jueves, 5 de diciembre de 2019

Esto no tiene nombre ni apellidos.

Por Tania Díaz Castro.

Cuba Fidel Castro

Razón tenía Antonio Conte, aquel viejo editor de la página digital de CubaNet, ya fallecido, cuando me dijo que el régimen de Fidel Castro en Cuba no tenía nombre ni apellido, porque era un engendro de ideas puestas en práctica para beneficio de la cúpula gobernante, donde los cubanos siguen pasando el Niágara en bicicleta, después de sesenta años.

Para demostrar esto basta echar una ojeada a las cronologías que tengo en mi poder, una editada en España por Leopoldo Fornés-Bonavía, otras dos en Cuba por la Editora Política en 1983, de autor anónimo, y una última por Ciencias Sociales, en 2006, a cargo de José Cantón y Martín Duarte.

La historia fue así: dos jóvenes hermanos, Fidel y Raúl Castro, convertidos en líderes políticos, comenzaron juntos a gobernar Cuba a lo largo de más de medio siglo —único caso en la historia del planeta—, una de las dictaduras modernas más larga conocida hasta hoy. Uno ellos, derrotado, viejo y enfermo, escogió a un amigo de confianza para presidente del país: Miguel Díaz-Canel, para que éste continuara con el mismo gobierno de tendencia comunista, y luego de haber fracasado el sistema desde un principio dijera: “Estamos dispuestos a defender nuestro socialismo a cualquier precio”.

¿Cuál será ese precio, me pregunto, que los pobres de Cuba tendremos que pagar? Este “presidente”, negado a darse cuenta de que se trata de un modelo económico que no tiene éxito, se ha olvidado que Fidel Castro lo expresó por lo claro, incluso desde el mismo principio:

El 12 de marzo de 1962 comenzó el control estatal de la alimentación del pueblo, con 33 kg de arroz por persona, cuando desde siempre el arroz estaba por la libre y el consumo per cápita era de 66 kg.

Días después, el 11 de abril, Fidel reconoció en un discurso los fallos de la Revolución. Dijo que “el que no trabaja no come”.

En agosto se dictaron severas normas contra el ausentismo laboral, y el Che, ministro de Industrias, habló de la aguda crisis de productos industriales.

En los años siguientes a 1962, la baja productividad y el ausentismo se hizo público en el II Congreso de 1966 de la CTC. Fidel se declaró a favor de los estímulos morales para resolver el problema.

Aun así, el 13 de marzo de 1968, bajo la consigna de crear “el hombre nuevo”, Fidel ordenó la nacionalización de 50 mil pequeños comercios y todos los servicios privados, la consecuencia inmediata fue una merma aún mayor en la distribución de alimentos y servicios, donde además la zafra durante esos años fue de las más bajas de Cuba.

En 1970 los 10 millones de toneladas de azúcar fracasaron y Fidel anunció una nueva campaña de acercamiento con las masas. El periódico Granma publicó que Fidel y su Revolución “ha entrado en una nueva fase más seria, más madura y profunda”.

Así transcurrieron sesenta años en Cuba. Siempre en lo mismo, ganando tiempo a través de discursos donde se reflejaban los mismos errores cometidos, mientras los líderes ideólogos del Partido Comunista iban cayendo en desgracia.

Entretanto, un 2 de septiembre de 2010, Julia Sweig, experta en relaciones exteriores y el periodista Jeffrey Golberg, de la revista The Atlantic, le preguntaron a Fidel sobre la vigencia del modelo económico y su posible validez en otros países, a lo que éste respondió: “El modelo económico ya no funciona ni siquiera para nosotros”.

No es necesario preguntarse qué podrá hacer el nuevo “presidente” de Cuba con un gobierno que hoy no tiene ni industrias, sin azúcar, sin pelota y donde hasta los cómicos se han ido para Miami, a burlarse de un sistema de gobierno que, bien lo dijo mi querido amigo Conte, no tiene nombre ni apellido.
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