jueves, 11 de febrero de 2021

Lucrar con el hambre en Cuba.

Por Iván García.

Es un pacto no escrito. Las autoridades te dejan ‘luchar’ (robar) mientras las empresas gastronómicas cumplan su plan de venta y participen en las actividades socio-políticas organizadas por el gobierno o el partido comunista.

Llamémosle Abel. Ocupó un cargo en una cadena denominada Restaurantes de Lujo. Antes de entrar en detalles, veamos cómo funciona un esquema mafioso en Comercio Interior, probablemente una de las instituciones más corruptas en un país donde robar se ha convertido en un estilo de vida. Situémonos en La Habana, la provincia con mayor cantidad de habitantes en Cuba, poco más de dos millones y medio.

La capital tiene quince municipios. En cada municipio existe una dirección de Comercio Interior, una oficina que atiende a las bodegas (donde venden las magra cuotas por la libreta de racionamiento) y una gastronomía municipal que administra cafeterías, restaurantes, bares y centros nocturnos. Además, existen empresas como Recreatur y Palmares que regentan discotecas, restaurantes y cafeterías de calibre en toda la ciudad. Con un esquema parecido funcionan otras instituciones que gestionan cadenas minoristas como Mercado Ideal y los agromercados estatales y particulares.

Cada institución cuenta con un director, almacenes, transporte y cuerpo de inspectores. Tipos con maletines baratos que más que fiscalizar el buen funcionamiento de un centro gastronómico, se dedican a cobrar comisiones a cambio de permitir el robo de los administradores de cada unidad.

Dicho esto, escuchemos a Abel. “Trabajé 35 años en el sector de la gastronomía. Siempre como ‘cuadro’ (dirigente), al frente de una unidad o como jefe de almacén. Lucrar no es complicado. Cada centro tiene un plan de venta a cumplir. Lo único que le importa a la empresa es que cada semana usted entregue la cantidad de dinero pactada al Estado, lo que nosotros llamamos ‘a Fidel’. Después de cumplir el plan de venta, «comenzaba el ‘invento’, un eufemismo que esconde la palabra robo. Semanalmente, cada administrador debía entregar un sobre con dinero al director de gastronomía del municipio. Según las ventas es la cantidad de dinero a entregar. Yo le daba cuatro mil pesos semanales. Un centro nocturno le daba una cantidad mayor. Y en la época que había dos monedas, entregaba dos sobres, uno con divisas y otro con pesos”. Abel intenta ser lo más didáctico posible:

“Si un municipio como Diez de Octubre tenía 200 unidades (cafeterías, restaurantes, bares, discotecas, pizzerías y comedores sociales), cada una entregaba un sobre semanal en dependencia de sus ventas. En una semana, un director municipal podía recibir de 200 mil a 500 mil pesos. Los que de municipios con mayor afluencia de público, como Centro Habana o Plaza, recibían más. Ese dinero no va todo para una sola billetera. Es como las películas sobre la mafia, donde un jefe de jefes controla todo el cartel y un grupo de padrinos dirigen diferentes secciones. En Cuba es parecido».

«El director municipal repartía ese dinero entre el jefe de los inspectores, el jefe de los almacenes y otros funcionarios. Aparte, enviaba un sobre bien abultado a los directivos provinciales de Comercio Interior, quienes a su vez remiten dinero a la entidad nacional. Cada uno de los engranajes funciona como un reloj suizo. A nadie le interesa la calidad ni el buen servicio. Esa ‘muela’ es para los noticieros. Lo que importa es el dinero reportado por los administradores. Los más listos, remodelan las unidades, se las suben de categoría, venden más caro, les entra mejores productos y ganan más dinero”.

“Nadie te pide que robe. Todo es puro lenguaje subliminal. Supongamos que usted es un tipo honesto y lo ponen a administrar una pizzería. Si no permite que sus trabajadores vendan las pizzas con bajo gramaje, roben queso y puré de tomate, te comienzan a hacer una huelga de brazos caídos. Si no cumples el plan de venta, los directivos del municipio te cierran la pila y no recibes ni queso, ni puré de tomate ni harina. No puedes hacer pizzas. Tienes que cerrar. Entonces te cambian por otro que se adapte al sistema. No es muy difícil conseguir personas que se adapten. Muchos directivos de gastronomía son individuos de baja calaña. Ganar dinero es lo primordial. Nuestro lema era: vengo a buscar dinero, no a hacer amigos».

«Existen diversas formas de robar. Desde comprar insumos por la izquierda y elaborar más productos hasta la ingeniería financiera, un mecanismo que en papeles deja constancia de que supuestamente vendiste un montón de cosas, aunque la unidad solo vendiera cigarros y ron. El salario en gastronomía era y sigue siendo de los más bajos del país, a pesar de la reforma monetaria. Como jefe de almacén ganaba 277 pesos mensuales, menos de 13 dólares. Mi salario lo donaba a las MTT (Milicias de Tropas Territoriales). Por debajo de la mesa, diariamente ganaba miles de pesos. Así fue como pude comprarme una buena casa, un auto y una moto. A mi madre le compré un apartamento y otro a mi hijo mayor. Y no era de los que más dinero ganaba. Hay administradores que amasaron millones de pesos”.

“La cadena de corrupción era amplia. Tenía amigos, oficiales del MININT, a quienes les regalaba piernas de cerdo, queso gouda y cajas de cerveza. A cambio me tiraban un cabo si el lío no era gordo. Pero cuando de las instancias nacionales te ‘mandan a matar’, nadie te mira. Yo me escaché porque comencé a tener problemas con el director del municipio. El tipo me hizo la vida imposible. Cuando te sacrifican y vas preso, si no echas pa’lante a nadie, ayudan a tu familia. Y cuando sales del tanque (cárcel) con el tiempo puedes volver a gastronomía. Es nuestra Ley de Omertá”, concluye Abel.

Otro ex directivo, en este caso de Acopio, dijo a Diario Las Américas que el esquema delincuencial también funciona en las instituciones que abastecen los agromercados. “La única diferencia es que los administradores de gastronomía convierten los productos en valor agregado: de una pierna de puerco elaboran quinientos panes con lechón. El negocio con los productos del agro es diferente. Todo da dinero, hasta la merma. Una manera de hacer plata es vender los productos de tercera categoría como de primera. Otro es el ‘cambiazo’. Por ejemplo, el frijol negro en el agro estatal está a 14 pesos la libra. Entonces cuadramos con un particular y le pasamos cientos de sacos y ellos lo venden a 40 pesos la libra y compartimos las ganancias. Lo mismo ocurre con la carne de cerdo y los ahumados. Lo destinado a los mercados estatales se vende por la oferta y demanda y se multiplican los beneficios por cuatro. Desde luego, tengo que ‘salvar’ (darle dinero) a un montón de gente, desde los inspectores municipales hasta los directivos. Estos a su vez hacen igual con los funcionarios del siguiente escalón. Es una cadena. Hasta que el sobre llega al que más mea”.

Los dos ex directivos coinciden que nunca pueden decir no al partido, ya sea municipal, provincial o nacional, cuando les piden suministros para determinados eventos. “Tenemos que dar el paso al frente. La mayoría de los cuadros de gastronomía y comercio interior son miembros del partido comunista. Con esos eventos no te buscas un centavo. Durante un tiempo debía garantizar la comida de los participantes en actos de repudio a las Damas de Blanco, cuando la sede estaba en la calle Neptuno. También el día que hay elecciones debemos suministrar merienda, almuerzo y comida a los ‘factores’ (dirigentes) y al personal en los colegios. Si cumples con el gobierno, el gobierno se hace el de la vista gorda”, comenta Abel.

Es precisamente ese inmenso aparato burocrático el que se opone a cambios reales. “Muchos administradores estatales no quieren que se privatice la gastronomía porque con los insumos y alimentos que les entrega el Estado, pueden ganar dinero sin invertir ni un centavo de su bolsillo. Casi todos están en contra de las cooperativas gastronómicas y que a los emprendedores privados les entreguen cafeterías, restaurantes y bares”, asegura Abel.

Es mejor ganar dinero lucrando con el hambre de los cubanos.

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