viernes, 10 de septiembre de 2021

Casa Museo Lezama Lima: un vacunatorio paradisíaco.

Por Jorge Angel Pérez.

Hace solo unos días imaginé a José Lezama Lima, y a su esposa María Luisa, en una cola enorme para conseguir alimentos. Fue hace muy poco que lo imaginé ultrajado por uno de esos “policías de cola” que hoy abundan en la isla; y ahora vuelve nuevamente el gordo al centro de mis “pensamientos”, pero en otras circunstancias. Resulta que acabo de enterarme que el Ministerio de Cultura ofreció a las autoridades sanitarias de la capital algunas de sus instituciones para que fueran usadas como centros de vacunación, entre ellas la casa de Lezama Lima. Y el anuncio se hizo con enorme rimbombancia.

Así que ahora mismo, cuando lee usted estas líneas, esa casa que fue la última morada del escritor, esa que se levanta en Trocadero y a la que la distingue el número 162, está recibiendo a un montón de habaneros del centro de la ciudad que reciben en uno de sus brazos un brevísimo pinchazo, una dosis de Abdala, esa vacuna con nombre de drama martiano. Martí y Lezama en Trocadero, Martí y Lezama juntos en una vacuna, y todo gracias a la “imaginación” de las autoridades culturales de La Habana, la ciudad de esos dos grandes José; el de Paula y el de Trocadero.

Y la noticia se ha divulgado con fruición; es tal el deleite que tal cosa ha provocado en las autoridades, que en cada espacio noticioso oficial, y también en las redes, se populariza, se hace trascender, el “notición”. Aquella fachada marcada con el número 162 que hace algunos años resultara un infierno para las autoridades culturales y políticas, es hoy un paraíso de salubridad que se me antoja algo salobre, toda una impostura.

La patraña da risa al inicio, pero luego se hace acompañar de indignación, al menos a los que en algo reconocen la verdadera historia del vituperado José Lezama Lima, y también la verdadera intención de las autoridades “culturales”. No sé de qué cabeza salió la idea, aunque supongo que Abel Prieto, confeso lezamiano, le susurró al oído a ese campesino adicto a dar manotazos y a arrebatar celulares, y Alpidio se ocupó de atender la sugerencia o, lo que sería más exacto, de cumplir la orden.

La “gran idea”, así refieren, podría conseguir la cercanía de los habaneros del centro a la obra del poeta y novelista de la calle Trocadero, aunque a mi parecer todo eso no es más que un reverendo trocadero, una gran imprudencia. Según aseguran las “culturosas” autoridades de la “cultura”, quienes esperan el pinchazo que les meterá a Abdala en el cuerpo podrían acercarse a la obra lezamiana, a cierta obra de Lezama, porque no sería para nada recomendable que alguien que espera por una vacuna que lo aleje de la COVID-19 se entregue a la lectura de “Una batalla china”, “Muerte de Narciso”, “Una oscura pradera me convida”, “Ah, que tu escapes” o “Rapsodia para el mulo”.

Las autoridades culturales pretenden acercar a sus coterráneos a la gran obra del gordo de Trocadero, como si tal cosa se consiguiera en solo unas horas, en esas horas en las que cada quien espera a que se le inocule la vacuna martiana en la casa de José Lezama Lima. Los “culturosos” ministeriales pretendiendo que sus espacios sirvan para que los cubanos reciban esa “cantidad hechizada” de una rimbombante Abdala. Los del centro de la ciudad en el “Preludio de las eras”, de unas eras nuevas que no llegan nunca, aunque mucho las prometan, aunque muchos las esperen.

La discreta y no tan amplia morada del gordo se mira ahora como epicentro de la cultura y la salud, y hasta se pretende cultivar a los habitantes de la zona mientras se espera el pinchazo, como si tal cosa fuera posible en el transcurso de unas horas de aguardo. La cultura, deberían ellos saberlo, no es un hecho arbitrario, es sedimento y no capricho. Quizás habría sido mucho más prudente que en lugar de esa vieja casa escogieran los espacios enormes de ese centro de estudios de la obra del argentino Che Guevara, que es enorme y espacioso, al menos eso aparenta desde afuera el edificio que lo alberga en Nuevo Vedado.

También pudieron escoger el “Centro Fidel Castro”, ese que cuenta con un área enorme, tan enorme que va desde Paseo hasta la calle A, entre 11 y 13 y, lo que resulta más importante, en ese Vedado tan espacioso que no reconoce el hacinamiento en el que sobrevive la morada de Lezama, y donde podrían producirse algunos contagios mientras se espera por el momento del pinchazo y por Abdala.

Me gustaría creer que se desestimarán esos propósitos del ministro decimista, quien supone a los “centrohabaneros” hurgando en los libros, en los objetos de la casa, y quizá plantando en ellos al bicho chino que podría recibir el que venga hurgando luego en el mismo ejemplar de la biblioteca del gordo. Sin dudas Alpidio Alonso no entendió aún que la cultura es sedimento y no se da muy bien en la emergencia. La cultura, Alpidio, no son diez versos octosílabos, es mucho más, y es enemiga del apresuramiento. Una epidemia que crece y crece, y una campaña de vacunación no nos convertirá en mejores lectores, en una nación culta y menos enferma. ¿Me copiaste, Alpidio?

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