sábado, 4 de agosto de 2018

Fulgores de Fulgencio v

Por Alejandro González Acosta.

Por sus obras los conoceréis

En una de sus más reveladoras declaraciones, Batista no se concebía como un “policía” ni tampoco un “conductor”: la íntima y modesta comprensión de su papel era apenas la de un “arquitecto de la Nación”, un unificador de voluntades, un forjador de destinos, quien conjuntara los esfuerzos de distintos constructores para levantar un edificio, y esa vocación se concretó en numerosas obras que señalan aún su huella imborrable en el desarrollo de la historia cubana.

Cuando termine de desplomarse por su propio peso el engendro absurdo de la pesadilla castrista, quizá sólo sobrevivirán como pertinaces testimonios tétricos de proyectos anteriores, entre los escombros humeantes, los últimos restos de lo que fue el pasado representado por Batista y los otros grandes constructores de Cuba: Gerardo Machado Morales y Mario García Menocal. Muy poco, casi nada, por fortuna, perdurará de la arquitectura “revolucionaria”, quizá sólo un restaurante con nombre de rara y peregrina elocuencia: “Las Ruinas”, en el Parque Lenin (en cuyos árboles se ocultó Reinaldo Arenas, perseguido por la policía política, nuevo Tarzán cubano, famélico y acosado). Una eternamente inacabada Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, una serie de depauperadas Escuelas en el Campo y unos tambaleantes Edificios de Microbrigadas, serán el único legado arquitectónico de la pesadilla que ha padecido la nación cubana en las últimas seis décadas. Por eso, quizá, se apresuran para restaurar el símbolo por excelencia de la etapa anterior, la republicana: el Capitolio Nacional es el símbolo de su propia derrota vergonzosa.

Los testimonios que mejor representarán este período serán, en difícil concierto polifónico, los libros del propio Arenas y de Zoé Valdés, Guillermo Cabrera Infante, Abilio Estévez, Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez, Eliseo Alberto y Antonio José Ponte, como algunos autores destacados, entre muchos más. Cada uno de los desmesurados “proyectos” castristas, tendrá su epitafio literario: desde las monstruosas UMAP’s (Un ciervo herido, de Félix Luis Viera), las terribles cárceles castristas (Contra toda esperanza, de Armando Valladares y Todo el mundo canta, de Rafael E. Saumell), hasta el atropello sistemático de las mujeres cubanas (Habana-Babilonia, de Amir Valle). Con estos escritores proscritos a la larga habrá de escribirse la verdadera historia de la literatura y cultura cubanas en el futuro.

Ícaros a nuestro pesar, los cubanos, juguetes prescindibles de una monstruosa voluntad, finalmente hemos sido precipitados al mar, con las alas quemadas por acercarnos demasiado al “sol revolucionario”, ese mismo que, según la frustrada profecía de un poeta inmolado por sus propios camaradas, sería como “la gran aspirina” universal, pero que terminó partiéndole el corazón en una oscura e ignota selva centroamericana.

Tristemente, en el cubano actual de la isla predomina la asombrosa bipolaridad de una egoísta apatía temerosa, con un exaltado -demasiado exagerado para ser auténtico- disfrute hedonista, momentáneo y sin futuro, en una incesante performance vitalista: la desoladora y deprimente imagen reciente de un grupo de vecinos en medio de la calle, ante un edificio con peligro evidente de derrumbe, jugando dominó en medio de una inundación de aguas negras, es el símbolo de esta época. La lección que se desprende de esa escena es clara: “Sobrevivir” el momento como sea, y que los problemas que afectan a todos los solucionen los demás, alguien, cualquiera que sea: curiosa combinación de la tortuga escondiéndose en su caparazón ante la amenaza, o el avestruz metiendo la cabeza en la arena para enfrentar la tormenta que igualmente le pasa por encima y lo aplasta. Pero esta actitud no es nueva, pues proviene desde mucho tiempo atrás, casi desde el origen mismo de la endeble república, como señaló preclara y pioneramente Enrique Gay-Calbó en su libro de 1938: “El cubano, avestruz del trópico”. Este es un clásico hay que siempre debemos volver, pues en él se encontrarán muchas claves para interpretar nuestro presente, siempre esperando que la solución de los males del país venga de esa entidad salvadora y todopoderosa que definimos con apenas dos palabras: “De afuera”.

Esclavos de nuestras propias virtudes, el “desmesurado delirio de grandeza” cubano condujo inevitablemente a la ruina y el derrumbe: patética hybris tropical que nos trajo esta némesis interminable.
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