lunes, 18 de mayo de 2020

La peligrosa fábula del Fbi.

Por Alfredo M. Cepero.


Según una de sus muchas acepciones en el diccionario de la Lengua Española, una "fábula" es: "Una ficción artificiosa con que se encubre o disimula una verdad". Al mismo tiempo, "peligroso", según el mencionado diccionario, es todo aquello "que tiene riesgo o puede ocasionar daño". Con estas afirmaciones no pretendo causar escándalo ni formular cargos. Solamente me propongo describir en toda su naturaleza traumática la persecución a que ha sido sometido el Presidente Donald Trump en sus primeros tres años y medio de gobierno. Esa persecución fue iniciada e implementada por funcionarios del FBI que ejercieron funciones bajo el gobierno de Barack Obama.

Para el americano promedio, el Buró Federal de Investigaciones es una institución inmaculada cuyos principales objetivos son la persecución de los delincuentes, la defensa de la seguridad nacional de los Estados Unidos y la preservación de los derechos constitucionales de sus ciudadanos. Con ese atuendo se presenta el FBI ante la opinión pública. Y detrás de ese atuendo, el FBI esconde su verdadera naturaleza de organización que lucha por adquirir la mayor porción posible de poder dentro del monstruo insaciable que es el gobierno federal de los Estados Unidos.

Por mi parte, me preocupa que esta fábula sea repetida constantemente por periodistas y políticos de todos los matices. Hasta un analista cuya rectitud y valentía admiro, como es el caso de Sean Hannity, de la Cadena Fox, se refiere a la "cacería de brujas" que ha sufrido el presidente Trump desde que llegó a la Casa Blanca como la conducta del uno por ciento de los agentes del FBI . Hannity siempre se apresura a decir que el restante 99 por ciento de ellos son un ejemplo de integridad. Con ello, traiciona su misión como periodista y le hace un flaco servicio a sus televidentes.

Porque la principal misión del periodista no es regalar elogios sino mantener honestos a los poderosos. Y entre los poderosos, los más peligrosos son aquellos que portan armas y tienen la facultad de formularte acusaciones o hasta de inventarte delitos que pueden enviarte a la cárcel. Ese poder omnímodo crea en quienes lo ostentan un sentido de impunidad que pone en peligro el estado de derechos y la convivencia civilizada. Ese fue el poder fraudulento que ejercieron los agentes corruptos del FBI que trataron de darle un golpe de estado al Presidente Trump.

Por otra parte, en sus 112 años de existencia desde su creación en 1908, el FBI ha sido escenario de numerosos escándalos. Sus directores han sido siempre la cara de la organización. La mayoría de ellos se han retirado o pasado a ocupar otros cargos, cuatro han sido obligados a renunciar y dos han sido despedidos: James Comey y William Sessions. Pero el más influyente y temido de todos ellos fue J. Edgar Hoover, quien dirigió la agencia por la mitad de su existencia como organización.

Bajo la dirección de Hoover, el FBI se transformó de una pequeña agencia de investigaciones en un gigantesco, profesional e influyente organismo de aplicación de la ley y protección de la seguridad nacional. Al mismo tiempo, Hoover tuvo la habilidad de servir los intereses de algunos presidentes y la osadía de enfrentarse a otros sin que ninguno se atreviera a despedirlo. Podría decirse que Hoover fue la versión americana de José Fouché, Ministro de Policía de varios gobiernos de la Francia revolucionaria.

Ahora, demos un salto en el tiempo para encontrarnos con James Comey y ubicarnos en el 4 de enero de 2017. En ese momento, ya el FBI había realizado una exhaustiva investigación del General Michael Flynn que se había extendido por cuatro meses y demostrado que Flynn no había sostenido relación alguna con el gobierno de Rusia. En una investigación justa, Flynn habría sido exonerado, pero no en una investigación manipulada por la mafia creada por Obama dentro del Buró Federal de Investigaciones.

El capo de esa mafia fue el arrogante y sacrosanto Cardenal James Comey. Sus miembros más destacados fueron Andrew McCabe. Robert Mueller, Peter Strzok,  Lisa Page, y James Baker. Hubo otros implicados pero la lista sería demasiado larga. Como han demostrado documentos recientemente desclasificados, todos ellos habían admitido bajo juramento que no tenían pruebas sobre la culpabilidad de Flynn; pero eso no fue obstáculo para que lo acusaran de traición a la patria en todos los medios información pública.

Ante estos abusos de autoridad cabe preguntarnos: ¿Cuánta gente ha sido entrampada por el FBI? ¿Cuántas vidas han sido destruidas sin que nos enteráramos? No estoy hablando únicamente del General Michael Flynn. Estoy hablando de todos nosotros. Estoy hablando de los derechos constitucionales de todos los que vivimos en los Estados Unidos. Estoy hablando de mi amigo Guillermo Novo Sampol.

Me explico. En 1980, mientras me desempeñaba como Director de Noticias del Canal 23 de Miami, hice un programa especial sobre presos cubanos fuera de Cuba que titulé "Los Presos Olvidados". Como parte del programa, entrevisté a Guillermo que cumplía una larga sentencia en la cárcel de máxima seguridad de Fort Leavenworth, en el estado de Kansas.

De regreso pasé por New Jersey donde entrevisté a su señora madre Blanca Sampol y conocí a unas bellas cubanitas hermanas de Guillermo. Esas jóvenes me contaron que agentes del FBI, les había derrumbado la puerta de la casa en medio de la noche y penetrado en sus dormitorios sin casi darles tiempo para vestirse. El relato cambió radicalmente mi opinión sobre el Buró Federal de Investigaciones.

Regresando a la actualidad, hay otro peligro que debe ser reconocido y confrontado. Se trata de aquellos agentes que han sustituido la lealtad a la patria con la lealtad al FBI. Ese es el caso lamentable del actual Director del FBI, Christopher A. Wray. En sus casi tres años como director, este hombre ha optado no sólo por ignorar los delitos cometidos por James Comey y sus conmilitones sino por afirmar que la organización se encuentra en perfecto estado de funcionamiento.

La realidad es muy diferentes. Hay agentes que utilizan sus cargos para promover su posición ideológica. Hay agentes que se niegan a acatar las políticas de los funcionarios electos. Hay agentes que se consideran llamados a preservar la integridad de la organización y hasta determinar el rumbo del gobierno. Se les olvida que ellos no fueron electos y que, por lo tanto, no tienen poder para formular políticas sino la responsabilidad de aplicarlas según las formulen los funcionarios electos. Hay que llamarlos a capítulo y ponerlo en su lugar.

El hombre sin inhibiciones que es Donald Trump ya se ha referido a la conducta ambigua de Christopher Wray. Preguntado sobre la forma en que Wray ha manejado la investigación sobre la cuestión rusa, Trump contestó: "Es decepcionante…Vamos a ver qué pasa con él…La investigación continúa".

Detrás de esas palabras se encuentra el concepto de que la esencia de la equidad en cualquier país es la justicia. Lo que el FBI de Barack Obama le hizo al general Michael Flynn fue injusto y cualquiera que se niegue a admitirlo a pesar de estas pruebas contundentes no debe de ostentar poder alguno. Christopher Wray tiene que limpiar la casa o retirarse a la vida privada. Si no lo hace, vaticino que tiene los días contados como director del FBI.
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