sábado, 25 de agosto de 2018

La democracia no es prioridad para los cubanos.

Por Iván García.

Leonel es un tipo de buen carácter que lleva años amasando galletas en una panadería estatal. Su salario real es una broma de mal gusto: 286 pesos mensuales como elaborador de panes y dulces (equivalente a 11 dólares).

La democracia no es prioridad para los cubanosA pesar de los bajos salarios, el oficio de panadero es uno de los que más demanda tiene en el socialismo tropical que desde hace seis décadas los hermanos Castro han intentado construir en Cuba.

“Ningún panadero, maestro panadero o administrativo de una panadería vive de su salario. A los que trabajamos en panaderías se nos suele olvidar el día del cobro. El bisne radica en hacer la mayor cantidad de panes o dulces con la harina asignada para elaborar el pan de la libreta de racionamiento. Ni siquiera es negocio vender la harina por fuera. A veces se vende el aceite, a 25 pesos el litro. Pero lo que da dinero es hacer panes, galletas y dulces para vender a los dueños de cafeterías y restaurantes particulares. En una madrugada mala yo me busco de 10 a 15 fulas (entre 11 y 16 dólares) y como promedio gano 20 chavitos (cuc) diarios sin contar que me llevo una jaba de panes bien elaborados y en mi casa no falta el aceite y la manteca pastelera”, cuenta Leonel.

No muy lejos de su domicilio, en la barriada de Lawton, reside el disidente Oscar Elías Biscet, reconocido luchador anticastrista que se opone al aborto, ha estado varios años en prisión y apuesta por una Cuba democrática.

Cuándo usted le pregunta al panadero Leonel por el opositor Biscet, abre los ojos desmesuradamente y dice: “Brother, ese tipo está fuera del nailon. Forma unos bateos que pa’qué. Lo conozco de vista, pero no hablo con él porque me pudiera traer problemas. A mí la política no me interesa. Lo mío es buscarme unos pesos y sobrevivir de la mejor manera”.

No importa que usted le explique que en un sistema democrático puede afiliarse libremente a un sindicato, tiene derecho a huelga y con su voto puede sancionar a un presidente inepto. “Asere, esto es Cuba. Esta gente (el régimen) tiene el sartén cogido por el mango”, responde Leonel. Y concluye con una frase trillada y desde hace tiempo repetida por los cubanos de a pie: “Esto no hay quien lo arregle, pero tampoco quien lo tumbe”.

Créanme, Leonel no es la excepción de la regla. Según una encuesta realizada recientemente por el Observatorio de Derechos Humanos, organización radicada en Madrid, el 72% de los cubanos priorizan vivir con decoro, hacer dos comidas al día y tener un salario justo.

Ernesto, con pinta de deportista, vive relativamente cerca de la sede de las Damas de Blanco, también en el distrito habanero de Lawton. Se gana la vida con lo que se cae del camión. Vende ilegalmente carne de res y mariscos. “Cualquier cosa, desde un teléfono inteligente o un barco de vela hasta caca en polvo”, confiesa y se ríe.

Pero no le hable de política ni le pida una opinión sobre el acoso y represión que sufren las Damas de Blanco cada domingo. “Esas mujeres están locas. Supongo que le pagarán por eso. Lo mío es ganar dinero y vivir lo mejor posible. Cuando la zona se pone mala, se llena de segurosos y tengo que estar quieto en base. Gritando cosas contra el gobierno no van a lograr nada. Pa’quitarselo de arriba a esta gente (el gobierno) hay que tumbarlos a tiros”.

La democracia para Ernesto es una sensación lejana, como en la película de los sábados: “Las casitas que parecen sacadas de un juego de los SIM, los carros modernos y decirle a la policía que no vas hablar hasta que llamen a tu abogado. Ecobio, Cuba es diferente. Esta gente son los dueños del bate y la pelota”.

Probablemente siete de cada diez cubanos tiene una queja de subida de tono contra la autocracia unipartidista fundada en 1959 por Fidel Castro. A la mayoría de la población el sistema castrista. No ha sido capaz de gestionar un buen servicio de transporte público, una agricultura funcional y garantizar viviendas de calidad.

El 60 por ciento de los ciudadanos habitan en casas o edificios que piden a gritos una reparación a fondo. No tienen dinero suficiente para comprar muebles nuevos, aire acondicionado o una computadora. Hasta tres generaciones diferentes se ven obligadas a vivir bajo un mismo techo. Se come lo que encuentra, no lo que usted desea o necesita. Y puede demorar tres horas realizar un viaje de ida y vuelta de La Víbora a La Lisa.

La gente está cansada de todo. Emigrar, si fuera posible, sería su primera prioridad. De lo contrario, la prioritaridad es tratar de sobrevivir en la jungla del surrealista socialismo verde olivo.

Carlos, sociólogo, cree entender el problema: “No es que los cubanos seamos cobardes o tengamos genes diferentes a las personas de las sociedades democráticas. Es que son 60 años viviendo en un sistema con un control social muy poderoso y eficiente. Muchos cubanos son capaces de robar cualquier cosa en su trabajo, pero son incapaces, por ejemplo, de apoyar al biólogo pinareño Ariel Ruiz Urquiola. En mi opinión, las causas de esa actitud son variadas y van desde la eficacia de la Seguridad del Estado, que ha logrado intimidar a la mayoría de la ciudadanía, hasta el débil papel como educador y aglutinador de la disidencia. La oposición prefiere construir su narrativa en Miami que zapatear las calles de la Cuba profunda. En vez de gritar Abajo Raúl y realizar acciones irrelevantes, debieran hacer demandas populares concretas como Mejores Salarios, Mejor Alimentación, Mejores Viviendas, Mejor Calidad de Vida para Todos”.

Mientras el cubano de a pie sigue esperando por un suceso que cambie dramáticamente su suerte, la indiferencia hacia la política y la simulación sigue campeando por sus respetos entre los ciudadanos de la Isla.

Los cubanos quieren tener casas bonitas y dinero suficiente para poder adquirir muebles y electrodomésticos modernos. La democracia y la libertad de expresión no se comen.
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