miércoles, 30 de junio de 2021

Alfredo Guevara, un legado tenebroso.

Por Juan Carlos Cremata.

Voy a hablar del Alfredo que yo conocí, muy diferente al de la mística creada por la Revolución, que ya sabemos es totalmente mentira. De entrada, con su apellido, debe haber chocado un poco que fuera homosexual. Todo el mundo sabía que lo era. Y que elegía, hacía como un casting para escoger a sus choferes.

Yo siempre quise entrar en el ICAIC, porque era el único lugar donde se podía hacer películas en mis años. Soy graduado de la primera generación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). Y lo que sí me queda muy claro, porque además lo dijo él en un documental, es que Alfredo estuvo en contra de la creación de la escuela. La EICTV surgió con Julio García Espinosa, con Alfredo jamás hubiera podido surgir una escuela así. Y te digo más, no hubiera podido existir Muestra de Cine Joven ni absolutamente nada de eso, porque su poder era absolutamente monárquico.

A Alfredo habría que agradecerle, como espectador, que se viera en Cuba mucho cine importante: cine soviético, cine del campo socialista, cine de arte. Pero hay que no agradecerle que nos hayamos perdido muchísimas otras cosas que, por problemas políticos, o “diversionismo ideológico”, o simplemente porque a él no le gustaban, no se podían ver en Cuba.

Cuando yo me gradué de la EICTV, todavía Alfredo estaba en París. Todo el mundo sabe la historia de Cecilia (1982, dir. Humberto Solás), la superproducción de una película, que al cabo de los años se puede decir que es buena, pero cuya expectativa entonces era demasiado grande… Recuerdo que después de ese escándalo, Alfredo salió del ICAIC. Vinieron los años de Julio García Espinosa.

Julio no nos permitió entrar en el ICAIC. Imagínate tú, los primeros graduados de la EICTV no tenían trabajo. Ya estaba casi a punto de empezar el Período Especial, y él nos sugirió que fuéramos a la televisión, al ICRT. Allí nos ofrecieron un sueldo, pero nos dieron trabajo para no hacer nada, literalmente, porque no había condiciones, ni posibilidades de dejarnos hacer. No había ni siquiera confianza, creo.

En esa época estuve vinculado a las dos primeras muestras de cine y video de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). La escuela de cine como institución –no yo– envió mi documental Diana (1988) a la primera. Y ganó un premio. Recuerdo incluso que me lo llevaron a mi cuarto, becado en San Antonio, el premio Chicuelo. Al año siguiente, ya graduado, participé con Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda) (1990), que tuvo estreno, premio y censura.

Sé que estaban Patricio Wood, Jorge Luis Sánchez, Ricardo Acosta, Tania Ceballos, Marco Antonio Abad, un pintor amigo que se llama Jorge Crespo, etc. Ellos corrían con toda la organización. Es mérito que no me corresponde. Yo no estaba muy inmerso en eso, no sabía si hacían talleres, ni quiénes la organizaban. Era un artista que mostraba su película y chao.

Y Oscuros rinocerontes… le cayó muy mal a Carlos Aldana, el represor de turno en el Comité Central. La gente no sabía cómo responder a mi película, sobre todo a la escena donde utilizaba un discurso de Fidel. Ese era el mayor problema, pues, como sabes, “el gran líder” era y sigue siendo intocable para ellos. Fui tratado desde ese momento como un “rarito”. Alfredo tiene que haber sabido de mí, incluso antes de yo encontrarme con él.

Luego, salí del país. Me invitaron a un festival en Oberhausen y empecé a vivir en el extranjero. Lo que era un viaje de quince días, se convirtió en dos años viviendo en Alemania como centro, pero asistiendo a muchísimos festivales en Europa, representando a Cuba, con Oscuros rinocerontes…

En el año 1993 regresé a Cuba, en pleno Período Especial. Y Alfredo estaba de nuevo al frente del ICAIC. Kiki Álvarez y Arturo Sotto eran sus favoritos. Yo era un outsider. Y después de dos años en Alemania, un extraño total.

Al ver las condiciones en que empezaba a estar el país –picadillo de cáscara de plátano, bistec de colcha y otras miserabilidades revolucionarias–, supe que no podría soportarlo.

Conseguí que me invitaran al importantísimo Festival de Viña del Mar, en Chile, que ese año estuvo dedicado a Cuba. Mi película, Oscuros rinocerontes…, fue aceptada, pero en una sección distinta, separada del homenaje. Es decir, yo era el único cubano que iba por mi cuenta, aunque incluso viajé en el mismo avión de toda la delegación oficial. Recuerdo a Arturo Sotto y Kiki Álvarez, y a mis queridos Pastor Vega y Daisy Granados. Se trataba de una delegación bastante numerosa porque iba más gente.

Entonces pensé: qué mejor ocasión para presentarme y decirle a Alfredo quién soy yo. (Ja, ja, qué iluso era entonces.)

Ocasión que se me dio en el lobby del hotel donde estábamos hospedados, porque en el avión era imposible tocarlo. Él iba en primera clase, con Kiki y Arturo sentados, no sé si al lado, pero haciéndole sus mandados.

Cuando tropecé con él en el lobby fue un poco desagradable. Me presenté, le dije que llevaba dos años representando a Cuba en festivales de Europa, ganando premios internacionales, que era graduado de la escuela de cine… lo que recibió con una sonrisita mordaz. Él tuvo la delicadeza de sentarse a escucharme.

Ojo: estamos hablando de Viña del Mar, donde hacía un poco de frío y había que vestirse de forma apropiada a ese clima, es decir, traperío, bufanda, sombrero, abrigo, etc.

Lo primero que me dijo fue que cómo, hablando y vistiéndome como yo lo hacía, yo me creía que era cubano.

Aquello me desconcertó absolutamente, porque jamás en mi vida me he preguntado si soy o no cubano. Es como preguntarme si tengo sangre en las venas, fíjate. ¿Tendré sangre en las venas?

Mi respuesta fue exactamente esa misma: “Mire, Alfredo, yo soy cubano, me guste o no. No es algo que pueda, ni me ha interesado nunca cambiar. Pero, además, me sorprende que esa pregunta me la haga precisamente usted, que ni habla como cubano, ni se viste como tal”.

Entonces reculó, me dijo que sí, que ser cubano era algo discutible, etc. Para luego rematar con: “Mira, fuera de Cuba, podrás hacer todo el cine que te dé la gana…”

O sea, de una manera nada elegante, poco directa y socarronamente, me mandó pa’l carajo.

Ahí acabo todo.

Le di las gracias, teniendo claro que no recibiría de él ningún apoyo para hacer cine en Cuba.

Esos quince días en Chile terminaron siendo seis meses, trabajando y filmando en ese país. Luego me fui una semana invitado a Buenos Aires que terminaron siendo dos años. Al segundo día ya yo tenía trabajo, casa y pareja.

Esos dos años bonaerenses me permitieron aplicar y ganar la prestigiosa Beca Guggenheim. Soy la segunda persona en Cuba, relacionada con el cine, después de Tomás Gutiérrez Alea, que se la ganó. Luego, la obtuvieron mi querido Orlando Rojas y, en otra ocasión, Julio García Espinosa. Como comprenderás, es un orgullo que no me mido en esconder.

Fui a vivir un año en Nueva York. Volví a nacer. Por tercera vez, pues la segunda había sido al inaugurar la EICTV.

Y después regresé a Cuba, con la intención de hacer cine cubano.

En esos momentos no era como ahora, que cualquiera tiene una cámara. Además, yo vivía todavía en la burbuja de la mística revolucionaria, que decía que el cine cubano solamente se había hecho y se podía hacer en Cuba. Cuando ya existían algunas películas realizadas fuera de la isla, como la fascinante El Súper (1979, dir. Orlando Jiménez Leal & León Ichaso), o Conducta impropia (1984, dir. Néstor Almendros & Orlando Jiménez Leal), o Nadie escuchaba (1987, dir. Néstor Almendros & Jorge Ulla), entre otras.

Tengo que agradecerle personalmente a Iván Giroud la oportunidad de vincularme al ICAIC con algunos proyectos. Iván me abrió la posibilidad de que se hiciera una serie documental sobre la historia del cine cubano, dividida en sus décadas. Yo le dije que me interesaban los años sesenta, y eso me dio la posibilidad de estudiar durante todo un año y ver todo lo que existía, de esa época, en el archivo. Todo lo que era posible ver, porque hay muchas cosas perdidas y otras muchas retiradas de la visión pública (en el Comité Central hay secuestradas varias de ellas).

Revisé todo ese material e hice un guion enorme para un documental, que nunca se hizo, porque en el ínterin volvió la posibilidad de hacer Nada.

Yo tenía una productora americana que llegó a Cuba y empezó todo el proceso, pero de alguna manera el ICAIC socavó el proyecto, y luego tuve que esperar dos años, pues perdí los derechos de autor sobre el guion, donados a la productora norteamericana por ese plazo.

Mientras esperaba que se venciera la cesión de derechos, hice el documental La Época, El Encanto y Fin de Siglo (1999), que no es un documental, sino un pasatiempo, comisionado por la Oficina Cultural de la Embajada de España. Ahí utilicé unas imágenes viejas que había filmado el ICAIC, de la tienda El Encanto y que era de sus archivos. Con una camarita Hi8, mientras preparaba el documental sobre el cine cubano y frente a una moviola, escogía los fragmentos más importantes de cada material y los refilmaba. Tuve así una colección en video de las mejores escenas del cine cubano de los sesenta, que filmé directamente, repito, desde la moviola. Fueron horas y horas, en interminables días de trabajo que sólo requerían de edición y una aprobación.

Sin embargo, más adelante, para filmar Nada, una de las condiciones que me puso Camilo Vives, el director de producción del ICAIC, era que le tenía que entregar todo este material que yo había filmado. Es decir, todo el material que había aportado con mi dinero durante un año. Te estoy hablando, por lo menos, de unos treinta casetes de Hi8, en una caja enorme. Ese fue el chantaje que me hicieron. Por supuesto que tuve que entregarlo, y de seguro lo desaparecieron.

En el medio de todo eso, ocurre el XX Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, e Iván me encarga el spot oficial, que hice a la manera de Norman McLaren, el cineasta canadiense, que tanto Manuel Marzel como yo adoramos. Era con una bailarina que cambiaba continuamente de vestuarios en el Malecón, se dibujaba sobre la pantalla y tenía un ojo en la mano… Un proyecto bastante experimental.

Alfredo Guevara era un tipo al que le gustaba un tipo de cine y trató de imponer el cine que a él le gustaba. Quiso uniformar el gusto y, en el medio de eso, ser él, el único diferente, el único privilegiado.

Ese fue mi segundo encuentro con Alfredo. Él tenía que aprobar ese spot. Cuando llegó a la moviola, lo primero que dijo fue: “Ah, el loco”.

Y yo le respondí: “Prefiero que me digan loco a que me digan loca”. Se quedó callado, miró el spot y dijo: “Está bien, esto puede ir”. Claro, ya se había gastado el dinero, pero también podía anularlo, como hizo con muchas otras obras y personas. No le molestó mucho, al parecer.

En ese festival, además, yo dirigí la gala de inauguración, un espectáculo especial con Leo Brouwer y la Orquesta Sinfónica, tocando la música del adagietto de Mahler, que se utilizó en Muerte en Venecia (1971, dir. Luchino Visconti), y también música del propio Leo para el cine cubano. Del espectáculo de clausura también fui el director artístico.

Y en el medio del festival tuve mi tercer encuentro con Alfredo, porque me invitó, a través de Iván, al famoso cuarto donde él hacía las comidas con los extranjeros. Allí conocí, no recuerdo muy bien cómo, al productor francés que finalmente se encargó de Nada.

Ya estaban casi a punto de vencerse la cesión de derechos que había hecho a la productora norteamericana, tenía productor francés, incluso un storyboard enorme de todo el guion dibujado.

Sin embargo, tengo entendido que Alfredo aceptó que se hiciera Nada (2001) porque del presupuesto exigido a los franceses, que incluso se infló por parte del ICAIC (es decir, se presupuestó mucho más dinero del que se necesitaba), se sacó una parte para hacer la película que venía a continuación: que era Miradas (2001), de Enrique Kiki Álvarez, el favorito de la corte, que aún no había filmado en grande bajo su égida.

Alfredo, como te dije antes, era un personaje muy monárquico.

Muchísimas veces, después, lo encontré con su perro Bacchus, al que parece que yo le caía muy mal y en el ascensor del ICAIC. Además, yo sonaba los cascabeles para que ladrara más dentro del ascensor. Cuando se montaba Alfredo, casi no se montaba nadie, pero yo sí me montaba. ¿Cómo se iba a quedar un elevador vacío? Y lo hacía ya hasta para joder.

Nunca nos caímos bien.

Me parece que fue un censor de todo tipo. Censor artístico y censor de conductas. Censor de diferencias. Además, un aprovechado.

Alguien me contó que poseía una gran colección de pintores cubanos en su casa, que no sé a quién le legó. Obras que deberían estar en el Museo de Bellas Artes y no en poder de una sola persona.

Creo que ahora su casa la convirtieron en la Cinemateca, no sé, ya me desligué de toda esa retrógrada parafernalia.

El legado de Alfredo para mí es muy tenebroso. Me recuerda mucho a la figura de Rasputín, de Yago, de la persona esa que está por detrás calentando motores y vertiendo veneno.

No creo que haya sido un cineasta.

Él quiso uniformar el gusto y, en el medio de eso, ser él, el único diferente, el único privilegiado. La marquesa del Vedado.

(Hay cuentos que dicen que una noche durmió con Fidel Castro, con una pistola en medio de ambos, pero de las leyendas tejidas por todos ellos ya ninguna me trago, ninguna: para comedias, Benavente.)

En fin, un ser deleznable, que además se las quiso dar de literato, de intelectual, al tiempo que pasaba por una Sarita Montiel tropical, con el chaleco tirado por encima, en un país donde hace un calor del carajo. Evidentemente vivía en aire acondicionado. Muy cercano al pueblo que “defendía”. A mí, como te vistas, no me importa. Te puedes poner lo que te dé la gana, pero no reprimas a los demás. No hay derecho. Ni izquierdo.

Me reí mucho cuando me enteré, ya viviendo en Miami, que, durante un tiempo, lo llamaron Ñico Saquito.

Por lo del matón que portaba. Porque Saquito fue gracioso, ingenioso y popular.

Y Alfredo fue un sangrón, maquiavélico y elitista.

¿Crees que me tomo el tiempo de recordarlo? Lo he hecho casi obligado por la petición de ustedes.

Ese tipo de monstruos es mejor borrarlos. El espacio que ocupan en nuestras mentes es efímero, aunque el daño que hacen es bestial e irreparable.

¡Solavaya, Alfredo!

No puedo evitar hacer un comentario final, lo siento.

Cuando supe que se fue, resoplé. ¡Uf, qué alivio!, pensé.

Una alimaña menos.

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