lunes, 25 de enero de 2021

La Cuba del futuro (formateando mentes).

Por Carlos Lechuga.

La Habana. Cuba.

He cogido tremendo insulto con mi socia Alicia porque acaba de llegar de Dinamarca y lo único que hace es hablarme mal de los cubanos que estamos acá, de los que todavía permanecemos en este raro lugar. Alicia, como se imaginarán también es cubana, está cerca de los 40 años y hace un tiempo decidió que tenía que irse huyendo porque este no era país para criar un muchacho. Alicia quería tener control total, o, por lo menos, mantener bajo la lupa la educación de su bebé. Según ella, aquí todo plan y esfuerzo por lograr una buena crianza es por gusto, porque, a fin de cuentas, el hijo te va a coger la calle, la escuela y como los niños son esponjitas, absorben lo malo y después es más difícil salir a flote.

Entre rones, mi amiga me comenta que a las pocas horas de aterrizar fue a visitar a dos o tres amigos en común, cubanos y cubanas que como yo viven acá, y que por supuesto no pararon de hablar de lo cara que está la comida y del trabajo que se pasa para conseguir algo. Mi socia me abre los ojos y me dice: «Hay que formatearle el disco duro mental a todo el mundo. La gente está muy mal.» Yo muevo la cabeza diciendo que sí y me tomo otro ron.

Mi amiga se niega a seguir haciendo visitas. No quiere que la depriman. No está para esa cantaleta. Todo el mundo habla de lo mismo. No hay otro tema. No hay nada enaltecedor. Nada que te «eleve», me dice y mueve los brazos.

Ella sigue hablando y hablando y cae en mis textos. Ha leído algunos y me pide de favor que pase a otra etapa. Ya no quiere escuchar más nada de miseria, de necesidad, de falta de alimentos, de sexo. No quiere saber más nada de esta Cuba. Ya es hora de empezar a contar la Cuba del futuro.

Aquello me movió. ¿Contar la Cuba del futuro? ¿Cómo se hace eso? ¿Cuál es el futuro de la isla? Alicia sigue con su teoría loca y me dice que aquí a todos nos han follado, nos han cogido en cuatro, pero también, y lo que es peor, nos han follado la cabeza. En esta olla de presión es imposible pensar en otra cosa que no sea el precio de la bola de helado de Coppelia, cada cuánto tiempo pasa el nuevo rutero, o quién es el último de la cola y si hay tickets.

Prendo un tabaco, me pongo a mirar las vistas de la ventana y escucho cómo me habla de lo fácil que es quedar con un grupo de amigos (afuera), tomarse unos vinos, conversar de algún libro, una película, un viaje, un nuevo diseño. Me habla de que las niñas y los niños allá si se visten como niñas y niños y no andan en esa vulgaridad del bailoteo sexual del reguetón y el perreo.  En el fondo le doy la razón, la mayoría de mis amigos se han ido, como ella, o simplemente no tienen tiempo para nada. Hay que sobrevivir. Cuando nos vemos siempre terminamos angustiados hablando del futuro, de la vejez, de la falta de todo. Reunirse acá se ha hecho difícil, tortuoso. Acabas quemado.

Alicia me habla de un millón de posibilidades de becas y cursos. Quiere ayudarme. Tengo que acabar de escapar. Le discuto. Tengo 38 años, ¿A dónde me voy a ir a estudiar?, ¿de qué voy a vivir? Mi amiga lo hace con buenas intenciones. Me menciona lo bien que le va a toda la gente que está afuera. Gente que conocemos, gente cercana. Le empiezo a mirar el cuello y bajo por su pecho. Tiene un escote abierto. Unos pechos hermosos. Bajo la mirada y disimulo con el vaso para que no me vea. Le detallo la cinturita y unas caderas amplias que llevan a un par de muslones. Dios, me doy cuenta que tiene razón, hay que formatearme el disco duro.

Vuelvo a pensar en la Cuba del futuro. Quizá la Cuba del futuro no tiene nada que ver con la isla. Quizá esté compuesta por toda la gente inteligente que se ha ido, que ha podido coger un aire y ha ordenado un poco más la cabeza y que ha dejado afuera toda la información tóxica de haber nacido aquí.

Cada vez que alguien quiere construir algo nuevo, algo mejor, los de acá no nos sumamos. Nos vence el desánimo, la apatía. A veces no es siquiera el miedo a la represión. Es peor. A veces es solo eso, cansancio. No es para menos, no la hemos tenido fácil. Las palabras «justicia», «derechos», «crecimiento» suenan muy bonitas, pero muchos no tenemos ni la posibilidad de llegar a esa primera conversación. Hay que pensar en pagar las cuentas a fin de mes. ¿Cómo te vas a mover, dónde vas a conseguir un muslo de pollo? En ese sentido estamos achicharrados. ¿Cómo vamos a pensar en la nueva Cuba?

Dice Alicia que ella está segura de que a principios de la revolución los dirigentes se dieron cuenta de que había que entretener al pueblo para evitar otra revuelta. Por eso, teniendo la posibilidad de que el transporte urbano pasara cada cuatro minutos, inventaron un plan macabro para que pasara cada una hora. La vida de la gente se hizo más lenta, el tiempo se volvió una melaza. Luego pusieron difícil conseguir alimentos, así no podíamos pensar en más nada. Según ella, estamos como estamos porque es la mejor manera de dominarnos como ganado menor que somos.

Me echo a reír y le doy la razón. Ahora pongo el vaso en la mesa y sí la miro con ganas, sin ninguna pena. La quiero agarrar, tirarla en esa cama inmensa y darle duro. Morderla. Sentir su olorcito de afuera. Seguro que hace rato no se viene como toca. Me vuelvo a detener. Pienso que los cubanos somos unos creídos. Que mis calzoncillos están llenos de huecos. Que hace rato no choco con proteína dura. ¿Por qué nos creeremos tantas cosas? Hambre y gritería. Somos los mejores. Estamos en el medio de la mierda y creemos que somos algo. Locura total.

Me sirvo otro ron y Alicia habla de su felicidad. Se lleva dos perritos para Copenhague. Dos perritos cubanos, que unas tías de Ciego se los están cuidando. Alicia no para de describir su casa de allá, sus espacios. Lo feliz que va a estar su hijo. La manera en que la despierta la luz. El calor en la piel del sol de verano.  Esa conversación tan sencilla la extrañaba. Hablar de cosas inmateriales, de sensaciones. Algo más sutil, menos violento. Cuba es un país muy violento. No hay espacio para nada más.

Voy a por todas y le digo: «Alicia, mi amor, vamos a singar, anda. Te voy a dar una mamadita de bollo como la que ningún europeo te ha dado en tu vida». Alicia se echa a reír, se levanta, me agarra, me da un abrazo y me dice: «Coño, Carlos, ya casi no te quedan amigos, aprovéchame, no la eches a perder». Asiento. Se me baja el rabo.

Alicia atraviesa el salón y regresa con unos libros para mí, un dinero y una laptop. Me dice que me va a ayudar. No puedo perder mi talento acá. Le agradezco. No me siento nada bien. No tengo ganas de que nadie me ayude.

Bajo las escaleras. Me detengo en un kiosco y con el dinerito me compro una botella de ron. A veces la gente no quiere ni ser salvada. A veces no aceptamos la ayuda. Camino, empinándome, el litro y trato de pensar en becas, en libros nuevos, en cosas «enaltecedoras» Pero mi cabeza solo piensa dos cosas: a quién voy a llamar para singar y cómo voy a conseguir el pollo del mañana.

Hay que formatear a mucha gente, empezando por uno mismo, solo si queremos que la Cuba del futuro no empiece en el 2099. Just saying.

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