jueves, 16 de agosto de 2018

La chusma al poder.

Por Max Romano.

Es muy apropiado comenzar esta entrada con el proverbio del mono, no muy conocido en España, pues retrata perfectamente el paisaje político actual, y en particular la condición de la nueva clase dirigente izquierdosa.

Muy bajo se ha caído de una y otra parte. Pero es la variante de izquierdas la que nos interesa aquí, las nuevas generaciones que ya empiezan a mostrar muy claramente su nivel, hasta el punto de que podemos hablar de La chusma al poder.

Chusma: “conjunto de gente soez, muchedumbre de gente vulgar” según el diccionario. No será necesario mencionar a nadie en concreto, porque la vulgaridad impertinente e invasiva de esta gente lo hace innecesario. Gente que reivindica la zafiedad, todo lo soez, lo bajo y lo chabacano, que se enorgullece de acciones más propias de animales que de personas. Gente ignorante a niveles abismales, que tiene en la cabeza sólo cuatro eslóganes trasnochados y una mentalidad de niños malcriados; incapaces de hacer la O con un canuto, pero siempre en primera fila para quejarse y exigir. Gente narcisista y vanidosa convencida de que airear sus flatulencias físicas y mentales es un acto de afirmación con un significado político.

Esta es la generación producto de cuarenta años de democracia, triples víctimas de un sistema educativo arruinado por la ideología, de unos padres modernos, y también víctimas de sí mismos porque existe la libertad humana. Pero esto es lo que tiene la decadencia. Que las nuevas generaciones no dan para más, que los mejores no se dedican a la política, que cada vez hay menos “mejores” porque todos tenemos que ser iguales.

La chusma no debe estar en el poder, debe estar en los bajos fondos. ¿Elitismo? Ciertamente como en cualquier sociedad decente. Pero no un elitismo que sea el del dinero o el de la posición social, sobre todo hoy en día. Cansados estamos de ver burros y patanes llenos de dinero y en elevada posición, así como por otra parte hay almas disciplinadas, rectas y cualificadas de modesto origen que merecen llegar a lo más alto.

Por lo demás la gente más humilde, en el campo como en la ciudad, puede que no fuera demasiado refinada pero tenía un sentido del pudor y de la compostura, una forma interior y una rectitud que los pone muy por encima de esta masa de hijos de papá, rebeldes de pastel degenerados y malcriados, cuya aspiración y libertad consisten en degradarse y hozar en el fango.

Una desgraciada deformación mental de estos tiempos democráticos es que los dirigentes deben ser como todo el mundo, que el hombre común se debe identificar con ellos. Pero ahora, en una regresión ulterior, los dirigentes parece que han de ser peor que todo el mundo.

Frente a este espectáculo bochornoso, hay que afirmar con fuerza algo que debería ser evidente: la sociedad debe estar gobernada por los mejores. Los mejores en el carácter, en la capacidad de dirigir, en la devoción y la entrega al bien de su comunidad y su patria.

Y los mejores pueden nacer perfectamente en una clase social humilde. Asegurar que estos últimos tengan su oportunidad se llama meritocracia, se llama justicia.

En cambio asegurar que el mundo sea de los peores se llama igualdad.
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