sábado, 30 de enero de 2010

Juan Formell: la verdadera historia de un empleado doméstico.

A propósito de la visita a Miami de Juan Formell y Los Van Van, hay que puntualizar algunas cosas que son claves para entender este fenómeno que no es cultural ni mucho menos, sino netamente político. Y lo primero que hay que preguntarse es si Juan Formell en realidad merece las acusaciones que le hacen desde este lado de Cuba, desde esta otra orilla de la isla que es Miami: comunista, vocero del régimen y cómplice de esa camarilla de gánsteres tercermundista que mangonea a los cubanos desde hace más de medio siglo. La respuesta no es en blanco o negro, porque tiene matices.

Para comenzar hay que dejar claro que Juan Formell no es comunista, en primer lugar porque su ignorancia y su vagancia intelectual son de una aberración tan descomunal (ha confesado que “me gusta leer buenos libros de cocina”), que le imposibilitan entender lo que significa ser comunista, y mucho menos entender lo que es el comunismo, porque eso es algo que no entiende ni la elite de la dictadura castrista. Y es que si Fidel Castro no ha leído El Capital, cómo podemos imaginar que semejante proeza-de paciencia intelectual al menos-, la pueda tener un tipo como Juan Formell, de escasa facilidad para usar el verbo, mínima inteligencia para hacer coros populistas y que gastó todo su talento en desarrollar una mediana habilidad para tocar el bajo-después de oír a bajistas como John Entwistle, Jack Bruce, el mejor Paul Mc Cartney de Come Together y Don´t Let Me Down, Jaco Pastorius o Les Claypool, a los que tanto le debe, Formell sólo es un bajista mediano-, y mucho menos imaginar que lo pueda ser Mayito Rivera, el cantante de Los Van Van, que lo ha declarado abiertamente en un video que circula por internet, desde el capitalismo brutal en el que vive, en Francia, alejado de la miseria de los cubanos.

Juan Formell, y hay que decirlo con pelos y señales, practica la misma ideología que la mayoría de los cubanos: el oportunismo. Y eso lo demostró desde hace más de cuarenta años, cuando después de que Elio Revé lo botó de la Charanga, y con su poder de ñángara lo bloqueó por todos lados para que no pudiera fundar una agrupación (a Revé, connotado chivato y mala persona, ese Dios en el que decía no creer le reservó una muerte atroz), decidió ponerle a su orquesta el nombre de “Los Van Van”, aprovechando que el Loco en jefe, en su delirium tremens, acababa de lanzar la campaña de los diez millones van, y de que van, van, en aras de la zafra de 1970, para que de esa forma lo consideraran con los méritos revolucionarios suficientes, y le dieran los instrumentos musicales que necesitaba. El joven Formell de entonces, que no era bien mirado por su declarada afición por el jazz y el rock norteamericanos, se hacía una limpieza política, se anotaba puntos, y le vendía el alma al diablo, para poder tener su propia orquesta, con la cual llevar a cabo las innovaciones musicales que tenía en mente. Comenzaba así un largo proceso de domesticación, un laborioso y exitoso camino musical, a cambio de la mansedumbre y el servilismo político.

Pero no es hasta finales de la década de los años 80’s, y principio de los 90´s, cuando el castrismo sufre la desbandada de artistas de todo tipo, que la música popular bailable cubana, en detrimento de la música oficialista de la Nueva Trova representada por Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y el entonces recién adquirido adalid Carlos Varela (que decidió coger la ballesta para tirarle a los que se ponían la manzana en la cabeza), retomó la preponderancia que siempre tuvo como expresión cultural en la sociedad cubana, y comenzó a jugar el rol de vocero y cómplice del régimen, debido al enorme poder de convocatoria que tenía en las masas más humildes. El gobierno manejó el boom del populismo musical y sacó a las orquestas de la marginalidad de La Tropical y los carnavales, para darle presencia en las concentraciones políticas masivas. Aprovecharon la auténtica popularidad de las orquestas, para que legitimaran el circo de la batalla de ideas y las tribunas antiimperialistas, ante la caída en desgracia de la llamada vanguardia musical revolucionaria de la música de protesta (aunque algunas orquestas fueron reprimidas por permitirse ciertas osadías: David Calzado bajando en un helicóptero o Manolín hablando de tender un puente entre La Habana y Miami). Y Juan Formell y los Van Van fueron la punta de lanza de uno de los actos de politización de la cultura popular más grande que conozca la cultura occidental, desde que el Imperio Romano le dio dimensión de Estado al Coliseo. Y es que, si en medio del período especial no había pan, se necesitaba más que nunca el circo: Manolín, David Calzado, Pablito FG, Isaac Delgado, NG La Banda, Carlos Manuel, y muchos otros que fueron surgiendo en el camino, se metieron a la arena, a la locura castrista, aunque en los últimos diez años algunos se bajaron del carromato.

Pero en medio de todo esto, Juan Formell vive un drama familiar que lo compromete aún más con el régimen. Su joven hijo, Samuel Formell, se convierte en un asesino-aunque el infame y vulgar marido de Vanessa Formell lo niegue, queriendo desnudarse frente a las cámaras de televisión, pobre anormal. Él y otros dos amigos estrangulan con un cable telefónico a una anciana para robarle y lo condenan a 18 años de prisión. Formell, impulsado por el amor de padre, vende el poquito de dignidad que le queda a Juan Almeida, para que este logre que Samuel sólo cumpla una pequeña parte de su condena, sin tener que estar encerrado en el Combinado del Este, la terrible prisión habanera, donde sólo estaba en el área exterior. Allí un maestro venía todos los días a enseñarle a tocar la batería.

A pocos meses de su crimen, Samuel fue puesto en libertad y se incorporó a la orquesta Los Van Van, para cinco años después pasar a dirigirla, cuando en Octubre del año 2000 (tras una gira por México llena de excesos de droga, sexo, alcohol, varios desplantes y bochornosos ridículos, en el que llegó incluso a dejar a la orquesta tocando sin el emblemático bajo), Juan Formell se quedó dormido tocando el bajo en la clausura del Festival Cervantino de Guanajuato ante miles de espectadores, y a su llegada a La Habana le cedió la batuta de la agrupación, provocando la salida de Van Van de César Pedroso, el Pupi, pianista y alma del grupo, junto con el mítico cantante Pedrito Calvo. Desde entonces Los Van Van son el reflejo de la burda decadencia de su creador, y no han podido hacer en los últimos 10 años nada verdaderamente relevante a nivel musical. Incluso, la incorporación de una voz femenina que no termina de encajar, y de Ardel Rasalp, el hijo del legendario Lele, que no tiene ni las cualidades vocales ni creativas de su padre, han venido a acentuar el poderoso declive de Los Van Van.

Otro elemento clave a puntualizar, se deriva de las declaraciones de Formell a su más reciente arribo a Miami, cuando dijo que “nosotros venimos a hacer música”.

Cantar en Miami no es lo mismo que cantar en Finlandia. En una ciudad en la que viven miles de ex presos políticos y familiares de los miles de fusilados del castrismo, que se presente una agrupación que apoya, defiende y se complota con el victimario, no sólo es ofensivo, es humillante. Cuando un individuo de tan baja catadura moral como Formell, que dice que él es músico, no político, pero en tribunas abiertas vitorea sin el más mínimo pudor a la hiena de Birán, aparece en Miami, no viene sólo a cantar, viene como embajador del victimario a celebrar una fiesta en las narices de la víctima, y eso, moralmente, resulta intolerable.

La presentación de Los Van Van en Miami no se justifica con el argumento de que vienen a cantarle a la comunidad cubana. El verdadero interés, el verdadero propósito, es aprovechar que el castrismo, en su hambre de dólares, ha tolerado las visitas a Miami (eso en los años de lujo de la sovietización era inadmisible, era una traición), para entrar al mercado norteamericano, el más grande para la música, que es donde realmente hay dinero, y en el que tienes que triunfar si quieres un reconocimiento mundial en la industria musical.

La simple presencia de Los Van Van en Miami ni siquiera se justifica con el ardid de que hay miles de cubanos que ansían verlos. Porque esos cubanos, que se amparan en el presupuesto de que a ellos lo que les importa es la música, no la política, son los mismos que hoy viven en Miami, pero ayer eran de los CDR, del Partido Comunista, de la Juventud Comunista , iban a la plaza a oír los discursos, y hacían trabajos voluntarios, como carneros obedientes, sometidos por la dictadura a la que Formell alaba y representa. Es la misma gentuza amoral, que no acaba de entender que hoy vive en Estados Unidos gracias a que la Ley de Ajuste Cubano lo considera un refugiado político, y que esa ley existe, gracias a esos miles de cubanos que se oponen a la dictadura, a los que dieron su vida y a los que fueron a presidio. Por eso, con toda responsabilidad, y para evitar que eso siga pasando, los legisladores cubanoamericanos en Washington tienen la obligación moral de derogar la ley de ajuste cubano, de manera que el país sólo reciba a los verdaderos refugiados políticos, no a emigrantes económicos que apoyan al castrismo y a sus cómplices. A emigrantes que, en la amoralidad que les ha inculcado el castrismo, crean clínicas fantasmas para defalcar al sistema de salud y luego huyen a Cuba, o utilizan los beneficios de su estatus migratorio para negociar grandes sumas de dinero a cambio de matrimonios fraudulentos.

Seguimos puntualizando. Dice Formell, al parecer bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica: “Hacemos todo lo que podemos hacer para que haya presencia en Cuba de músicos del exilio, siempre y cuando respeten la ideología y venga a hacer música. Tampoco al gobierno de Cuba le interesa gente que venga a decir: ¡Abajo Fidel!”. Como propagandista de mala memoria, tiene principios de veleta. Va según le convenga. Porque antes de que Obama se abriera de piernas con las visas, decía, refiriéndose a los artistas de Miami y al concierto de Juanes en La Habana: “tampoco hay mucha gente a la altura de ese concierto, con figuras mundiales, porque muchos pueden ser conocidos a nivel local en Miami, pero no han llegado, como se dice, a meter un palo mundial, entonces no están en el derecho de estar aquí". Este individuo, para el que apostatar es frívolo, pretende ningunear la calidad de muchísimos artistas del exilio de fama mundial. No señalemos a los que son insignia en Miami o a los que acusan de hacer música comercial (como si la de ellos no lo fuera, o como si eso fuera un delito), sino a algunos como Bebo Valdés, que mantiene un perfil de confrontación bajo, y que es el padre de otro de los voceros y paladines del castrismo, don Chucho Valdés, y al que ni siquiera mencionan en la prensa cuando gana un Grammy.

Vale también aclarar, a aquellos que dicen que el exilio retrógrado divide a los cubanos, que quien dividió y mantiene dividido a los cubanos, entre revolucionarios y gusanos, fue y es el castrismo. Es la dictadura imperante en la isla la que no deja entrar a Cuba libremente a los cubanos; el único gobierno del mundo que le pide visa a sus ciudadanos para entrar a su país; le quita las propiedades cuando emigran; les cobra el pasaporte más caro del mundo; las llamadas telefónicas más caras del mundo; no les permite invertir en su país. Es el castrismo quien tiene bloqueado al pueblo cubano, no el exilio ni el gobierno de Estados Unidos. Y si no fuera por los 300 mil cubanos que han visitado la isla el pasado año, dejando, sólo en esas visitas alrededor de 450 millones de dólares, los cubanos de la isla estarían peor de lo que están. Hoy a buena parte de los cubanos que sobreviven con decencia los mantienen los dos millones de cubanos que están en el extranjero. Y aquellos que no tienen FE (familiar en el extranjero), ni acceso al dólar del turismo, se están muriendo de hambre.

Juan Formell y los Van Van dicen que hay que separar el arte y la política. Y eso, en el caso de Cuba, es completamente imposible, porque en la isla todo está politizado. En la isla todos los artistas que viajan lo hacen a través de instituciones gubernamentales, representando al gobierno. Porque los artistas no son independientes, y los que lo son, ni son invitados a los conciertos por la paz ni les dan tarjeta blanca para salir del país, otra arbitrariedad que sólo existe en la isla. Habría que hacerle entender a Formell que el simple hecho que él venga a Miami, sea entrevistado por el periódico al que su gobernante tacha de estar vendido a la mafia cubana (cuando en realidad más liberal no puede ser) y por los canales de televisión, para que él diga, sin censura, lo que piensa, mientras el camino a la inversa no es posible, demuestra que él, sus vanvaneros y el régimen que representan, son una burda farsa; demuestra que la libertad y la democracia que disfrutamos los cubanos en Estados Unidos son insuperables; y que esa misma libertad y democracia la tengan en Cuba, es a lo que debemos aspirar todos los cubanos decentes de dentro y de fuera.

Tiene razón Díaz Balart cuando dice: "En un momento en que la moribunda tiranía totalitaria de Fidel Castro está aumentando la represión contra los activistas de derechos humanos (...), la Administración Obama ha autorizado la actuación en Estados Unidos del emblemático embajador musical de la tiranía, Juan Formell (…)es un acto de lamentable apaciguamiento de una tiranía terrorista y anti-americana. Es como si Estados Unidos hubiera autorizado a portavoces del régimen de apartheid de África del Sur a actuar en Estados Unidos, durante las últimas etapas de la grotesca existencia de ese sistema”. Y nunca es más sabia la comparación, porque ahora recuerdo la racista canción de Van Van que decía: “La Habana no aguanta más”. Una canción que atacaba la emigración de orientales a la capital. Hoy el régimen le toma la palabra a Formell, y se convierte en el único sistema en el mundo que tiene a los ciudadanos como rehenes en su propio territorio, impidiéndoles la libre circulación, y deportando a los que viven en La Habana sin ser originarios de esa provincia, en lo que tal vez sea el hecho más vil y despótico que gobierno alguno del mundo cometa contra su pueblo. Cuba se ha convertido en La Habana, el resto de los territorios son campos de concentración que imitan la estrategia de Valeriano Weyler.

Todo está dicho. Está es la historia que rodea a un músico que creó una agrupación musical, que en medio del coercitivo y asfixiante ambiente cultural de la isla, se convirtió en un referente, que seguramente no lo hubiera sido, de no ser por las circunstancias que lo propiciaron y cobijaron. Un músico que se convirtió en un empleado doméstico que lava la ropa sucia de una dictadura a cambio de tristes prebendas; en un tuerto que en casa del ciego se ha convertido en rey. Esta también es la historia de Los Van Van, que en estos momentos es una orquesta en decadencia, como el régimen que representan, y su nombre está ahí para recordarnos la historia de un gran fracaso, no el de la zafra, ese apenas fue una escaramuza fallida, sino el de todo un sistema, el de toda una lamentable y larga parte de la historia de Cuba. Los Van Van, como sus patrones, le cantan a los gusanos de Miami (uno con algarabías musicales, otros con gritos que piden que le quiten la soga del cuello), porque quieren los dólares del imperio. Una ejemplar manifestación de su patética dignidad revolucionaria.

Para finalizar, se impone una pregunta: ¿Juan Formell es imbécil o hijo de puta? Yo, que conozco bien a los de su calaña, sé que imbécil no es. Pero usted tiene la palabra.
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