martes, 9 de noviembre de 2010

La economía en Cuba.

Por Eugenio R. Balarí.

En un ambiente social lento, inseguro y relativamente pesimista, aparecen inevitablemente fuertes vientos de cambios en Cuba.

Después de una prolongada y casi bucólica espera de varios años, de reiterados anuncios de que se cambiaría lo que debiera ser cambiado y con el recién antecedente de una buena cantidad de tierras ociosas entregadas en calidad de usufructo, las autoridades de Cuba se decidieron, sin tener que esperar a la celebración de un Congreso del Partido, a iniciar un complejo proceso de remodelación de su economía y, por ende, de la sociedad y del sistema de vida del país.

Si ello lo hacen o no con simpatía e identificación ideológica, es otro asunto, pero no hay duda de que factores objetivos y subjetivos, que desde hacía bastantes años venían señalando su imperiosa necesidad para el país, acabaron por imponerse.

Es probable, como dicen algunos, que se demoraran demasiado tiempo para iniciar dichos cambios, a pesar de que la economía seguía resintiéndose y en la sociedad se agudizaban con celeridad las estrecheces y dificultades de todo tipo para el desenvolvimiento de una vida, que aunque austera, podría ser menos difícil y un poco más confortable para la ciudadanía.

A mi modo de ver, una vez más la situación política internacional por la que atraviesa el país, en particular la de las tensiones existentes con el Gobierno de EEUU, van a continuar determinando las formas y medidas en que se desenvuelve la economía doméstica y se "justifican" y establecen, además, las otras restricciones o regulaciones ilegales y arbitrarias sobre los derechos y prerrogativas que tienen las personas y la ciudadanía en general dentro y fuera del país.

Ahora bien, en qué consisten esos fuertes vientos de cambios de que hablamos en Cuba y cuáles son sus probabilidades de éxito o los riesgos de un nuevo y definitivo fracaso.

Porque lo cierto, lo verdadero, lo que comienza a ser tangible, es que el esperado proceso de descentralización y aperturas económicas, por fin, aunque con ciertas y nuevas regulaciones y otros absurdos excesos en su forma de pretender su puesta en práctica, lo han ido dando a conocer a la opinión pública.

Antes de comentar algunos aspectos más específicos, pienso, como muchos otros fuera y dentro del país, que si es importante y estratégico que comenzaran a desarrollarse estos cambios o esta remodelación del sistema económico y social en Cuba, tan necesario como ello deben ser los acertados criterios y las formas de su organización o ejecución, donde deben primar fundamentalmente la lógica y coherencia económicas.

La existencia de criterios consecuentes, de un verdadero realismo político, resulta imprescindible. Es determinante dejar atrás los juicios y prejuicios "ideológicos" e identificarse políticamente con los criterios de las nuevas realidades que surgen de las decisiones político-económicas adoptadas.

Estas medidas no pueden seguirse viendo, como en otras ocasiones, a manera de decisiones coyunturales, que cuando se modifican un tanto las circunstancias que las impusieron, se retoman las políticas y posiciones anteriores, las que la vida ya demostró y convirtió en obsoletos y rotundos fracasos.

Las facilidades que se otorguen a las nuevas actividades y el aporte necesario de los mecanismos institucionales que se creen para el encausamiento y desarrollo de las mismas resultan elementos sencillamente justos e imprescindibles.

Sin estas decisiones tempranas no existirán muchas probabilidades de éxito y menos que se logre crear la necesaria experiencia y cultura de organización y eficiencia que requieren y exigen dichas labores en cualquier economía.

De no tomarse en consideración o dilatarse en exceso tales factores, las probabilidades de un fracaso estrepitoso y probablemente definitivo resultarán muy ciertas y cercanas.

De lo que se trata de aquí en adelante, precisamente ahora, en el momento en que escribimos estas líneas, es que esta remodelación se origine y desarrolle de una manera conveniente y eficiente para la sociedad y la economía de la nación cubana, brindándole facilidades y todo tipo de apoyo a los que participen de ella.

Veamos, aunque sea sucintamente, algunos de los elementos más significativos que se vinculan a la actual situación.

Los antecedentes más próximos a este proceso que comienza los encontramos en los discursos pronunciados por el presidente Raúl Castro, fundamentalmente a partir del 26 de Julio de 2007, donde éste promovió que se produjera una especie de catarsis nacional con relación a toda la sensible e incómoda situación existente en el país.

A partir de ahí, se dijo y se reiteró en más de una ocasión que se eliminarían las regulaciones y restricciones exageradas e innecesarias y que se cambiaría todo lo que debiera ser cambiado.

Se ha hablado críticamente contra los excesos paternalistas del Estado, sobre los subsidios indebidos, el marabú y las tierras ociosas, las plantillas infladas, la ineficiencia laboral y lo inaceptable de vivir sin trabajar; también de la necesidad de reducir las importaciones alimentarias y otros bienes a partir de incrementos productivos en la economía nacional.

Se ha debatido sobre la conveniencia de eliminar la doble moneda y el gravamen al dólar, la carga que representa la libreta de abastecimientos y la necesidad de eliminar o reducir el consumo social de los llamados comedores obreros y escolares, etc.

Finalmente, se tocó de manera abierta y transparente el viejo problema de las plantillas infladas de las empresas y los centros de trabajo del Estado, llegándose a señalar que probablemente sobraran en los mismos más de un millón de trabajadores.

Por supuesto, tal situación específica no hacía otra cosa que encubrir el elevado nivel del desempleo existente de años anteriores y que se continúa arrastrando hasta los momentos actuales y ratificaba, además, la esencia de la sobredimensión paternalista del Estado cubano, a cambio, inexplicablemente, de la necesaria o imprescindible eficiencia económica que la nación exigía durante todos estos años.

Más recientemente se informó, que en lo inmediato, a través de un proceso gradual pero sistemático quedarán fuera de sus actuales puestos de trabajo 500.000 trabajadores cubanos. Por supuesto, se dice fácil, pero cuán sensible y complejo será llevar a la práctica este asunto y cuál será el costo político y social que ello comporte suponen el verdadero reto que tienen por delante las autoridades del país.

Los dirigentes cubanos, para tranquilizar a la ciudadanía, han insistido en que nadie quedará abandonado a su suerte, pero aún no se ha argumentado de qué manera lo conseguirán y garantizarán.

Dieron igualmente a conocer la legalización de las medidas de expansión del trabajo por cuenta propia, incluso y ojo, las 86 actividades donde se autorizan la contratación de fuerza de trabajo de hasta un máximo de 20 personas.

Paradójicamente, llama la atención que, en el inicio del proceso de racionalización de los trabajadores y de divulgación de las nuevas actividades que ahora el Gobierno cubano iba a permitir, fuera precisamente la Central de los Trabajadores de Cuba, la CTC, la encargada de darlo a conocer y reclamar, de antemano, el mayor apoyo incondicional de los trabajadores a dicha racionalización. Por supuesto, nada fácil de comprender para muchos de los trabajadores que de inmediato se convertirán en desocupados, aunque fuera de manera temporal.

Es ingenuo pensar que procesos de este tipo no se encuentran exentos de arbitrariedades e injusticias allí donde se tienen que aplicar; por muchas medidas preventivas y conciencia que se creen al respecto, no faltarán acciones y decisiones de privilegiar a unos sobre otros, aunque el proceso se trate de realizar con el mayor nivel de rigor y justeza.

A partir del negativo impacto que tuvo el llamamiento entre algunos trabajadores y las posiciones que en la práctica luego asuman los dirigentes sindicales, no abrigo dudas de que todo ésto pueda debilitar la imagen y el papel de la CTC en un momento tan crucial y trascendente para la vida del país.

Más adelante también se dio a conocer el nuevo sistema tributario o de impuestos que se aplicará al desempeño de las labores por cuenta propia, que ahora se ampliaban respecto a los pequeños negocios ya existentes, como los Paladares o los arrendamientos a los turistas, etc.

En lugar de una presentación completa, de conjunto y no parcializada, para hacerlo todo más comprensible, las informaciones fueron apareciendo de manera gradual y fraccionada, y en ocasiones hasta poco clara, como en las acostumbradas películas de suspenso del insustituible Alfred Hitchcock.

Informaciones parciales unas tras otras, donde no faltó incluso el error público y su necesidad también pública de corregirlo.

Algunas personas señalaron, con razón, que parecía como si, de repente, se hubiera tenido que apresurar la presentación de todo aquello, dando la impresión de que las nuevas medidas no estaban bien eslabonadas e interconectadas, o se hiciera conveniente adelantar el lanzamiento de ciertas de ellas y retrasar otras, como para impedir que se lograra alcanzar una dimensión de conjunto, estratégica o de continuidad con lo que se había aprobado y se estaba dando a conocer a través de los medios de comunicación.

Otras personas han comentado que, con relación al lenguaje utilizado por las fuentes oficiales, se apreciaba la pretensión de colocar la conocida hoja de parra ante el mundo. Era como si tuvieran pudor o vergüenza por las medidas que ahora necesariamente se tomaban.

A sencillos trabajadores e intelectuales reconocidos les llamó la atención de que al parecer tampoco fuera necesario un Congreso del Partido, como algunos creían, para efectuar una sensible y sustancial modificación estratégica de la economía y la sociedad del país; había sido suficiente encargar sólo a una Comisión desconocida por el Buró Político para definirlo todo sobre tan trascendente asunto.

Como no existió un previo proceso de búsqueda del consenso social sobre el tema y las formas más idóneas de cómo encararlo, ante las informaciones aparecidas fueron surgiendo los lógicos y diferentes estados de opinión entre la ciudadanía.

Sin embargo, me atrevo a decir, que las más frecuentes críticas y comentarios de las personas se han relacionado con la necesidad de que el Gobierno apoye tales nuevos empeños, concediendo créditos y financiamiento a los que decidan participar en las nuevas actividades. De lo contrario, cómo empezar sin recursos, conocimientos o experiencias.

Igualmente, las críticas aparecían sobre la urgente necesidad de crear una red de comercio mayorista que garantizara la venta de materias primas, implementos de trabajo y variados insumos imprescindibles para propiciar legalmente el desenvolvimiento de dichas actividades y, además, que los precios que se establezcan fueran los adecuados y, por supuesto, diferenciados de los que se comercializan en la red minorista.

Finalmente, y de acuerdo con el ambiente social existente, todo parece indicar que la lógica y la coherencia de algunas de las decisiones ya tomadas no transitan por el camino esperado por la mayoría de las personas.

Ese es el caso del nuevo sistema tributario o impositivo: muchos individuos optimistas en Cuba pensaban que sería benigno en sus inicios, para así estimular a los nuevos ciudadanos sin trabajo a acudir al mismo y poderse organizar con el tiempo necesario para ello (aunque posteriormente lo fueran ajustando y endureciendo de forma gradual). Según la lectura y comprensión inicial de mi parte, no lo hicieron así y comenzaron con fuertes gravámenes para la realización de dichas actividades. (Recordar también, que con anterioridad se había subido nuevamente el precio de los combustibles 1,15 CUC el litro de la gasolina regular y, en los días en que aparecen las medidas comentadas, dan a conocer un significativo aumento de precios en las tarifas eléctricas para aquellos consumidores que sobrepasara los 300 kilowatts de consumo, que son fundamentalmente aquellas personas que disponen de los pequeños negocios personales). ¿Qué se pretende realmente y dónde está la coherencia entre las necesidades urgentes de dar solución a los 500.000 desocupados y las soluciones que han sido contempladas?

Es probable que ello ocasione desestímulo y más escepticismo, confusión o rechazo; también nuevos y perniciosos peligros, dadas las características de los cubanos, y que comiencen a fraguarse las nuevas iniciativas o inventos para burlar al fisco o a incrementarse el delito y los robos, dando continuidad o promoviendo la solapada y generalizada corrupción existente, imposible de eliminar con medidas represivas.

En esta situación, me atrevo a recordar para que se tome en cuenta y no se subestime una importante experiencia de la sabiduría popular y ésta es que, si importante significa tomar las decisiones políticas o económicas más acertadas, justas, necesarias y convenientes, lo son también o más las formas prácticas de llevarlas a cabo en la vida cotidiana.

La vida dirá y el tiempo se acorta.
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