jueves, 16 de agosto de 2018

El Caso Padilla: la verdadera historia.

Por Rui Ferreira.

Casi 47 años tuvimos que esperar para saber realmente lo que sucedió aquella noche del martes 27 de abril de 1971, en que Heberto Padilla decidió hacer una autocrítica en el local de la Unión de Escritores en La Habana. Y digo decidió porque, como queda claro en Plaza Sitiada, el nuevo libro de Norberto Fuentes, ha sido -¿fue?- un monólogo inicial que él, Padilla, presentó como voluntario y nunca tuvo el valor de admitir públicamente que fue presionado, seguido de un desastroso diálogo donde los voluntarismos (y lo digo por el imperante ambiente de “sálvense quien pueda”) lo transformaron en un intercambio en el cual Padilla dejó establecida una dudosa incertidumbre bajo el capote de militante intelectual; y que no fue más que un episodio llano, sobre el cual muchos de mis viejos amigos en la capital cubana todavía miran con cierta vergüenza revolucionaria, pero también con incredulidad. Hay cosas en la vida que no se dicen jamás, ni aún bajo la presión leninista.

Todas estas interioridades vienen de la mano del mayor de ellos: Norberto Fuentes. Aunque en el exilio, (y yo sé que hubiera deseado haberlo escrito adentro) en el libro Plaza Sitiada, “Norber” deja sentado que todo el proceso de la autocrítica de Padilla no fue más que el “mayor acto público de cobardía que registre la historia de Cuba”. ¡Y qué se levante el primer cubano que se considere un cobarde! Aquí o allá.

Es cierto. Nadie. Y de buen ánimo o voluntad, no se puede decir que la revolución cubana ha sido cobarde o temerosa. Equivocados o no, lo cierto es que sus dirigentes, en particular Fidel Castro, lograron llegar a donde quisieron y ningún intelectual pudo colocarlos a la defensiva, porque la revolución siempre supo estar un paso más allá. Lo admite el propio Padilla en la carta que le escribió a Fidel Castro, el 5 de abril de 1971, desde “Villa”.

“Yo no quería, incluso, que mi verdad fuera lo que realmente era. Yo prefería mi disfraz, mi apariencia, mis justificaciones, mis evasivas. Yo me había habituado a vivir en un juego engañoso y astuto. Yo no me atrevía a confesar lo innoble, la injusticia, lo indigna que era mi posición. Me faltaba realmente valor para hacerlo, pero al fin logré sobreponerme y puedo exponer con absoluta crudeza los verdaderos móviles de mi conducta, la falsedad de mis alardes críticos y de mi propia vida en la Revolución”.

Este nuevo libro de Norberto Fuentes tiene esa particularidad de contarnos lo que realmente pasó, sin que realmente le importe lo que piensan de él. (Me refiero al autor).

Lo importante es que habla de un incidente, bien puntual, de la revolución, que estuvo por décadas rodeado de misterio, pero que ahora acaba de resurgirnos como algo tan sencillo que muchos de nosotros, seguramente, nos preguntamos cómo no se nos ocurrió antes.

Norberto ha logrado con Plaza Sitiada, y no me propongo aquí hacer una crítica literaria, (aunque debo subrayar la forma en que describe el ambiente intelectual en esa época y que condujo al llamado “Proceso Padilla”) sino llamarlos a que lo lean, y constatar cómo logra dar el paso de periodista a historiador, sin dejar perfectamente establecida su postura de protagonista.

Lo importante: no se disculpa ni tiene porqué hacerlo. Estaríamos todos muy jodidos si le pidiéramos eso.

Pero como sabe de lo que habla, es duro. “No hay mejor desmentido a las memorias de Padilla (se refiere al libro de Heberto titulado La Mala Memoria) que la autocrítica de Padilla. Memorias que a su vez pretendieron ser el desmentido (aunque diferido) de su autocrítica. La clásica fórmula literaria de la serpiente que se muerde su cola, y en este caso, se autodevora”, enfatiza Fuentes en Plaza Sitiada.

Lo bueno del libro es que su autor no reniega de su pasado de protagonista, de sus momentos. Lo otro, aún mejor, es que deja establecida su verdad que, por décadas, la han vilipendiado por no escucharlo. Porque esa noche en la Unión de Escritores lo cierto es que fue el único que se asumió como revolucionario en medio de una pléyade de mudos y balbucientes. Todos terriblemente asustados.
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