viernes, 25 de junio de 2010

La corrida del barop (léase dinero, dólar, cuc, chavito).

Por Juan González Febles.

Cuando el socialismo era real, el chicharrón carne y la suegra familia, trataron de imponernos la música y las costumbres de América Latina. El mandarinato verdeolivo en su afán por destruir la cubanía y sus valores, trató de hacernos ‘afrolatinoamericanos’ y nos impuso aquello de que patria es la humanidad que convenía a sus intereses políticos y a los intereses geopolíticos soviéticos.

Luego de obligar a todos a abjurar de Dios y de todos sus agentes, representantes y entidades divinas, se creó en 1976 una constitución entreguista con una enmienda que si no fue Platt, bien podría ser Brezhnev. La enmierda o enmienda Brezhnev, constitucionalmente impuso la fidelidad eterna a la Unión Soviética. Curiosamente, los que promovieron aquella vergüenza, hoy son defensores a ultranza de la ‘soberanía nacional’, que les permite mantener en funciones la isla-prisión de la miseria, adalid del ‘antiimperialismo’.

A Fidel Castro, educado en escuelas católicas, siempre le gustó jugar con la noción de eternidad y la noción de lo inquebrantable y de lo indestructible. Por suerte para todos, la enmienda Brezhnev no fue ni inquebrantable ni eterna.

Entonces, ya algo más tranquilos porque no hay qué temer que el castro-socialismo pueda ser eterno o más duradero de lo que ya ha sido, de lo que trataremos es de la impostaciones más recientes. Una de ellas, atribuirle a la iglesia católica un protagonismo y una influencia absolutamente falsas e inexistentes.

Cuando llegó el Papa Juan Pablo II (algo así como el segundo Papa después de San Pedro), la iglesia católica avanzó. El cardenal Ortega se subió en la cresta de la ola amorosa y liberadora lanzada por el Papa y se quedó arriba. Tanto que ahora anda lejos del pueblo bendecido por Juan Pablo II, aquel enero, hace más de diez años.

En la actualidad, menos del 15% de la población califica de católica practicante. Puede afirmarse que la mayoría confesional en Cuba la componen los creyentes en la santería y los de una mezcla variopinta que va desde espiritistas, agnósticos y cuanta confesión alguien pueda imaginar. Entonces, colocar a la Iglesia católica como interlocutora en Cuba, es poco menos que una impostación, por demás muy oportunista. La impostación (claro está), fue promovida por el Gobierno cubano.

Podría decirse que esta impostación, constituye un irrespeto total para la mayoría no católica y que carece absolutamente de peso político moral para el futuro. Tampoco hay que olvidar que la Santa Madre Iglesia, sabe y no tiene reparos en negociar con quien tenga que hacerlo. Da igual que se trate de la Gestapo, la KGB o Seguridad del Estado. Ha negociado con beatitud el destino de varios centenares de miles de judíos y lo hará con la de unos pocas, (aunque heroicamente imprescindibles) decenas de prisioneros políticos cubanos.

Hoy día que ya no hay Papa libertario, esto representa un riesgo cierto. El único que hubo, se unió a Cristo o a la Diosa de la libertad, luego de haber servido impecablemente, asistido por sus arcángeles guerreros de entonces, Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Como de impostaciones se trata, viene bien tocar las últimas y a los últimos impostores. Hoy día, Fidel Castro no cuenta para el futuro. Vive un precario y temporal presente, con un final previsible esperado por todos. Los carroñeros de siempre y los más cercanos, se aprestan al convite de las reparticiones. Este tendrá lugar inmediatamente que el molesto anciano parta definitivamente.

Hoy se vive en Cuba el momento del dinero. Los que lo tienen desde la aristocracia castrista, quieren retenerlo. Los que no lo tienen, dentro y fuera de esa aristocracia, quieren obtenerlo a todo costo.

En esta carrera por el dinero, por perderse, se pierde el sentido y dirección de la lucha por restablecer la democracia y el derecho de los cubanos. Los casting históricos y los de nueva promoción compiten por espacios de espaldas al pueblo. En esta corrida que se vive y que no es la corrida del camarón, sino la corrida del baro, se vuelve hablar de reconciliación y de perdón.

La variante teologal del perdón en Cuba, consiste en concederlo a quienes nunca lo pidieron y nunca han manifestado arrepentimiento por ninguno de los excesos, horrores y errores cometidos. Extraña combinación de perdón, reconciliación, soberbia, crueldad y codicia en que se vive. Mientras, se desarrolla la corrida del baro en Cuba. Adentro y afuera, arriba y abajo, de izquierda a derecha, al centro.
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