miércoles, 25 de marzo de 2015

Mireya y la tragedia de vestirse.

Por Iris Lourdes Gómez García.

MireyaMireya es una ingeniera que lleva más de 20 años trabajando a pie de obra. Hace poco decidió buscarse un trabajo en un ambiente mejor y empezó a trabajar en una inmobiliaria.  La verdad que cuando llegó sintió otro aire. El lugar estaba limpio, bien pintado, con aire acondicionado y bellos muebles.  Las trabajadoras del lugar estaban muy bien vestidas, a la moda, con vestidos y altos tacones, largas uñas postizas,  largos pelos teñidos y peinados caros.

En un momento determinado escuchó a alguien diciendo: “Es que ella llegó nueva; a todas les pasa”. Supuso que hablaban de ella, y al correr para el espejo se dio cuenta de que su imagen desentonaba en aquel lugar. Ella tenía sus propias uñas, su propio pelo, sus zapaticos baratos al igual que la ropa. Esa tarde, en cuanto volvió para la casa, corrió al escaparate a ver qué podía hacer por ella misma y descubrió con horror que para entonar en su nuevo trabajo solo tenía un vestidito “de salir”.

Tal vez fue casualidad, pero al día siguiente apareció en su trabajo una persona que vendía ropa. Ella no tenía dinero, pero el comerciante tenía la solución: “Te la vendo a plazos”.  Al cabo de unos meses Mireya descubrió que estaba trabajando solamente para vestir, y ni siquiera lo estaba logrando. El sueldo de cada mes le daba para una cartera o un par de zapatos. Un pantalón vaquero le llevaba un mes y medio de sueldo; y una blusa, medio mes. ¿Cómo era que sus compañeras, que ganaban aproximadamente lo mismo, lograban tener aquellas uñas y aquellos tratamientos de keratina en el pelo?

Se puso a analizar a las demás, una por una. La secretaria, a quien los visitantes confundían con una gerente, tenía un “novio” extranjero.  La recepcionista estaba casada desde hace muchos años con un sobrecargo de aviones. Otra tiene un marido taxista y no tiene hijos, por lo que todo el dinero lo dedica a ella misma. Su jefa, que le lleva unos años, tiene un hijo en otro país, que le manda paquetes y más paquetes.

Mireya no tiene familia fuera, su única hija estudia en el preuniversitario y también necesita ropa, zapatos, carteras, maquillaje y tratamientos para el pelo. Tampoco su esposo es sobrecargo, ni taxista, ni extranjero. Es un ingeniero igual que ella.

Así, Mireya se dio cuenta del verdadero dilema de las cubanas. Aunque siempre digan que en los trabajos la mujer tiene los mismos derechos y beneficios que los hombres, eso no pasa de ser una ficción. Al final, cada trabajadora está apuntalada por algún hombre o familiar que es quien en realidad la mantiene.

En Cuba, a ninguna mujer el sueldo le alcanza para vestirse, maquillarse, perfumarse y quedar lista para la jornada laboral.  Muchas veces ir a trabajar constituye una excusa para arreglarse; la otra opción sería quedarse encerrada en su vivienda con una bata de casa. Son muy pocas las cubanas (quizás algunas tenderas o unas pocas otras a las que “se les pegue algo”) que mantienen a su familia o al menos a ellas mismas.

De nuevo ya Mireya está pensando en cambiar de trabajo. Piensa que el aire acondicionado y las uñas postizas son muy bonitas, pero vivir sin la presión de demostrar un nivel económico que no tiene es lo que le va a devolver su tranquilidad. Solo le falta pagar lo que compró a plazos.

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