales como hoteles o clubes.

En este punto Hugh Hefner se acercaba mucho a otro icono de la industria del entretenimiento: Walt Disney. Hefner trataba de vender fantasías populares del mismo modo que Disney, quien además de crear a Mickey Mouse, Pluto, Peter Pan o los Tres Cerditos, se involucró en la construcción de “ambientes controlados” en el que los jóvenes y los viejos pudieran vivir juntos esas fantasías, ya fuera en Disneyland de California o en Disneyworld de Orlando en Florida.[2] Hefner reconoció que el concepto de Disney había sido muy inspirador y definió a los Playboy Clubes y sus complejos hoteleros como un “Disneyland para adultos”.[3]

En este aspecto también coincidían Hefner y Fidel Castro. Cuando el líder cubano se hizo del poder en 1959, se dio también a la tarea de construir un parque temático en la Isla, un Castroland que girara en torno a un solo concepto: el de revolución. El mundo de Castro no menos utópico y fantasioso que el de Hefner y Disney, igualmente se basó en la creación de “ambientes controlados” que generaron hasta hoy, la admiración y complicidad de sectores a los que Reinaldo Arenas llamó como “izquierda festiva”. Gisela Kozak Rovero tradujo este término como “izquierda Disney” para describir la propensión que hay en cierta izquierda a contemplar a América Latina como un parque de diversiones.[4]

Por décadas, Castroland ha sido un paraíso para la “izquierda Disney”, un resort ideológico conformado por museos, billboards y muros atestados de propagada con la figura del máximo líder. Un parque temático en el que no hay cadenas de McDonalds, Burger King o Starbucks, sino ruinas donde vive gente y circulan carros norteamericanos viejos. Castroland se basa en la exportación de mitos y fantasías ideológicas y ha funcionado también como una empresa, una gran corporación que genera grandes dividendos económicos por concepto de ventas de playeras del Che Guevara y otros souvenirs alegóricos a la revolución.

Castroland ha sido el sitio favorito de muchos políticos, escritores, artistas y celebridadesque consideraron al propio Fidel Castro como la principal atracción. Antes de enfermar y dejar el poder de manera oficial en 2006, el máximo líder fue para algunos, un guía que los llevaba a apreciar los logros de la revolución. Fidel Castro casi siempre iba a las escuelas acompañado de exclusivos visitantes estadounidenses para proyectar una imagen benéfica, paternal, y exportar la idea de que era adorado por los niños y jóvenes. Mientras el pueblo cubano vivía ahogado por las políticas de racionamiento y austeridad impuestas por el Partido Comunista, el comandante ofrecía tours personalizados a sus huéspedes de turno. Los llevaba de pesquería, les ofrecía banquetes con los más exquisitos manjares, o los deleitaba con los megaproyectos que él mismo había ordenado emprender.

El escritor chileno Jorge Edwards participó de uno de esos tours (antes de ser declarado persona non grata por el gobierno). Cuenta Edwards que, en una ocasión, el comandante lo paseó por un centro de investigaciones y planificación agrícola y visitaron una granja de producción de leche que contaba con un laboratorio de hibridación de ganado vacuno. En ese sitio Castro experimentaba genéticamente con el ganado y había creado, incluso, varios engendros a partir del cruce de determinadas razas. Estos fenómenos fueron bautizados con la letra F, en honor al caudillo.

En el lugar -sigue el relato de Edwards- había una cabaña con un refrigerador que contenía productos de su granja “modelo” y que Castro ofreció orgulloso al visitante. Se trataba de leche con sabor a almendras, quesos de diferentes tipos, hasta un camambert criollo, salchichas y otras delicatesen.[5] Edwards le contó del paseo a un amigo que le comentó indignado: “‘Fidel prueba diversas clases de leche con sus amigos -la de María Luisa y la de María Rosa- [el nombre de las vacas], pero en Cuba no hay leche. Los niños tienen una cuota estrictamente racionada, hasta que cumplen siete años de edad, y los adultos tienen que probar que sufren de úlcera, o algo parecido […] ¿Te das cuenta? ¡Es algo monstruoso!’”[6]

Sin embargo, a pesar de la escasez y en la precariedad en la que vivían los cubanos, la propaganda gubernamental logró que la visión romántica y erótica de Fidel Castro calaran profundamente en el imaginario político global. De ese modo, Cuba se convirtió en un sitio de deseos, afectos y solidaridad internacional que se reforzó una vez que Estados Unidos implementó el embargo económico y comercial a la Isla. En cierto sentido, Fidel Castro había logrado con la revolución algo muy similar a lo que Hugh Hefner logró con Playboy: una marca y una estética particulares. En ese sentido, el comandante produjo fantasías ideológicas a gran escala en el contexto de la guerra fría, creó una visión exótica, sexy y feliz de Cuba, que terminó por convertir a la Isla en un Disneyland socialista.

El embargo económico impuesto por los Estados Unidos a la Isla y la prohibición de viajes de turismo a ciudadanos estadounidenses también crearon una idea de Cuba como un destino exótico, prohibido, como una aventura única y excepcional que desafiaba las reglas impuestas por Washington. “Comencé a sentir como si estuviera haciendo un viaje a la luna”, dijo el periodista I. F Stone cuando visitó la Isla a inicios de los años sesenta.[7]Debido a la prohibición de viajes turísticos, los pocos que lograban llegar desde Estados Unidos, lo hacían a través de permisos especiales del Departamento de Estado, y por lo general, viajaban en delegaciones, lo que facilitó el control del gobierno revolucionario sobre este tipo de visitantes, a quienes se les daba una atención más personalizada.

 El sociólogo Paul Hollander ha llamado “técnicas de hospitalidad política”, también presentes en algunos regímenes comunistas, al control de la experiencia de los visitantes extranjeros a través de un sistema de prevención, filtrado de la realidad y censura.[8] El gobierno buscaba que esos “peregrinos políticos” (political pilgrims), como los llamó Hollander, se sintieran importantes, apreciados y que estuvieran lo suficientemente confortables para abstenerse de hacer críticas a sus anfitriones y sus políticas. Existen otras definiciones que tratan de describir la posición y la experiencia de aquellos que, cautivados por la revolución, viajaron a Cuba después de 1959. Por ejemplo, Hans Magnus Enzensberger los llamó “turistas de la revolución”, mientras que para el historiador Rafael Rojas eran “traductores de la utopía”.

A inicios de los años sesenta cuando Cuba se convirtió en una fuente de ilusión política, el gobierno cubano se mostró muy generoso y espléndido, sobre todo con los intelectuales occidentales que fueron a la Isla en masa, y que veían a la Revolución cubana como propia. En 1962, Juan Goytisolo, por ejemplo, dijo desde París que “al defender su revolución, los cubanos nos defienden a nosotros. Si deben morir, muramos también con ellos”.[9]

Ante la devoción y afectos desmedidos prodigados por tantos intelectuales, el gobierno cubano no podía sino ser generoso, y lo fue. Pero esa “generosidad” buscaba, sobre todo, que los “amigos de Cuba”, tuvieran una experiencia placentera y única para que reprodujeran en el exterior una imagen favorable del régimen revolucionario y, por supuesto, de Fidel Castro. A los visitantes más ilustres se les recibía cálidamente desde que se bajaban del avión y se les daba un tratamiento preferencial o de primera clase. Así lo describen algunos entusiastas:
Otro grito de alegría y satisfacción cuando el avión aterrizó sin contratiempos y salimos. El primer suelo libre que había conocido jamás, completamente borracho, con fatiga, excitación y curiosidad, en solo un salto de noventa millas desde Estados Unidos. Sonrisas por todas partes, luces brillantes, mientras los periodistas cubanos filmaban nuestro júbilo dentro de una multitud de cubanos. Un trío de cantantes interpretó música latina y el “Che” sonreía desde un retrato en la pared mientras nos ofrecían daiquiris y hors d’ ouvres. Cantando hablando, bebiendo juntos en el aeropuerto José Martí de La Habana, en Cuba revolucionaria.¡Bienvenidos! ¡Venceremos![10]
Durante su estancia, estos turistas ideológicos no tenían que lidiar ni con la escasez ni con el racionamiento al que estaban sometidos la mayoría de los cubanos. Para ellos Cuba era como París, una fiesta. El periodista jamaicano Andrew Salkey estuvo en territorio cubano en diciembre de 1967 y principios de 1968 para cubrir las comisiones preparativas de un congreso cultural que el gobierno había preparado con bombos y platillos. A la cita asistieron cientos de delegados extranjeros, entre los que se encontraban los famosos historiadores C. L. R. James y Eric Hobsbawn. De acuerdo con Hobsbawn, ninguna revolución había sido tan bien diseñada para atraer a la izquierda occidental como la cubana, porque lo tenía todo: “romanticismo, heroísmo en las montañas, antiguos líderes estudiantiles generosos y desinteresados”, y también “un pueblo jubiloso en un turístico paraíso tropical latiendo al ritmo de la rumba.”[11]

En su libro Havana Journal, Andrew Salkey ofrece algunos detalles que describen precisamente los esfuerzos del gobierno por ofrecer una visión paradisíaca de la revolución. En el aeropuerto de La Habana, contaba, los guías recibían a los miembros de la prensa y a los asistentes del congreso cultural con bebidas de frutas -o tragos como daiquirís helados y Cubalibres- y grandes habanos de regalo. Salkey refiere su conversación con el guía que le habían asignado sobre los lujos con los que el gobierno revolucionario dispensaba a los más de cuatrocientos delegados al congreso cultural. “¿Qué pasará cuando los cubanos sepan de las golosinas que nos han dado a nosotros?”, preguntó, a lo que el guía respondió con parquedad: “Es un país libre”.[12]

De acuerdo con Salkey, los delegados se hospedaron en lujosos hoteles con restaurantes para que escogieran lo que quisieran comer, con un menú internacional que cambiaba todos los días. Contaban además con servicios gratuitos de teléfono, lavandería y taxis, además de acceso a periódicos internacionales en tres idiomas. También los congratulaban con entradas sin costo para funciones de teatro y proyecciones de cine. Por si fuera poco, el gobierno cubano corrió con los gastos de exceso de equipaje y pagó vuelos de regreso de muchos de los delegados. A Salkey le pareció que la espléndida hospitalidad del gobierno cubano tenía algo que ver con el estilo estadounidense, y no meramente con las típicas tácticas comunistas de persuasión que hubieran aburrido al agasajado. Los cubanos, sugirió, eran más directos en su intención de conquistar la mente del visitante y su hospitalidad estaba un poco inspirada ideológicamente.[13]

Todo estaba dispuesto de modo que la experiencia de estos turistas ideológicos se complementara con visitas a escuelas en el campo, fábricas y granjas ganaderas, entre otras actividades. Pero esa experiencia podía ir aún más allá. En otro pasaje de su libro, Salkey cuenta que él y otros delegados habían sido invitados a participar en un acto protocolario por el noveno aniversario del triunfo de la revolución, y que en su hotel le habían dejado un sombrero de yarey y una guayabera, el traje típico cubano, para que lo usaran durante la ocasión en la que estarían muy cerca de la principal atracción de Cuba, Fidel Castro.

Para una empresa de esta magnitud era necesario el control absoluto de todos los recursos y Fidel Castro podía disponer de ellos a su antojo sin tener que rendir cuentas. Por ello creó, entre otros organismos oficiales, el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), encargado de organizar de manera global los llamados Comités de Solidaridad con Cuba, entendiendo “Cuba” como “Revolución cubana”. El ICAP se convirtió en una gran corporación de turismo ideológico que manejaba hoteles, casa de visita, una red de guías e intérpretes y varias dependencias en el exterior conectadas con el Ministerio de Turismo de Cuba y con agencias de viaje. El ICAP también se encargaba de organizar charlas, conferencias y reuniones con funcionarios y líderes de la revolución acorde a la importancia de los visitantes.

Con esas visitas en ambientes controlados, el régimen trataba ante todo de impresionar a los huéspedes, dejarlos atónitos ante las maravillas que la revolución era capaz de hacer, aún en condiciones económicas adversas, y que todo pareciera “natural”, espontáneo, aunque hubiera sido fríamente calculado. Además, era imprescindible la tematización de toda la vida del país, con imágenes alegóricas a la revolución y sus líderes.

Como se sabe, un parque temático supone la creación y diseño de ambientes y paisajes que manipulan el espacio, el tiempo y la percepción de lo real y también la creación de narrativas que influyan de modo decisivo en la experiencia de los visitantes. El parque temático estetiza la realidad; la edita y la modela en función de narrativas específicas para que el visitante sienta que está en otro tiempo y espacio. La tematización de Cuba empezaba desde que los viajeros entraban en las aeronaves de Cubana de Aviación. Algunos testimonios apuntan a que, a principios de la década de 1970, las aeromozas de la aerolínea proveían a los pasajeros con libros de biografías de guerrilleros, brindaban tragos a base de ron cubano -como mojitos y cubalibres-; incluso, refieren otros, les ofrecían tabacos habanos después de la cena. De este modo se creaba un ambiente fraternal y relajante mucho antes de pisar suelo cubano. En su autobiografía, la activista afroamericana Angela Davis detalla el nuevo paisaje estético creado por la revolución. Su crónica describe las vallas que antes de 1959 publicitaban marcas estadounidenses:

Carteles y pancartas coloridas que bordeaban la carretera desde el aeropuerto hasta el hotel: carteles sobre la campaña de los Diez Millones; carteles de El Che; posters exaltando a la gente de Vietnam. Muchas de estas vallas publicitarias habían sido utilizadas en el pasado para anunciar productos estadounidenses, con lemas como “Tome Coca-Cola,” y “La pausa que refresca”. Sentí una gran satisfacción sabiendo que los cubanos habían arrancado estas marcas de explotación global y las habían reemplazado con símbolos cálidos y conmovedores que tenían un verdadero significado para el pueblo. El sentido de la dignidad humana era palpable.[14]

Davis había sido invitada personalmente por Fidel Castro para que trabajara por varios días en su manuscrito y se hospedó en el hotel Habana Libre, antes Havana Hilton, inaccesible para la mayoría de los cubanos. “Fue la primera vez que me alojé en un hotel tan lujoso”, aseguró.[15]Sin embargo, Davis no percibió que el Che Guevara y Fidel Castro se habían convertido para ese momento en marcas, en mercancías, y que la revolución era también una manufactura de ilusiones, difundidas a través del cine y las series de televisión con alto grado de autorreferencialidad, tal y como sucedía con Disney. La revolución había creado también una audiencia global ansiosa de esas fantasías y Angela Davis, como otros tantos, eran consumidores con muy poco espíritu crítico de la realidad cubana.

Fidel Castro construyó un ambiente en el que nociones como libertad de expresión y derechos humanos, entre otras, se vaciaron de contenido y se consideraron propias del mundo occidental capitalista. “Barbara, nosotros no tenemos las mismas concepciones que ustedes. Nosotros no tenemos el concepto de libertad de prensa que tienen ustedes”, le había explicado Castro, un poco molesto, a la periodista Barbara Walters en 1977.

En ese escenario excepcional, el gobierno comenzó a vender la felicidad y la alegría como una característica peculiar de los cubanos que vivían en la revolución. Así, la felicidad, al igual que los puros, el ron o la música, se convirtió en bien de consumo para visitantes extranjeros. No importaba que los cubanos vivieran en ruinas, sin libertades y en la pobreza, si al fin de al cabo eran felices. “Cuba es una isla feliz. Y como es feliz crea en torno a ella un psiquismo colectivo de felicidad que se contagia. Yo, en Cuba, hice una cura de juventud. Todos mis nervios se relajaron y volví completamente relajado”, había dicho en 1967 el poeta argentino Leopoldo Marechal.[16]

Esa noción de felicidad, construida por la propaganda oficial y reproducida por los visitantes extranjeros, fue esencial en la construcción de la revolución como parque temático. Se trataba de que el visitante pasara por alto cosas que no hubiera tolerado en su propio país, y disfrutara de la experiencia de la revolución, con la idea de que se encontraba en un lugar futurista, una suerte de Tomorrowland donde no importaban ni el dinero, ni los bienes materiales, muchos menos los derechos y libertades universales…

* Fragmentos tomados de Fidel Castro. El Comandante Playboy. Sexo, Revolución y Guerra Fría, (Hypermedia, 2019).

Notas:

[1] Anthony Lukas, “The ‘Alternative Life-Style’ Of Playboys and Playmates: Playboy’s …”, New York Times, Jun 11, 1972, p. SM15.

[2] Ibid., p. SM15.

[3] Id.

[4] Gisela Kozak Rovero, “Venezuela y la izquierda Disney”, Prodavinci, Caracas, 12 de marzo de 2014, http://prodavinci.com/2014/03/12/actualidad/venezuela-y-la-izquierda-disney-por-gisela-kozak-rovero/

[5] Jorge Edwards, Persona non grata, Círculo de lectores, Barcelona, 1973. p. 212.

[6] P.214.

[7] I. F Stone. “A Visit to Cuba”, I. F. Stone’s Weekly, Vol. XI, No. 1, January 3, 1963, p.1.

[8] Paul Hollander. Political Pilgrims. Travels of Western Intellectuals to the Soviet Union, China, and Cuba (1928-1978), Oxford University Press, New York,1981, P. 17.

[9] Juan Goytisolo. Pueblo en marcha. Instantáneas de un viaje a Cuba, Librería Española, Paris, 1963, p. 151. Años después, Goytisolo tomaría distancia de la revolución al experimentar un gran desencanto que sobrevino por las políticas autoritarias del gobierno cubano en temas de cultura, sobre todo, después de que el poeta Heberto Padilla fuera obligado a hacer una autocrítica de tipo estalinista en 1971.

[10] Jeff Van Pelt En: Sandra Levinson and Carol Brightman, eds.: Venceremos Brigade, New York. 1971, pp. 74-75.

[11] Eric Hobsbawn. Age of Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991, Abacus, London, 1995, p. 440.

[12] Andrew Salkey. Havana Journal, Penguin Books, Middlesex, 1971, p. 25.

[13] Id.

[14] Angela Davis. An Autobiography, New York, Random House, 1974, p.204.

[15] Id.

[16] Sylvia Saítta. Hacia la revolución. Viajeros argentinos de izquierda, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007, p. 17.
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